El legado de los Romanov 38
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Elena

Las noches en la mansión eran interminables.

El silencio era abrumador, como un peso que caía sobre mi pecho y me impedía respirar.

Cada rincón de la casa parecía murmurar su nombre como si de un secreto se tratara.

Nikolai. Aunque no lo decía en voz alta, lo sentía en cada sombra, en cada crujido de la madera bajo mis pies descalzos.

No importaba cuántas veces intentase cerrar los ojos y forzarme a dormir; la ausencia de su calor y su presencia me mantenían despierta.

Llevaba días sin hablarle, en los que apenas nos habíamos cruzado.

Pero sabía que él seguía ahí, distante, refugiado tras las paredes de su oficina, encerrado en sus propios pensamientos.

Cada vez que intentaba acercarme era como si levantara un muro invisible, uno hecho de culpa y un dolor que no lograba comprender del todo.

Aun así, había algo que, de manera inevitable, me arrastraba hacia él, algo que no podía controlar.

Esa noche, mientras me giraba por enésima vez en la cama, no pude soportarlo más.

La necesidad fehaciente de verle, de sentir su cuerpo contra el mío, se volvió tan insoportable, como un fuego ardiente bajo mi piel que amenazaba con consumirme.

Me levanté de un salto, como si algo me empujase a ir en su encuentro, arrastrando la manta por mis hombros y pisando el suelo frío con tanta decisión que me sorprendió.

La mansión entera dormía, pero yo no. No podía.

Salí de la habitación y me encontré con el largo pasillo en penumbra, apenas iluminado por la luz plateada de la luna que se colaba a través de los ventanales, creando largas formas en la madera.

Caminé despacio, sintiendo cómo mi corazón retumbaba en el pecho a cada paso que daba hacia su habitación.

Sabía que no debía estar ahí, que lo más probable era que Nikolai me rechazara o se enfureciera conmigo por haberlo buscado.

Pero no me importaba. Necesitaba verle y que me cobijara en sus brazos.

La puerta de su habitación estaba entornada, como si me estuviera esperando, o eso quise pensar yo.

Me detuve por un segundo, tomando aire para reunir el valor necesario, y empujé con suavidad, lo justo como para entrar sin hacer ruido.

Lo primero que vi fue su silueta recostada en la cama.

Nikolai estaba dormido, o eso parecía. El tenue resplandor de la luna iluminaba parte de su rostro, marcando las líneas de su mandíbula y los surcos de su ceño, fruncido incluso en reposo.

Su pecho subía y bajaba con lentitud, con una tranquilidad que me encogió el corazón.

Cerré la puerta con cuidado y permanecí estática, observándolo como una furtiva en la distancia.

Era tan distinto verle así, vulnerable, sin esa máscara de frialdad y control que siempre llevaba puesta.

Incluso dormido parecía cargar con el peso del mundo sobre sus hombros.

Me acerqué despacio, como si temiera despertarlo, y me detuve al borde de la cama.

—¿Qué haces aquí? —murmuró de repente, con la voz grave y ronca por el sueño.

Ahogué un grito, sorprendida. Sus ojos grises se abrieron con tanta lentitud que se me antojó que aquel instante fuese infinito, y se fijaron en los míos. Había algo en ellos que me paralizó: agotamiento, culpa y algo más profundo que no era capaz de descifrar.

—No podía dormir —me excusé en un susurro, incapaz de apartar la vista de él.

Nikolai suspiró y se incorporó lo suficiente como para apoyarse en uno de sus codos, mientras me observaba en silencio. Por un momento temí que me echara de allí, hecho una furia, pero en lugar de eso, extendió la mano hacia mí, invitándome a acercarme.

—Ven aquí —me pidió, con un tono suave, pero al mismo tiempo autoritario.

No lo dudé. Solté la manta, permitiendo que se arremolinara en mis pies, y me deslicé bajo las sábanas, a su lado.

Al principio me quedé quieta, sintiéndome torpe e incómoda, pero entonces, Nikolai me rodeó con uno de sus brazos, atrayéndome hacia su pecho.

Mi corazón latía con fuerza mientras el calor de su cuerpo me envolvía, arrastrándome a un lugar donde el tiempo parecía detenerse.

—¿Por qué has venido, Elena? —preguntó en voz baja, con un tono ronco que me hizo estremecer.

—No lo sé —admití—. Solo… No quería estar sola.

Nikolai no dijo nada más. Me sostuvo entre sus brazos con un mimo que jamás creí que encontraría en ellos, mientras yo me perdía en el ritmo constante de su pecho subiendo y bajando de manera acompasada.

Cerré los ojos, sintiéndome pequeña y protegida, como si nada pudiera alcanzarme en ese instante. No en ese lugar.

Pasaron minutos, tal vez horas. Todo lo que me importaba era el peso de su brazo alrededor de mí, su calor y el latido constante de su corazón bajo mi oído.

No me dormí, al menos no todo el rato que debería ya que desperté en la madrugada, incapaz de descansar del todo.

La habitación seguía en la penumbra, apenas iluminada por las brasas que aún ardían en la chimenea.

Nikolai dormía profundamente a mi lado, aún envolviéndome por la cintura, como si temiera que pudiese escaparme.

Lo observé en silencio, observando cada línea de su rostro.

No tendría más de treinta y seis años, aunque dormido parecía aún más joven, menos atormentado.

Pero incluso en ese momento de calma, había algo en él que hablaba de las batallas libradas y cicatrices que jamás sanarían.

Nikolai era un hombre roto. Lo supe en ese instante con una certeza que me encogió el alma.

Su fuerza, la ferocidad con la que protegía a su familia, la manera en la que gobernaba su mundo con puño de hierro…

Todo eso no era más que una fachada, una coraza que había construido para sobrevivir.

Porque debajo de eso, lo que quedaba era un hombre solo, consumido por el miedo y la culpa, uno que llevaba sobre los hombros el peso de un imperio heredado y que, aun así, me había convertido a mí en el centro de su universo.

Me llevé una mano al pecho, deseando recorrer su rostro, pero solo intenté contener la oleada de emociones que me sacudía.

Sentí rabia por lo que había hecho, por el hombre al que mató sin piedad, y por todo el caos que traía consigo.

Pero sentí algo más, algo mucho más profundo que me asustaba admitir: compasión.

Nikolai no era un monstruo, como me había esforzado en creer.

Era un hombre dispuesto a sacrificarlo todo por aquellos a quienes amaba, incluso si eso significaba perderse a sí mismo en el proceso.

—¿Qué miras? —murmuró, sacándome de mis pensamientos.

Me sobresalté a escuchar su voz ronca y entrecortada, y cuando sus ojos se entreabrieron, pude ver cómo la confusión daba paso a algo más suave y cálido.

—Nada —respondí en un susurro, apartando la mirada, provocando que mis mofletes se enrojecieran.

Nikolai se movió, girándose lo suficiente como para quedar frente a mí. Su mano subió hasta mi rostro y, con el pulgar, acarició mi mejilla con una ternura que me hizo contener el aliento.

—Deberías estar durmiendo —dijo, aunque su voz no sonó a reproche, sino a preocupación.

—No puedo —confesé.

—¿Por qué? —insistió.

Lo miré, permitiéndome perderme en esos grises y tormentosos ojos que tantas veces me habían hecho temblar. Esta vez no había furia en ellos, ni rabia contenida, solo un cansancio que me atravesó el alma.

—Intento entenderte —musité, en un hilo de voz.

Este frunció el ceño, como si mis palabras lo confundieran. Pero en lugar de responder, se inclinó hacia mí y depositó un dulce beso en mi frente, uno que fue mucho más devastador que cualquier beso hambriento o lleno de deseo que me hubiese dado antes.

—No pierdas el tiempo intentando entenderme, Elena —murmuró—. No merezco que lo hagas.

—No puedes decidir en esto —repliqué con suavidad, incapaz de apartarme de él.

Nikolai no respondió. Se limitó a envolverme de nuevo entre sus brazos, pegándome a su pecho como si intentara protegerme de algo que ni él mismo podía controlar.

Cerré los ojos y dejé que su calor me envolviera, consciente de que, en ese instante, en sus brazos, no existía el peligro ni la oscuridad. Solo nosotros.

El mundo fuera de aquella habitación seguía siendo cruel y despiadado. Pero dentro de esas cuatro paredes, en la quietud de la noche, Nikolai no era el líder de los Romanov, ni el monstruo que todos temían. Era solo un hombre roto intentando aferrarse a lo único que lo mantenía cuerdo: yo.