El legado de los Romanov 6
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El silencio reinaba en la mansión Romanov.

Era casi opresivo, tanto que me costó respirar al encontrarme con los retratos de mis antepasados, el de mi propio padre y ahora el de Nikolai.

Las paredes estaban decoradas con los majestuosos cuadros de la bratva, todos y cada uno de ellos habían sido alguien importante para nuestra familia.

El retrato de nuestro padre, Vasily Romanov, dominaba el pasillo con su presencia imponente.

Sus ojos, pintados con un brillo casi perverso, parecían querer seguirme mientras caminaba hacia mi destino.

Nikolai ahora ocupaba un lugar en esa galería de sombras, pero por primera vez, me pregunté si llegaría a estar a la altura de ese legado o si terminaría enterrándonos con él.

Recorrí el largo pasillo hacia el despacho de mi hermano.

Había algo en ese lugar que siempre me recordaba la carga que suponía ser un Romanov, el peso de los secretos que protegíamos y los pecados que arrastrábamos en nuestra sangre.

Nikolai estaba sentado tras su enorme escritorio de caoba, con los codos apoyados y las manos entrelazadas bajo el mentón.

Cuando entré, alzó la vista de unos documentos.

Su expresión fue tan imperturbable como siempre.

«El rey en su trono», pensé. Pero había algo en sus ojos, un destello de agotamiento o quizá de frustración que hacía demasiado que no veía.

—¿Qué pasa, Viktor? —preguntó con tono frío.

Me acerqué, dejando caer mi chaqueta sobre una de las sillas frente a él, sin intención de sentarme. No vine para una charla cordial, sino para buscar respuestas.

—Hemos atrapado a uno de los hombres que estaba en la boda —le informé sin rodeos—. Lo encontramos cerca de aquí, vigilando.

Este no reaccionó de inmediato. Su mirada permaneció fija en mí, como si evaluara cuánto sabía y cuánto debía decirme.

—¿Y? —inquirió al final, como si lo que le acababa de decir no le hubiese tomado por sorpresa.

—¿Y? —repetí con incredulidad—. Ese bastardo merodeaba alrededor de Elena. ¿De verdad piensas actuar como si no fuera un problema? —cuestioné—. Porque te recuerdo que eres tú quien se ha casado con esa mujer y quien la ha metido en esta casa.

Nikolai dejó escapar un largo suspiro y se reclinó en su butacón, llevándose una mano a la sien, como si le doliese la cabeza.

—Sé manejarlo, Viktor —aseguró—. No necesito que vengas aquí a darme lecciones de ningún tipo.

—¿Sabes manejarlo? —Solté una sonora carcajada—.

¿Cómo vas a manejarlo cuando ni siquiera sabes qué buscan?

—añadí rabioso—. El tipo habló antes de morir, mencionó algo sobre secretos —continué—, algo que la madre de Elena sabía.

¿Qué cojones significa eso, Nikolai? ¿Por eso la has traído? —cuestioné.

Por primera vez, Nikolai desvió la mirada. Su mandíbula se tensó, y en un silencio incómodo bufó. Era una reacción que no veía en él desde hacía años. El hombre que siempre tenía respuesta para todo, el líder indiscutible de los Romanov, ahora parecía evitar algo.

—No es asunto tuyo, Viktor —sentenció, con una frialdad que no dejaba lugar para discutir, pero poco me importó.

—¿No es asunto mío? —rebatí, dando un paso hacia él—. Todo lo que tiene que ver con nuestra familia es asunto mío, y Elena ahora es una de nosotros —anuncié—. Si sabes algo que pueda ponernos en peligro, merecemos saberlo.

Nikolai se levantó de su silla, enfrentándome con la misma intensidad que utilicé yo.

—Estoy trabajando en ello —confesó—. Es todo lo que necesitas saber. Elena no sabe nada y no pienso arrastrarla a toda esta mierda.

Antes de que pudiera responder, la puerta del despacho se abrió y Andrei apareció con la misma calma insolente de siempre, sin molestarse en llamar. Se apoyó en el marco, cruzando los brazos, y con una ceja alzada, para, segundos después, dejar ir un suspiro teatral.

—Vaya, vaya… —dijo, recorriendo la escena con la mirada, como si evaluase una obra de teatro mediocre—.

¿Interrumpo algo? Porque el aire aquí está tan cargado que podría cortarlo con un cuchillo.

—Sonrió de medio lado, claramente disfrutando de la tensión que llenaba la habitación—.

Aunque, la verdad, creí que Nikolai tenía mejores maneras de recibir visitas.

¿O solo trata así a sus hermanos favoritos?

—¿Qué cojones quieres?

—Eh, calma, calma. —Alzó las manos en son de paz.

El mayor de nosotros le dedicó una mirada irritada a Andrei para, segundos después, rebufar como un toro cabreado.

—¿Has venido a aportar algo útil o solo a hacer comentarios de mierda? —inquirió con frialdad, denotando un visible cansancio.

—¿Quieres un cigarro o tal vez necesitas un buen polvo? —comentó el rubio.

Dejó ir un fuerte gruñido que resonó por toda la habitación, indicándole que lo mejor era que cerrase el pico.

—Nikolai nos oculta algo —anuncié, ignorando todo lo que acababan de decir.

Este chasqueó la lengua, restándole importancia y, por alguna razón, supuse que él sabía más de lo que decía.

—Viktor, basta —me advirtió el mayor de nosotros.

—Eso es, tranquilízate —me instó.

—¿Estás de su lado ahora? —gruñí, girándome hacia él, frunciendo el ceño.

—Estoy del lado de la familia, como siempre desde que llegué. —Andrei se acercó, dirigiendo su mirada hacia Nikolai—. Pero esto no puede mantenerse en secreto para siempre. Nikolai, si hay algo que debamos saber, es mejor que lo digas ahora

Este pasó una mano por su cabello, irritado, al borde del colapso. Durante unos segundos, el silencio volvió a llenar la sala, hasta que, al final, habló.

—No hay nada que decir —anunció—. Estoy investigando, eso es todo. —Miró a Andrei, ignorándome por completo—. Cuando tenga algo concreto, os lo haré saber.

Andrei asintió, como si aceptara la respuesta, pero sus ojos me buscaron de inmediato, enviándome un mensaje silencioso: ten paciencia.

Respiré hondo, tratando de calmar la rabia que hervía en mi pecho como una vorágine a punto de estallar. Todo en mí quería seguir presionándole, obligarle a hablar, pero sabía que no serviría de nada. Él era el líder indiscutible, y su palabra siempre era la última.

—Espero que tengas razón, Nikolai —sentencié—. Porque si algo le pasa a Elena por tus secretos, el único culpable serás tú.

No esperé respuesta alguna. Tomé mi chaqueta y salí del despacho, dejando a mis hermanos atrás.

Mientras cruzaba el pasillo, apreté los puños hasta que los nudillos se me pusieron blancos.

Cada fibra de mi ser quería volver, agarrar a Nikolai por el cuello y obligarle a hablar.

Pero sabía que no funcionaría. Él siempre creía saber más que el resto.

El problema era que, esta vez, si estaba equivocado, no solo su vida estaba en juego; todos íbamos a pagar las consecuencias.