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La tensión me estaba devorando vivo. Había pasado demasiados días con los hombros encogidos, los puños apretados por la rabia y el cerebro a punto de estallar.
Esa noche, mientras el resto del mundo continuaba con su miserable rutina, yo decidí hacer lo único que sabía que podía darme un respiro: perderme en el caos más exquisito que Moscú podía ofrecer.
Una fiesta en Elysium, el club más selecto del país.
Antes de entrar, le di una última calada y lancé mi cigarrillo lejos, justo cuando la brasa casi me quemaba los dedos.
El humo se disipó con lentitud en la helada noche moscovita, pero el ardor en mi interior seguía allí.
Elysium era más que un club; era un santuario para los que vivíamos al filo de la moral y el exceso.
El edificio, una obra maestra de arquitectura moderna, se alzaba en mitad de la ciudad, como un monolito oscuro, con la fachada de vidrio tintado reflejando las luces de Moscú.
La entrada principal estaba flanqueada por dos columnas altas talladas con intrincados patrones que parecían moverse bajo las luces parpadeantes, como si el lugar respirara un aura propia.
La iluminación exterior, un juego de neones carmesí y púrpura, bañaba la fachada con una intensidad casi hipnótica, proyectando sombras que parecían bailar al ritmo de la música que se filtraba desde su interior.
Dos guardias, vestidos de manera impecable, vigilaban la entrada con una presencia imponente.
No había largas filas ni tumultos; Elysium no era un lugar para cualquiera.
Era un club donde el dinero, el poder y la influencia eran la única forma de entrada, y todos lo sabían.
Los coches de lujo llegaban uno tras otro, dejando a sus pasajeros, hombres y mujeres, vestidos con una elegancia que rozaba la ostentación, pero todos ellos enmascarados, en un anonimato calculado.
Al cruzar las puertas, el interior era como un mundo distinto.
La recepción principal era un espacio oscuro e imponente, iluminado por suaves haces de luz que caían como cascadas desde el techo.
En el suelo, el mármol negro brillante reflejaba las luces como espejo líquido, mientras las paredes estaban cubiertas de paneles de cristal oscuro que revelaban destellos en movimiento detrás de ellos, como si el club ocultara secretos con cada uno de sus rincones, y en cierto modo, así era.
Elysium no solo era un local normal; era un reino donde el placer, la decadencia y el poder se mezclaban en un equilibrio precario.
Nada más traspasar el umbral, la música me golpeó con fuerza.
Un ritmo electrónico y primitivo retumbaba en las paredes, haciendo vibrar hasta mis huesos.
Hombres y mujeres bailaban en la pista principal bajo un espectáculo de luces que parecía diseñado para desorientar y excitar a pates iguales. Pero no era allí donde yo quería estar.
En Elysium existía un lugar aún más exclusivo, uno donde solo la gente con cierto poder podía acceder.
El guardia de seguridad, un tipo grande y serio que nos conocía bien a los Romanov, me hizo un leve gesto con la mirada desde el fondo de la sala.
La verdadera fiesta estaba al otro lado de las puertas que él custodiaba.
Me acerqué sin prisa, disfrutando de cómo algunos invitados me reconocían al pasar, con la mirada llena de curiosidad y miedo.
Saludé al segurata con un leve movimiento de cabeza, y él, sin una palabra, me tendió una máscara negra poligonal en forma de Anubis.
Sonreí de medio lado. No podría haber sido más acertado: el dios de la muerte en el antiguo Egipto.
Era un recordatorio de lo que era capaz de hacer: guiar el caos o devorar a cualquiera que se interpusiera en mi camino.
Me la coloqué con un movimiento fluido y, sin dudar un segundo, empujé las puertas, entrando en Aether.
Esta no solo era una sala; era un refugio para los que buscábamos escapar de todo, incluso de nosotros mismos.
Pero en su interior, la línea del placer y la destrucción siempre estaba a punto de romperse.
Lo que vi me dejó sin aliento, una vez más.
Como siempre, aquello no era una simple fiesta; era un espectáculo desbocado, un carnaval de lujuria y exceso.
Decenas de personas bailaban al ritmo frenético de la música, restregando sus cuerpos sudorosos como si no pudieran evitarlo.
Mientras, a lo largo y ancho de toda la sala, decenas de parejas se follaban sin pudor alguno, mientras sus gemidos se mezclaban con la música.
Algunas mujeres, desnudas, reían mientras sus amantes las devoraban con ansias, como si quisieran recoger cada resquicio de su esencia, sin importarles quien los mirase.
Avancé entre la multitud, ignorando el calor que subía por mi piel, hasta que la vi.
Allí estaba ella. La mujer del vestido rojo.
Estaba enfundada en un ceñido traje de látex que parecía haber sido moldeado directamente sobre su piel, dejando cada curva de su menudo cuerpo expuesta de la forma más obscena posible.
La máscara que cubría la parte superior de su rostro dejaba libres sus labios carmesí, perfectos, sensuales, y en ese momento supe que no podría apartar la vista de ella en lo que quedaba de noche.
Quería tomarla, follarle sobre la grandiosa mesa de roble que había en el centro de la sala, y correrme en ella hasta que suplicase que volviese a hacerlo.
Se movía con la gracia felina de alguien que sabía que cada mirada estaba sobre ella, y que disfrutaba de ese poder.
Nuestros ojos se encontraron a través de la multitud y, durante un instante, el tiempo pareció detenerse.
Sus labios se curvaron en una sonrisa cargada de desafío, como si supera con exactitud lo que estaba pensando.
Entonces, comenzó a caminar, lenta, deliberada, observándome con detenimiento, hasta que desapareció entre la multitud.
Pero no, no estaba huyendo. Me estaba retando.
Mi miembro se endureció al instante, provocando que incluso la tirantez de la bragueta me doliese.
Mis pasos la siguieron, atravesando un mar de cuerpos jadeantes y susurros cargados de deseo.
Decenas de manos me tocaron, deseando que les proporcionase un placer que ya tenía dueña.
En cada rincón había escenas que harían enrojecer a cualquiera con un mínimo de pudor, pero yo ya no venía a nada más que a por ella.
La busqué con desesperación, como si el calor que me abrasaba fuera una droga que solo ella podía calmar.
Cada mirada con la que me cruzaba me parecía insignificante, cada roce era un desperdicio.
Solo tenía un objetivo. Al final, la encontré apoyada en uno de los reservados, pero con las cortinas abiertas, apoyada contra la pared y con sus labios rojos curvados en forma de sonrisa peligrosa.
—¿Vienes a jugar? —susurró, acercando su boca a mi oído, cargada de promesas inconfesables.
No respondí. Me acerqué a ella y, en un rápido movimiento, la empujé contra la pared, atrapando su cuerpo contra el mío.
La tomé por el cuello. Su risa baja y ronca vibró contra mi pecho.
No ofreció resistencia, sino que refregó su cuerpo contra el mío, provocándome.
En cambio, sus manos subieron por mi camisa, rozando mi piel con una familiaridad insolente.
Nuestros labios se encontraron en un choque brutal, húmedo y hambriento.
Su boca sabía a peligro, deseo y a fresa, y no estaba dispuesto a detenerme, y mucho menos a amedrentarme.
Sus uñas se clavaron en mi nuca mientras no dejaba de devorarla, hasta que un gemido se le escapó, incentivándome a no detenerme.
Clavé mis dedos en su cintura, sujetándola con fuerza, consiguiendo que un quejido se escapase de su interior y muriese en mi boca.
Sus manos se deslizaron despacio por mi cuerpo, hasta que llegaron a mi endurecido paquete.
Mordí su labio inferior, tirando de él con saña, mientras ella bajaba la cremallera de mi pantalón.
—¿Esto era lo que querías, tigrítsa[5]?
Esta asintió con una sonrisa ladina que provocó que mi polla palpitase.
Se pasó la lengua por los labios y, sin previo aviso, se arrodilló frente a mí, con una mirada que prometía llevarme al borde de la locura.
Con un movimiento lento y deliberado, deslizó sus labios sobre mi miembro, como si saboreara el mejor de los manjares.
El calor y la presión con la que me devoraba eran devastadores, tanto que no dudé en enredar mis dedos en su cabello, tirando de él con fuerza para conseguir un mejor acceso.
La mujer dejó de moverse, ofreciéndome el control que tanto deseaba.
Mis acometidas se volvieron cada vez más duras y profundas, provocando que alguna arcada subiese a su garganta.
Dios, estaba a punto de estallar en mil pedazos.
Me detuve durante unos segundos, sintiéndome al límite, y fue entonces cuando esta paseó su lengua por la punta de mi miembro, llevándose consigo mi esencia.
Un gruñido gutural salió de mi interior, mientras ella me devoraba con la maestría de alguien que sabía con exactitud cómo controlar a un hombre.
Aquella noche no buscaba control. Solo quería perderme.
Y lo estaba logrando.