37
Nikolai
La primera luz del amanecer comenzó a filtrarse a través de las gruesas cortinas, dibujando patrones irregulares en las paredes de la habitación.
Elena estaba junto a mí, apoyada sobre mi pecho, aún con el cuerpo envuelto en las sábanas, y el cabello desordenado cayendo en cascada sobre su espalda desnuda.
Su respiración era tranquila, casi imperceptible, y por un instante, me permití el lujo de observarla, sintiéndome un furtivo, alguien que no merece ver una obra de arte como lo era ella.
Contuve el aliento, no había monstruos su mirada, ni reproches ni temor.
Solo ella, vulnerable y hermosa, enredada entre mis brazos como si perteneciéramos a mundos que jamás podrían separarse.
Pero yo sabía la verdad. No éramos iguales, ni siquiera parecidos.
Elena era la más pura luz y yo la más tenebrosa oscuridad.
Me sentí sucio solo de pensarlo, jamás podría salir del pozo de mierda en el que estaba sumido, ni de la realidad a la que pertenecía.
Tampoco sabía si de verdad deseaba hacer algo así.
Pasé una mano por su cabello, colocando un mechón tras su oreja, dejándome deleitarme con su delicado rostro como nunca antes lo había hecho.
Era la mujer más bella que hubiese visto en mi vida.
Durante todos estos años había tenido encuentros con mujeres de la alta sociedad, todas estaban dispuestas a complacerme y servirme como si fuese un dios.
Pero ella… Elena era una contradicción. Venía a mí, me golpeaba y gritaba, pero al mismo tiempo podía ver en su mirada el deseo y la desesperación.
Me moví con cuidado para no despertarla, pero aun así, sus ojos se abrieron con lentitud, encontrándose con los míos.
Su mirada fue suave, pero pude ver como en ella aún brillaba una pregunta, esa que había evitado desde que regresé y que en realidad ni siquiera sabía cómo justificar, no podía mentirle.
—¿No duermes? —preguntó von la voz ronca, entrecerrando los ojos para enfocar.
—No tanto como tú, parece —respondí, intentando aparentar una normalidad que ni yo mismo me creí.
Elena se incorporó, apoyando su peso sobre un codo, y la sábana resbaló de sus hombros, dejando a la vista su piel marcada con los rastros de la noche anterior.
Tenía dos moratones sobre los brazos, los pezones enrojecidos y un mordisco en el vientre.
Mi miembro se endureció al instante al recordar la manera en la que nos habíamos devorado hacía apenas unas horas.
—¿Qué ocurre, Nikolai? —inquirió, y su tono se volvió más serio.
—Mis demonios no me dejan dormir —admití, y por primera vez en mi vida, me sentí bien al hacerlo, y al mismo tiempo, confuso.
Suspiré, al mismo tiempo que se erguía para apoyarse en el cabecero de la cama, y no en mí. Todo mi cuerpo se tensó.
—Quiero saber qué pasó en la fiesta —continuó, sin apartar sus ojos de los míos—. ¿Por qué mataste ese hombre?
Su pregunta me golpeó como si fuese un puñetazo en el estómago.
Era directa, sin rodeos, como ella. Aparté la vista, incapaz de sostenerla, porque a pesar de que se lo tenía bien merecido, había permitido que la rabia se apoderase de mí en vez de mantener el control.
Había visto muchas cosas en mi vida, hecho otras que habrían quebrado a cualquier otro hombre, pero nada me había preparado para confesarle aquello a Elena.
—No quieres saberlo —aseguré, intentando zanjar la conversación.
—Claro que quiero saberlo —insistió, sentándose por completo, dejando que la sábana cayera de su pecho.
El gesto, tan casual, tan suyo, me distrajo por un segundo, pero no lo suficiente como para desviar la dirección de la conversación.
—Elena, déjalo —le insté.
Apreté la mandíbula, porque de verdad que lo único que deseaba era sentir un poco de paz, y no vivir en la guerra constante en la que estábamos metidos. Pero ella no se amedrentó.
—¿Por qué? ¿Por qué prefieres mantenerme ciega ante todo lo que hagas? —replicó, cruzándose de brazos—. ¿Por qué siempre tienes que decidir qué es lo mejor para mí, sin darme opción a elegir?
Ese pequeño destello de desafío en su voz me hizo perder la poca paciencia que me quedaba. Me levanté de un salto y comencé a vestirme, dándole la espalda. ¿Por qué demonios tenía que forzar la puta situación?
—Lo hice por ti, Elena —solté al final, con un tono más frío y brusco de lo que pretendía.
—¿Por mí? —preguntó, y el sarcasmo tiñó sus palabras—. ¿Es que acaso te he pedido yo que mates a ese hombre?
Respiré hondo, sintiendo como la rabia me consumía, no hacia ella, sino hacia mí mismo, porque sabía que, en cierto modo, Elena tenía razón. Me giré para mirarla, y el peso de mis palabras cayó como una roca sobre mis hombros.
—Porque ese hombre te puso en peligro —aseguré.
Elena me miró, incrédula, pero no dijo nada más. Sus labios se entreabrieron como si quisiera responder, pero esperó, dándome espacio para continuar.
—Era un traidor —expliqué—. Trabajaba para los Orlov, filtrándole información desde hace meses —continué—. Les dijo por dónde entrar, cuántos guardias había, hasta qué puntos eran los más vulnerables en la seguridad de la mansión. Todo eso… Para que pudieran llegar a ti.
Las palabras salieron de mi boca como si algo las empujara a hacerlo, llenas de rencor y veneno. El simple hecho de pronunciarlas hacía que la rabia volviera a crecer dentro de mí, cabreándome.
—¿Recuerdas el ataque? —pregunté, porque sabía que la respuesta era obvia. Ella asintió con lentitud, con los ojos brillando de confusión y algo más profundo, tal vez miedo—. Él fue el culpable.
Elena se cubrió con las sábanas, como si intentara protegerse de una verdad demasiado cruel e incómoda.
—Planeaban volver a entrar, es más… Iban a hacerlo durante la celebración de compromiso —proseguí—. Por suerte, Andrei pudo localizarlo antes de que siquiera les diese tiempo a actuar.
—¿Por eso le mataste?
Cabeceé en señal negativa, sintiendo como estaba a punto de cruzar una línea de no retorno, al menos, no una de la que pudiese arrepentirme.
—No solo lo maté a él, Elena.
Su rostro se volvió pálido, y su gesto cambió.
—¿Q-Qué estás diciendo? —balbuceó.
Apreté la mandíbula con tanta fuerza que creí que mis muelas saltarían por los aires de un momento a otro. Odiaba recordar lo que había hecho, pero no podía detenerme ahora. Merecía saberlo todo, aunque la destruyera, aunque me destruyera a mí en el proceso.
—No me detuve con él —confesé, clavando mis ojos en los suyos—. Encontré a su familia. Su mujer, sus hijos…
Ella dio un respingo, como si mis palabras la hubieran golpeado.
—¡No, Nikolai! —exclamó, llevándose las manos a la boca, horrorizada.
—No me mires así —gruñí, incapaz de soportar el juicio de su mirada—. No lo entiendes, tenía que hacerlo.
—¿Matarlos a todos? —inquirió dolida—. ¿Eso tenías que hacer?
Su voz se quebró, y sentí cómo una sombra negra me empezaba a engullir por los pies. De nuevo, esa sensación.
—Si no lo hacía, habrían venido a por ti —Alcé la voz—.
¿Es que no lo entiendes, Elena? —La tomé por los hombros—.
En este mundo, las represalias son inevitables.
Si hubiera dejado que vivieran, habrían buscado venganza.
Quizá no mañana, ni el año que viene, pero sí algún día —continué—. Y no pienso arriesgarme a perderte.
El silencio que siguió fue como un golpe sordo en mis costillas. Elena apartó la vista, y pude ver como las lágrimas comenzaban a empapar su rostro, tiñéndolo de una tristeza que me heló el alma.
—Te estás convirtiendo en un monstruo, Nikolai —mustió, con la voz rota.
—No he dejado de serlo jamás, Elena —admití con un pesar que me sentó como un balde de agua fría.
Porque sí, nunca me había importado ser despiadado, acabar con aquellos que se interpusieran en mi camino o amenazaran la seguridad de mi familia.
Pero desde la llegada de Elena, todo había cambiado.
No deseaba que me viese de aquella forma, porque a pesar de todo y aunque no quisiera admitirlo en voz alta, se había colado en mi corazón para hacer estragos en él.
Me acerqué a ella y, sin dudarlo un instante, se apartó, levantando una mano, como si quisiera mantenerme alejado.
—No me toques —dijo con firmeza, aunque pude percibir como todo su cuerpo temblaba.
—Elena, por favor…
—¿Qué queda de ti? —preguntó, y sus palabras fueron como dagas clavándose en mi pecho—. ¿Qué queda del Nikolai que prometió protegerme y del que por las noches viene a acunarme?
No supe responder, porque en el fondo, sabía que estaba en lo cierto.
Había cruzado una línea en la que no había vuelta atrás.
Una cosa era que Elena pudiese imaginar lo que estaba dispuesto a hacer con tal de protegerla, y otra, que me viese completamente ido, golpeando a un hombre hasta la muerte.
Me miró una última vez antes de girarse hacia la ventana, permitiendo que la tenue luz del amanecer delinease su figura. No solo había perdido un pedazo de mi coraza en ese camino repleto de sangre, sino que también la estaba perdiendo a ella por mi puta obsesión de mantenerla a salvo.
Cerré los ojos, me pasé una mano por el cabello y suspiré. Había hecho lo que creía necesario, pero ¿a qué coste?
—Lo siento —musité al final, aunque sabía que esas palabras no serían suficientes como para borrar lo que había visto.
Elena no respondió, y esta vez, el silencio fue la más dura de las sentencias.