50
Nikolai
Llegué a casa hecho una furia, dolorido y aún con la tensión en el cuerpo.
Podía percibir como la sangre me hervía bajo la piel.
Ni siquiera sabía cómo había logrado zafarme de esos hijos de puta.
Bueno, sí, les había metido unas cuantas balas en la cabeza.
A pesar de ello, había recibido una gran cantidad de golpes que aún me mantenían en estado de alerta.
Al entrar en la casona me encontré con todos mis hermanos aguardando en la entrada, con gestos serios e incluso teñidos de congoja. Porque a pesar de que Elena no era del gusto de todos, era nuestra chica y no permitiríamos que nadie le pusiese una mano encima.
Me encaminé hacia el gran salón, donde me serví un vaso de whiskey tras haber lanzado mi abrigo al butacón junto a la chimenea.
Me lo bebí de un trago y tras este vino otro.
Lo hice desesperado por borrar la voz de Elena gritando mi nombre, la cual no había dejado de retumbar en mi mente desde que había salido del polígono donde se encontraban los trasteros.
—¡Joder! —bramé, lanzando el vaso al fuego, provocando que estallase en mil pedazos que se vieron reducidos a la nada.
Las manos me temblaban de pura rabia mientras me apoyaba sobre el borde de la chimenea.
Mis hermanos se sentaron alrededor de la mesa de té, dejándose caer en los sofás de piel.
Me pasé una mano por el cabello, apartando los posibles mechones que estaban a punto de caer sobre mi frente.
Viktor, con su habitual frialdad, desplegó un enorme mapa, colocándolo sobre la mesa, para observarlo con detenimiento.
Alexei parecía estar perdido en sus pensamientos, mientras Andrei jugueteaba con un dispositivo que no supe identificar.
—Esto es culpa de esos putos cabrones —gruñí, rompiendo el silencio—. Vadim nos tenía vigilados, y ha enviado a sus hombres a por Elena —continué—, ha cruzado la maldita línea, y pagarán por ello.
El nombre salió de mis labios como si de veneno se tratase.
Vadim Orlov, el bastardo que llevaba liderando a los Orlov desde hacía años.
Era tan despiadado como inteligente. Su habilidad para moverse en las sombras había frustrado nuestros intentos de erradicar su clan, pero esta vez había ido demasiado lejos, y de lo que parecía no haberse dado cuenta era de que yo era el mismísimo diablo, y lo que acababa de hacer era jugar con fuego.
—Nikolai, necesitas calmarte —comentó Alexei con un tono tranquilizador que solo logró enfurecerme aún más—. Si pierdes la cabeza ahora, no podremos actuar con claridad.
—¿Calmarme? —mascullé enrabietado—. Han secuestrado a mi mujer, Alexei —añadí—. ¡Mi puta mujer! —voceé, dando un fuerte golpe sobre la mesita—. ¿Cómo demonios se supone que debo calmarme?
—Pues si no lo hacer, terminarás cometiendo un error que podría costarnos mucho más —intervino Viktor, con ese tono cortante que tanto detestaba—.
¿O es que no recuerdas lo que le ocurrió a atyets[2]?
—Se refería al momento en el que secuestraron a nuestra madre y, por lo cual, acabó naciendo Andrei, a quien miré de inmediato—.
No podemos permitirnos un movimiento en falso.
Gruñí como un auténtico animal enfurecido. Mis hermanos me observaron en silencio, pero ninguno de ellos se atrevió a decir nada más.
—Escuchad bien —comencé a decir, tan seguro de lo que haríamos que no iba a aceptar ningún tipo de réplica—.
Vamos a preparar a nuestros hombres para la guerra —anuncié—.
No quiero excusas, ni dudas. Vamos a acabar con los Orlov —aseguré con determinación—.
Pienso arrancarle el corazón del pecho a Vadim por lo que ha hecho.
—Y te ayudaremos a ello —aseguró Viktor, quien ya jugaba con su navaja.
—Antes de que lo hagamos, deberíamos considerar nuestras opciones —dijo Andrei, dejando el dispositivo sobre la mesa—. Por suerte, Elena lleva uno de estos.
Mis ojos se fijaron en el pequeño artefacto, y después subieron hasta fulminar al recién llegado a la familia, quien se había autoproclamado escudero de mi mujer, como si necesitase algún tipo de protección que no fuese la mía.
—¿Qué cojones es eso? —cuestionó Viktor.
Alcé una mano, indicándole que se callase.
—Es un localizador que lleva oculto en la hebilla de su cinturón —nos explicó.
—¿Por qué demonios no me dijiste que le habías puesto un localizador? —le reproché, achicando los ojos.
—Porque sabía que no me lo habrías permitido —respondió, encogiéndose de hombros—. Pero no me arrepiento. Gracias a esto tenemos una oportunidad de encontrarla antes de que sea demasiado tarde.
Tomé el localizador y lo examiné con cuidado. La idea de que Andrei hubiese actuado a mis espaldas me enfurecía, pero debía admitir que si tenía razón, ese dispositivo nos diría el paradero de Elena sin tener que buscarla a ciegas.
—¿Funciona? —pregunté, esta vez más apaciguado.
Andrei asintió y conectó el dispositivo a un pequeño ordenador portátil. Una luz parpadeante apareció en la pantalla, marcando una ubicación en los límites de la ciudad. Mi corazón se aceleró sobremanera cuando localicé el lugar en el que se encontraba.
—Está en un almacén cerca del puerto —dijo Viktor, inclinándose para observar la pantalla—. Es una de las zonas que Vadim le arrebató a Oleg Sorokin.
A ese pobre diablo le habían arrebatado todo cuanto tenía, incluso a su familia. Vadim consiguió eliminar a todos y cada uno de sus hombres y apoyos. Eliminándolo del mercado, cosa que, en cierto modo, también nos beneficiaba.
—Entonces, vamos ahora mismo —indiqué, al mismo tiempo que comenzaba a levantarme.
—Si nos lanzamos ahora, mejor llevarnos unos ataúdes de regalo, porque seguro que será una jodida trampa —añadió con sarcasmo—, y estoy seguro de que los Orlov estarían encantados de que les hiciésemos el trabajo completo. Muerte y entierro a domicilio.
—No me importa si es una maldita trampa —gruñí—. No pienso dejarla ahí ni un minuto más.
—Nikolai, escúchame —dijo Viktor, poniéndose de pie mientras me tomaba por los hombros, esta vez en modo pacificador—. Alexei tiene razón. Si caes en su juego, no solo perderás a Elena, sino que pondrás en peligro a toda la organización.
—Debemos ser cautos, necesitamos un plan —concluyó Andrei.
Sus palabras fueron como un cuchillo a mi orgullo, pero sabía que ambos estaban en lo cierto. No podía permitir que mi rabia me cegara, por lo que asentí con brusquedad y me volví hacia Alexei.
—Prepara a los hombres —ordené—. Quiero a todos listos para atacar esa zona en menos de una hora.
Alexei asintió y salió del despacho, dejando a los demás alrededor de la mesa.
Tomé aire, intentando calmar la furia que hervía en mi interior.
Mis pensamientos estaban consumidos por la imagen de Elena y su voz llamándome mientras era arrastrada a la furgoneta.
La impotencia se arremolinaba en mi pecho, convirtiéndose en un torrente que amenazaba con desbordarme, pero lo que sentía ahora era más fuerte que el dolor: era una furia implacable.
—Esta guerra ha llegado a su puto fin —comenté, mirando a mis hermanos—. Ya no se trata de proteger nuestras rutas o nuestro territorio. Esto es personal. Vadim ha declarado la guerra y vamos a responder con la artillería pesada.
Viktor asintió con lentitud, con el gesto aún más serio de lo que era habitual.
—Entonces más vale que lo hagamos bien —sentenció Viktor, con la mirada fija en mí—, porque esta vez, vamos a quemar hasta los cimientos.