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Elena
El sonido del festejo llenaba el salón principal de uno de los clubes más exclusivos de todo Moscú.
La opulencia del lugar rivalizaba con la majestuosidad de la catedral donde habíamos intercambiado los votos.
Todo fue organizado de manera meticulosa para demostrar no solo nuestra unión, sino el poder indiscutible que tenían los Romanov.
Las paredes estaban revestidas de mármol negro, con detalles que relucían bajo la luz de las gigantescas lámparas de araña de cristal.
Las mesas estaban dispuestas con una precisión impecable, cubiertas con manteles de lino bordado y adornadas con centros de mesas de rosas y jazmines, como guiño al precioso ramo que habían preparado para mí.
Cada rincón destilaba riqueza, elegancia, pero al mismo tiempo control, una marca inconfundible de mi nueva familia.
Suspiré, perdiéndome en la multitud. Estaba rodeada de gente que no conocía, que me felicitaban una y otra vez por el compromiso con Nikolai, sin saber que todo lo que habían visto no había sido más que una obligación.
Nikolai
A mi alrededor, todos los invitados hablaban, reían y brindaban como si se tratara del evento del siglo.
Y tal vez lo era. No todos los días un Romanov sellaba una unión de esa magnitud.
Pero a pesar del lujo y la grandeza, mi atención estaba en ella.
Elena. Mi esposa. Un cosquilleo me recorrió por dentro solo de pensarlo. Joder. Mía.
Desde el centro del salón, la vi sentada junto a Tatiana, con el cabello recogido en un moño bajo, delicado, y con el hermoso vestido que había mandado confeccionar, ajustándose a su figura como si hubiera sido diseñado para un ángel y no una mortal.
Su sonrisa era leve, como si intentara mantener la compostura, pero sus ojos relevaban otra cosa.
Había un torbellino en ellos que no podía ignorar, y por alguna razón, sabía que ese torbellino tenía mi nombre.
—¿Otra ronda, Nikolai? —preguntó Alexei, sosteniendo un vaso de vodka con una mueca de satisfacción.
—Más tarde —respondí, casi ignorándolo mientras me levantaba.
No podía seguir postergándolo. Necesitaba hablar con ella. Ahora.
Crucé el salón con pasos firmes, esquivando felicitaciones y sonrisas de cortesía.
Mi única intención era llegar a Elena antes de que las formalidades volvieran a consumirnos.
Antes de que el frío muro que nos separaba se irguiera para alejarnos de nuevo.
La liberación que había sentido en la catedral lo había cambiado todo, por fin esa parte de mí que estaba prendado de ella había salido a relucir, provocando que mi obsesión se volviese incluso más fuerte.
Pero poco me importó, lo único que necesitaba era protegerla y venerarla como merecía.
Al llegar a ella, extendí una mano en su dirección, inclinándome lo suficiente como para poder hablarle sin que el resto se enterase.
—¿Me concedes un momento, Elena?
Su mirada se alzó hacia mí, y por un instante, temí que se negara.
¿Qué demonios había hecho esta mujer conmigo?
Por suerte, asintió con suavidad, dejando el vaso que sostenía sobe la mesa.
Se levantó con una elegancia que hizo que mi pecho se llenara de orgullo y, por primera vez, no pude ocultar el seísmo de emociones que se arremolinaba en mi interior.
—Por supuesto, esposo.
Esposo. Esa simple palabra consiguió que mi miembro palpitase, porque a pesar de que al principio tan solo deseaba que fuese una unión para que no pudiese huir de mí, a cada día que pasaba, me volvía más adicto a ella.
La guie fuera del salón, alejándonos del bullicio y de las miradas curiosas que se clavaban en nosotros como cuchillos.
Nos detuvimos en un pasillo amplio, adornado con espejos dorados y lámparas de araña que proyectaban una luz cálida sobre su piel.
Alcé una de mis manos, recorriendo su mejilla con delirio, lo que provocó que cerrase los ojos.
Quise enterrar mis manos en su nuca, devorarla con ese ansia que me prendía en llamas, pero no era el momento adecuado.
—¿Estás bien? —pregunté, lleno de preocupación, aunque la respuesta era más que obvia.
Elena se apartó de mí, cruzando los brazos sobre su pecho. Fijó su vista de nuevo en la mía y lo que ví me desconcertó: dudas.
—Quiero saber algo —anunció con voz firme, aunque noté un temblor apenas perceptible en su tono—. Lo que dijiste durante la ceremonia… ¿lo sientes de verdad?
Sus palabras cayeron sobre mí como una losa, y por un instante, sentí el peso de su incredulidad.
—Sí —respondí tajante—. Cada una de las palabras.
Elena frunció el ceño, dando un paso hacia mí, con la mirada fija en la mía, como si intentara desentrañar cada rincón de mi alma.
—¿Entonces? —Quiso saber, llena de congoja—. Es que no te entiendo, Nikolai… ¿Por qué no me lo has demostrado antes?
Permanecí en silencio. No porque no tuviera una respuesta, sino porque temía que la verdad fuese insuficiente para ella. Me pasé una mano por el cabello, y dejé ir un profundo suspiro que me dejó vacío por dentro.
—Es complicado, Elena —musité.
—Joder, Nikolai… —comentó—. Me secuestraste, usaste e incluso me hiciste creer que entre nosotros podía haber algo, y a pesar de que era cierto, yo creí que solo me utilizabas.
Asentí. Comprendía lo que decía, pero a pesar de ello, había una parte de mí que luchaba por mantenerse al margen, esa que me gritaba que involucrarse en algo así lo único que haría sería volverme débil.
—Eso no es así —aseguré—. No sabía cómo hacerlo —confesé—. Mi mundo no deja espacio para la vulnerabilidad, Elena. Nunca me enseñaron a amar, solo a poseer, a proteger. Y contigo… Siempre he tenido miedo a no ser suficiente.
Su mirada se suavizó por un momento, pero la dureza de su expresión no desapareció por completo.
—¿Y ahora? —inquirió—. ¿Qué ha cambiado, Nikolai?
—Tú lo has cambiado todo.
Mi respuesta la hizo callar. La tensión en su postura desapareció, pero sus ojos seguían buscando algo en mí, algo que no podía expresar con palabras. Antes de que pudiera añadir nada, dio un paso más hacia mí, tan cerca que pude sentir como su aliento cálido chocaba contra mi piel.
—Entonces demuéstramelo —susurró.
Y lo hice.
La tomé por la cintura con ambas manos, atrayéndola hacia mí con una fuerza que no dejaba espacio a dudas. Mis labios buscaron los suyos, al principio con suavidad, pero de pronto el beso se volvió más profundo y húmedo, una mezcla de desesperación y necesidad que llevaba semanas conteniéndose.
Elena respondió de inmediato, envolviendo mis hombros con sus brazos y entregándose por completo a mío.
Sentí como sus labios se movían al ritmo de los míos, cómo su cuerpo se moldeaba de tal manera que parecía que ambos estábamos hechos para encajar.
Nuestras respiraciones se volvieron agitadas, incluso erráticas.
Mis manos volaron por su vestido, hasta llegar a su trasero.
Quise alzarla, llevármela de allí y hacerla mía hasta borrar cada una de las dudas que hubiese podido sembrar en ella.
Al separarnos, apoyó su frente contra la mía, y por un instante, el mundo pareció dejar de moverse.
—Nunca volveré a dejar que dudes de mí, Elena —prometí mediante un susurro—. No importa lo que pase, serás mi prioridad, mi centro, siempre.
Ella cerró los ojos, asintiendo con un gesto apenas perceptible.
—No me rompas, Nikolai —musitó suplicante—. No podría soportarlo.
Mi pecho se contraje ante sus palabras, y sin pensarlo, volví a atraerla más cerca de mí, envolviéndola entre mis brazos como si de esa manera pudiera protegerla de todo lo que nos rodeaba.
—Nunca lo haré —aseguré, sabiendo que era una promesa que no podía permitirme romper.
Nos quedamos allí, en el pasillo, ignorando el mundo exterior y el bullicio del festejo. Por primera vez, sentí que había algo que ansiaba, más grande que el poder, más fuerte que el control: ella. Elena Romanov, mi esposa. Y haría lo que fuera necesario para demostrarle que no estaba sola en esto.