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Elena
Una semana después de la boda.
Llevaba nerviosa toda la semana, no iba a negarlo. Tras los últimos acontecimientos, necesité evadirme de todo lo que me rodeaba, pero no solo eso, sentía una incipiente necesidad de no ser una jodida lacra que sentenciase a mi nueva familia
El jardín trasero de la mansión estaba vacío, salvo por nosotros.
Andrei y yo. La brisa fresca dela mañana traía consigo el olor a tierra húmeda, mientras el sol apenas comenzaba a asomarse entre las ramas de los árboles.
La hierba bajo mis pies crujía, húmeda y suave.
Aún no comprendía cómo demonios había aceptado mi recién estrenado cuñado a una petición como aquella.
Pero la determinación que sentía en mi pecho no podía ignorarla, necesitaba ser algo más que un simple peón a la espera de una nueva orden.
Andrei estaba frente a mí, con los brazos cruzados y una ceja alzada.
En sus manos, el punzón que me regaló el día de la boda brillaba bajo la luz tenue del amanecer.
Le había insistido en que me enseñara a defenderme durante al menos dos días, y aunque al principio pareció dudar, al final terminó accediendo, quizás más por curiosidad que por convicción.
—Esto no es un juego, Elena —me advirtió, con esa seriedad que siempre portaba, pero con un ápice de diversión—. Si decides usar esto, debes estar preparada para las consecuencias.
Asentí, tenía claro mi cometido, y no permitiría que nada me frenase.
—¿Crees que no lo sé? —respondí, apretando los puños—. No quiero ser una carga, Andrei —aseguré, colocándome frente a él, sin dudar un solo instante—. Quiero poder defenderme si llega el momento.
Él me observó en silencio durante un instante antes de asentir.
Sacó un cuchillo más grande de su cinturón y lo sostuvo frente a mí.
Por un instante, pude sentir vértigo por todo lo que suponía aquel inicio, pero ya no había vuelta atrás.
Nikolai me había arrastrado a su mundo, y estaba decidida a ser la reina que tanto merecía.
Andrei me observó en silencio. Su expresión fue dura, pero compasiva, porque, al igual que yo, él también tuvo que aprender a defenderse.
—Primero, aprende a sostenerlo de la forma correcta —comentó, al mismo tiempo que me lo tendía.
Tomé el punzón de su mano, sintiendo el peso metálico en mi palma, y cómo el frío lo teñía todo.
—Nunca lo sujetes de forma suave o débil, Elena —me ordenó—. Si vas a usarlo, tu agarre debe ser firme, esto no es un adorno, esto salva vidas.
Me mostró cómo colocar mis dedos, cerrándolos con fuerza suficiente alrededor del mango para que no se resbalara, pero sin apretarlo tanto que me dolieran las manos.
—Así —me corrigió—. Ahora, imagina que es una extensión de tu brazo, no algo que cargas, sino algo que forma parte de ti.
Asentí en silencio, intentando procesar cada una de sus explicaciones. Podía sentir la presión en mi cabeza, cómo todo comenzaba a teñirse de rojo, y es que a cada segundo que pasaba allí, estaba más cerca de la muerte.
—Muy bien —continuó—. Ahora, posición básica de ataque. —Colocó su pierna entre las mías—. Los pies separados a la altura de los hombros, siempre debes mantener el equilibrio.
Reajusté mi postura mientras él corregía la inclinación y la colocación de mis pies.
—Bien, Elena —mustió—. Ahora, el brazo que no sostiene el punzón debe protegerte —me instó—. Sube la mano derecha para cubrir tu cara o el costado de tu cuerpo. No dejes nada expuesto.
Levanté la mano izquierda, sintiéndome un poco ridícula al principio, pero su asentimiento aprobatorio me hizo continuar.
—Vamos con el primer movimiento: el golpe directo —me instó—. Este es para cuando tienes la oportunidad de atacar al frente, rápido y sin vacilaciones.
Demostró el movimiento con una rapidez que me dejó sin aliento, llevando el punzón hacia adelante en una línea recta que terminó justo frente a mi pecho. Lo hizo parecer fácil, más de lo que me hubiese imaginado, ya que cuando lo intenté, mi movimiento fue torpe, lento y poco efectivo.
—No es un arma grande, pero puede ser letal si lo usas bien —aseguró, intentando darme una tranquilidad que empezaba a perder—. No lo guíes con la muñeca; haz que todo tu brazo, desde el hombro hasta los dedos, participe en el movimiento.
Probé de nuevo, esta vez ejerciendo más fuerza. El punzón avanzó con mayor precisión, arrancándole una ligera sonrisa a Andrei que me sentó como un bálsamo para mis miedos.
—Eso es, otra vez.
Repetí el movimiento repetidas veces, probando a ser más rápida, hasta que comenzó a parecer natural y no robótico. Mi respiración se volvió más pesada, pero no me detuve.
—Ahora vamos con algo más complicado —anunció, levantando el cuchillo que llevaba en su cinturón—. Voy a atacarte lentamente —explicó con calma—. Quiero que intentes bloquear y contraatacar.
—¿Bloquear? ¿Con esto? —cuestioné incrédula, alzando el punzón.
—No lo subestimes, la posición lo es todo —aseguró—. Si alguien te ataca de frente, no intentes igualar la fuerza, usa tu velocidad y el ángulo.
Avanzó hacia mí con un movimiento deliberado, llevando el cuchillo hacia mi hombro izquierdo. De forma instintiva, y como impedida por un resorte, levanté el punzón para bloquearlo, desviando la hoja hacia un lado. Antes de que pudiera pensar, Andrei tomó mi muñeca, y la torció.
—Eso es lo que pasa cuando te enfocas solo en el ataque o la defensa —comentó, al mismo tiempo que me soltaba—. Si bloqueas, tienes que estar lista para moverte, usa tu cuerpo para desequilibrar al oponente.
Intenté imitarlo, ajustando mi postura y girando la muñeca para responder al movimiento. Esta vez, logré desviar el cuchillo sin perder mi equilibrio.
—Mejor. Ahora, el contraataque —me instó—. Tan pronto como bloquees, da un paso adelante y lanza un golpe. Rápido. No esperes.
Lo intenté, aunque el golpe fue lento y descoordinado. Andrei se apartó con facilidad, haciéndome sentir torpe e insegura.
—De nuevo, pero esta vez sin pensar demasiado, solo hazlo.
Respiré hondo y repetí el movimiento. Bloqueé el cuchillo, avancé un paso y lancé el golpe directo con el punzón, apuntando hacia su costado. Esta vez, mi ataque fue más certero, aunque él lo bloqueó sin dificultad.
—Ha estado mejor —musitó, con una leve sonrisa en los labios—. Ahora, lo repetiremos hasta que lo hagas sin pensarlo.
El sol estaba más alto cuando hicimos una pausa.
Mi brazo estaba cansado y todo el cuerpo me dolía, pero algo dentro de mí había cambiado, y eso me hacía sentir reconfortada.
Con cada movimiento y golpe, sentía que recuperaba un poco del control que había perdido desde que Nikolai entró en mi vida.
No sería una prisionera más, ni una víctima.
Estábamos tan concentrados que no escuché los pasos firmes detrás de mí hasta que fue demasiado tarde. La voz de Nikolai retumbó como un trueno, deteniéndome en seco.
—¿Qué demonios está pasando aquí?
Me giré de manera abrupta, viendo cómo Nikolai se acercaba con una expresión que mezclaba furia y algo que no supe identificar.
Sus ojos estaban fijos en el punzón de mi mano, y sus labios se apretaban en una línea tensa que me heló la sangre.
Andrei dio un paso atrás, levantando las manos como si quisiera dejar claro que no tenía intención de hacerme daño.
—Estoy enseñándole a defenderse —dijo Andrei, con un tono tan calmado que se me antojó casi desafiante.
—¿A mi mujer? —gruñó Nikolai, haciendo hincapié en el «mi», mientras clavaba su mirada en él.
—Nikolai, basta —intervine, poniéndome frente a él—. Esto fue idea mía, no tiene nada que ver con él.
Nikolai desvió su atención hacia mí, y pude ver cómo brillaban, ardiendo con una intensidad que me hizo estremecer.
—¿Por qué? —cuestionó, en voz baja—. ¿Por qué crees que necesitas aprender a usar eso? —inquirió, apuntando con un movimiento el punzón.
Lo miré a los ojos, sintiendo como la rabia empezaba a burbujear en mi interior, contaminándolo todo. ¿Cómo demonios se le ocurría preguntarme algo así? Él me había convertido en la mujer de un mafioso, me había metido en el ojo del huracán, y pretendía que me quedase de brazos cruzados.
—Porque estoy harta de ser una prisionera en esta casa, Nikolai —solté con la voz estrangulada—. Harta de que decidas todo por mí, de que me mantengas encerrada como si no tuviera derecho a defenderme.
Su gesto cambió.
—Estoy aquí para protegerte —respondió, dando un paso hacia mí—. No necesitas nada más.
—¿Protegerme? —repliqué, avanzando hacia él hasta que estuve lo suficientemente cerca como para mirarle a la cara—. No puedes estar en todas partes, no puedes controlar todo. Y si no voy a poder defenderme sola, esto —nos señalé— se acaba.
El impacto de mis palabras pareció golpearlo más fuerte que cualquier impacto. Sus ojos se entrecerraron, pero no dijo nada, provocando que su silencio alimentase aún más mi frustración.
—¿Qué te pasa, esposo? —lo desafié—. ¿Crees que puedes jugar a las casitas conmigo mientras vivimos en un mundo lleno de muerte? —cuestioné con rabia, sibilina—. ¿Piensas que fingir que todo está bien hará que sea cierto?
Sentí cómo la rabia alcanzaba su punto de ebullición. Antes de darme cuenta, mi mano se levantó y lo golpeé en el pecho. No fue fuerte, pero lo suficiente como para hacerle retroceder. Me quedé ahí, temblando, con la respiración agitada, sin ser capaz de reaccionar a nada más.
—¿Qué cojones te crees que estás haciendo? —inquirió por fin, tomándome de la muñeca y provocando que el punzón cayese al suelo—. Si estás libre es porque yo lo permito —siseó entre dientes—, porque como me toques los cojones te vuelvo a meter en el puto zulo al que llegaste.
Ahogué un quejido, eso sí que no me lo esperaba.
Las lágrimas se agolparon en mis ojos y, por un instante, me quedé sin habla.
Intenté tragarme el nudo que se había creado en mi garganta y que apenas me permitía respirar con normalidad.
No quería volver a ese lugar, ni al momento en el que me tuvo como una rata, encerrada y sin poder ser yo misma.
—Estoy harta, Nikolai —musité al borde del llanto—. Harta de que me trates como si no tuviera derecho a decidir por mí misma.