El legado de los Romanov 46
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Elena

Mi respiración era agitada en el momento en el que entré en la casa.

A pesar del cansancio de mis brazos y piernas, mi mente era un torbellino de emociones que estaba segura de que arrasaría conmigo.

Nikolai siempre conseguía lo mismo: frustrarme, enfurecerme y, al mismo tiempo, despertar en mí algo que no lograba entender del todo.

Había cruzado límites, me había amenazado, pero en sus palabras siempre había un trasfondo que no podía ignorar. Miedo. Miedo a perderme.

Subí a nuestra habitación y cerré la puerta de un portazo.

Cada paso hacia el armario me hizo sentir como si caminara sobre brasas.

Comencé a sacar algunas de mis pocas cosas, doblándolas con movimientos bruscos y apilándolas en la cama.

No sabía a dónde iría, ni cómo haría para salir de la casona, pero no podía seguir así.

Necesitaba espacio, aire y, sobre todo, ser escuchada.

El sonido de la puerta abriéndose detrás de mí hizo que mi corazón se acelerase, pero al mismo tiempo me detuvo en seco.

Giré con lentitud, encontrándome con Nikolai, quien me observaba con los ojos llenos de algo que no supe descifrar.

Su figura llenaba el marco de la puerta, pero esta vez no era el hombre imponente y seguro de siempre.

Había algo en su expresión que lo hacía parecer… vulnerable.

—¿Qué haces? —cuestionó, en voz baja pero tan tenso que pude percibir las chispas que brillaban en él.

—Me voy —sentencié, sin titubear.

Apretó la mandíbula con fuerza, pero en lugar de acercarse, permaneció quieto, como si estuviera midiendo cada una de sus palabras y posibilidades.

—No vas a ninguna parte, Elena.

Su tono se tornó suave, más de lo que esperaba, pero no por ello fue menos firme. Dejé caer la camisa que tenía en las manos y crucé los brazos sobre mi pecho. Enfrentándolo.

—¿Y qué vas a hacer? —voceé—. ¿Encerrarme otra vez? —le desafié, alzando una ceja.

El silencio que siguió fue insoportable. Nikolai me miraba como si intentase comprender algo que se le escapaba. Soltó su agarre y, sin dudarlo un instante, tiró de mi mano, pegándome a su pecho. Por un momento fue como si el mundo dejase de girar bajo nuestros pies.

—No puedo perderte, Elena —dijo mediante un susurro, cargado de un dolor que me dejó sin aliento—. No puedo. No importa lo que tenga que hacer.

Las lágrimas comenzaron a empapar mis mejillas, porque sabía que su enfado no era más que frustración acumulada, miedo a que algo malo me ocurriese.

—Entonces déjame ser fuerte —le pedí, con la voz estrangulada—. Déjame luchar a tu lado, no detrás de ti.

Suspiró con fuerza para, segundos después, asentir, aunque pude ver cómo en su anterior había una lucha en su interior, que a pesar de que su boca no quería exteriorizarla, sus ojos lo delataban.

—Está bien —accedió al final—. Pero esto lo hacemos a mi manera.

Me quedé quieta, asimilando sus palabras. No era una victoria completa, pero sí un comienzo, y por ahora, era suficiente.

Nikolai no esperó. Antes de que pudiera reaccionar, sus labios encontraron los míos, devorándome con una pasión que no dejó espacio para dudas.

Mi mente intentó resistirse, aquello no era lo correcto, no después de una discusión, pero mi cuerpo ya hacía mucho que había cedido.

Noté sus manos recorrerme, tirando de mí hasta que no quedó ni un milímetro entre ambos.

Sus dedos encontraron el dobladillo de mi camiseta y, con un movimiento decidido, la deslizó hacia arriba, sacándola por mi cabeza.

El aire frío de la habitación chocó contra mi piel, pero no me importó.

Me aferré a sus hombros como si fuera lo único capaz de mantenerme en pie, mientras él me levantaba, colocándome sobre la mesa del escritorio.

El frío de la madera me sacudió, contrastando con el calor de su cuerpo.

Mi corazón se desbocó, latiendo con tanta fuerza que creí que en cualquier momento lo escucharía.

Ahogué un gemido, cuando sus manos subieron por mi cintura hasta llegar a mis pechos.

Se deshizo del sujetador con una rapidez pasmosa, permitiendo que estos quedasen al aire.

Su boca se deslizó de mis labios hacia el cuello, creando un reguero que terminó por llegar a mi pezón derecho.

—Quiero que el mundo sepa que eres mía, Elena —gruñó.

Mi sexo palpitó al escucharle, porque eso era lo único que deseaba. Esa jodida toxicidad a la que me había vuelto adicta. Amaba la forma en la que sus ojos me reclamaban, en la que su boca me buscaba o en la que su cuerpo reaccionaba a mí.

—¿No te basta con habernos casado? —comenté divertida, perdiéndome en sus ojos.

Me miró como un lobo feroz, hambriento, repleto de una lujuria que yo misma sentía. Contuve un quejido de placer cuando mordisqueó mi pezón, tirando de él y provocando que una corriente eléctrica me recorriese por completo.

—Nada será suficiente —aseguró—. Quiero que seas mía en todos los sentidos —juró—. Mía —recalcó mediante un gruñido.

Cada palabra y caricia era un recordatorio de lo que significábamos el uno para el otro, de la línea delgada entre el amor y la obsesión que ambos transitábamos.

Mi corazón latía con fuerza, tanta que sentí como el control que intentaba mantener se desmoronaba a cada segundo que sus manos pasaban sobre mi piel.

El calor de sus labios en mi clavícula me arrancó un gemido, y en ese movimiento desesperado, el collar que llevaba desde que era una niña cayó al suelo, resonando en la madera. Apenas le di importancia, ya que estaba perdida en el momento, mientras Nikolai seguía reclamando cada parte de mí.

—Dilo otra vez —le supliqué.

Nikolai me observó con una sonrisa ladina dibujada en sus labios, mientras sus manos descendían por mis muslos.

Se deshizo de mis pantalones deportivos, lanzándolos bien lejos.

Segundos después, mis piernas estaban completamente abiertas para él, y sin que pudiese hacer nada por evitarlo, se arrodilló frente a mí, para arrancarme de un mordisco el tanga que llevaba.

Pude percibir la humedad de mi sexo, cómo empezaba a descender, empapando la mesa, para el más absoluto deleite de mi esposo.

Sin previo aviso, uno de sus dedos se coló en mi interior, mientras él no dejaba de lamer mi entrada, consiguiendo que cientos de descargas tomasen el control de mi ser.

Arqueé la espalda, al mismo tiempo que enredaba mis dedos en su cabello, obligándole a permanecer en el lugar que tanto gozo me provocaba.

Nikolai no dejaba de devorarme como si fuese el manjar más delicioso que hubiese probado.

Verle de aquella manera me mataba, tan entregado, incluso obsesionado con darme lo que tanto ansiaba.

Un segundo dedo se adentró en mí, mientras su lengua no dejaba de juguetear con mi abultado botón.

—Mía —gruñó contra mi monte de Venus, provocando que estallase de placer.