introducción
Viktor
Desperté con un dolor punzante que me atravesaba la cabeza, como si un mazo de hierro me hubiese golpeado sin piedad una y otra vez.
Lo primero que percibí fue el sabor metálico de la sangre en mi lengua, seguido del frío acero de la silla en la que mis manos estaban atadas con bridas.
El aire estaba cargado de humedad, óxido y un leve hedor a moho que me revolvió el estómago.
Abrí los ojos con pesadez, forzándolos a adaptarse a la penumbra.
Una bombilla desnuda colgaba del techo, parpadeando con debilidad, iluminando un sótano mugriento con paredes desconchadas y llenas de algo que no supe descifrar.
Miré a mi alrededor, estaba atado a una silla de metal, firme y que permanecía anclada en el suelo.
No había salida fácil; lo supe al instante.
Me removí, probando la firmeza de las ataduras.
El gesto provocó que una punzada de dolor me atravesase el costado.
Genial, era probable tuviese una costilla rota.
Mi mente iba a mil por hora. Lo último que recordaba era estar con Alina.
Sus ojos estaban llenos de odio, su lengua era tan afilada y viperina que jamás me lo imaginé.
Y su rabia era demasiada como para contenerla toda en un cuerpo tan pequeño.
Había tomado la decisión de jugármela a una carta, de manera calculada, pero algo había salido mal.
Había subestimado las consecuencias de usarla como ficha en este maldito juego.
Y ahora no solo estaba pagando el precio, sino que también había puesto en peligro a toda mi familia.
Mis pensamientos se desviaron hacia Nikolai.
Si algo sabía de mi hermano, era que en este momento estaría moviendo cielo y tierra para entender lo ocurrido.
Las imágenes de su mirada severa y la de Alexei intentando calmarlo me atormentaron.
Había salido al borde de todo por protegernos, por protegerlo.
Y ahora, lo único que había conseguido era provocar otra maldita guerra.
El sonido de unos pasos lentos y deliberados interrumpió mis pensamientos, sacándome del ensimismamiento en el que estaba metido.
Giré la cabeza hacia la puerta, ignorando el ardor en mi cuello.
La puerta chirrió al abrirse y un hombre apareció bajo el umbral, vestido con un traje negro impoluto que destacaba con el sótano inmundo en el que me encontraba.
Su porte me recordó al de mi hermano Nikolai: alto, fuerte y seguro de sí mismo; era el de alguien acostumbrado a mandar.
Una mueca socarrona se dibujó en sus labios, pero no logró alcanzar su mirada.
—Viktor Romanov. —Alzó la voz, con un acento italiano que daba peso a cada una de las sílabas—. ¿Sabes lo que dicen en mi tierra? Que el enemigo de mi enemigo… puede ser mi juguete.
No respondí. Mantuve mis ojos fríos clavados en él, mientras evaluaba cada uno de sus gestos.
Su postura era relajada, a pesar de que su mirada estaba teñida de una amenaza tan grande que no osé respirar.
Entonces, caí en la cuenta, no era un hombre cualquiera.
Me sonaba de algo, pero no sabía de qué.
—Ah, veo que eres del tipo silencioso —continuó, dando un par de pasos hacia mí.
Cada movimiento estaba calculado, como si quisiera que supiera que estaba en desventaja—.
Me presentaré, por cortesía, claro. —Sacó un puro del bolsillo de su americana y se lo llevó a la boca—.
Soy Luca Moretti, y tengo una oferta para ti.
Luca se encendió el puro con una calma casi irritante, exhalando el humo mientras su mirada recorría mi rostro.
—¿Sabes lo que me gusta de los Romanov? —preguntó, ladeando la cabeza—. Que siempre creen que están un paso por delante. Pero dime, Viktor… —Se inclinó hacia mí, dejando que el humo cálido flotara entre ambos—. ¿Cómo piensas jugar a este juego cuando ni siquiera sabes las reglas?
Le observé quedo. El apellido me resultó demasiado familiar.
Los Moretti eran una de las familias más antiguas de la mafia italiana, con raíces profundas en negocios que cruzaban fronteras y generaban guerras.
Se caracterizaban por lo sanguinarios que eran, y es que muchos de los grandes nombres de la bratva habían contado con ellos como si de sicarios se trataran para acabar con ciertos asuntos.
Si él estaba aquí, significaba que había algo más en juego, algo que aún no veía con claridad.
—¿Oferta? —murmuré, sintiendo como mi voz sonó grave y rasposa, por apenas haber podido hablar.
Luca sonrió con maldad y se inclinó hacia mí.
—Oh, sí —aseguró—. Digamos que tengo ciertos intereses que coinciden con los tuyos… y con los de los Romanov. Pero primero, tendrás que demostrarme que eres digno de mi ayuda.
Mis ojos lo estudiaron con fijeza mientras las piezas del rompecabezas se colocaban a medias en mi cabeza.
Su postura, su tono, la ligera inclinación de su cabeza: todo en él gritaba que jugaba con ventaja.
Pero lo que no sabía era que yo también lo estaba evaluando, buscando un punto débil que pudiese explotar.
La bombilla sobre mí parpadeó, lanzando destellos erráticos que apenas iluminaban la habitación. Fue en ese momento cuando una mueca divertida cruzó mis labios. Porque incluso en el peor de los escenarios, cuando todo parecía perdido, los Romanov nunca nos rendíamos.
—Adelante.
Sabía que estaba atrapado, pero también sabía algo más: las cosas siempre pueden girar a tu favor si tienes la suficiente paciencia como para esperar el momento adecuado.