El legado de los Romanov 53
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Elena

Volver a la casona esta vez fue distinto, como si las mismas paredes se hubiesen impregnado de la preocupación por lo ocurrido.

Lo que sí que sentí fue la reconfortante sensación de estar en casa.

Me aferré al borde de la chaqueta que Nikolai había usado para cubrirme, el aroma de su perfume y el leve rastro de pólvora eran un recordatorio de lo cerca que había estado de perderlo… y de perderme a mí misma.

Me sentía entumecida, como si el mundo a mi alrededor hubiese perdido su color y sonido.

Era como estar viviendo en un cuerpo que no me pertenecía.

Cada paso por el pasillo era automático, mecánico, mientras mi mente revivía el eco de las balas, los gritos y esa última mirada de Vadim antes de que Nikolai terminase con todo.

—Elena… —musitó, con una dulzura inusual que me sacó de mi ensimismamiento—.

El médico de la familia te está esperando en el salón para revisarte.

No te preocupes por nada, ¿de acuerdo? —dijo mientras me sostenía con cuidado.

Luego, miró hacia su teléfono y frunció el ceño—.

Tengo que atender una llamada de Viktor, pero vuelvo enseguida.

—No tardes —le pedí, aunque se me antojó que sonó más a súplica que a cualquier otra cosa.

Este asintió sin muchas ganas y se adelantó, descolgando la llamada, hecho un manojo de nervios. Lo supe por la forma en la que me había mirado, sintiéndose tan culpable como irritado por aquella llamada.

En el salón me encontré un hombre de unos sesenta años, vestido con un traje plateado impoluto y cara de pocos amigos.

Apenas hablamos, y es que después de todo lo acontecido, lo único que deseaba era meterme en la cama, y que mi esposo me abrazase hasta que me quedase dormida.

Anatoly Ivanovich, que así se llamaba el doctor, me limpió las heridas a conciencia, añadiendo un par de puntos en la del pómulo derecho, la cual aún sangraba.

Según me informó, y por suerte, no tenía nada roto, o lo suficientemente preocupante como para requerir de una atención inmediata en un hospital, cosa que agradecí, ya que el más cercano se encontraba al menos a una hora de la casona.

Me ofreció antiinflamatorios y algunas otras pastillas que no reconocí, para poder curar las heridas e instrucciones de cómo limpiarlas para evitar una infección.

Era obvio que Anatoly conocía los negocios de Nikolai, según había podido intuir, llevaban mucho tiempo trabajando juntos, incluso diría que este había servido a las órdenes del propio Vasily Romanov.

Tras despedirme del doctor, subí al dormitorio principal, intentando mantenerme firme, pero al pasar junto al despacho, me detuve en seco al escuchar la voz de Nikolai. Estaba hablando por teléfono, y aunque su tono era bajo, había una furia latente que lo hacía sonar como un volcán en erupción.

—¡Maldita sea, Viktor! —gruñó, golpeando algo que resonó por toda la habitación—. No tenías derecho. ¡Joder! —voceó—. Te dije que no te tomaras la justicia por tu mano. ¿Sabes lo que acabas de desatar?

Apoyé mi espalda contra la pared, sintiendo cómo mis piernas amenazaban con fallar. No quería escuchar, pero no podía evitarlo. Había algo en su tono, una mezcla de frustración y urgencia que me hizo percatarme de que era más serio de lo que parecía.

—Alina Orlov no es la solución. —La pausa que siguió estuvo cargada de tensión.

Lo podía escuchar caminar por el despacho de un lado a otro—.

¡No me importa lo que creas! —rebatió casi ido—.

¡Esto no era lo que planeamos! —Nikolai dejó ir un gruñido letal—.

¿Sabes lo cerca que he estado de perderla esta noche?

—inquirió dolido—. No pienso arriesgarla otra vez por tus putas venganzas.

El nombre de Alina resonó en mi mente, trayendo consigo una oleada de inquietud que consiguió erizar cada centímetro de mi piel.

Vadim no la había nombrado en ningún momento, pero debido a lo que acababa de decir Nikolai, debía de ser su hija.

El tono que había usado me decía que lo que había hecho Viktor no era un simple acto de justicia; era un movimiento que podría costarnos la vida.

—Soluciona esto ya —sentenció.

Cuando colgó, lo escuché maldecir entre dientes.

Incluso pude escuchar como, lo que supuse que era el teléfono, acababa estallando contra la pared de mi espalda.

Contuve el aliento, intentando recomponerme.

Los pasos firmes de sus botas resonaron en dirección a la puerta, y antes de que pudiera apartarme, esta se abrió, revelando su imponente figura.

Su mirada se suavizó al verme, pero no pudo ocultar el cansancio y la desesperación que lo consumían.

—¿Qué haces aquí, malyshka? —preguntó con cariño—. Deberías estar descansando.

—Te escuché gritar y… —mi voz sonó estrangulada. La garganta se me cerró y las lágrimas que había contenido comenzaron a desbordarse como una maldita cascada.

Nikolai dio un paso hacia mí, y antes de que pudiera reaccionar, me atrapó contra su pecho, haciendo que rompiese a llorar. Todo el miedo, la impotencia y el dolor de las últimas horas me golpearon como una ola, llevándome al borde del abismo.

—Lo siento tanto… —sollocé, percibiendo como todo mi cuerpo temblaba—. Lo siento, Nikolai, jamás he querido ser una carga.

—¿Carga? —repitió él, sorprendido. Sus manos me tomaron por los hombros, obligándome a mirarlo. Sus ojos grises estaban inundados de una emoción que no había visto antes, algo vulnerable y devastador—. Elena, no vuelvas a decir eso.

Mi cuerpo se vio sumido en el frío, deseando volver a estar pegado al suyo, a pesar de que aún llevase el chaleco antibalas. Cogió con mimo mis manos, sujetándolas como si temiese que fuese a salir corriendo de allí.

—No puedo evitarlo —musité, rota—. Te vi allí, rodeado de peligro, y todo lo que pude hacer fue gritar tu nombre como una estúpida.

—No eres estúpida, Elena —me contradijo, mediante un susurro.

Alzó una de sus manos y colocó varios de los mechones que caían por mi rostro tras mi oreja—.

¿Sabes lo que sentí cuando escuché tus gritos?

—preguntó, esbozando una triste mueca en sus labios—.

Creí que me moría, que todo mi mundo se desmoronaba contigo.

Estaba aterrorizado. Pensé que no llegaría a tiempo, que te perdería.

Y si eso hubiese pasado... No sé qué habría hecho.

Sus palabras me golpearon con más fuerza que cualquier bala. Nikolai Romanov, el más grande de los líderes de la bratva, quien se había enfrentado a traiciones y guerras sin siquiera parpadear, estaba de pie frente a mí, quebrado por el miedo a perderme.

—Yo también tenía miedo —admití—. Pero no por mí. Tenía miedo de que algo te pasara —musité, como si estuviese a punto de confesar el mayor de mis secretos—. No soportaría perderte, Nikolai.

Me envolvió en sus brazos, de nuevo, atrayéndome hacia su pecho.

Su calidez y fuerza me rodearon, como un escudo que me protegía de cualquier dolor.

Pero lo que más me conmovió fue el temblor de sus manos mientras acariciaba ni cabello, como si intentara asegurarse de que de verdad estaba allí, con él.

—No voy a dejar que eso pase —prometió, con una intensidad que me hizo creer en sus palabras—. Nunca más.

Nos quedamos así por lo que parecieron horas, hasta que me apartó lo suficiente como para mirarme a los ojos. Estaban llenos de promesas y de una seguridad que pocas veces había visto, como si hubiera tomado una decisión que lo cambiaría todo.

Sin que pudiese esperarlo, dio un paso atrás y se arrodilló.

—Cásate conmigo, Elena —me pidió, con la voz llena de emoción—. Pero esta vez, no como una obligación, no por estrategias o alianzas. —Hizo una breve pausa—. Cásate conmigo porque me amas —añadió casi suplicante—. Porque necesito que seas mía, no por la fuerza, sino por elección.

Mi corazón dio un vuelvo al escuchar sus palabras.

Había esperado muchas cosas de Nikolai, pero esto…

Esto era algo que no podía haber anticipado de ninguna de las maneras.

Las lágrimas comenzaron a emanar de mis ojos, bañando mis mejillas y muriendo en la firme madera bajo mis pies.

A pesar de todo lo que habíamos pasado, del caos y la oscuridad que nos rodeaba, allí estaba él, ofreciéndome algo que nunca pensé que podría tener: su corazón, sin límites, sin reglas.

—Sí —respondí, en apenas un susurro, pero lo suficiente audible como para que sus ojos se iluminaran—. Sí, Nikolai. Quiero casarme contigo.

Una sonrisa, la primera genuina en mucho tiempo, apareció en sus labios.

Me abrazó con fuerza, como si temiera que pudiera desaparecer en cualquier momento.

Mientras me sostenía, no pude evitar pensar en todo lo que habíamos enfrentado juntos esa noche.

Vadim, la sangre, los gritos… Pero también la fuerza de Nikolai, su determinación y amor inquebrantable.

Esa noche no solo había cambiado nuestra historia; me había cambiado a mí.

Me había mostrado que, por oscuro que fuese el camino, siempre encontraríamos la manera de hacerlo juntos.

Por primera vez en mucho tiempo, sentí que el mundo, por caótico que fuera, podía esperar.

Porque en ese momento, solo estábamos él y yo.

Nikolai se puso en pie, envolviéndome en sus brazos con una ternura que contrastaba con la fuerza bruta que siempre emanaba de cada poro de su piel.

Su corazón latía contra mi mejilla, a un ritmo firme que parecía murmurarme que estaba en casa.

Nikolai, el hombre que había atravesado el infierno para salvarme, me estaba dando algo que ni siquiera sabía que necesitaba: elección.

—No voy a fallarte, malyshka. Nunca más —susurró contra mi cabello, con las palabras cargadas de una promesa inquebrantable.

Alcé mi rostro hacia el suyo, me puse de puntillas y nos uní en un dulce beso que casi me hizo trastabillar, pero ahí estaba él para sujetarme con fuerza. Mi respuesta llegó sin titubeos, sin dudas, porque en ese momento lo supe con cada fibra de mi ser.

—Entonces, no me falles, Nikolai —le pedí—. No solo quiero ser tu esposa; quiero ser tu igual, tu fuerza cuando flaquees, y tu refugio cuando lo necesites. Si aceptas todo lo que soy, incluso mis cicatrices… yo aceptaré todo lo que eres.

Una sombra de emoción cruzó su rostro, una que rara vez había logrado intuir. Asintió con lentitud, inclinando su frente hasta tocar la mía.

—No podría pedir nada más, Elena —musitó contra mi boca—. No te prometo un cuento de hadas, pero sí un amor que arderá como el fuego que llevamos dentro —añadió, acariciando mi rostro con mimo.

Nos miramos en silencio, no necesitaba más.

Entonces, en un acto de puro instinto, Nikolai inclinó la cabeza y me besó, no con la pasión voraz de las noches anteriores, sino con una ternura que me juró amor eterno, desarmándome por completo.

Era el beso de alguien que había encontrado lo que siempre había buscado.

Y por primera vez en lo que parecía una eternidad, no tuve miedo. Porque, aunque el camino fuera incierto, sabía que, mientras estuviera a su lado, podría enfrentarlo todo.