El legado de los Romanov 39
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Elena

Las semanas que siguieron se deslizaron como un espejismo, una mezcla de rutina y emociones que me dejaban de manera constante al borde de lo desconocido.

Nikolai y yo comenzamos a pasar más tiempo juntos, aunque no se podía decir que hubiésemos construido una relación como la que solía imaginar de niña, basada en cuentos de princesas y finales felices.

No, lo nuestro era un reflejo distorsionado de lo que una unión podía significar.

Pasábamos algunas tardes leyendo en silencio en la biblioteca, uno junto al otro, compartiendo un espacio que parecía estar al margen de todo el caos que lo rodeaba.

Nikolai leía con una concentración feroz, como si las palabras fueran un refugio en el que podía esconderse de todo lo demás.

Yo, por mi parte, me sumergía en las páginas para evitar pensar demasiado, aunque podía sentir su mirada sobre mí de forma constante, como si estudiara cada uno de mis movimientos.

Lo peor de todo era que tenía la sensación de que estábamos sumidos en una calma tensa que me ponía los pelos de punta.

Las noches que dormíamos juntos eran más tranquilas, incluso agradables. Las únicas en las que podía descansar de manera plena y relajada. Aunque jamás dejaba de tener la sensación de que había algo en él que siempre se mantenía al acecho, alerta, esa parte en la que nunca me dejaría entrar.

Y entonces, sin que apenas pudiese darme cuenta, llegó el día de la boda.

Desperté esa mañana con un nudo en el estómago, como si algo pesado se hubiese instaurado en mi pecho mientras dormía.

Tatiana apareció temprano, acompañada por un equipo de estilistas y costureros que se aseguraron de que no tuviera demasiado tiempo para pensar.

Apenas desayuné nada, tenía el estómago cerrado.

Una pequeña lágrima recorrió mi rostro. Estaba llena de impotencia.

Siempre soñé con casarme con el hombre del que me enamorase, vivir una vida plena y feliz; sin embargo, allí estaba, a punto de casarme con el alto mando del clan más influyente de todo el país.

Hacía semanas que había aceptado mi sino, pero eso no significaba que estuviese de acuerdo con él.

Contuve un quejido cuando vi como uno de los ayudantes aparecía con una enorme funda beige.

El vestido, diseñado a medida, impresionaba tanto como intimidaba.

Tenía corte sirena en encaje blanco con delicados bordados que parecían filigranas hechas de oro y que se ajustaba a mi cuerpo como una segunda piel.

Las joyas que había escogido Nikolai relucían sobre mi piel como si de estrellas se tratara, y aunque eran preciosas, no pude evitar que un escalofrío me recorriese al ver cómo todo estaba planeado al milímetro.

Pero ¿qué podía esperar proviniendo de quien lo hacía?

Me miré al espejo, con el corazón encogido, mientras me ajustaban el velo, sintiéndome extraña en mi propia piel.

No era la primera vez que llevaba un vestido elegante, de encaje, pero esto…

Era diferente. No era un vestido que yo hubiese elegido, era una declaración, una armadura disfrazada de belleza.

—Estás hermosa, señorita Elena —aseguró Tatiana, con los ojos brillantes.

Asentí, agradecida por sus palabras, aunque no surtieron el efecto que deseaba. Mis manos temblaban mientras sujetaba el ramo, compuesto de rosas blancas y jazmines, un detalle que Nikolai había elegido por mi gusto por esta flor.

Aún observándome, intenté esbozar una mueca, algo similar a una sonrisa, pero mi semblante era tan triste que solo pude regodearme en mi propia miseria. Estaba condenada, y lo peor de todo era que no podía hacer nada por salir de allí sin morir en el intento.

Antes de salir de la mansión, Andrei apareció en la entrada, vestido con un dos piezas negro y una elegancia sobria que contrastaba con su habitual actitud despreocupada.

En el bolsillo de su americana llevaba un pañuelo en tonos dorados, a conjunto con el bordado de mi vestido.

Había peinado su cabello en forma de tupé, cuidadosamente ordenado.

Al verme, me dedicó una media sonrisa, de esas que siempre parecía tener a mano, pero esta vez fue más seria, casi solemne.

—¿Lista? —preguntó, extendiendo un brazo hacia mí.

Negué con la cabeza, incapaz de mentirle. Mi corazón palpitaba con fuerza, no por emoción, sino por el incipiente ataque de pánico que empezaba a tomar el control. Nikolai no había aparecido en toda la mañana, y eso solo hacía que la ansiedad creciera en mi interior.

—Elena —dijo, inclinándose hacia mí para que solo yo pudiera escucharle—, no tienes nada de qué preocuparte.

—¿Y si…? —empecé a balbucear, percibiendo como las lágrimas ya comenzaban a agolparse en mis ojos.

—Con Nikolai no existen los «y si» —me interrumpió—. Mi hermano puede ser muchas cosas, pero jamás te dejaría sola en esto.

Había algo en su voz que me reconfortó, aunque no disipó por completo mis dudas. Cuando me ayudó a subir al coche que nos llevaría al lugar de la ceremonia, Andrei se inclinó hacia mí antes de cerrar la puerta y colocó algo en mis manos.

—¿Qué es esto? —inquirí, mirando el pequeño objeto dorado que relucía bajo la luz del sol.

—Un recordatorio de que siempre tendrás a alguien cuidando de ti —respondió para, segundos después, guiñarme un ojo.

Era un punzón de oro, delicado pero letal, con un diseño intrincado que combinaba la elegancia y el peligro a partes iguales.

—¿Por qué…?

La cabeza empezó a darme vueltas, ¿qué significaba aquello? ¿Es que acaso estaba en peligro y no lo sabía?

—Por si lo necesitas —respondió antes de que pudiera terminar la pregunta—. Llévalo contigo.

La ceremonia iba a ser una celebración ostentosa, como todo lo que hacía Nikolai.

Había cerrado la hermosa catedral de Cristo Salvador, una obra monumental que se erguía como un testimonio del poder y la fe en el corazón de Rusia.

Sus cúpulas doradas relucían bajo el sol de la mañana, reflejando una majestuosidad que no podía ser ignorada.

El imponente edificio se alzaba frente a mí, visible desde la ventana del coche en el que me encontraba, y una oleada de admiración y nervios me sacudió.

La fachada de la catedral parecía sacada de un sueño, con sus intrincados detalles y torres que parecían rasgar el cielo.

Las altas escalinatas que conducían a las majestuosas puertas principales estaban adornadas con arreglos florales tan deslumbrantes que casi rivalizaban con la propia arquitectura.

A cada lado de las escaleras, guardias vestidos de negro permanecían inmóviles, con posturas rígidas y miradas fijas en el horizonte. El contraste entre el esplendor de las flores y la sobriedad de los hombres de Nikolai dejaba claro el mensaje: no solo era una boda, sino una declaración de poder.

Me removí en mi asiento en el momento en el que vi aparecer a Viktor en la parte superior de las escaleras, sintiendo como la ligereza del vestido de novia contradecía el enorme peso que sentía en el pecho. Cada respiración era un recordatorio de lo que me esperaba al final de esas escaleras.

Andrei me ofreció su brazo de nuevo mientras me ayudaba a bajar del coche. En el último momento, antes de caminar hacia la entrada, se inclinó hacia mí.

—Pase lo que pase, recuerda que siempre estaré aquí para ti —juró en un susurro.