El legado de los Romanov 8
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VIktor

Estaba desquiciado.

Ido.

Y tan encabronado que habría sido capaz de golpear a cualquiera con tal de deshacerme de esta maldita rabia que corría por mis venas.

Al llegar a mi apartamento me serví un vaso de whisky que me bebí de un solo trago. Mi mente no dejaba de trabajar, de pensar en lo que habíamos hablado en casa de Nikolai, en el puto Orlov que no dejaba de tocarme los cojones, y en esa tigrítsa que me estaba volviendo loco.

Apreté la mandíbula al mismo tiempo que me sentaba en el sofá, y sacaba la cajetilla de tabaco.

Me encendí un cigarro dándole una larga calada, consumiéndolo casi por completo.

No podía pensar.

Tenía la cabeza que me iba a estallar en cualquier momento, así que fumé como un jodido demente, uno tras otro, sin importarme que solo quedasen dos al final de la caja.

—Joder… —mascullé para mis adentros cuando me percaté.

¿Cómo se suponía que iba a pasar la noche con esa puta ansiedad que me consumía?

El teléfono vibró, y al sacarlo vi por el rabillo del ojo el mensaje que mi hermano menor me había enviado.

Alexei:

Ten cuidado con lo que haces.

Viktor:

No necesito una niñera.

Alexei:

Solo te estoy advirtiendo.

Viktor:

Pues será mejor que te guardes tus advertencias para quien las quiera, porque yo no soy uno de ellos.

Estaba cabreado, porque era como si no fuesen capaces de comprender la magnitud de lo que estaba ocurriendo.

¿Tan difícil de entender era?

Encendí la televisión, y en ella aparecieron dos grabaciones que no supe de dónde cojones habían salido, pero eso a mi miembro no le importó.

Se endureció al instante al vislumbrar como en la escena principal aparecía yo apoyado contra una de las columnas mientras mi tigritsa se arrodillaba.

Mi miembro se endureció al instante.

Solo de recordar su boca engullendo mi falo provocó que todo mi ser se revolucionase.

Vaya boquita tenía.

Cerré los ojos, porque una parte de mí quería apartar ese pensamiento de mi mente, pero otra solo quería tenerla aquí para follársela como un puto animal.

Solo que eso era algo bastante imposible.

Ni siquiera sabía su nombre, como para tener su teléfono.

Pero tampoco me importaba.

De manera instintiva mi mano se fue a mi abultado paquete. No aparté la mirada de ella, de la manera en la que se arrodillaba frente a mí para bajar poco a poco mi pantalón, dejando a la vista frente a todos una visible erección, la misma que iba a llevarse a los labios segundos después.

Gruñí al darme cuenta de que ya tenía mi miembro en las manos, deseoso de su maldita atención.

Lo masajeé de arriba abajo, dejando que mi mente me jugase la mala pasada de imaginar que era mi tigrítsa la que no dejaba de tocarme.

Estaba tan duro que incluso dolía.

Gruñí, y miré el reloj.

Todavía podía dar con ella antes de que cualquier desgraciado posara sus manos en ella.