El legado de los Romanov 9
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Tigrítsa

La música vibraba bajo mis pies como un pulso constante, un eco que resonaba en lo más profundo de mi ser mientras me deslizaba entre la multitud de Elysium.

El club tenía su propio lenguaje, una filosofía de vida que mi padre no aceptaría jamás pero que a mí me hacía vibrar.

Las luces y los cuerpos de la gente se movían al compás de un deseo colectivo, contoneándose.

A pesar del bullicio y del caos, me sentía tranquila, en casa, como si no hubiese un mejor lugar que aquel para acogerme.

Allí, en el anonimato que me proporcionaba el juego de las máscaras, podía ser cualquiera, y al mismo tiempo nadie.

Elysium no era un lugar cualquiera. Su fachada de cristal oscuro y luces de neón apenas insinuaba lujo y el caos que se escondían en su interior.

Solo los más poderosos y ambiciosos de Moscú tenían la llave para cruzar sus puertas, y dentro de Elysium, Aether era el corazón prohibido, un santuario donde los influyentes dejaban a un lado la moralidad y se entregaban a sus deseos más oscuros.

No se trataba solo de tener dinero o un apellido con peso; era cuestión de poder real, de estar dispuesto a jugar en un tablero donde las reglas no existían y las consecuencias eran devastadoras.

Había llegado allí por razones estratégicas, para comprender el mundo del que estaba rodeada, el mismo que aspiraba a gobernar algún día.

Pero esta vez, no podía negar que había algo más.

Algo, o más bien alguien, que me arrastraba hacia ese lugar como un imán.

—¿Lo de siempre, señorita? —preguntó el barman, interrumpiendo mis pensamientos mientras limpiaba un vaso de cristal impecable.

—Sí, pero esta vez, que sea doble —respondí picara.

El hombre, un veterano de guerra reconvertido en guardián de los secretos más sucios de la élite, me devolvió una mirada que decía que sabía más de lo que aparentaba. Sirvió el vodka con movimientos medidos, como si el acto en sí fuera un ritual.

—Hay mucha tensión en el aire esta noche, ¿no cree? —comentó, dejando frente a mí un elegante vaso de cristal tallado con detalles en cobre.

—Es Moscú. Siempre hay tensión —repliqué, llevándome la bebida a los labios.

El toque ácido y picante del Moscow Mule llenó mis papilas gustativas, permitiéndome saborear el jengibre, y el buen vodka que me había servido.

—Tal vez, pero no todos tienen su misma templanza, señorita. —Su tono fue casual, pero su mirada se tornó analítica, como si intentase descifrar algo que no comprendí.

No respondí. ¿Qué podía decirle? Estaba decidida a adentrarme en el juego más salvaje que pudiese imaginar, sabía que podría llegar a destruirme, sobre todo si me encontraba con la persona con la que tanto ansiaba estar.

En lugar de palabras, le devolví un asentimiento breve antes de perderme en la multitud, dejando que las sombras y la música me tragaran mientras me encaminaba al largo pasillo que conducía hacia Aether.

El eco de los tacones de otros asistentes resonó por todo el lugar, mezclándose con risas ahogadas y murmullos cargados de deseo.

Una pareja se detuvo a mi izquierda; el hombre, vestido de manera impecable, le susurraba algo al oído de su compañera, quien respondió con una sonrisa peligrosa antes de arrastrarlo hacia el interior.

Antes de entrar, me ajusté la máscara con delicadeza, asegurándome de que cubriese bien mi rostro.

Una vorágine de nervios y excitación se creó en mi estómago, ¿qué demonios me ocurría?

Deseaba volver a verle. Mi sexo se humedeció al instante solo de imaginarle al traspasar las puertas, dispuesto a darme el placer que tanto ansiaba, repetir el encuentro en el que no había dejado de pensar desde que salí de allí.

Le di un largo trago a mi bebida, terminándomela por completo, por lo que me acerqué a la barra, dentro de la sala privada.

El barman me sirvió un vodka con una precisión casi robótica, y se lo agradecí antes de dejar que mi mirada vagara por el lugar.

Las luces parpadeaban en tonos rojo y púrpura, dibujando sombras en cada rincón.

Mi cuerpo estaba tenso, por lo que, sin dudarlo un instante, comencé a contonearme de un lado a otro, sintiendo la música.

Lo había aprendido con los años: parecer tranquila era la mejor forma de ocultar un caos interior.

Y entonces, lo vi.

Él.

Tragué saliva, sintiendo como todo mi ser se desbocaba, incluido mi corazón.

Anubis. El hombre que me había dejado ardiendo y confundida dos noches antes.

Se movía entre la multitud con una confianza que rozaba la arrogancia, su mirada brillaba bajo las luces del club, siempre atento y vigilante.

Su figura, imponente y atractiva, destacaba entre la gente, como un lobo entre corderos.

Era alto y musculoso, mediría alrededor del metro noventa, y lo único en lo que podía pensar era en reseguir con mi lengua todo aquel cuerpo que gritaba pecado.

Mi corazón dio un vuelco, y el frío control que había construido durante toda mi vida comenzó a resquebrajarse. Sus ojos verdes destellaron al verme, y no pude evitar sentir un impulso eléctrico recorrerme por completo, muriendo en mi sexo, anticipándose al placer que deseaba sentir.

Tomé un sorbo de vodka, dejando que el ardor me devolviera algo del control que perdía, y giré sobre mis altos tacones, asegurándome de que me viera.

Lo hizo. Pude percibir cómo me escudriñaba, igual que lo haría un león con una presa.

Lo peor de todo era que, a pesar del peligro, yo no podía resistirme a él.

Nuestros ojos se encontraron y la tensión entre nosotros pareció envolvernos en un instante. Una sonrisa se dibujó en mis labios mientras inclinaba la cabeza, un gesto pequeño, pero lleno de intención.

Ven.

No necesitaba decirlo en voz alta. Él lo entendió a la primera.

Anubis se acercó a mí y, sin dudarlo un solo instante, enredó sus dedos en la parte baja de mi cabello, tirando de este hacia atrás, para estampar sus labios contra los míos con una fiereza que me desarmó.

—Anubis —susurré contra su boca, sintiendo que aquel nombre estaba prohibido para mí—. Has vuelto.

—No me gustan los juegos a medias, tigrítsa —replicó con firmeza, sin apartar su cuerpo del mío.

Mi sonrisa se amplió. No iba a negarlo, a cada segundo que pasaba cerca de él, más cachonda me ponía. Toda esa intensidad y brutalidad contenida, el misterio que le rodeaban… Era un jodido rompecabezas que estaba deseando resolver. Pero algo me decía que estaba jugando con fuego.

—Entonces, ¿por qué huiste? —inquirí, inclinándome lo suficiente como para que mi aliento rozase su oído.

Su mandíbula se tensó y, durante un instante, vi la lascivia en su mirada, en cómo en su interior se libraba una batalla interna, una en la que solo podía perder.

Anubis no respondió; en lugar de eso, su mano encontró mi cintura, tirando de mí hacia él con una firmeza que me robó el aliento.

Mi cuerpo respondió antes de que mi mente pudiera procesarlo, arqueándose hacia él como si hubiera esperado este momento toda la maldita noche.

—No sabes nada de mí —gruñó, provocando que su voz resonase más en mi pecho que en mis oídos.

—Tal vez no, pero conozco esto —musité provocativa, al mismo tiempo que rozaba mi sexo contra el suyo de manera deliberada.

Sin darme tiempo a decir nada más, sus labios encontraron los míos con una brutalidad que me dejó sin aliento.

Las piernas me cimbrearon. Fue un choque de necesidades y de rabia contenida, un juego de poder en el que ninguno de los dos estábamos dispuestos a ceder.

Mis manos treparon por su pecho hasta llegar a su cuello, donde se enredaron en su cabello, tirando de él con saña, mientras sus dedos marcaban mi cintura con un agarre que prometía dejar marcas.

La multitud a nuestro alrededor pareció desaparecer, y por un instante se me antojó que el mundo dejaba de girar, deteniendo el tiempo sin que pudiéramos hacer nada por evitarlo.

No sabía si era la adrenalina, el vodka o simplemente él, pero cada segundo que pasaba me sentía más atrapada en su órbita, incapaz de romper esa necesidad que creaba en mí.

Cuando nuestras bocas se separaron, sus ojos me atravesaron con una intensidad que me hizo temblar.

Sus dedos encontraron la hebilla de mi máscara y, por un momento, creí que iba a quitármela.

Pude sentir mi corazón desbocado, latiendo con un frenesí que llegó a ser ensordecedor.

Pero en lugar de deshacerse de ella, se detuvo.

Su mirada se suavizó, pero tan solo lo hizo durante un segundo, antes de volver a endurecerse.

Acerqué mi boca a la suya y paseé mi lengua por sus labios, lamiéndolos con una lascivia que podría tentar a cualquiera.

—Ven conmigo —ordenó mediante un gruñido cargado de autoridad.

No respondí, ya que no se trataba de una pregunta, y en el fondo, tampoco necesitaba una respuesta.

Cuando sus dedos se cerraron alrededor de mi muñeca, algo cambió.

No era un simple toque; era posesivo, pero al mismo tiempo inseguro, como si dudara de lo que estaba haciendo.

Sentí su calor irradiarse a través de mi piel, un contraste abrumador con la frialdad del metal que decoraba mi muñeca.

Mi corazón latía frenético, con tanta fuerza que creí que en cualquier momento podría escucharlo.

Sin embargo, no dije nada, permitiendo que me guiara a través del bullicio de Aether, mientras mi mente libraba una batalla que no estaba preparada para ganar.

Cada paso que dábamos parecía un eco en mi cabeza.

Mi cuerpo ardía, anticipándose, pero mi mente no dejaba de analizar cada uno de sus gestos.

¿Por qué había vuelto? Por más que intentara mantenerme fría, la forma en la que su mano sostenía la mía me desarmaba.

Este no era un simple juego donde la atracción física era ley.

Había algo más en él, algo que me hacía querer descubrir quién se escondía detrás de esa máscara, y por qué me hacía sentir tan vulnerable.

Nos detuvimos frente a una de las puertas de madera oscura al final del pasillo, lejos de la música ensordecedora y de los jadeos ahogados de quienes se follaban a nuestro alrededor, dejándose llevar por el maravilloso placer del buen sexo.

Anubis se giró hacia mí, y sus ojos me atravesaron con una intensidad que me hizo contener la respiración.

Su pecho subía y bajaba con rapidez, como si estuviese al borde del abismo.

Sus dedos rozaron la hebilla de mi máscara y, durante un segundo, creí que iba a deshacerse de ella.

Mi corazón dejó de latir, provocando que cogiese una bocanada de aire cuando se enredó en mi cabello, tirando de él.

Alcé una de mis manos, hasta que mis dedos rozaron sus labios, provocando que estos se entreabrieran.

—No tienes que fingir conmigo —musité, sorprendida por la suavidad de mi voz. No fue una provocación esta vez; era una súplica.

Él dejó ir un profundo gruñido que resonó en mi pecho como un mantra.

No apartó la mirada de mí. Pude ver cómo me devoraba lentamente, deleitándose con su propia imaginación, lo que provocó que su miembro se endureciera al instante, clavándose en mi vientre.

El agarre en mi muñeca se intensificó, y me empujó hacia la puerta.

La abrió con un movimiento rápido, pero antes de que entráramos, se detuvo.

—¿Qué pasa, Anubis? —pregunté, al mismo tiempo que jugueteaba con un mechón de mi oscuro cabello—. ¿El gran depredador teme a una pequeña gata?

Sus labios se curvaron en una mueca ladina y peligrosa que provocó que mi entrepierna se humedeciera al instante, pero en su mirada vi algo que no esperaba: duda.

Sus ojos eran un mar de tempestad, un contraste entre un deseo que apenas contenía y algo más profundo, una lucha interna que no me atrevía a descifrar.

Pero esa vulnerabilidad, apenas visible en las grietas de su máscara emocional, lo hacía aún más fascinante.

No sabía si deseaba salvarle de sí mismo o hundirme con él.

—Esto no es un juego, tigrítsa —dijo en un tono grave, bajo, cargado de advertencia. Pero había algo más en sus palabras, algo que no estaba dispuesto a decir en voz alta.

—¿No lo es? —repliqué, inclinándome hacia él—. Entonces, ¿de qué se trata?

Él no contestó. Me condujo al interior, cerrando la puerta tras nosotros con un golpe seco que retumbó en la estancia, alejándonos de todo lo que no fuéramos él y yo.

Su mirada se encontró con la mía una vez más.

Sin mediar palabra alguna, se lanzó a por mí, sujetándome por el cuello con firmeza.

Mientras sus labios volvían a reclamar los míos con una intensidad que me robaba el aliento, sentí un extraño tirón en el pecho, como si algo invisible nos atara de manera irremediable.

No sabía qué estaba pasando entre ambos, pero una cosa era segura: no se trataba solo de lujuria.

Era algo mucho más oscuro, y no pensaba detenerlo.