El legado de los Romanov 48
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Nikolai

El sonido del reloj de la sala retumbaba con suavidad en el despacho, marcando un ritmo constante mientras el aroma a madera y cuero impregnaba el aire.

Mis hermanos estaban sentados alrededor de la mesa de reuniones, cada uno con una expresión distinta.

Viktor, con su mirada analítica y fría, observaba todo como si siempre estuviera dos pasos por delante de los demás.

Alexei permanecía tranquilo, centrado en la documentación que le había entregado Andrei.

Este estaba relajado, aunque sus ojos me confesaban su constante estado de alerta, mientras jugueteaba con la taza de café que tenía en la mano.

—¿Por qué nos has llamado tan temprano? —preguntó Andrei, con un deje de exasperación.

Ignoré su tono y me incliné sobre la mesa, dejando caer un paquete de documentos frente a ellos.

—Los Orlov han reforzado su presencia en el norte —les informé—. Necesitamos ajustar nuestras rutas para evitar enfrentamientos innecesarios. Al menos, por el momento.

—¿Evitar enfrentamientos? —cuestionó Viktor, con el tono más gélido que hubiese escuchado y arqueando una ceja—. ¿Desde cuándo los Romanov evitan a sus enemigos?

Tomé aire, intentando no darle demasiada importancia a la manera en la que me había hablado.

Sabía que eran momentos difíciles, y por primera vez me vi identificado con él.

Se expresaba igual que lo hacía yo al ver los movimientos que mi padre tomaba, y que, a pesar de no estar de acuerdo con ellos, tenía que terminar por realizar si quería mantener la armonía en la familia.

—Desde que tengo algo más importante que proteger —respondí, encontrándome con su mirada. No era necesario decirlo en voz alta; todos sabían que hablaba de Elena.

—Esa mujer lo único que nos va a traer son desgracias, hermano —habló Alexei con esa calma tan característica que tenía.

Dejé ir un profundo bufido y le di un largo sorbo a mi café, terminándomelo por completo.

—Ni se te ocurra negarlo, Nikolai —voceó Viktor—. ¡Te hace parecer débil!

No comprendía el porqué de tener que batallar cada vez que nos reuníamos, y es que Viktor siempre había sido la voz discordante desde que llegué al mandato, siempre tenía algo que objetar.

—Pues yo creo que no ha sido mala idea casarte con ella, después de todo —aseguró Andrei, como si todo lo anterior no hubiese acontecido—, además, está más involucrada de lo que esperábamos.

Mi mandíbula se tensó al recordar los eventos del día anterior.

Había sido un error permitir que Andrei la entrenara sin mi conocimiento, pero parte de mí sabía que su intención era buena.

Ella no quería ser una carga, ni una víctima, y aunque me costara admitirlo, su determinación me atraía tanto como me frustraba.

—No vamos a hablar de eso ahora —le corté, aunque mi tono no dejó lugar a dudas de que aún estaba molesto por su desacato.

Viktor hizo un gesto de impaciencia y miró hacia la mesa.

Sus ojos se fijaron en algo que no había notado hasta ese momento: el collar de Elena, que descansaba junto a mi cuaderno de notas.

Lo había recogido del suelo después de nuestra noche juntos, pensando devolvérselo más tarde, pero ahora que lo veía bajo la luz del despacho, algo en él llamó mi atención.

—¿Qué es eso? —preguntó Viktor, señalándolo con un movimiento de cabeza.

—Es el collar de Elena —respondí, tomando el objeto entre mis manos.

Era sencillo, una cadena de oro con un pequeño colgante que llevaba consigo desde que la conocí. Lo giré entre mis dedos, notando algo que nunca antes había percibido: unas marcas diminutas en la parte trasera. Mi ceño se frunció mientras los inspeccionaba más de cerca.

—Déjame ver eso —pidió Viktor, extendiendo la mano.

Se lo entregué con cierta reticencia, observando cómo sus ojos lo examinaban con sumo cuidado. Después de unos segundos, su expresión cambió, una chispa de interés iluminó cada uno de sus rasgos.

—Esto no es un simple collar —musitó.

—¿Qué quieres decir? —cuestionó Andrei, dejando su taza sobre la mesa.

Viktor giró el colgante y señaló las marcas grabadas en él.

—Son números —nos informó—. Parecen coordenadas o códigos.

Sin dudarlo un instante, arrancó una hoja de su libreta, colocándola bajo el collar y, con un lápiz, fue marcando los números, puntos y líneas grabados en él. Nos enseñó el resultado, estaba claro que algo escondía.

Achiqué los ojos mientras tomaba el collar de vuelta. En efecto, las marcas formaban una secuencia que no tenía sentido a simple vista, pero había aprendido a reconocer los patrones de cifrado que mi padre usaba en sus documentos más importantes, y ese era uno de ellos. Esto no era casualidad.

—¿De dónde lo ha sacado? —inquirió Andrei, apoyándose en la mesa.

—Fue un reglo de su madre —respondí en voz baja, sintiendo como en mi cabeza se agolpaban cientos de preguntas sin respuesta.

El silencio que siguió fue pesado, cada uno de nosotros estaba procesando lo que aquello significaba.

Si Irina, la madre de Elena, había entregado este collar a su hija, debía haberlo hecho con un propósito.

Me negaba a pensar que siendo una infiltrada en la mafia, no tuviese un doble sentido.

Y mucho menos, teniendo en consideración su conexión con mi padre y los secretos que había descubierto en su despacho.

Estaba claro que ese objeto era mucho más importante de lo que parecía.

—Tenemos que investigarlo —anunció Viktor, rompiendo el silencio.

Asentí un par de veces, aún sumido en mis propios pensamientos. ¿Y si había algo más detrás de ese collar? Un lugar en el que encontrar la clave para terminar con los malditos Orlov, algo que mi padre solo pudiera confiarle a alguien como Irina.

—Andrei, Viktor, encargaos de esto —ordené, lanzándoles el collar.

El segundo lo atrapó al vuelo y lo observó por un instante antes de guardarlo en el bolsillo interior de su chaqueta.

—¿Y qué le diremos a Elena? —preguntó Alexei.

Permanecí en silencio, a sabiendas de que esa decisión caía únicamente sobre mis hombros. Si le decía la verdad, correría el riesgo de involucrarla aún más en una guerra que ya la había puesto en peligro. Pero si no lo hacía, ¿cuánto tiempo podría mantener ese asunto oculto?

—Nada, aún no —respondí con firmeza al final—. No hasta que sepamos qué demonios significan esos números.

Mis hermanos asintieron, aunque pude sentir cómo Viktor no dejaba de analizarme con la mirada. No me importó. Lo único que necesitaba era protegerla, incluso si eso significaba guardar secretos que podrían destrozarla.

Lo que fuera que significaran esos números sabía que cambiaría todo. Y haría lo que fuera necesario para que Elena jamás tuviera que cargar con ello.