5
El rugido de la moto resonaba en mis oídos, pero el caos de mi cabeza era tan fuerte que apenas escuchaba nada. El viento frío de Moscú golpeaba mi rostro, intentando despejarme, pero no había forma de sacarme de encima el desconcierto que me consumía desde que salí de Aether.
No había vuelto a mirar atrás. No quería pensar en su rostro, ni en la posibilidad de que ella estuviera allí. Pero cuanto más trataba de ignorarlo, más se colaba en cada rincón de mi mente. No podía ser ella, y mucho menos estando en la guerra en la que nos encontrábamos. Era absurdo.
El motor resonó con fuerza al llegar al almacén en el que me esperaba Andrei.
Al detener la moto, el silencio fue casi ensordecedor, tanto que se me hizo incluso extraño.
Me quité el casco y lo dejé sobre el manillar antes de entrar.
Saqué un cigarrillo y me lo llevé a la boca, encendiéndolo, sintiendo como los nervios me corroían con una lentitud desquiciante.
Le di dos largas caladas y me adentré en el lugar.
El aire era denso, cargado de un olor a humedad mezclado con sangre y algo más que no supe reconocer. Repugnante.
—Llegas tarde —anunció Andrei desde las sombras. Estaba apoyado contra una columna, con los brazos cruzados, observando al hombre atado en una silla frente a nosotros.
Alexei estaba colocando una mantilla sobre la mesa, en silencio. Siempre fue un chico de pocas palabras, pero llevaba un tiempo en el que eso se intensificó.
El prisionero era un tipo grande, de al menos dos metros y ciento veinte quilos de envergadura.
Su rostro estaba lleno de magulladuras y sangre, supuse que por la paliza que le habrían propinado mis hermanos.
Tenía el cabello revuelto y una enorme cicatriz que cruzaba su mejilla derecha.
Sonreí de medio lado, se parecía a la mía, solo que yo la tenía sobre el ojo derecho.
Su camisa estaba empapada de sudor y sangre pegada a su piel como si de una segunda capa se tratase.
Sus ojos me buscaron al instante, mostrando un pánico absoluto mezclado con una rabia contenida que me divirtió.
—¿Es uno de los de la boda? —pregunté, sin apartar la vista de él mientras me quitaba la chaqueta y la dejaba caer sobre la mesa donde trabajaba Alexei.
—Sí. Lo encontramos rondando la casa de Nikolai —me informó—.
Estaba vigilando a Elena, debe llevar varios días por la zona, intentando ser discreto, pero ya sabes cómo son los Orlov.
Siempre creen que son los más listos de lo que realmente son.
—Andrei dio un paso adelante, esbozando una mueca sádica en sus labios—.
Ha sido difícil de convencer, pero creo que no tardará demasiado en hablar.
Me acerqué al hombre, inclinándome lo suficiente como para que pudiese sentir mi presencia.
—Dime, ¿qué hacías tan cerca de casa de mi hermano? —pregunté, observando con fijeza cada detalle de su rostro, desde el sudor que perlaba sobre su frente hasta el tic nervioso de su mandíbula.
El hombre no respondió de inmediato. Sus labios estaban apretados en una línea tensa, y sus ojos buscaban cualquier rincón fuera de mi alcance. Sentí orgullo al ver su reacción, así que lo cogí por el cuello y le obligué a fijar su mirada en la mía.
Andrei soltó una risa seca.
—Vamos, Viktor —musitó—. Creo que los Orlov necesitan que seamos un poquito más persuasivos. No es más que un perro.
Saqué la navaja que siempre portaba conmigo, la giré sobre mis dedos mientras no dejaba de observar al hombre que, frente a mí, ya temblaba.
—Tienes una sola oportunidad de hacer que esto sea más sencillo. —Me incliné un poco más, dejando mi rostro a centímetros del suyo—. O te lo pondré más que difícil.
El hombre jadeó, moviéndose en la silla, como si buscara, de manera inútil, una forma de liberarse.
Su respiración se volvió errática, sus ojos buscaban de manera frenética alguna salida, pero no había más que una y éramos tres hombres contra uno.
Tomé una de sus manos con firmeza, a pesar de que intentó quitármela, observando cómo temblaba.
Sus dedos eran gruesos y agrietados, lo más probable es que estuviese acostumbrado a hacer el trabajo sucio, pero ahora, en mi control, parecían de lo más frágiles.
—¿Sabes lo que más odio de los tipos de tu puta calaña? —bisbiseé, mientras giraba el cuchillo entre mis dedos, dejando que el filo brillara bajo la tenue luz del almacén—. La falta de imaginación que tenéis los Orlov.
Sin esperar respuesta alguna, hundí la punta del cuchillo bajo una de sus uñas, empujando con lentitud mientras su cuerpo se tensaba y un grito desgarrador rasgaba su garganta, llenando el espacio.
La sangre comenzó a gotear mientras no dejaba de girar el cuchillo con precisión, arrancándole una reacción que no era solo de dolor físico; era puro terror.
—Vamos, tú puedes aguantar más que esto. —Mi tono fue casi divertido, como si estuviéramos hablando de algo trivial. Retiré el cuchillo, ahora manchado de su sangre, y observé su rostro empapado en sudor. Sus labios temblaban, como si las palabras quisieran salir pero su orgullo las detuviera.
Andrei soltó una carcajada baja entre las sombras que provocó que la mía se ensanchase aún más.
—Viktor, creo que quiere más.
Ignoré su cometario y me concentré en el prisionero, quien me observaba con los ojos enrojecidos. Me incliné más cerca, dejando que el filo del cuchillo rozara su cuello, lo suficiente para que sintiera cómo la sangre empezaba a deslizarse por sus clavículas.
—Hablemos claro —mascullé—. ¿Qué prefieres perder primero? —Sonreí como un auténtico demente, disfrutando de ver el pánico dibujado en su rostro—. ¿Otro dedo? ¿Tal vez una oreja? —comenté, llevándome la navaja a la mía—. ¿O lo que queda de tu miserable vida?
El hombre jadeó de nuevo, dejando caer su cabeza hacia adelante, mientras las lágrimas bañaban su rostro.
Todo su cuerpo temblaba, y pude ver cómo su resolución se desmoronaba.
Sabía que tenía poco tiempo antes de que su mente se quebrase por completo, por lo que lo machacaría hasta que suplicase una clemencia que no pensaba tener.
—Creo que tengo que mejorar mi persuasión, ¿no crees, Alexei? —le cuestioné a mi hermano, quien giró sobre sus talones para observarnos.
—Tal vez esto pueda ayudarte —anunció al mismo tiempo que me tendía la herramienta perfecta para seccionar los dedos de nuestro acompañante.
—¡Oh, perfecto! —exclamé casi eufórico, sobrereaccionando—. Vamos a pasárnoslo bien.
Antes de que el hombre pudiese decir nada más, coloqué uno de sus dedos y apreté con fuerza hasta que pude escuchar como un crujido seco, proveniente de sus huesos, resonaba en la estancia, precedido de un fuerte alarido de pánico absoluto.
—¿No te ha gustado? —cuestioné, haciéndome el ofendido—.
Puedo probar con el siguiente si quieres.
—Una sonrisa maligna se dibujó en mis labios—.
Pito pito, gorgorito, dónde vas tú, tan bonito…
—canturreé, pasando la navaja de un lado a otro, pinchando cada uno de sus dedos—.
Tú te vas y tú te que-das —terminé, colocando los alicates alrededor de su índice—.
Vaya, vamos a tener que decirle adiós a este pequeñín.
Coloqué la herramienta alrededor de su dedo y, cuando estaba a punto de apretar, el hombre jadeó.
—¡Está bien! —espetó con la voz estrangulada—. Te lo diré.
Me enderecé, cruzándome de brazos mientras aguardaba a que soltase toda la información que necesitábamos. Sus ojos se clavaron en mí, enrojecidos por la rabia y las amargas lágrimas que se habían agolpado en ellos minutos atrás.
—Elena es el objetivo.
—Dime algo que no sepa.
—Ella… —empezó a decir—. Ella conoce secretos, cosas que los Romanov han escondido durante años —continuó—. Vadim cree que sabe algo importante que podría derrocaros.
Elena. Por supuesto que se trataba de ella.
Nikolai trajo un problema directo a nuestra puerta al casarse con esa mujer.
Lo que no sabía era que estaba atrapada en él, como un ratón en una jaula llena de fieras.
¿Qué demonios podía saber ella que estuviera relacionado con los secretos más oscuros de mi familia?
Necesitaba respuestas, y las necesitaba ya.
El hombre continuó hablando, pero apenas podía prestarle atención.
Necesitaba saber qué demonios conocía Elena sobre nuestro pasado y, lo que era más importante, asegurarme de que jamás contaría nada a nadie.
—Sé conciso —le ordenó Alexei.
—Dicen… dicen que fue su madre quien lo sabía, y que ella lo heredó como si de una maldición se tratase.
Su madre. Las palabras resonaron en mi cabeza, pero antes de que pudiera procesarlas, Andrei dio un paso adelante, colocándose a mi lado.
—¿Eso es todo lo que sabes? —inquirió, con un tono que sonó más peligroso que pacificador.
El prisionero asintió en repetidas ocasiones, con vehemencia. El terror absoluto tomó el control de su gesto, mientras la sangre no dejaba de descender por su rostro y manos.
—Eso es todo, lo juro —añadió suplicante—. Solo me dijeron que vigilara. No soy nadie importante. Yo… solo hago lo que me ordenan —aseguró.
Andrei me miró, alzando una ceja. Ambos sabíamos lo que venía después. No podíamos permitirnos dejar cabos sueltos, y mucho menos siendo un hombre como él. Me acerqué al hombre, aún con la navaja en la mano, viendo como la desesperación se reflejaba en sus ojos.
—Por favor, yo solo…
La súplica en su voz era casi patética, pero no podía permitirme dudar.
Aquí, la compasión era un lujo que no tenía cabida.
Su respiración se volvió agitada, incluso errática, sollozando, como si de un crío asustado se tratara.
Pero allí no estábamos para tener compasión, sino para cumplir con nuestro cometido.
No le di tiempo a terminar. El filo del cuchillo encontró su garganta con un movimiento rápido y certero.
Su cuerpo se quedó inmóvil por un instante, antes de desplomarse hacia adelante, mientras la sangre goteaba contra el suelo, salpicando mis zapatillas.
Andrei observó en silencio, limpiándose las manos llenas del líquido con un pañuelo.
—¿Qué piensas hacer ahora? —preguntó Alexei, rompiendo el silencio, quien se había mantenido al margen durante toda la actuación.
Miré el cuerpo durante unos segundos. Odiaba a esa maldita escoria y pensaba terminar con todos ellos.
—Descubrir qué demonios sabía la madre de Elena y si Nikolai está enterado de algo.
Si la madre de Elena supo algo que pudiera destruirnos, lo averiguaría. Y si Nikolai me lo había ocultado… también rendiría cuentas con él.