El legado de los Romanov 43
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Elena

El viaje de regreso a casa fue tranquilo e incluso silencioso.

La opulencia del festejo de la noche anterior contrastaba con la frialdad del amanecer que se abría paso en el horizonte.

El coche avanzaba con suavidad, pero cada kilómetro que nos acercaba a la mansión hacía que mi pecho se sintiera más apretado, y por un instante creí haber soñado los votos de Nikolai y nuestra noche de bodas.

Miré de reojo a mi nuevo marido, que estaba sentado junto a mí, con la mirada fija en el paisaje, como si no dejase de rondarle algo. Su perfil era una mezcla de dureza y serenidad, como si no le afectase la idea de volver a «la realidad» después de nuestra boda.

Mi mente no hacía más que volar una y otra vez a la noche anterior, a todo lo sucedido en un día que debía ser tan especial.

Cada beso y caricia se había grabado en mi piel a fuego.

Me había prometido que jamás se separaría de mí y, por un instante, me permití creerle.

Sin embargo, esa certeza empezaba a resquebrajarse a medida que nos acercábamos al caserío, recordándome lo que significaba ser su esposa.

No éramos una pareja convencional, no habría luna de miel y mucho menos días de ensueño.

Estábamos en medio de una tormenta, y los Orlov acechaban como lobos hambrientos.

—¿En qué piensas? —preguntó de repente, como si me hubiese leído el pensamiento, posando una de sus grandes manos sobre mi muslo.

Cabeceé para mirarle, encontrándome con esos dos luceros grises que siempre parecían buscar más allá de lo que yo estaba dispuesta a confesar.

—En todo —musité, intentando sonar casual, aunque el peso de mi tono me delató.

—No hay nada de lo que debas preocuparte —aseguró Nikolai.

—Claro que sí —le contradije—. ¿Cómo se supone que debo afrontar todo esto?

Me sentía confusa por cómo habían sucedido los acontecimientos, ¿cómo iba a aceptar que estaba enamorada del hombre que me secuestró? Era algo incomprensible que se escapaba a cualquier entendimiento.

—No tienes que hacerlo, Elena —respondió—. Solo tienes que dejarte llevar.

Su mano se extendió hacia la mía, entrelazando nuestros dedos con un gesto que, aunque sencillo, logró calmar la tormenta que ya asolaba mi pecho.

Era una contradicción constante. Podía sentirme más segura con él que con nadie más en el mundo, y al mismo tiempo, su presencia era una jaula de acero que me mantenía atrapada.

Al llegar a casa, uno de los guardias abrió la puerta del copiloto para que pudiese bajar.

La mansión Romanov, con sus altos muros de piedra y su imponente fachada, parecía aún más intimidante bajo la luz del día.

El guardia inclinó la cabeza ligeramente hacia Nikolai, con un gesto de respeto, y luego se volvió hacia mí.

—Bienvenida a casa de nuevo, señora Romanov —dijo con voz firme.

Permanecí inmóvil. Las palabras flotaron en el aire como un eco que no pude evitar.

Señora Romanov. Las escuché como si fueran un ancla que me arrastraba hacia lo más profundo de un océano frío y oscuro.

Mi mente se llenó de imágenes de la boda, de Nikolai desabrochando mi vestido, de sus manos acariciando mi piel, y de su ronca voz llamándome suya.

Pero esas dos palabras, «señora Romanov», tenían un peso que iba más allá de lo físico.

Era un título que ahora me definía. Me estremecí, pero no de miedo, sino que algo en mí, una parte de mi mente, no quiso reconocer que lo que de verdad sentía era orgullo.

—Gracias —respondí al final, intentando parecer segura.

Entramos en la mansión, y el cambio fue inmediato.

La calidez de la noche anterior parecía haber quedado atrás, como si jamás hubiese ocurrido.

En la casa reinaba el silencio, pero el ambiente continuaba cargado de una tensión extraña.

Podía percibirlo en los rostros de los guardias, en las miradas que se cruzaban, e incluso en los movimientos calculados de todos los que nos rodeaban.

Había una alerta constante, una amenaza invisible que parecía envolverlo todo.

Nikolai caminaba a mi lado, con una de sus grandes manos apoyada en la parte baja de mi espalda, guiándome como si temiera que pudiera perderme en algún rincón.

Ese era el mayor de mis problemas: estaba perdida.

Perdida en él, en su vida, en los secretos y, ahora más que nunca, me daba cuenta de que ya no había salida.

Tras descansar un poco, decidí salir de la habitación.

Nikolai tenía que atender unos asuntos importantes en su despacho, y aunque me pidió que me quedase allí, mi curiosidad fue más grande que la necesidad de descansar.

Quería comprender el mundo del que ahora formaba parte, aunque eso significase perderme un poquito más a mí misma.

Los pasillos eran interminables, llenos de arte antiguo, muebles imponentes y lámparas de araña que proyectaban luces doradas en las paredes.

Cada rincón parecía esconder una historia y yo no podía evitar sentirme como una intrusa explorando un reino que no era mío.

Pero al mismo tiempo, algo en el lugar me atraía, esa necesidad por descubrir los secretos que los Romanov intentaban ocultar.

Pasé frente a una puerta entreabierta y escuché voces. Contuve el aliento, deteniéndome, intentando que no se percatasen de mi presencia. Reconocí la voz de Alexei, el mediano de los Romanov, quien hablaba en tono bajo pero firme.

—Los Orlov están movilizándose, Nikolai —aseguró—. Tenemos información de que han reforzado sus operaciones en el norte.

Sentí un escalofrío recorrerme. Orlov. Esa era la amenaza que pendía sobre nuestras cabezas, el motivo por el que toda la celebración había sido escasa, y por el que cada uno de nuestros movimientos estaba vigilado.

Sabía que eran peligrosos, pero escuchar su nombre en un contexto tan directo me hacía comprender que estábamos en guerra.

—No podemos permitir que esto continúe —respondió Nikolai, con la voz tan firme que me hizo temblar—. Si quieren jugar, lo haremos, pero con nuestras propias reglas.

—Tenemos que encontrar la vinculación entre Elena y esa panda de cabrones —anunció Viktor, al mismo tiempo que uno de sus hermanos bufaba.

El vello de todo el cuerpo se me erizó. Olvidé ese pequeño detalle, la razón por la que Nikolai me arrancó de mi propia vida para traerme a la suya.

¿Qué demonios tendría que ver mi madre con Vasily?

¿Es que existió algo más entre ellos que desconocía?

Entonces, caí en la cuenta de que existía un trastero al norte de Moscú donde mi madre guardó todas sus cosas cuando tuvo que mudarse a un piso más pequeño.

Todos nuestros recuerdos estaban ahí dentro, sobre todo los pocos que quedaban de mi infancia en el país, ya que cuando no era más que una joven mi padre me envió a un internado a Inglaterra.

Apenas pude concentrarme en toda la tarde, necesitaba encontrar la forma de llegar hasta el trastero, descubrir qué nos unía al clan rival y de qué manera podía ayudar a que la maldita guerra en la que estábamos metidos se detuviese.

Al anochecer, Nikolai regresó a la que ya se había convertido en nuestra habitación. Estaba agotado, pero su presencia llenó el espacio de esa manera tan especial que solo él lo hacía, como siempre. Se sentó en el borde de la cama y me miró con una mezcla de cansancio y preocupación.

—¿Estás bien? —preguntó, como si supiera que algo rondaba mi mente.

—Sí —respondí con la voz tenue, a sabiendas de que no era cierto.

Este asintió, pero no pareció convencido con mi respuesta, por lo que se inclinó hacia mí, tomando mi mano en la suya.

—Sé que esto no es lo que esperabas —musitó—. Aunque sabiendo nuestro inicio, tampoco creo que esperases un cuento de princesas —reflexionó en voz alta, añadiendo una ligera mueca a sus labios—. Sé que mi mundo no es fácil, pero prometo que haré todo lo que esté en mi poder para mantenerte a salvo.

Lo miré, buscando en sus ojos una verdad a la que pudiera aferrarme, y allí estaba. No había duda en su voz, ni mentiras, solo la dura realidad de lo que significaba ser parte de los Romanov.

—No quiero estar solo a salvo, Nikolai —aseguré—. Quiero comprenderlo, ser algo más que una prisionera en tu mundo, sobre todo después de haberlo sido tuya.

Me observó en silencio por un instante, como si por su mente cruzasen cientos de ideas, considerando lo que acababa de decir. Y al final, asintió.

—Entonces, entenderás —prometió—. Pero no será fácil, Elena, este mundo no perdona.

—Lo sé —respondí, apretando su mano con fuerza—. Pero estoy contigo, y no quiero ser como un mueble —añadí—, quiero ayudar.

Una sombra de sonrisa apareció en sus labios antes de inclinarse para besarme. En ese momento supe que no había marcha atrás. Había elegido estar a su lado de manera presente, a pesar de las consecuencias, y aunque el camino estaba lleno de sombras, no podía imaginar estar en ningún otro lugar.