El legado de los Romanov 51
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Nikolai

El rugido de los motores rompía el silencio de la noche mientras nuestros vehículos se acercaban al puerto.

Cada kilómetro que nos acercaba al almacén era un recordatorio de lo que estaba en juego.

Mis manos apretaban el volante con tanta fuerza que los nudillos se me habían puesto blancos.

Nadie se atrevió a decir nada durante el trayecto, ni siquiera yo.

Mis hermanos sabían que no había espacio para palabras cuando la furia consumía cada fibra de mi ser.

Vadim nos había declarado la guerra por todo lo alto, y a pesar de que me había mantenido al margen, ya no había más treguas que pudieran interponerse entre él y yo. Iba a acabar con su maldita vida y con la de todo aquel que se pusiera en mi camino.

Llegamos al lugar señalado por el localizador tras conducir alrededor de una hora.

Todo estaba sumido en una calma que se sentía extraña, como si el aire mismo estuviera lleno de tensión.

El almacén estaba oscuro, apenas iluminado por algunas farolas oxidadas de la calle y la luz tenue de la luna.

Bajé del coche, pistola en mano, seguido de mis hermanos, que se desplegaron con rapidez, cubriendo las posibles salidas.

A ellos los siguieron dos equipos de seis hombres más, quienes venían en dos furgones extra. Íbamos con todo.

—Esto no me gusta —gruñó Viktor, con la mirada fija en el edificio—. Es demasiado sencillo.

Asentí, aunque cada fibra de mi ser quería ignorar la advertencia de Viktor y correr hacia el interior. La posibilidad de que Elena estuviera allí dentro me carcomía el alma, pero algo en el aire, esa quietud malsana, me decía que no iba a ser tan fácil dar con ella.

Nos movimos en silencio hacia el almacén, seguidos de nuestras sombras, las cuales se alargaban bajo la débil luz de las farolas.

Las puertas de metal chirriaron al abrirse, sonido que resonó en la vasta oscuridad del interior como un eco funesto.

Mi pulso se aceleró mientras avanzábamos entre las estanterías oxidadas y los contenedores olvidados.

Todo estaba demasiado tranquilo, como si el lugar estuviese conteniendo la respiración, aguardando el siguiente golpe.

Un sonido seco, como un golpe lejano, me hizo detenerme.

Alcé la mano, ordenando a los demás que permanecieran quietos.

Mis ojos recorrieron cada rincón de la estancia, encendiendo la linterna de mi arma, buscando cualquier indicio de movimiento.

—¿Has escuchado eso? —musitó Andrei a mi espalda, tan tenso como lo estaba yo.

—Cállate —gruñí, avanzando con cautela.

Algo no encajaba. El aire estaba cargado, como si el lugar escondiera un secreto que se negaba a revelarse.

Pasé junto a un contenedor y noté una marca reciente en el polvo del suelo, como si algo hubiera sido arrastrado.

Mi estómago dio un giro, provocando que unas incipientes ganas de vomitar subieran hasta mi garganta.

—Es una jodida emboscada —susurró Viktor, mientras analizaba la estancia con la mirada.

Entonces lo vi. Una pequeña mancha en el suelo, casi imperceptible, bajo la penumbra.

Me agaché, rozando con los dedos el líquido oscuro y denso.

Sangre. El peso en mi pecho se intensificó.

Me levanté de golpe y señalé hacia el fondo del almacén.

Había algo ahí, un ruido tenue, como un quejido apenas audible que hizo erizar mi piel.

—Mierda —mascullé.

—Esto no termina aquí —dijo Alexei, con la calma característica que tanto odiaba y respetaba al mismo tiempo—. Si Vadim quería atraparnos, lo más probable es que no tarde en aparecer.

Como si sus palabras hubieran sido una maldita invocación, una puerta al fondo del almacén se abrió de golpe. El sonido de unos pasos firmes resonó en el lugar, seguido de un gruñido de dolor que reconocí al instante.

—Elena —susurré, sintiendo como mi corazón se detenía por un segundo.

Un hombre apareció arrastrándola por el pelo.

Su figura tambaleante era un recordatorio cruel de lo que había sufrido durante las últimas horas.

No quería ni imaginar lo que podrían haberle hecho.

Su rostro estaba pálido, tenía los ojos vidriosos y una herida abierta en el pómulo derecho.

Su ropa estaba desgarrada y cubierta de suciedad, pero, a pesar de ello, seguía siendo mi Elena, la mujer por la que estaba dispuesto a arrasar con el mundo entero con tal de salvarla.

—¡Basta! —rugí ido, dando un paso adelante.

La sangre me hervía bajo la piel, no solo por ver aquella estampa, sino por lo que imaginaba que le habían hecho.

El hombre la tiró al suelo con una fuerza que hizo que mi furia alcanzara un nuevo nivel.

Iba a matarle con mis propias manos. Ella gimió de dolor, intentando incorporarse, pero no tuvo tiempo.

De las sombras emergió el cobarde de Vadim Orlov, tan imponente como lo era yo, mientras que en su rostro se mostraba una satisfacción que me hizo desear arrancársela de un disparo.

—Nikolai Romanov —dijo con una sonrisa burlona en los labios—, qué bonito espectáculo, ¿no crees? —añadió jocoso—. Tu reina, humillada, maltratada y arrodillada frente a su rey.

—Suéltala, Vadim —le exigí, apuntándole con mi arma.

—Oh, claro que lo haré… Si sobrevives lo suficiente.

Con un simple gesto, hizo llamar a decenas de hombres que salieron de las sombras, rodeándonos por completo. Estábamos en una maldita ratonera, una trampa de la que muy pocos lograríamos salir, y lo sabía. Eso era lo que más gusto le provocaba.

—Esto no termina aquí —aseguré, sin apartar la vista de él.

Vadim dejó ir una sonora carcajada que reverberó por todo el almacén como si de un eco siniestro se tratase. Mis hermanos se movieron hacia mi espalda, ocupando su posición, mientras que el resto de hombres se deslizaban por el lugar.

—No, Nikolai —escupió con rabia—, esto sí que termina aquí y ahora.

Antes de que pudiera reaccionar, una explosión sacudió el lugar, seguida del estruendo de las puertas principales abriéndose.

Los hombres que estaban en las pasarelas superiores salieron volando por los aires, como si no fuesen más que muñecos.

A través de la densa humareda, apareció Irina Volkov, flanqueada por sus hombres armados hasta los dientes.

—Lamento la tardanza, había un poco de tráfico —dijo con su habitual sarcasmo, apuntando con una semiautomática a los hombres de Vadim—. ¿Estorbo?

El caos estalló en cuestión de segundos. El primer disparo fue como un trueno que rompió el aire en pedazos, seguido por una sinfonía de balas que cruzaban el almacén. Los gritos se mezclaron con el chasquido de las armas y el eco metálico de los proyectiles rebotando contra los contenedores.

No pensé, solo actué. Mi mirada estaba clavada en Elena, quien luchaba por mantenerse en pie mientras aquel cabrón tiraba de su cabello, como si no fuese más que una muñeca de trapo.

La furia que hervía en mi pecho se transformó en un fuego abrasador, y fue entonces cuando supe que ya no había vuelta atrás.

Tal vez aquello nos costase la vida, la integridad del clan, pero Vadim iba a pagar por todo lo que nos había hecho.

Aprendería que nadie puede pisotear a un Romanov.

Disparé hacia el hombre más cercano, acertándole en el pecho.

Su cuerpo cayó como un saco al suelo, y cuando pasé junto a él, lo rematé, apuntándole directamente a la cabeza.

Cada paso hacia ella era una lucha, un laberinto de enemigos que intentaban bloquear mi camino para que no llegase a su lado.

Vadim estaba de pie al otro lado, observándolo todo con esa sonrisa burlona que me hacía desear atravesarlo con mi cuchillo. Y lo haría.

—Nikolai —gritó Elena, con la voz rota por el pánico.

—¡Estoy aquí! —voceé, disparando hacia dos hombres que se acercaban desde mi izquierda. Las balas volaron, derribándolos antes de que pudieran siquiera levantar sus armas.

Mi instinto tomó el control. Me tiré al suelo, rodando hacia un lado, esquivando un disparo que pasó a centímetros de mi hombro.

Me alcé como impedido por un resorte, apuntando a un tercer hombre que intentaba lanzarse a por mí.

Su cuerpo se desplomó, arrastrando consigo una pila de cajas que se desplomaron con estrépito.

El almacén era un infierno. Viktor y Alexei cubrían mis flancos, disparando con una precisión letal; mientras Andrei lideraba a un grupo de nuestros hombres en un ataque por retaguardia.

Irina no dejaba de danzar de un lado a otro, degollando a todo aquel que se pusiera en su camino, salvaguardada por la jauría de hombres devotos que siempre la seguían. Pero yo solo tenía un objetivo.

Elena.

Esta cayó de rodillas cuando el hombre que la sujetaba le propinó un fuerte golpe en el costado. Un alarido de dolor atravesó el rugido de la batalla, clavándose como un puñal en mi alma.

—¡Déjala! —vociferé, completamente ido, mientras disparaba al hombre que la retenía. La bala lo alcanzó en el brazo, obligándola a soltarla.

Aproveché su confusión y corrí hacia ellos, con el corazón latiéndome en el pecho como si de un tambor de guerra se tratase, intenso, duro y rítmico.

Elena intentó ponerse en pie, pero su cuerpo temblaba demasiado por el dolor.

Disparé a otro de los hombres que intentaba acercárseme por la derecha, acertando de manera directa en su cabeza, provocando que cayese inerte a mi lado.

Al final, llegué a ella mientras veía como Vadim intentaba huir de la escena.

Siempre había sido un cobarde y esta no iba a ser una ocasión especial.

Me arrodillé junto a ella, rodeándola con un brazo mientras sostenía mi pistola con la mano.

Disparé a quemarropa a un hombre que corría hacia nosotros, dejando que su cuerpo cayese a pocos metros de nosotros.

—Estoy aquí, malyshka [3]—susurré, sintiendo cómo su cuerpo temblaba contra el mío.

—Nikolai... —musitó en apenas un susurro, con los ojos teñidos por el dolor y la confusión.

La levanté en mis brazos, sujetándola con fuerza mientras fulminaba de un balazo a un último hombre que bloqueaba nuestro camino.

La adrenalina corría por mis venas como un torrente incontrolable, alimentando cada movimiento.

La llevé al interior de uno de los contenedores, escabulléndonos de todo el bullicio.

—¿Eso es todo lo que tienes, Romanov? —se burló Vadim a mi espalda.

—¡Voy a matarte, cabrón! —grité.

Avancé hacia él con determinación, provocando que cada uno de mis pasos retumbase a pesar del fulgor de la batalla.

—Ahora solo somos tú y yo —dijo, dejando caer el arma y alzando los puños.

Sonreí ladino. No necesitaba más invitación que esa.

Me lancé a por él con toda la rabia acumulada, golpeándolo con una fuerza que hizo que retrocediera.

Cada puñetazo era un recordatorio de lo que le había hecho a Elena, de las veces que había desafiado a mi familia.

Pero él no se quedó corto, ya que, en un acto sibilino, logró sacar una pequeña pistola con la que me disparó en el muslo derecho.

Apreté la mandíbula, sintiendo como el dolor se extendía por todo mi ser.

Lo que parecía no saber Vadim era que los Romanov estábamos hechos de otra pasta, y no nos detenía nada.

Me lancé a por él, derribándolo, propinándole un golpe tras otro, provocando que el líquido rojizo que empezó a teñir su rostro acabase salpicándome. Uno, dos, tres, cuatro… Podía notar mis nudillos abrirse, la manera en la que nuestras sangres se mezclaban. Pero nada me iba a frenar.

Mis manos se cerraron con fuerza en el cabello ensangrentado de Vadim, obligándolo a arrodillarse frente a Elena.

Su respiración era un jadeo áspero, mezclado con el sonido burbujeante de la sangre que brotaba de su boca.

A pesar de estar derrotado, aún había algo en sus ojos que me irritaba: ese brillo desafiante, como si creyera que aún tenía alguna posibilidad de salir de esta.

—Nikolai —balbuceo, con la boca encharcada en sus propios flujos.

—Pienso acabar con toda tu estirpe, Vadim —siseé contra su oído, como si del mismísimo demonio se tratara.

—Jamás te librarás de los Orlov, siempre habrá alguien dispuesto a desafiarte.

El filo de mi cuchillo acarició la piel de su cuello, trazando una línea superficial que empezó a teñirse de carmesí. Podía sentir como su cuerpo temblaba, aunque su lengua seguía siendo la de un bastardo sin redención.

—¿Crees que me importa? —respondí con la voz tan baja que apenas fue un susurro—. Matarte solo es el comienzo, tu nombre no será más que un maldito recuerdo. Acabaré con todo aquel que ose rebatirme, Vadim.

Este dejó ir una risa débil, más un gemido que una burla, pero sus palabras fueron como gasolina al fuego.

—Tu padre pensó lo mismo, y míralo ahora.

La mención de Vasily fue como un disparo directo a mi alma. El agarre en su cabello se tensó tanto que un sonido ahogado salió de sus labios. Me dolían los nudillos por la presión, pero poco me importó.

—¿Así es como te gusta? —bisbiseé.

—Por favor…

—No hay clemencia para el traidor y mucho menos para quien agravia a mi familia —sentencié.

Apreté los dientes, sintiendo el palpitar en mis sienes. Necesitaba acabar con él, borrar su maldita existencia de la faz de la tierra. Sin embargo, algo en mi interior me retuvo.

Elena.

Alcé la vista hacia ella, buscando algún tipo de señal.

Su rostro, a pesar de la palidez, estaba teñido de una furia que nunca había visto antes.

Sus ojos brillaban con una mezcla de rabia y dolor, clavados en Vadim como si ella misma sujetase el cuchillo.

Su cuerpo temblaba, ya fuese por el frío de la noche o por el horror que había vivido durante las últimas horas.

—Dime, malyshka, ¿qué quieres que haga con él? —le pregunté a sabiendas de cuál sería su respuesta.

No respondió de inmediato. Sus labios se movieron lo suficiente como para dejarlos entreabiertos, como si formase las palabras en su mente antes de decirlas. Vi las lágrimas acumuladas en sus ojos, pero no eran lágrimas de miedo. No. Eran de pura y absoluta furia.

Vadim intentó hablar, tal vez suplicar o lanzar otra de sus malditas provocaciones, pero no le di oportunidad.

Solo me hizo falta un simple gesto de la hermosa cabeza de mi mujer para rebanarle el cuello frente a ella, mostrándole la devoción y lealtad que brillaban en mi pecho cada vez que mis ojos se posaban en los suyos.

—A los Romanov nadie nos pisa —sentenció mi esposa con rudeza, consiguiendo que mi pecho se llenase de orgullo.

Ella era lo único que importaba.