El legado de los Romanov 7
25%

7

El sonido metálico de las monedas y el de los billetes siendo colocados en la bolsa deportiva de cuero negra resonaban en la estancia.

La recogida de dinero era un ritual tan común en nuestro mundo como lo era respirar, pero aquel día algo no cuadraba.

Desde el momento en el que crucé las puertas de aquel almacén destartalado a las afueras de Moscú, el ambiente me pareció extraño, cargado de una tensión que podía percibir en cada uno de los rincones del lugar.

Mis hombres vigilaban, atentos a cualquier movimiento sospechoso de Petrov y sus empleados.

Nos debía dinero de un gran préstamo que le había sido concedido años atrás para adquirir la empresa familiar, ya que hubo una gran disputa entre sus hermanos y él, lo que provocó una absoluta guerra.

Cada tres meses veníamos a por el pago y sus correspondientes intereses, obvio, pero aquel día todo parecía distinto.

Mi intuición me decía que algo iba mal. Era una sensación en las entrañas, una alarma interna que había aprendido a ignorar a lo largo de los años.

Me crucé de brazos, observando cómo el encargado colocaba los fajos de dinero en la maleta con movimientos demasiado lentos, como si estuviese ganando tiempo.

—¿Tienes algún problema? —inquirí con frialdad.

El hombre alzó la vista con rapidez y pude ver cómo el pánico reinaba en estos, a pesar de que solo intentaba ocultarlo.

—No, señor Romanov, todo está en orden —respondió, tras tragar saliva, mientras se apresuraba a cerrar la maleta.

Di un paso hacia él, inclinándome lo suficiente como para que pudiese sentir mi presencia más cerca, intimidándole.

—Pues no lo parece.

—Movimiento. —Escuché que me advertía uno de mis hombres por el pinganillo.

El silencio que siguió al aviso del pinganillo fue ensordecedor.

Parecía que hasta el aire había decidido contener la respiración.

Cada segundo se estiraba como si de una cuerda a punto de romperse se tratase.

Apreté la mandíbula con tanta fuerza que creí que mis muelas saltarían por los aires en cualquier momento.

Antes de que pudiera decir algo más, el sonido de unos neumáticos chirriando contra el asfalto llegó desde el exterior.

Mis hombres se tensaron de inmediato, ocupando sus posiciones y sacando sus armas.

Hice lo mismo, sintiendo como la adrenalina me recorría de pies a cabeza.

—Quedaos con el dinero —ordené a dos de mis chicos, mientras apuntaba con mi pistola hacia la entrada—. Nadie entra ni sale.

Los segundos se me antojaron eternos mientras nos preparábamos para lo inevitable, y entonces, todo explotó.

Las puertas del almacén se abrieron de golpe y un grupo de hombres armados entró, disparando sin previo aviso.

Me cubrí detrás de unas taquillas, devolviendo los disparos con precisión.

Golpeé con fuerza el armario metálico, me iba a cagar en la puta madre que me parió.

Todo era un caos. El sonido de las balas rebotando contra el metal y los gritos llenaban el aire, pero en mi mente solo había una certeza: esto no era un ataque cualquiera, ni espontáneo, era una jodida trampa y tenía nombre y apellidos.

El cabrón siempre buscaba joderme como si nuestra rivalidad no pudiera morir nunca.

Había crecido viéndolo como un igual, pero ahora no éramos más que enemigos en lados opuestos de una guerra que no parecía tener fin.

Lev. Era su estilo, tan directo y agresivo como siempre lo había sido, con la clara intención de dar un mensaje: estás jodido, Romanov. No era solo un ataque más.

Me asomé, encontrándome tres hombres en el suelo, dos de ellos enemigos y uno de los nuestros. Dos mujeres de la empresa permanecían bajo una de las mesas, escondidas y gritando con desesperación, mientras que cuatro encapuchados aún se afanaban en la puerta, impidiendo que nadie saliese.

Desvié la vista hacia Dimitri, quien se apoyaba en el armario contiguo al mío, y con un simple movimiento de cabeza, le indiqué que cubría su espalda.

Un grito desgarrador nos indicó que debíamos acabar cuanto antes con todo aquel asunto.

Sin pensarlo ni un solo segundo, salió del escondite, igual que lo hice yo, disparando a mansalva, acabando con los cuatro que aún se oponían a una posible huida.

Logramos repeler el maldito ataque, aunque no sin bajas.

Dos de mis hombres estaban heridos; uno de ellos yacía en el suelo, y el resto estaban tan cubiertos de sangre y polvo que apenas se les distinguía.

Los Orlov que quedaban fuera huyeron, pero no sin dejarnos un último recordatorio.

Uno de sus hombres, apenas con vida, fue abandonado a pesar de los gritos, una señal clara de que sabían lo que hacían.

Me acerqué a él, encañonándole directamente con la pistola.

—¿Lev te envió? —inquirí con la voz baja, pero tan rabioso que pude ver el pánico en él.

El hombre apenas pudo asentir antes de que apretase el gatillo, dejando ir su último aliento.

De vuelta a la mansión, avisé a mis hermanos de que iba en camino.

Estaba furioso. La imagen de lo ocurrido en el Aether, el ataque en el almacén y las mentiras de Nikolai se mezclaban en mi mente, formando una tormenta de rabia que no sabía cómo contener.

Subí las escaleras de dos en dos, llegando a la entrada del caserío, permitiendo que mis pasos resonasen pesados en el suelo, nada más traspasar las puertas.

Alexei estaba sentado en la mesa principal, revisando unos papeles, pero al verme entrar dejó lo que estaba haciendo y me observó con atención.

Andrei, por su parte, permaneció junto a la chimenea, sin apartar la vista de él.

Supe por su gesto que ya conocía todos los detalles de lo ocurrido, ya que era él quien se encargaba de todos los dispositivos de seguridad que tanto nos ayudaban.

—¿Qué ha ocurrido? —preguntó el pequeño, con esa calma característica que siempre lograba irritarme en momentos como este.

—¿Y Nikolai? —Quise saber.

Esto era asuntos del clan, del negocio familiar, ¿qué clase de líder no se presentaba a una reunión como aquella?

—No está —respondió Andrei, tajante.

Supuse que ya hablaron sobre ello, ya que mi pregunta no pareció hacerle ninguna gracia.

—¿Entonces? —insistió Alexei.

—Lev —contesté sin rodeos, dejando caer mi chaqueta sobre una de las sillas—. Nos tendió una emboscada en la recogida de Petrov.

Debía haber vigilado nuestras entregas durante los últimos seis meses, si no, no comprendía cómo demonios había averiguado nuestro paradero con aquella facilidad. Alexei frunció el ceño, apartando los papeles que antes miraba hacia un lado.

—¿Estáis bien?

—Dos heridos, pero sobrevivirán —respondí con impaciencia—. Esto es personal, Alexei. Lev está jugando con fuego y voy a encargarme de que arda.

—Viktor… —empezó a decir Andrei, pero lo interrumpí golpeando la mesa con el puño cerrado.

—¡Que no se te ocurra decirme que me calme! —vociferé casi ido—. Ese cabrón no puede seguir saliéndose con la suya —añadí rabioso—. Voy a buscarle y a matarle.

Alexei se levantó, colocándose frente a mí y tomándome por los hombros con la mirada compasiva.

—¿Qué diría padre?

—Padre puede comerme los huevos —bisbiseé.

Apreté la mandíbula con tanta fuerza que supe que podría llegar a escuchar el crujir de mis muelas.

—No digas eso —ordenó Andrei en un tono seco y contundente.

—Ni siquiera era tu padre —escupí cabreado como una mona.

—Aunque no lo fuese, sé lo que significa este apellido, y tú también deberías recordarlo —respondió—. A los muertos no se les nombra.

Lo fulminé con la mirada, tan enfadado que en cualquier momento saltaría la chispa que lo detonaría todo por los aires.

—¿Y después de matarle qué piensas hacer, Viktor? —inquirió Alexei—. ¿Crees que acabar con Lev solucionará algo? ¿Crees que Nikolai no tiene un plan?

—Nikolai está demasiado ocupado jugando a las casitas con sus malditos secretos —repliqué, sintiendo como la rabia empezaba a subirme por el pecho—. No tiene ni idea de qué está pasando y no quiere saberlo.

—Eso no es cierto y lo sabes —replicó Alexei, apretando un poco el agarre de mi hombro—. Nikolai está jugando al ajedrez, Viktor. No puedes entrar en su partida y mover una pieza sin saber el tablero completo.

Respiré hondo, intentando calmarme.

—¿Y qué cojones sugieres? —cuestioné—. ¿Que me quede sentado mientras Lev viene a por mí? —escupí—. Tal vez debería atarme a un poste y servirme en bandeja.

—No, eso no —respondió como si de verdad creyese que era una opción—.

Sugiero que confíes en Nikolai, y si no puedes hacer eso, confía en mí, yo hablaré con él —me pidió, al mismo tiempo que se separaba de mí y volvía a sentarse—.

Pero te lo advierto, Viktor: si actúas por tu cuenta, solo empeorarás las cosas.

Permanecí en silencio, observándole, pero percibiendo como todo en mí se dividía en dos, entre la razón y la rabia, esa que tan visceral se había vuelto y que me consumía lentamente.

Sabía que Alexei tenía razón, pero la idea de quedarme quieto mientras los Orlov seguían atacándonos me parecía insoportable.

Dejé ir un gruñido y, al final, asentí, aunque a regañadientes.

—Está bien —sentencié—. Habla con él, pero si esto vuelve a pasar… no voy a quedarme esperando soluciones.

Al cruzar la puerta, sentí cómo la rabia bullía en mis entrañas, pero era algo más: impotencia.

Odiaba depender de alguien, incluso de mis hermanos.

En mi mundo, esperar significaba arriesgarse, y yo nunca había sido un hombre paciente.

Lev iba a pagar por lo que había hecho, solo quedaba decidir cuándo.