El legado de los Romanov 2
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Subí las escaleras que se dirigían hacia mi apartamento, dándome la impresión de ser más empinadas de lo habitual.

A cada paso que daba, el peso de la noche parecía clavarse con mayor profundidad en mi espalda.

Eran alrededor de las cinco de la mañana y sentía todo mi cuerpo dolorido debido a la tensión de todo el día.

Encendí un cigarrillo cuando llegué al último piso, el que me llevaba a un precioso ático con vistas a la ciudad.

El eco de la puerta al cerrarse resonó en el silencio de mi apartamento.

El ruido metálico del cerrojo me recordó que, aunque estuviera en territorio que consideraba seguro, el peligro seguía acechando.

Era como tener una alarma de incendios resonando una y otra vez en mi cabeza.

Dejé la chaqueta sobre el respaldo del sofá de cuero negro y le di una larga calada al cigarro.

El lugar estaba en la más profunda oscuridad, apenas iluminado por las luces de la ciudad que se filtraban a través de los amplios ventanales.

En otro momento, habría apreciado el espectáculo: las calles de Moscú, con sus contrastes entre lujo y decadencia, siempre me parecieron un reflejo de mi vida.

Pero esa noche, todo me pareció opresivo, como si algo en el aire pesara más de lo habitual.

Me serví un trago de vodka y caminé hasta el ventanal, dejando que el frío cristal me contagiara, calmando mi mente.

El éxito de la operación en la boda había relajado los nervios de Nikolai, pero los míos seguían retumbando sin intención de detenerse.

Los Orlov no eran conocidos por aceptar derrotas con facilidad.

Estaba hecho polvo, llevaba días sin apenas dormir, centrado en ayudar a mis hermanos a encontrar la respuesta de por qué Elena era tan importante para los Orlov, y qué era lo que ella tenía que tanto les interesaba.

Nikolai fue rápido, la tomó como esposa antes de que siquiera pudiese negarse.

Tenía el control de toda la situación y eso significaba que cualquier agravio contra ella se dirigiría hacia nosotros de manera inmediata.

Nadie osaría ponerle una mano encima, o al menos no sin esperar las consecuencias.

Cuando me giré para dejar el vaso en la mesa, lo vi.

Una hoja de papel descansaba en el centro de la superficie, parecía haber sido colocada con una precisión casi provocadora, lo que me paralizó.

Había algo en su simpleza que me gritaba peligro.

Mi cuerpo se tensó al instante, de manera instintiva, y me llevé una mano a la pistola que siempre mantenía en la parte trasera de mi cintura.

Me acerqué despacio, midiendo cada paso, hasta que el borde de la mesa estuvo a mi alcance.

Miré a mi alrededor, y entonces me percaté de que las cámaras de seguridad lucían apagadas, por lo que debían de haberlas manipulado justo antes de dejar la nota.

Apreté las manos en puños y voceé. Mis dedos tomaron el papel con cuidado y mi mirada se clavó en las letras garabateadas.

Dejé ir una risotada amarga. La caligrafía era inconfundible.

Un Romanov siempre acaba cayendo. Esta vez, te toca a ti, Viktor

—Lev Orlov —musité.

Mis labios se curvaron en una sonrisa ladina.

Ese maldito hijo de puta. Hacía años que no sabía de él, pero su escritura, inclinada y algo descuidada, me había gritado su nombre antes de que siquiera pudiese pensarlo.

Era la misma que solía garabatear en mis cuadernos cuando no éramos más que unos críos.

Llevé la nota al cigarrillo que ahora reposaba en mi boca, prendiéndola en llamas.

Salí al balcón y la alcé, permitiendo que se consumiera por completo.

Sabía que estarían vigilándome, y poco me importaba.

Ya habían entrado en mi casa, podrían hacer lo que les viniera en gana, o eso creían.

Al entrar, me dejé caer en el sofá. La amenaza, aunque seria, no me pareció más que un eco del pasado.

Lev y yo crecimos en mundos paralelos, separados por un abismo de sangre y rivalidad que nuestros padres alimentaron con odio.

Sin embargo, en el colegio, la guerra entre los Romanov y los Orlov no significaba nada, sobre todo para esos dos niños que tenían más ganas de patear un balón que de manejar un maldito imperio.

Jugábamos al fútbol en los recreos, compartíamos desayuno y bromas que jamás confesaríamos en casa.

Sin embargo, la adolescencia llegó con sus propios demonios.

Una tarde, tras salir de clase, cuando estaba en uno de los callejones contiguos a la escuela, dos matones vinieron a por nosotros.

No tendríamos más de trece años cuando ocurrió.

Esos chavales querían robarnos el dinero que nuestros padres nos dieron sin siquiera saber las consecuencias de lo que hacían.

Nosotros tampoco las sabíamos. Esa tarde cometimos nuestro primer asesinato, y aunque fue en defensa propia, nos manchamos las manos de sangre.

Aún podía recordar el sabor metálico en mi boca, los gritos de pavor, el sonido de cada uno de los golpes, el nerviosismo con el que juramos que nunca nadie se enteraría del altercado.

Una noche, muerto por el remordimiento, se lo confesé a mi padre: Vasily Romanov, el más grande de los líderes de la bratva, el ser más autoritario y despiadado que hubiese visto jamás.

Alcé mi mano derecha, esa que siempre iba enfundada en un guante de piel negro, y dejé ir un bufido.

Lev, en cambio, tomó el camino de la lealtad a su familia, el silencio, y yo opté por hacer lo mismo, fingiendo que nada de lo que ocurrió tras el ataque sucedió.

Cogí el ordenador portátil que guardaba en la mesa del escritorio de mi despacho.

Nada más encenderlo, fui a la aplicación de las cámaras de seguridad.

Porque sí, Lev había pensado que era muy listo, pero con lo que no contaba era que tuviese una cámara escondida de la que nadie conocía el paradero.

Eché hacia atrás en el tiempo, hasta que llegué a las seis de la tarde, hora en la que aún estábamos en la celebración de la boda de Nikolai y Elena.

Un calor fulgurante subió por mi pecho. Maldito hijo de puta.

Ahí estaba, moviéndose por mi apartamento como si le perteneciera, tocando mis cosas, admirando mis paredes.

Cada una de estas estaba adornada con piezas únicas de arte, un museo privado que pocos podían imaginar.

Entre ellas colgaban lienzos con historias tan oscuras como fascinantes: obras robadas durante la Segunda Guerra Mundial, arrebatadas por los nazis a familias que jamás las recuperarían.

Nikolai siempre decía que esos cuadros eran más valiosos por su historia que por el precio, pero para mí eran algo más.

Cada pincelada representaba poder, legado y la capacidad de tomar lo que el resto del mundo consideraba inalcanzable.

Aquí, en mi apartamento, esas obras servían como un recordatorio constante de lo que significaba ser un Romanov: reclamar lo que otros no podían conservar.

Recordé la nota, la manera en la que estaba escrita, esa fluidez y parsimonia.

En las imágenes se veía a Lev dejándola sobre la mesa y observándola como si se debatiese entre hacerlo o no.

La amenaza era directa, casi personal, pero no podía ignorar el subtexto.

Lev no solo me quería muerto; quería recordarme quién era y de dónde venía.

Este no era un movimiento únicamente de los Orlov. Era suyo a título personal.

Me recosté, dejando que el peso de los recuerdos se acomodara junto al cansancio que sentía en mis músculos. Si Lev había hecho esto era porque quería algo, y estaba dispuesto a encontrarlo antes de que él pudiera dar el siguiente paso.

«¿De verdad quieres jugar, Lev?», pensé para mis adentros. Tal vez había llegado el momento de recordarle a Lev que, aunque compartimos un pasado, solo uno de nosotros había nacido para sobrevivir al presente.