42
Elena
Cuando Nikolai cerró la puerta detrás de nosotros, el sonido del festejo en el salón quedó reducido a un eco lejano.
El aire en la habitación era distinta, cargada de una tensión que hacía que mis nervios estuvieran al borde del colapso.
La luz cálida de las lámparas bañaba cada rincón de la suite con un resplandor dorado, haciendo que las sombras se alargaran como testigos silenciosos de lo que estaba por ocurrir.
Me quedé de pie, incapaz de moverme. El vestido de novia, aún impecable, se sentía como una armadura que no estaba segura de querer quitarme.
Contuve el aliento, cuando le vi apoyarse contra la puerta, observándome con esos ojos grises que siempre parecían ver más de lo que yo estaba dispuesta a mostrar.
Mi corazón latía con tanta fuerza que creí que en cualquier momento se me escaparía del pecho para acabar en sus manos.
No negaría que todo aquello me superaba, pero por alguna razón, una parte de mí brillaba con ilusión de pensar que entre Nikolai y yo pudiese haber algo más.
Tal vez estuviese volviéndome loca, o sufriese el mayor síndrome de Estocolmo de la historia de la humanidad, pero lo cierto era que estaba enamorándome del hombre que tenía frente a mí.
—Ven aquí —dijo por fin, con la voz firme, pero con un tono aterciopelado que consiguió erizar cada vello de mi cuerpo.
Mis pies se movieron antes de que pudiera hacer nada por detenerlos, llevándome hacia él con pasos lentos y vacilantes.
Cada centímetro era un paso más a la locura absoluta, a esa adicción que sentía al tenerle cerca.
El aire se tiñó de electricidad, la misma que fluctuaba entre ambos cada vez que nos mirábamos.
Cuando estuve frente a él, dio un paso, provocando que el calor de su cuerpo rozase el mío.
Alcé la vista y me encontré con la suya, que me observaba con delirio, tan penetrante como salvaje.
Era imposible no perderse en esos ojos. Eran como una tormenta en la que no sabía si quería ahogarme, o de la que quería encontrar refugio.
Pero ahí estaba, frente a mí, el hombre más atractivo que hubiese podido ver jamás.
Quise levantar una de mis manos para recorrer su hermoso rostro, igual que lo había hecho él.
Delinear cada uno de sus tatuajes, contorneando su musculado cuerpo, permitiéndome el lujo de deleitarme con cada centímetro de su piel.
Joder, estaba enamorada de él, y lo peor de todo era que no tenía forma de huir.
—¿Qué deseas, esposo? —musité, con la voz estrangulada, a pesar de que podía intuir su respuesta.
—A ti, esposa —respondió sin rodeos, siguiéndome el juego.
Su confesión me dejó sin aliento, porque en mi interior se desató la mayor tormenta que hubiese podido imaginar.
Antes de que pudiese hacer nada, sus manos se posaron en ambos lados de mi rostro, sujetándome con una delicadeza que no esperé de él.
Sentí el calor de sus dedos deslizarse hacia mi cuello, un roce que parecía encender cada nervio de mi ser y prender mi cuerpo.
Sus labios se acercaron a mi piel, dejando un beso suave en mi hombro, y fue entonces cuando supe que estaba perdida.
—Eres mía, Elena Romanov —gruñó contra mi piel.
La fuerza de esas palabras me golpeó como un jodido tsunami, por lo que no pude evitar alzar la cabeza para mirarlo, buscando algo en su expresión que denotase que no estaba jugando conmigo. Pero no encontré más que sinceridad en sus ojos.
—Dilo otra vez —le ordené, incapaz de evitarlo.
—Eres mía, Elena Romanov —repitió, con una sonrisa ladina que provocó que mi sexo se humedeciera al instante—. Y lo mejor de todo es que yo soy absolutamente tuyo.
«Mío», repetí para mis adentros. Las rodillas me flaquearon ante la intensidad de sus palabras y la manera en la que me miraba.
No me moví, y él tampoco lo hizo. Sus manos descendieron hasta mi cintura, y con una lentitud exasperante, comenzó a desabrochar el vestido, el cual contaba con más de treinta pequeños botones.
Cada uno de sus movimientos era deliberado, como si quisiera grabar a fuego aquel instante, atesorándolo en lo más profundo de su memoria.
La tela cayó, arremolinándose a mis pies, provocando que todo mi ser se revolucionase, sintiéndose expuesto y vulnerable.
El aire se volvió denso, casi eléctrico.
Nikolai dio un paso hacia atrás para observarme, y esa mirada suya estaba llena de una mezcla de adoración y deseo que hizo que mi piel se estremeciera.
—Eres una jodida obra de arte, Elena —musitó.
No respondí, no podía. Todo mi cuerpo estaba en llamas, y mi mente luchaba por mantenerse al margen de lo que sabía que estaba a punto de ocurrir. Pero cuando entrelazó sus dedos con los míos y estampó su boca contra la mía, supe que ya no había vuelta atrás.
Me dejé caer en la cama, consciente de cada movimiento y respiración.
Nikolai se arrodilló frente a mí, permitiendo que sus manos recorriesen mis muslos con una lentitud que bordeaba la tortura, mientras sus labios no dejaban de besar con tranquilidad la parte interna de estos.
Sentí cómo mis músculos se tensaban bajo su toque, una mezcla de nerviosismo y deseo tomó el control de mi pensamiento, sin apenas dejarme reaccionar.
Estaba sintiendo algo que nunca antes había experimentado: el ansia.
—Quiero hacer esto bien —musitó, alzando la vista y fijándola en la mía.
Por un instante, mi corazón dejó de latir. Había algo en su voz, en la vulnerabilidad con la que lo había dicho, que me desarmó por completo.
—Entonces hazlo —respondí, y aunque intenté sonar segura, mi voz salió estrangulada por el maldito deseo que provocaba en mí.
Nikolai volvió a mí, cubriéndome con su cuerpo, colocando sus manos a ambos lados de mi rostro con cuidado, como si tuviera miedo de romperme.
Su mirada estaba teñida de algo oscuro y perverso, pero también de una devoción que consiguió romper cualquiera de mis dudas.
Sentí cómo el frío de las sábanas contrastaba con el calor de sus manos, que exploraban mi piel con una delicadeza casi reverente.
Cada beso, cada caricia, era lento y preciso, como si estuviera descubriendo algo sagrado.
Sus labios viajaron por mi cuello, bajando hasta mis clavículas.
Cada toque era una promesa, cada susurro de mi nombre una declaración.
Por un instante, cerré los ojos y me dejé llevar, permitiendo que me hiciera olvidar todo lo que fuimos hasta ese momento.
No éramos prisionera y captor, ni marido y mujer por obligación.
En ese instante, solo éramos Nikolai y Elena.
Ahogué un gemido cuando su boca se posó sobre mi pezón izquierdo, sorprendida del ligero mordisco que le propinó. Sus manos descendieron, de nuevo, por mi cintura, volviendo al lugar sagrado que con tanto mimo había estado rondando.
—Estás tan húmeda, Elena... —gruñó, apartándose de mi piel.
Pude percibir como su calor se alejaba, y quise reclamar lo que era mío: todo su maldito cuerpo. Contuve un sollozo cuando uno de sus dedos se coló en mi interior sin previo aviso mientras su pulgar jugueteaba con mi abultado clítoris.
Quise pedirle que me follase, que lo hiciese con ese delirio que solo él tenía, con su oscuridad y esa manera de amar que no había encontrado en otros brazos.
Porque me pesase o no, desde el instante en el que me miró por primera vez, supe que había algo más en su interior.
«Joder, ¿en qué momento me había prendado de él de esa manera? »
El reguero de sus besos me sacó de mis pensamientos en el instante en el que se detuvo en el borde del conjunto de encaje que me habían preparado.
—Sabía que te quedaría bien —musitó y, sin mediar palabra alguna, lo arrancó de un solo tirón, provocando que un grito se me escapara.
Apenas me dio tiempo a reaccionar, cuando su boca se coló en mi sexo, lamiéndolo como si fuese el mejor de los helados.
Podía notar su barba rozándome, su lengua adentrándose en mi interior mientras sus dedos no dejaban de juguetear en mi interior.
Un gemido salió de lo más profundo de mi interior, provocando que Nikolai gruñese.
Enterré mis manos en su cabello, pidiéndole más, sintiendo como la oleada de placer estaba más cerca que nunca.
Todo mi cuerpo comenzó a tensarse en el instante preciso.
Mi marido alzó la vista, clavándola en la mía, y pude ver cómo una sonrisa ladina se dibujaba en sus labios.
A sabiendas de lo que ocurría, continuó con su ataque, devorando cada resquicio de mi orgasmo, relamiéndose.
En vez de dejarme ir, Nikolai se alzó prodigioso, mostrándome su escultural cuerpo y una poderosa erección que clamaba unos requerimientos que eran suyos por derecho propio.
Se hundió en mí sin decir nada, arrancándome decenas de quejidos, provocando que mi placer se multiplicase de manera exponencial de tal manera que todo mi cuerpo estaba receptivo a él.
Estampó sus labios contra los míos, engulléndolos con una fiereza que llegó a dolerme, pero poco me importó.
Lo único que deseaba era perderme de nuevo entre sollozos de placer.
Al principio, sus acometidas fueron suaves, tanto que llegaron a antojárseme delirantes.
Podía sentir el placer en cada célula de mi cuerpo, cómo el vello se me erizaba con cada uno de sus gruñidos.
Me miraba como si fuese a quemar el mundo entero con tal de mantenerme a su lado, y eso me prendió en llamas.
El segundo orgasmo llegó minutos después, perpetrado por el suyo propio. Pude sentir como llenaba cada resquicio de mi alma con su esencia, entre gruñidos, uniéndose a mí en esa vorágine de placer en la que estaba sumida.
Nada más terminar, se acercó al baño y trajo consigo una bandeja con toallas húmedas y algo de jabón.
Agradecí el gesto, pero, a pesar de ello, negué con la cabeza, tomando su mano y llevándolo conmigo a la ducha.
Me giré al escuchar cómo la puerta se cerraba a nuestra espalda, y fue entonces cuando me encontré con esos acerinos ojos que me escrutaban sin miedo alguno.
Mis mejillas se enrojecieron, sintiendo un pudor que nunca antes había vivido, y mucho menos con alguien con quien acababa de acostarme.
Nos enjabonamos en silencio, deleitándonos con nuestra presencia. Dejé que sus manos recorriesen todo mi cuerpo, limpiándome de todos los pecados que aún se arremolinaban en mi mente.
—¿Sabes qué? —preguntó de repente, rompiendo el silencio, permitiendo que el agua le cayese por el cabello.
—¿Qué? —musité, agotada, pero feliz.
—No pienso separarme de ti jamás —juró.
Le miré con los ojos repletos de lágrimas, porque hubo algo en su expresión, en la forma en la que me miraba, que me hizo ver que seguía siendo el Nikolai que hacía horas se casó conmigo, el mismo que estaba en mi habitación venerando cada centímetro de mi cuerpo.
Y por primera vez, mientras sus manos yacían en mi cintura, elegí creerle.