El legado de los Romanov 4
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La mujer del vestido rojo seguía arrodillada frente a mí, completamente entregada a su labor, como si el resto del mundo hubiese dejado de existir. Sus labios cálidos y húmedos me arrancaban gruñidos guturales que no era capaz de contener, mientras su lengua se movía con una precisión devastadora.

Sonreí ladino, sin apartar la vista de ella.

Esto era lo que necesitaba, una buena mamada que me dejase seco, sin toda esa tensión que tanto había soportado.

No sabía quién se escondía detrás de aquella máscara, pero después de lo que estaba haciendo, le pediría que se casase conmigo con tal de tenerle de rodillas todo el día.

—Sigue, tigrítsa —le ordené en el momento en el que alzó su mirada, fijándola en la mía, y se apartó de mi endurecido miembro.

Sentí que iba a explotar.

—¿O qué, Anubis? —me retó, seductora.

—Te follaré hasta que pidas clemencia —bisbiseé, bajando lo suficiente como para acercarme a su oído.

Enterré mi mano en su cabello oscuro, tomándola con una rudeza que consiguió arrancarle un quejido pero que la hizo sonreír.

Sin dudarlo un instante, metí mi miembro en su boca.

Entré y salí, estocada tras estocada, sintiendo como todo mi cuerpo se tensaba del maldito placer que estaba provocándome.

—Joder —mascullé.

Sus manos se aferraron a mis muslos, marcándome con las uñas, como si quisiera asegurarse de que no pudiera escapar, aunque eso era lo último que deseaba en ese momento.

Estaba a punto de correrme en su boca, pero como si estuviese ido por completo, la tomé por la cintura, alzándola con facilidad y pegando su cuerpo al mío, con una mezcla de urgencia y posesión que no intenté ocultar.

Su respiración se entremezclaba con la mía, y su risa baja, ronca, era el único sonido que podía escuchar ente la música y el murmullo de Aether.

La giré en un rápido movimiento y la empujé contra la pared, atrapándola entre mis manos mientras mis labios devoraban los suyos con una brutalidad sobrenatural.

Sus manos volaron contra mi pecho, rompiendo la camisa que llevaba y, a pesar de que era carísima, no podía pensar en nada más que no fuese en perderme en ella.

Tiré con saña de su labio inferior, robándole un gemido que me supo a gloria.

Pero entonces, en un gesto automático, esta levantó una mano para apartar un mechón rebelde de su cabello azabache. Fue un movimiento descuidado, casi inocente, pero suficiente como para que la máscara, mal ajustada por nuestra intensidad, se deslizara, cayendo al suelo con un golpe sordo.

El impacto fue inmediato.

Mis labios se detuvieron a centímetros de los suyos, la respiración pareció congelárseme en el aire.

Mi mirada bajó de manera instintiva hacia el rostro de mi tigrítsa, ahora descubierto.

El mundo dejó de girar mientras mis ojos se clavaban en los de ella, expuestos.

No tenía ni idea de quién era yo, pero yo la conocía demasiado bien.

Mi mandíbula se tensó, y el aire pesaba en mis pulmones.

No podía ser.

Retrocedí un paso, incapaz de apartar la vista de ella.

Mi pecho subía y bajaba con fuerza, tratando de procesar lo que estaba viendo.

Esta frunció el ceño, su confusión fue más que evidente, sin entender mi reacción.

No tenía ni idea de quién era yo. Y eso, de alguna manera, lo empeoraba todo aún más.

—¿Qué pasa? —cuestionó, llevándose de manera instintiva una mano al rosto desnudo, sin percatarse aún de la magnitud del momento.

Mi mandíbula se tensó, y el deseo que había estado a punto de consumirnos se transformó en una tormenta de emociones que no quise enfrentar.

No podía apartar la vista de ella. Cada maldito rasgo me era familiar, demasiado.

Era como si el pasado hubiera irrumpido sin avisar, mezclándose con el presente, en el peor de los momentos.

Una parte de mí deseaba desangrarla hasta ver caer la última gota; pero otra, necesitaba correrse dentro de ella.

El caos en mi interior se volvió demasiado fuerte, tanto que la aparté con brusquedad, y me giré para recoger mi chaqueta.

—Esto… se acabó. —Mi voz sonó áspera, cortante y ronca, mientras trataba de mantener el control.

Ella no dijo nada, pero sus ojos me siguieron con una mezcla de desconcierto y frustración.

Mi corazón latía con violencia mientras atravesaba Aether.

A mi alrededor, el desenfreno continuaba como si no hubiera pasado nada, como si el caos no hubiera encontrado una grieta en mi armadura.

Me deshice de la máscara de Anubis, lanzándola sobre la mesa, sin detenerme.

No podía quedarme un segundo más. Si lo hacía, me arriesgaba a perder el control por completo, y eso era algo que no podía permitirme.

No aquí, no con ella. Necesitaba salir de allí antes de que mi mente comenzara a cuestionarse lo que había visto.

Salí de Aether antes de que pudiera detenerme, recordando su hermoso rostro y la imposibilidad de que estuviera en un lugar como aquel.

El aire frío me golpeó con fuerza cuando crucé las puertas de Elysium.

Inspiré hondo, intentando calmar la tormenta que se regía en mí, pero la imagen de cara continuaba grabada en mi mente.

Encendí un cigarrillo. Las manos me temblaban y no supe si era por la rabia, el deseo o el desconcierto que ahora ardía en mi pecho.

¿Qué demonios estaba haciendo aquí?

Cuando subí a la moto, el teléfono vibró en el bolsillo de mi chaqueta. Lo saqué de mala gana, irritado por la interrupción. La pantalla me mostró un nombre que siempre avisaba de problemas: Andrei.

—¿Qué cojones quieres? —gruñí al contestar, dejando mi frustración tomase el control.

—Eh, baja dos tonos —respondió este—. Relájate, Viktor. —Su voz fue tranquila, pero ya lo conocía demasiado bien como para no captar la seriedad detrás de sus palabras—. Tenemos a uno de los hombres que estaba en la boda.

Mi cuerpo se tensó de inmediato.

—¿Dónde? —inquirí.

—Cerca de la casa de Nikolai —me informó—. Continuaba vigilando.

—¿Cómo lo habéis encontrado?

Andrei suspiró al otro lado del teléfono. Podía escucharlo caminar de un lado a otro.

—No ha sido muy complicado, la verdad —comentó—. Las cámaras térmicas han captado su calor corporal.

—Hay que ser inútil —mascullé sin ganas.

Negué con la cabeza. Al final, los hombres de los Orlov no eran tan espabilados como pensaban, o al menos no conocían las novedades tecnológicas con las que contábamos gracias a Andrei.

—Ahora lo tenemos, y vamos a interrogarlo —me explicó sin muchas ganas—. ¿Vienes o prefieres seguir desaparecido en a saber dónde?

—Estoy de camino.

Colgué antes de que siquiera pudiese añadir nada más, y arranqué la moto con un rugido que rompió el silencio de la noche.

El viento helado golpeó mi rostro mientras aceleraba por las calles desiertas, pero ni así pude disipar el torbellino que aún llevaba dentro.

Primero ella, y ahora esto. La noche no estaba ni siquiera cerca de terminar, y algo me decía que cuando lo hiciera, no habría respuestas fáciles, sino más caos con el que lidiar.