El legado de los Romanov 1
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Unas semanas antes

El eco de las campanas resonaba en el aire frío de Moscú, marcando el inicio de la ceremonia.

Nikolai y Elena se tomaban las manos, unidos bajo la majestuosa cúpula de la catedral, pareciendo dos figuras talladas en mármol, imponentes e incluso inalcanzables.

Desde mi posición entre las sombras, observé a mi hermano mayor, el líder indiscutible de los Romanov, recitar sus votos con la misma calma implacable que usaba para tomar decisiones capaces de destruir imperios.

Pero no estaba allí para disfrutar de un día familiar.

Mis ojos se deslizaban entre los asistentes, midiendo cada movimiento, cada mirada que duraba un segundo más de lo normal.

Había aprendido hacía mucho tiempo que tan solo eso era suficiente como para reconocer a un enemigo.

Y los Orlov estaban entre nosotros. Lo sabía.

Lo percibía en el ambiente, en el ligero hormigueo que recorría mi mano, como si de una premonición se tratase, igual que lo hacía cada vez que algo iba a explotar.

El teléfono vibró dentro de mi chaqueta. Lo saqué con discreción y leí: Sótano oeste. Urgente. Dimitri, siempre a tiempo para complicarme el día aún más. Resoplé, ajustándome el nudo de la corbata mientras caminaba con pasos largos hacia la salida lateral, donde nadie pudiera notar mi ausencia.

El sótano estaba oscuro y frío, con un olor a humedad que se mezclaba con el eco de las tuberías. Dimitri estaba allí, recostado contra una columna, jugando con un encendedor como si no tuviera un mensaje que pudiese cambiar el curso de todo el maldito día.

—Tienes el don de elegir lugares acogedores, ¿sabes? —comenté, cruzando los brazos mientras lo miraba con impaciencia.

Este soltó una risa baja y apagó el encendedor.

—Tú también tienes un don, Viktor. Siempre pareces estar de mal humor. —Dio un paso hacia mí.

—No me toques los cojones, Dimitri —le advertí, sacando un cigarrillo y llevándomelo a los labios—. Desembucha.

—Los Orlov se han autoinvitado a la boda —anunció, borrando todo rastro de diversión de sus ojos—. Cinco, quizá seis. Están armados. Camuflados entre la gente del staff.

Un escalofrío me recorrió la nuca, llegando a helarme hasta los pies.

—¿Cuándo atacarán?

—Durante el banquete. Quieren un espectáculo, algo que le recuerde a Nikolai que no es intocable.

Por un instante, mi mano se cerró en un puño con tanta fuerza que noté las uñas clavándose en mis palmas.

Respiré hondo y me obligué a pensar con claridad.

Iba a matarlos a todos. Esto no podía llegar a Nikolai.

Hoy no. Necesitaba que el día fuese perfecto, y para eso estaba yo, para encargarme de que nada se saliese de lo estipulado.

—Dame nombres, posiciones, cualquier cosa que me pueda ser útil. —Mi tono fue cortante, sin espacio para bromas.

Dimitri asintió y comenzó a hablar, detallando todo lo que habían visto el equipo que se encargaba de custodiar el lugar de la boda. Mientras lo escuchaba, mi mente ya trazaba un plan. Nikolai no debía enterarse de esto hasta que fuese necesario, si es que lo era.

—Vi a uno en la cocina —empezó Dimitri—. Parece el líder, un tipo grande, pelo rapado. Llevaba una chaqueta de chef, pero dudo que sepa distinguir un cuchillo de cocina de un machete. El segundo estaba cerca del acceso al almacén, revisando un cargamento como si buscara algo.

—¿Y los otros? —pregunté, impaciente, sintiendo como me hervía la sangre.

Esos hijos de puta pagarían por todo lo que estaban haciendo como que me llamaba Viktor Romanov.

—Dos en el pasillo del ala norte. Camareros, por el uniforme.

Estaban cargando algo en las bandejas de plata, pero, era obvio que no se trataba comida, eso te lo aseguro.

—Hizo una pausa, dejando caer el cigarrillo al suelo para apagarlo con el pie—.

El último es más difícil de ubicar. Se encontraba junto a la entrada principal hace una hora, pero podría haberse movido. Parecía estar supervisando al resto.

Mis pensamientos se aceleraron. Cada detalle que Dimitri compartía encajaba como un puzle siniestro.

La cocina, el almacén, los pasillos… Lugares clave que ofrecían acceso tanto a la comida como al salón principal.

Sabían lo que hacían. Los Orlov nunca actuaban sin un plan, y este era algo más que un simple ataque: era un mensaje de guerra, una demostración de fuerza.

—¿Cuánto tiempo tenemos? —le pregunté, aunque ya sabía la respuesta.

—No mucho. Quizá treinta minutos, puede que menos. Estoy seguro de que van a esperar a que todos estén distraídos con el brindis o cuando la música esté más alta.

Mi mandíbula se tensó, y sentí la urgencia arder en mis venas como si de lava se tratase. No había margen para errores. Si esos bastardos llegaban al salón, sería un baño de sangre, y los Romanov no podían permitirse una humillación como esta, especialmente no en el día que Nikolai se unía a Elena.

—Bien —musité—. Esto es lo que vamos a hacer.

—Me acerqué a Dimitri, manteniendo la voz baja pero firme—.

Tú volverás al almacén y me confirmarás si los dos tipos del pasillo norte siguen allí.

Que no te vean. Yo enviaré al resto de nuestros hombres a la cocina y a la entrada principal. El cabrón del pasillo es mío.

—¿Y si algo sale mal? —preguntó Dimitri, alzando una ceja.

Lo fulminé con la mirada, dejando que mi expresión hablase por mí. Para los Romanov, fallar no era una opción.

—No lo hará. Si no hay nada más, lárgate. —Mi tono no dejó espacio a discusión.

Dimitri asintió y desapareció en la penumbra, dejando atrás el eco de sus pasos. Durante unos segundos, permanecí en silencio, pensativo, trazando en mi mente los movimientos que cada uno de mis hombres debía hacer. No podía permitirme alterar a Nikolai ni, mucho menos, interrumpir la ceremonia.

Saqué mi teléfono y marqué el número de Andrei, quien contestó al segundo tono con tranquilidad.

—¿Problemas? —Quiso saber.

—Nada que no pueda manejar —aseguré—. Necesito que pongas a trabajar a todos tus cachivaches.

Andrei había formado parte de los servicios de inteligencia más avanzados del mundo, aunque de manera independiente, ya que era un mercenario sin escrúpulos.

Recientemente habíamos descubierto que era el hijo bastardo de mi madre, Natalia, quien lo tuvo fruto de una violación antes de que Alexei, nuestro hermano menor, naciera.

—Enviaremos al resto de hombres al lugar del convite —le informé—. En la entrada norte y a cubrir el perímetro exterior. No quiero que sea nada obvio. Infórmales de que quiero que parezca un refuerzo rutinario, nada llamativo.

—Entendido, pondré todo a funcionar —contestó—. ¿Qué sucede? —La curiosidad de Andrei era más que palpable, pero no iba a darle más información de la necesaria.

—Solo haz tu magia, novyy [4]—le ordené.

Colgué antes de que pudiera responder. Cada minuto que pasaba, la tensión en mi pecho crecía, pero lo escondí bajo una máscara de calma mientras salía del sótano. Nikolai me había enseñado que el control lo era todo, y ese día no iba a ser diferente.

La recepción estaba en su apogeo cuando llegué al salón principal.

Las luces cálidas y la música tenue creaban una ilusión de seguridad que era irreal; caminábamos sobre el filo de una navaja.

Mis hombres, camuflados entre los guardias de Nikolai, estaban en sus posiciones, listos para actuar ante el primer signo de amenaza.

Mi mirada se cruzó con brevedad con la de Alexei, quien charlaba con un diplomático extranjero, tal vez italiano, cerca de la barra libre.

Su rostro tenía la misma expresión tranquila de siempre, pero pude percibir un ligero arqueo de su ceja derecha, casi imperceptible.

Había aprendido a leer esos pequeños gestos; sabía que Alexei también percibía algo fuera de lugar.

Asentí con sutileza, indicándole que estaba en lo cierto, pero a pesar de ello, todo estaba bajo control.

Entonces lo vi. Uno de los camareros llamó mi atención.

Este tenía una complexión robusta, más propia de un matón que de alguien que sirve champán.

Sus movimientos eran demasiado calculados, y el sudor en su frente, aunque apenas perceptible, delataba la presión de la misión en la que estaba sumido.

Una de sus manos se deslizó por el interior de su chaqueta y, por un instante, el tiempo pareció ralentizarse mientras lo seguía con la mirada, vigilando cada uno de sus gestos.

Por un segundo que se me antojó eterno, mi mente calculó la distancia entre nosotros, el ángulo de su mano dentro de la chaqueta, y el tiempo que tardaría en desenvainar el arma.

No había margen de error. Mis pasos apenas hicieron ruido cuando me abalancé sobre él, torciendo su brazo en un movimiento tan rápido que su intento de disparar quedó en eso, un simple e inútil intento.

—Ni se te ocurra —bisbiseé, haciendo énfasis en mi agarre.

El arma cayó al suelo y le propiné un golpe, consiguiendo que desapareciese bajo el largo mantel que cubría la mesa más cercana a nosotros.

Dos de mis hombres aparecieron para llevárselo de inmediato, sin hacer ruido, como si todo hubiese sido casual.

Desde mi posición busqué a Nikolai. Estaba sentado junto a su esposa, fijando su atención en ella.

Por un instante, Nikolai no era el líder despiadado que conocía, sino un hombre que había encontrado algo que yo ni siquiera sabía si existía para alguien como nosotros: paz.

Era una imagen que apenas recordaba haber encontrado en él, y algo en mi interior se revolvió al verlo de aquella manera.

Ese momento me recordó la distancia que se había formado entre él y el resto de nosotros, una que no sabía cómo acortar.

El resto de los hombres de los Orlov no tuvieron oportunidad alguna, ya que mis hombres los interceptaron antes de que pudieran siquiera llegar al salón, limpiando el desastre antes de alertar a nadie.

Cuando todo terminó, tomé un trago de vodka en la barra, dejando que el líquido quemara la tensión que se había agolpado en mi garganta.

—¿Todo bien? —preguntó en voz baja Alexei, aún sospechando por la última mirada que nos habíamos profesado.

—Sí, todo bajo control —mentí, porque sabía que esto no era más que el principio.

Nikolai y Elena se levantaron para brindar, y el salón entero estalló en aplausos.

Desde mi rincón, levanté mi copa hacia ellos.

La amenaza había sido contenida, pero sabía que los Orlov no se detendrían aquí.

Esto solo había sido un recordatorio de que, en nuestro mundo, incluso en los días más felices, la guerra siempre estaba al acecho.