40
Elena
El aire dentro de la catedral era denso, casi sofocante.
La mezcla de incienso y flores embriagaba mis sentidos, mientras cada paso que daba resonaba en el silencio sepulcral que parecía haberse instaurado en el lugar.
Las puertas se cerraron tras de mí, aislándonos del mundo exterior, impidiéndome huir de allí sin que nadie pudiese hacer nada por evitarlo.
Ahora, solo existía ese momento, la escena que Nikolai había orquestado con una meticulosidad pasmosa.
El corazón me latía con tanta fuerza que creí que en cualquier momento me desmayaría, apenas podía escuchar la tenue música que había comenzado a sonar a medida que avanzaba hasta el altar.
Una parte de mí quería echarse a llorar, volverse pequeñita hasta que desapareciese bajo el vestido, pero otra sentía una emoción contradictoria que me llenaba el pecho de luz.
Mi brazo descansaba sobre el de Andrei, quien caminaba a mi lado con una firmeza que envidié de manera profunda.
Las piernas me cimbreaban, igual que lo hacía todo mi cuerpo, al contrario que el suyo.
Podía sentir la tensión de sus músculos bajo mi tacto, aunque su expresión se mantenía neutra, casi solemne.
Si estaba nervioso, no lo mostraba, y eso solo conseguía acentuar mi propio desasosiego.
La catedral de Cristo Salvador, imponente y majestuosa, parecía alzar su magnificencia como un testigo mudo de lo que estaba a punto de ocurrir.
Las cúpulas doradas, los vitrales que derramaban luz en un caleidoscopio de colores, y los grabados dorados en cada rincón parecían demasiado grandiosos, incluso abrumadores.
Como todo lo que Nikolai tocaba, la ceremonia no era una simple boda, era un manifiesto de su poder.
Mi mirada se alzó hacia el final del pasillo, donde él aguardaba.
Estaba de pie, con las manos cruzadas frente a él y una postura que emanaba autoridad, pero que también logró que mi sexo palpitara.
Vestía un traje negro impecable, con detalles dorados que combinaban con mi vestido y una mirada que parecía atravesarme incluso desde la distancia.
Era imposible ignorar la reacción visceral que provocaba en mí: deseo, perdición e incluso rabia, algo tan profundo que ni siquiera lograba comprender.
El repiquetear en el mi pecho era tan fuerte que por un instante me temí que todos los asistentes en la sala pudieran oírlo.
Cada paso parecía alargarse en el tiempo, como si el corredor se estirara hasta el infinito.
A cada lado del pasillo, los invitados observaban en silencio.
Eran políticos, empresarios y líderes de clanes, todos vestidos con trajes y vestidos opulentos.
Incluso llegué a ver un rostro que me resultó distinto, un grupo de hombres con facciones latinas que llamó mi atención.
Pero sus miradas no eran las que me inquietaban, sino la forma en la que todos parecían rendirle pleitesía a Nikolai, inclinándose hacia él, incluso desde sus asientos.
Al llegar al altar, Andrei se detuvo y me soltó con un gesto firme, pero al mismo tiempo delicado, para segundos después inclinarse hacia mí por última vez.
—Elena —murmuró—. Eres más fuerte de lo que crees.
Sus palabras quedaron resonando en mi mente mientras Nikolai extendía su mano hacia mí.
Deseé responderle, esbozar una dulce mueca, pero por un instante dudé de todo, incluso de si aceptar el gesto de Nikolai.
No porque no supiera qué hacer, sino porque sentía que aquel simple gesto hacia mi futuro marido era una rendición, una aceptación de todo lo que él representaba.
Contuve el aliento, luchando contra mis propias lágrimas, y tomé su mano.
El contacto fue cálido, firme, pero al mismo tiempo inesperadamente protector.
Al mirarlo a los ojos, me encontré con una intensidad que no había encontrado antes en ellos.
Había algo más allá de su habitual control férreo, algo que me hizo sentir que, por primera vez, no estaba sola en este torbellino de emociones que no dejaba de sacudirme.
—Estás hermosa —musitó para que solo yo pudiese escucharle.
Una lágrima recorrió mi mejilla, por lo que no dudó en recogerla. Lo hizo con un mimo apabullante, consiguiendo que se disipase todo el miedo. Estaba en el lado correcto, y aunque todo me aterrara, él siempre estaría ahí para cuidar de mí.
El oficiante, un hombre de mirada severa y voz profunda, comenzó a hablar.
Las palabras llenaron la catedral, resonando en cada rincón como un eco solemne.
No comprendía todo lo que estaba diciendo, ya que durante gran parte de mi vida había estado en el extranjero, pero no importaba.
Cada frase era como un martilleo, recordándome que la cuenta atrás de mi reloj de arena empezaba a bajar.
Cuando el sacerdote dio la señal, Nikolai tomó mi mano con una firmeza que me ancló al momento. Sus ojos grises se fijaron en los míos con una intensidad que me hizo olvidar dónde estaba, quiénes nos rodeaban y qué significaba este día.
—Elena —comenzó, y su voz resonó en la catedral como un eco profundo—, desde el momento en el que entraste en mi vida lo cambiaste todo. No estaba preparado para ti, para lo que trajiste a este mundo que construí a base de sangre y lágrimas.
Mis labios se entreabrieron, sorprendida por la vulnerabilidad que asomó en su tono, pero no me dio tiempo a reaccionar.
—Mi vida ha sido un camino de oscuridad, lleno de decisiones que no dejan lugar para el arrepentimiento, ni espacio para la debilidad.
Pero tú, Elena… —Hizo una pausa, apretando mi mano como si fuera lo único capaz de mantenerlo firme—.
Me mostraste que incluso en la penumbra puede haber algo digno de proteger, algo más allá del poder.
Sentí como mi corazón dejaba de latir, sin apenas respirar, atrapada en el peso de cada una de sus palabras.
—Hoy no estoy aquí solo como Nikolai Romanov, estoy aquí como un hombre que promete ser tu roca, tu escudo y tu guardián.
—Su voz se volvió más baja, más íntima, como si sus palabras solo estuvieran destinadas a mí—.
Juro que no permitiré que nada ni nadie te dañe, porque sin ti, Elena, este mundo no significa nada.
Las lágrimas comenzaron a agolparse en mis ojos, pero no me atreví siquiera a parpadear por miedo a romper el momento.
Porque sí, pude ver en él que cada una de sus palabras eran ciertas, que por primera vez se desnudaba ante mí, quitándose esa careta que tanto odiaba.
Por fin el Nikolai que había observado dormir aparecía.
—Te prometo lealtad, no porque la exijas, sino porque ya la tienes. Te prometo respeto, no porque sea fácil, sino porque lo mereces. Y te prometo amor, Elena, aunque no sepa cómo ofrecerlo de la manera que tú necesitas. Aprenderé por ti.
El nudo en mi garganta se volvió insoportable, y mi mente no dejaba de luchar por procesar lo que estaba escuchando. Nikolai, ese hombre que siempre parecía de piedra y acero, se estaba abriendo ante mí de una manera que nunca imaginé.
—Hoy, frente a todos los que nos observan, declaro que eres mía, Elena Romanov. —Alzó la voz—. Mi esposa, mi igual y el centro de mi existencia. No importa quién se interponga, yo estaré contigo. Siempre.
Cuando terminó, la iglesia pareció respirar conmigo, como si todos los presentes se hubieran contenido igual que yo durante sus palabras.