52
Nikolai
El aire del almacén estaba impregnado de un olor acre a pólvora, sangre y metal oxidado.
Mi respiración era irregular, y el eco de los disparos aún resonaba en mi cabeza como un tambor de guerra.
A pesar del caos que nos rodeaba, mi atención estaba fija en Elena.
Estaba entre mis brazos, ligera como una pluma, y cada pequeño gemido de dolor que escapaba de sus labios era como un puñal clavándose cada vez más en mi pecho.
Su cuerpo temblaba contra el mío, y no sabía si era por el frío, el miedo o la mezcla de ambos.
Su piel estaba helada, y el vestido que llevaba sucio y rasgado apenas le protegía del gélido aire de la noche.
Sin pensarlo dos veces, me quité la chaqueta táctica y la envolví con cuidado, cubriendo sus hombros.
El peso y el calor de la tela parecieron reconfortarla un poco; al menos dejó de temblar de manera tan brutal.
—Shh, malyshka. Estoy aquí —musité con la voz cargada de un dolor que apenas pude ocultar.
Con movimientos lentos y precisos, saqué un pañuelo limpio de uno de los bolsillos de mi chaleco.
Lo humedecí con una pequeña botella de agua que uno de mis hombres me había pasado antes, y empecé a limpiar las heridas de su rostro.
Sus mejillas estaban magulladas, manchadas de sangre seca y suciedad, pero lo que más me dolió fue la herida del lado derecho, donde un corte profundo continuaba goteando.
—Esto va a doler, ¿vale? —le advertí mientras pasaba el pañuelo con cuidado sobre la herida.
Ella no respondió, pero su leve gemido y el apretón débil de sus manos contra mi pecho me dijeron todo lo que necesitaba saber. No le importaba el dolor; estaba exhausta, pero también estaba luchando. Mi mujer era fuerte, mucho más de lo que cualquiera, incluido yo, podría imaginar.
Terminé de limpiar su rostro y la acomodé con cuidado en la parte trasera del coche, asegurándome de que estuviera lo más protegida posible. No me importaba que el resto del mundo se desmoronase a mi alrededor; mi prioridad era ella.
—Nikolai… —murmuró apenas en un susurro, con los ojos entrecerrados.
—No hables, Elena —le pedí, al mismo tiempo que pasaba uno de mis dedos por su cabello—. Descansa, malyshka. Todo ha terminado —prometí, aunque sabía que nuestras luchas estaban lejos de terminar.
Cuando volví al almacén, la escena que me recibió fue un recordatorio brutal de lo que había ocurrido.
Los hombres de Vadim que habían sobrevivido estaban de rodillas en el suelo, con las manos detrás dela cabeza.
Mis hermanos los vigilaban con las armas listas, mientras varios de nuestros hombres remataban a los caídos.
Había cuerpos esparcidos por todas partes, mezclados con el eco distante del caos que se desvanecía con lentitud.
—¿Qué hacemos con ellos? —preguntó Viktor sin un ápice de remordimiento.
Los observé, eran hombres derrotados. Algunos heridos; otros aterrorizados.
Sabía que la mayoría de ellos no eran más que peones, hombres que habían seguido las órdenes de Vadim porque no tenían otra opción.
Sin embargo, una parte de mí quería verlos muertos, que pagasen por todo lo que había sucedido esa noche.
Mi mirada se desvió hacia Elena, quien estaba ya sumida en una paz que me reconfortó. No podía permitir que presenciara más muerte, más sangre, ella no. Era el ser más puro que hubiese conocido jamás, y no dejaría que eso cambiase.
—Déjalos vivir —ordené con firmeza, provocando que Viktor alzara una ceja con incredulidad.
—¿Estás seguro? —preguntó sin creérselo.
—Sí —sentencié—. Que vivan para ver cómo hemos acabado con todo lo que Vadim representaba. Que vean que los Romanov somos justos, pero implacables —añadí con determinación—. Pero si alguno de ellos vuelve a levantar un arma contra nosotros… —Dejé que mi tono les advirtiese.
Viktor asintió, aunque su descontento era más que evidente.
—Como quieras, pero esto puede volverse en nuestra contra —murmuró antes de ordenar a los hombres que reunieran a los prisioneros.
Irina apareció entonces, caminando entre los cuerpos con la gracia y elegancia de una reina en un campo de batalla. Su cabello estaba recogido, y a pesar del caos que nos rodeaba, no había una sola gota de sangre en ella.
—Es vuestro día de suerte, chavales —comentó Irina con sarcasmo.
—Irina… —musitó Alexei.
—¿Qué? —inquirió—. La que se ha montado aquí es gorda, así que tienen suerte de que nuestro querido Nikolai haya sido benevolente con ellos, ¿no crees?
Andrei asintió quedo, igual que lo hizo Alexei finalmente.
Varios de los hombres que estaban de rodillas vinieron a mí, por lo que sin dudarlo, esta sacó su arma, apuntándolos. Ellos alzaron las manos para, segundos después, postrarse ante mí, clamando una redención.
—Yo, Yaroslav, te juro lealtad, Nikolai Romanov, y quedo a tu entera disposición —juró, tomando una de mis manos y besando el anillo con el emblema familiar que siempre portaba.
Tras este vinieron diez más, casi todos los hombres a los que acabábamos de liberar, por lo que no pude evitar desviar la mirada hacia Viktor, quien asintió con rotundidad.
Acepté el juramento de todos y cada uno de los hombres, y ordené a los nuestros que se encargasen de hacer lo debido con ellos.
Una vez terminamos, me encaminé hacia el coche, seguida por Irina, quien se detuvo frente a la puerta, fijando sus ojos oscuros en Elena con una mezcla de preocupación y dureza.
—Pobre niña —musitó mientras extendía una mano hacia mi mujer—. Ven aquí, preciosa.
Para mi sorpresa, Elena se incinó hacia ella, dejándose envolver por un abrazo protector y reconfortante. La mujer la sostuvo con cuidado, con la mirada repleta de una ternura que rara vez mostraba.
—Recuerdo haberte visto en la fiesta… —musitó Elena, con al voz débil.
—Lo sé, querida —aseguró—. Y ahora también estaré aquí para asegurarme de que nadie vuelva a tocarte —prometió, antes de alzar la vista hacia mí—. Deja que me encargue de esto. Tú cuida de ella.
—¿Esto? —pregunté.
—Toda esta basura —escupió con desdén—. Vadim puede que esté muerto, pero todavía quedan cabos sueltos que debemos atar —respondió con una sonrisa juguetona—. Te haré un favor esta vez, Nikolai. Considera esto un regalo de bodas tardío.
Asentí sin decir nada más. No me importaba lo que hiciera Irina con los cuerpos, con los hombres o con lo que quedaba de los Orlov. Mi única preocupación tenía nombre y lo que iba a hacer era llevarla a casa, cuidar de ella y asegurarme de que jamás tuviera que volver a pasar por algo como esto.
Porque ahora sabía algo con certeza: nadie volvería a tocarla. No mientras yo estuviera vivo.