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Nikolai
El silencio de la casa al amanecer tenía un peso distinto al de la noche anterior.
Era denso, cargado de secretos, de historias que habían quedado enterradas entre estas paredes mucho antes de que yo asumiera el mando de los Romanov.
Mis pasos resonaban con suavidad mientras recorría los pasillos en dirección al despacho de Vasily, mi padre, el mayor líder de la bratva.
Era un lugar que rara vez visitaba, no porque no me interesara su legado, sino porque cada rincón de esa habitación estaba impregnado de su esencia.
Y aunque lo admiraba, también cargaba con el peso de las expectativas imposibles que siempre había depositado en mí.
Abrí la puerta con una llave que siempre llevaba conmigo, provocando que las bisagras rechinaran anunciando mi presencia, como si el despacho se resistiera a ser perturbado.
La habitación estaba tal como la había dejado la última vez: estanterías llenas de libros encuadernados en cuero, un escritorio de madera oscura y el retrato de mi madre colgando sobre la chimenea.
Cerré tras de mí, inhalando el familiar aroma a cuero y madera vieja que siempre llenaba el lugar.
Me acerqué al escritorio y pasé la mano por su superficie.
Había algo casi ritual en ese gesto, como si al hacerlo me conectara con él, con su mente, con la sombra que había moldeado mi vida a base de reglas y golpes.
Mis dedos se detuvieron en una pequeña hendidura de la madera, un detalle que nunca antes había notado.
Me incliné, observándola más de cerca. Era una pequeña abertura, casi imperceptible, pero suficiente para despertar mi curiosidad.
Saqué mi navaja y la deslicé con cuidado por la ranura.
La madera cedió con un leve clic, revelando un compartimento oculto.
Durante unos segundos, me mantuve quieto, con la vista fija en él, debatiéndome si de verdad debía acceder a un lugar tan privado como aquel.
Pude percibir la mirada de mi padre fija en mi nuca, lo que provocó que girase sobre mis talones con rapidez, pero como era de esperar, allí no había nadie.
Tras meditarlo, lo abrí. Me encontré con una caja de metal, pesada y fría al tacto, la cual saqué con cuidado, dejándola sobre el escritorio.
Tenía grabadas las iniciales V.R en la tapa: Vasily Romanov.
La abrí con precaución, como si temiera que al hacerlo desatara algo que no pudiera controlar.
Dentro había una colección de documentos, fotografías antiguas y un par de objetos personales que reconocí de inmediato.
Pero lo que me llamó la atención fue un sobre amarillo, desgastado por el tiempo, con un nombre escrito a mano en ruso: Irina Kuznetsova.
Mi corazón se detuvo por completo. Irina Kuznetsova.
El nombre resonó en mi mente como un eco, conectando piezas que apenas tenían sentido.
Irina no era solo la madre de Elena, sino alguien que estuvo cerca de mi padre, alguien en quien él confiaba lo suficiente como para guardar su nombre en el lugar más privado de toda la casa.
Abrí el sobre con manos temblorosas, sacando el contenido.
Había varias hojas escritas a máquina, una fotografía en blanco y negro de mi padre e Irina y, lo más desconcertante, un conjunto de códigos cifrados.
Me recosté en el sillón de cuero detrás del escritorio, intentando procesar lo que tenía frente a mí.
Mi padre nunca habló demasiado de Irina, al menos no de manera directa.
Pero había pequeñas pistas, fragmentos de conversaciones que ahora cobraban todo el sentido del mundo.
En la fotografía aparecían los dos, relajados, casi felices.
Era una expresión que rara vez había visto en su rostro, su mirada siempre parecía teñida de hielo, pero en esa ocasión pude descifrar un brillo en sus ojos que delataba confianza, quizá incluso algo más.
Volví mi atención a los documentos. Las primeras páginas eran un conjunto de instrucciones, detallando cómo sabotear a cada uno de los bandos rivales, entre ellos, los Orlov.
Había menciones a nombres en clave, ubicaciones de almacenes y estrategias que podrían haber sido devastadoras para ellos.
Pero lo que de verdad me dejó sin aliento fue la última línea: «los códigos están en manos de Irina.
Confío en ella como confiaría en mí mismo.
Si alguna vez esta guerra revive, ella sabrá qué hacer».
Sentí un escalofrío recorrerme. Elena no solo era un peón en esta guerra por accidente.
Su madre había sido una pieza central en el conflicto entre los Romanov y los Orlov durante toda su existencia, y ahora ella heredaba ese papel.
No era algo que hubiera elegido, pero eso no importaba.
Los Orlov la buscarían, no por lo que ella era, sino por lo que representaba. La llave para su destrucción.
Pero ¿y si Irina y mi padre habían sido algo más que socios?
Me llevé la mano al cabello, tomando aire, intentando calmar los cientos de pensamientos que se cruzaban por mi mente como si de un torbellino se tratara.
Mi madre siempre fue sagrada para Vasily, fue lo único que amó con todo su corazón, el mayor tesoro que hubiese tenido jamás, pero algunas de las imágenes de Irina con mi padre habían sido anteriores a su muerte.
¿Y si toda nuestra guerra había provocado que Elena se quedase sin madre?
La congoja me asoló por primera vez en años, y es que pensar en lo que podría suponer la muerte de su madre para Elena me destrozaba el corazón.
Según tenía entendido, e incluso la misma Elena me confirmó, su madre había muerto cuando ella no tendría más de ocho años, por lo que significaba que muchas de las imágenes que tenía entre las manos eran posteriores a esa fecha.
Irina había fingido su muerte para seguir viviendo en las sombras, junto a mi padre.
Mi mandíbula se tensó al instante, mientras cerraba los documentos y los devolvía a la caja. Esto lo cambiaba todo. No podía permitir que Elena supiera la verdad. Porque si lo hacía, era probable que quisiera huir de todo lo que habíamos empezado a construir, y eso era algo que no podía permitir.
Guardé la caja en el compartimento y cerré el escritorio con un movimiento firme.
Sabía lo que tenía que hacer. La guerra con los Orlov estaba entrando en una nueva etapa, y Elena era la clave para ganarla.
Pero más allá de eso, ella siempre sería mía.
Había jurado protegerla, y haría lo que fuese necesario para mantenerla a salvo, incluso si eso significaba mantenerla alejada de todos los secretos de nuestra familia.
Cuando regresé a nuestra habitación, la encontré sentada junto a la ventana, mirando hacia los jardines.
La luz del sol se filtraba a través de las cortinas, iluminando su rostro con un resplandor que casi me hizo olvidar todo lo que había descubierto.
Era un contraste cruel: su belleza e inocencia, frente al peso de los secretos que llevaba conmigo.
—¿Cómo estás? —pregunté, intentando que mi voz sonase natural.
Se giró para mirarme y, por un instante, su tenue sonrisa fue suficiente para hacerme creer que nada malo podría ocurrirnos.
—Estoy bien —aseguró, aunque pude notar en su tono como había algo que no me contaba.
Me acerqué a ella, tomando su rostro entre mis manos. Sus ojos buscaron los míos, y sentí una punzada de culpa al darme cuenta de que a partir de entonces no haría más que mentirle, aunque fuese para protegerla.
—No tienes nada de qué preocuparte —le prometí, inclinándome para besar su frente—. Estoy aquí, y no dejaré que nada te pase.
Sus labios se separaron, como si quisiera decir algo, pero decidió permanecer en silencio. Me odié un poco por lo que estaba haciendo, pero sabía que no tenía otra opción, contarle la verdad la destrozaría, y su seguridad estaba por encima de todo.
Mientras la abrazaba, sentí cómo el peso de la caja en el despacho seguía sobre mis hombros.
La misma que contenía el pasado, el presente y el futuro de la guerra en la que estábamos metidos.
Y ahora, también contenía mi promesa de que, sin importar lo que costara, protegería a Elena de todo… incluso de sí misma.