El legado de los Romanov 49
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Elena

El collar. Algo tan pequeño y aparentemente insignificante comenzaba a convertirse en una obsesión en mi mente.

No lo había visto desde hacía dos días, y aunque sabía que debía de estar por alguna parte, no podía evitar la sensación de que me faltaba algo.

Era uno de esos pocos recuerdos que tenía de mi madre, una conexión con un pasado que siempre había parecido fuera de mi alcance.

La mansión estaba tranquila esa mañana, pero la inquietud me seguía como una maldita sombra allá donde iba.

Encontré a Nikolai en el despacho, inclinado sobre un mapa desplegado mientras sus dedos jugueteaban con un bolígrafo.

No levantó la vista de inmediato al escucharme entrar, pero sí cuando la puerta se cerró a mi espalda.

—Nikolai —le llamé, intentando no sonar demasiado ansiosa—. ¿Has visto mi collar? No lo encuentro por ninguna parte.

Su mirada se endureció al instante, como si le hubiese pillado por sorpresa mi pregunta, pero fue tan breve que podría haberlo imaginado. Cuando habló, su tono fue tranquilo, incluso diría que casual.

—Sí, estaba roto —me informó al mismo tiempo que se ponía en pie para acercarse a mí. Me tomó por la cintura y pasó una de sus manos por mi cabello—. Lo he enviado a arreglar para que así no se te vuelva a caer.

Fruncí el ceño. No había notado que estuviese dañado, pero en cierto modo tenía razón, si se me había caído debía ser por algo, ¿no?

—Oh, vale —musité—, está bien —añadí, obligándome a esbozar una leve sonrisa.

Él asintió y volvió a su mapa, pero su gesto me dejó pensando. Nikolai rara vez dejaba pasar detalles, y la idea de que algo tan simple hubiese llamado su atención me pareció extraña. Sin embargo, no insistí. No tenía fuerzas para otra discusión, no después de lo ocurrido recientemente.

Mientras salía del despacho, mis pensamientos se desviaron a algo que siempre había estado enterrado en mi memoria.

La llave. Era una pequeña pieza de metal oxidado que guardaba desde que era niña, un recuerdo de mi madre que no había vuelto a usar.

La llave abría un trastero en el norte de la ciudad, un lugar donde ella había almacenado nuestras cosas antes de que nuestra vida cambiara para siempre.

Corrí a la habitación. Siempre llevaba esa pequeña llave en mi bolso, ya que por suerte o por desgracia, era una de las pocas pertenencias que tenía.

Sostuve la llave en mi mano, notando como su metal frío se hundía en mi piel, una pequeña pieza de un rompecabezas mucho más grande que apenas empezaba a entender.

Mi madre fue un misterio para mí, una mujer con secretos que parecían multiplicarse con cada nuevo descubrimiento sobre mi conexión con los Romanov, y eso que apenas sabía nada de la posible vinculación entre ambas familias.

Sabía que Nikolai no estaría de acuerdo con lo que estaba a punto de pedirle, pero no iba a quedarme de brazos cruzados.

—¿Qué ocurre ahora? —inquirió, con un tono seco cuando volví a abrir la puerta.

Tragué saliva, apretando la llave en mi palma. No era fácil enfrentarlo, pero sabía que debía intentarlo.

—Necesito que me lleves a un lugar —respondí, sosteniendo la pieza en alto para que la viera.

Él frunció el ceño, intrigado, aunque su postura no cambió por completo. Se inclinó hacia atrás en la silla, cruzando los brazos sobre el pecho.

—¿Dónde? —cuestionó, alzando una de sus cejas mientras se recostaba en el butacón.

—Es un trastero —respondí, con más nerviosismo del que me hubiese gustado—. Mi madre guardó algunas cosas allí cuando era niña. Siempre pensé que eran solo muebles y recuerdos, pero ahora… ahora creo que podría haber algo más allí.

Su mandíbula se tensó en ese gesto tan característico de él que podía predecir lo que tenía a continuación. Nikolai parecía tener un radar de amenazas, incluso en los lugares más mundanos. Esta no sería una excepción.

—¿Por qué crees que hay algo importante? —Quiso saber, pude intuir la curiosidad en sus palabras.

—No lo sé con certeza —admitió—. Pero considerando que mi madre no parecía ser la mujer que creía, y que de alguna forma estaba relacionada con tu mundo… Es posible que haya algo ahí que nos sirva de ayuda.

Su ceño se frunció aún más, y me di cuenta de que estaba evaluando cada palabra que había dicho, buscando alguna fisura en mi lógica. Al final, suspiró de manera profunda, levantándose de la silla y viniendo hacia donde me encontraba.

—¿Por qué no me hablaste de esto antes? —preguntó, esta vez de manera más suave.

—Porque no era relevante hasta ahora —musité, alzando la barbilla, encontrándome con su penetrante mirada—. No tenía razones para pensar que ese lugar pudiera guardar algo más que viejos recuerdos. No sé quién demonios era mi madre, pero pienso averiguarlo, vengas o no conmigo, Nikolai.

Hubo un momento de silencio entre ambos, una pausa tensa en la que pude vislumbrar la lucha interna que estaba teniendo. Al final, asintió, accediendo a mi petición, aunque su expresión fue seria.

—Te llevaré —accedió, pero alzó un dedo como advertencia—. Pero no saldrás de mi vista. Si algo parece fuera de lugar, te saco de allí cagando hostias, ¿entendido?

Asentí, y acto seguido me lancé a sus brazos, provocando que una dulce mueca se dibujase en sus labios.

—Gracias, gracias, gracias —murmuré contra su cuello.

El viaje hacia el trastero fue incómodo, en silencio.

Nikolai conducía con el ceño fruncido, sus ojos estaban fijos de manera constante en la carretera, mientras el aire que nos rodeaba se hacía cada vez más pesado.

No me atreví a hablar, y parecía que él tampoco estaba dispuesto a romper la calma tensa que se había instaurado entre ambos.

Cuando al final llegamos, el lugar estaba tal y como lo recordaba: un edificio gris y desgastado, con largas filas de puertas metálicas que parecían estar a punto de derrumbarse.

Apagó el motor y se giró hacia mí.

—Voy contigo —anunció, abriendo la puerta del coche.

—No. —Mi voz sonó más firme de lo que esperaba—. Esto es algo personal. Dame un par de minutos a solas para poder digerirlo todo —le pedí—. Quiero buscar algo de mi madre que probablemente no tenga sentido para ti.

Su mirada se endureció al instante.

—No voy a dejarte sola aquí —replicó de manera tajante.

—Nikolai, por favor —insistí, apretando la llave en mi mano como si fuese un amuleto de la suerte—. No va a pasar nada, aquí no hay nadie —aseguré, mirando hacia la entrada —. Solo dame unos minutos.

Sus ojos grises se encontraron con los míos, buscando algo en mi expresión que pareció no encontrar. Tras lo que me pareció una eternidad, suspiró y asintió.

—Bien. Pero no cierres la puerta del trastero y no te demores —advirtió—. Tienes cinco minutos a solas para echar un vistazo antes de que vaya a por ti.

Asentí con rapidez, bajé del coche y caminé hacia el interior del edificio.

El eco de mis pasos resonaba en el pasillo, mezclándose con el sonido distante de una televisión que alguien había dejado encendida en la oficina del vigilante.

Caminé, repitiendo cada uno de los números que veía, sintiendo como a cada paso que daba, un enorme nudo se creaba en mi garganta, creciendo más y más.

Encontré la unidad que buscaba y deslicé la llave en la cerradura con las manos temblorosas.

La puerta se abrió con un chirrido, revelando un espacio pequeño y abarrotado.

Había cajas apiladas, muebles viejos y objetos que ni siquiera recordaba.

Encendí la lámpara que colgaba en el techo y comencé a buscar.

Apenas podía pensar con claridad, tampoco sabía cuánto margen de tiempo me quedaba para que mi esposo viniese a por mí.

Abrí varias cajas, una tras otra, sacando fotografías, cuadernos y juguetes olvidados que apenas identificaba.

Dentro de una pequeña caja encontré una muñeca de trapo con el cabello desgastado por el tiempo.

Mamá solía arreglarla cada vez que se soltaba un hilo.

Por un momento, olvidé dónde estaba, perdiéndome en un recuerdo fugaz de su sonrisa mientras cosía junto a la ventana.

Cada objeto parecía un portal a una vida que ya no existía, una que se había desmoronado mucho antes de que Nikolai entrara en mi mundo.

Varios minutos más tarde, un sonido detrás de mí me hizo detenerme.

La sangre se me heló cuando me giré hacia la puerta abierta, encontrándome con una figura que apareció en el umbral.

Era un hombre alto, con una sonrisa cruel y un tatuaje inconfundible asomando por el cuello de su camiseta.

Era parte de los Orlov. Mi corazón comenzó a latir con fuerza, necesitaba salir de allí de alguna manera.

La mente me iba a mil por hora, intentando encontrar una manera con la que advertir a Nikolai.

—¿Qué quieres? —bisbiseé con rabia.

—A ti, señorita Romanov —respondió con una sonrisa que hizo que mi estómago se contrajera.

En un acto de valentía, golpeé al hombre que tenía frente a mí, recordando lo que me había explicado Andrei, cosa que aproveché para escabullirme del lugar.

Corrí por el largo pasillo pero, antes de que pudiese llegar a la entrada, aparecieron dos hombres, obligándome a detenerme en seco.

Uno de ellos llevaba un arma en la mano, mientras el otro sacaba una cuerda de su bolsillo.

—¡Nikolai! —grité con todas mis fuerzas, esperando que me escuchara.

Retrocedí todo lo que pude. Hasta que los hombres se abalanzaron sobre mí al mismo tiempo. Intenté resistirme, recordando las lecciones aprendidas, pero apenas surtían efecto, ya que eran demasiado grandes como para sentir cualquiera de mis golpes.

—¡Nikolai, por favor! —chillé desesperada.

Una mano callosa cubrió mi boca, mientras otra me sujetaba con fuerza por los brazos. Mis manos se vieron sujetadas por unas esposas de las que ni siquiera me había percatado antes. Me arrastraron por el pasillo hacia la puerta, provocando que el frío de la noche chocase contra mi cuerpo.

Cuando la puerta al exterior se abrió, escuché el sonido de disparos, seguido de un grito.

Nikolai. Estaba luchando con uñas y dientes.

Mi vista se fijó en él, en la manera magistral en la que se movía golpeando a unos y a otros, disparando a los hombres de los que intentaba zafarse, provocando que cientos de quejidos desesperados retumbasen por el lugar.

Forcejeé con todas mis fuerzas, intentando deshacerme del hombre que me agarraba.

Nikolai no podía salvarme. Como si fuese una muñeca de trapo, me arrastraron a una furgoneta negra que estaba estacionada en un callejón cercano.

—¡Nikolai! —bramé al borde del llanto.

Intenté patalear, gritar y cocearles, pero antes de que pudiese hacer nada, ya estaba atrapada dentro de la furgoneta. Lo último que vi antes de que todo se volviese oscuro fue la figura de mi hombre en la distancia, rodeado de enemigos.