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Nikolai
Mía.
Tan mía que dolía.
Tanto que apenas podía pensar con claridad cuando se trataba de ella, porque una parte de mí moría en el instante en el que deseaba apartarse de mi lado, en el que mi mente no dejaba de joderme la vida.
Alcé la mirada, encontrándome con la suya.
Me observaba con delirio, con una pasión contenida que deseaba desbordar, porque sí, iba a hacerle perder la cabeza, igual que ella lo había conseguido conmigo.
Apreté la mandíbula al sentir cómo su sexo engullía mi dedo, pidiéndome más.
Mi miembro estaba tan duro que apenas podía pensar con claridad, porque lo único en lo que podía centrarme era en esa obsesión por adentrarme en ella que tenía.
Elena adentró sus dedos en mi cabello, enredándolos, sujetándome para que mi boca no se apartase de ella. Eso me gustó.
Joder que si me gustó.
Gruñí contra su sexo, sintiendo su humedad mezclándose con mi saliva. La manera en la que toda ella clamaba mi atención y un placer que estaba dispuesto a darle.
La noche del bosque le dije que iba a follarla hasta hacerle perder el conocimiento, y lo cierto era que antes me perdería a mí mismo antes que perderla a ella.
Estaba a punto de correrse, podía percibirlo en la manera en la que sus piernas se tensaban a ambos lados de mi rostro, y aunque una parte de mí quería hacerla estallar, otra deseaba perderse a su lado.
Alcé la vista.
Aquella mujer se había convertido en mi peor debilidad, y también en parte de mi fortaleza.
Su cabello caía desordenado sobre los hombros mientras sus mejillas continuaban enrojecidas. La observé durante unos segundos, permitiéndome memorizar cada detalle, como si mi mente tuviera la necesidad enfermiza de conservarla para siempre.
Quizá porque una parte de mí sabía que todo podía desaparecer.
—¿Por qué me miras así? —gimoteó.
Su voz sonó suave, tímida, y estrangulada.
Sonreí ladino.
—Porque todavía no me creo que sigas aquí —admití.
Sus ojos se suavizaron y aquello fue peor, porque estaba acostumbrado a su rabia, a sus reproches y desafíos, pero aquella versión de Elena era capaz de derribar defensas que llevaba años construyendo.
Lentamente me erguí, dejando que mi abultado pantalón quedase a la altura de su sexo. Llevé una de mis manos a su rostro, y esta cerró los ojos un segundo, dejando que la meciese.
Un pequeño gesto.
Inocente.
Y sin embargo sentí que algo se me retorcía en el pecho.
—Voy a seguir aquí —murmuró.
Negué despacio.
—No lo entiendes.
—Explícamelo —me pidió.
Su respuesta fue inmediata, directa, tan Elena que casi me hizo sonreír.
Suspiré, porque no sabía cómo hacerlo. No sabía cómo explicarle que llevaba toda la vida perdiendo cosas.
Personas.
Aliados.
Familia.
Que había aprendido demasiado pronto que todo lo importante terminaba desapareciendo, y que desde que ella había entrado en mi vida, el miedo había regresado.
La tomé por la cintura, acercándola un poco más al borde, mientras su mirada seguía fija en la mía. Bajé el pantalón de traje que ya estaba a punto de reventar, y con él los calzoncillos negros que enmarcaban mi miembro.
Lo coloqué en su entrada, y cuando estaba a punto de explicarle a qué me refería, se movió, consiguiendo que me ensartase en ella de una sola estocada.
Gruñí, mientras ella dejaba ir un profundo gemido que me supo a gloria.
Comencé a moverme en su interior, al mismo tiempo que la sujetaba por su nuca y estampaba mis labios contra los suyos, devorándola.
Entraba con tanta profundidad que me encontraba al borde de perder la cabeza.
—No has respondido —jadeó contra mi boca.
Reí de manera ronca al mismo tiempo que continuaba adentrándome en esa oleada de placer.
Una.
Dos.
Tres.
Cuatro estocadas.
—Cuando desapareces de mi vista, mi cabeza empieza a trabajar sola —aseguré—. Imagino todas las formas posibles en las que podrían hacerte daño —continué—. Y créeme, que eso nunca termina bien.
Sus labios se curvaron.
—Eso suena demasiado romántico para ser tú, ¿no crees?
La sujeté con fuerza por la cadera y comencé a bombear cada vez con más fuerza, arrancándole decenas de quejidos que me sonaban a gloria.
—¿Vas a repetir eso? —cuestioné.
Una sonrisa pícara se esbozó en sus labios, retándome a que fuese a más.
Claro que lo repetiría, pero no sin antes saber a quién pertenecía.
Devoré su boca, mordiendo su labio inferior, tirando de este, provocando que incluso un pequeño reguero de sangre se abriese.
—Eres todo un romántico, Nikolai Romanov.