36
Nikolai
El peso de los últimos días me golpeó como un martillo al atravesar el umbral de la mansión, como si la oscuridad que reinaba en la casa me engullese por completo.
Cada paso que daba resonaba en el silencio de la entrada, como un eco solitario que parecía burlarse del gran esfuerzo que hacía por mantener el control.
El aire estaba cargado, como si el mismo lugar hubiese absorbido la tensión de mi ausencia, y la hubiese dejado suspendida, esperando para aplastarme.
Apreté la mandíbula, recordando las veces en las que mi padre había entrado de esa misma manera, intentando que mis hermanos y yo no fuésemos conscientes de lo que ocurría.
¡Qué iluso! Durante años, aguardé escondido tras la gran cortina que había junto a la escalera, observando, deseando ser como él algún día, con esa fuerza y firmeza, capaz de enfrentarse a todo con tal de defender lo que era suyo.
Pero yo… No era más que un necio perdido en las sombras, luchando por ser la mitad de lo que era él.
Elena esperaba arriba, podía ver el tintineo de las velas que utilizaba para no quedarse a oscuras durante la noche.
Sabía que tenía que enfrentarla, que tarde o temprano tendría que explicar mi marcha abrupta y la razón de mi silencio.
Pero no estaba listo para verla. Ni para encontrarme con esa mirada que me perseguía en cada maldito rincón de mi mente, esa que estaba teñida de miedo, decepción y de algo que aún no había logrado identificar.
Subí las escaleras con pasos pesados, ignorando el saludo de uno de los guardias que permanecía en su puesto, como una sombra más.
Cuando llegué a su habitación, me detuve frente a la puerta.
Por un instante, como un auténtico gilipollas, dudé.
¿Qué podía decirle? ¿Cómo podría explicarle algo que ni siquiera yo entendía?
Empujé la puerta con lentitud, dejando que el leve chirrido anunciara mi llegada.
Elena estaba en la cama, recostada sobre los almohadones, con un libro abierto en su regazo.
Joder, era una diosa, y me había trastocado hasta los cimientos con su maldita esencia.
Carraspeé, y cuando sus ojos se alzaron hacia mí, vi algo que me detuvo en seco.
Había rabia en ellos, sí, pero también algo más.
Algo que no podía definir del todo, era una mezcla de alivio y dolor que me atravesó como una bala en el pecho.
Su cabello caía desordenado sobre sus hombros, y la tenue luz de las velas acentuaba la delicadeza de sus rasgos.
Estaba preciosa, como siempre, pero esta vez, su belleza parecía teñida de una tristeza que no podía ignorar.
—¿Tanto te costaba avisar de que seguías vivo? —inquirió con la voz cargada de dolor, a modo de reproche, cerrando el libro con un golpe seco.
—No soy fácil de matar, Elena —respondí, intentando mantener un tono ligero, aunque sabía que no sería suficiente.
Solo ella era capaz de trastocarme, de tirar abajo cada una de las barreras que durante años había erguido para protegerme y proteger el legado de la familia. Llevaba tantos años luchando conmigo mismo y contra los demás que me había olvidado de lo que significaba vivir fuera de ese papel.
Cerré la puerta detrás de mí y avancé hacia donde se encontraba, sintiendo como me escrutaba con la mirada.
Me senté al borde de la cama, con la espalda hacia ella, incapaz de sostener su mirada por más tiempo.
Una parte que me repulsaba de mí deseó abrazarla, mecerla en mis brazos hasta que durmiera; pero otra me gritaba que jamás podría permitirme algo así.
—¿Por qué te fuiste? —preguntó, esta vez con un tono más suave, como si no supiera si realmente deseaba escuchar la respuesta.
—No podía soportar la forma en la que me mirabas —confesé, dejando escapar un bufido pesado que consiguió vaciarme por completo.
El silencio que siguió fue insoportable, pero no me atreví a girarme.
Todo lo que hacía era por ella, por alejarla del mundo al que yo mismo la había arrastrado, por mantenerla en una burbuja donde nadie pudiera herirla.
Me pasé una mano por el rostro, y sentí el movimiento de las sábanas detrás de mí, y el crujido del colchón mientras se acercaba.
Cerré los ojos cuando percibí el calor de su cuerpo pegado al mío, la manera en la que sin quererlo, me abrazaba, luchando contra sus propios demonios.
—¿Cómo te miraba? —susurró con una mezcla de curiosidad y desafío.
—Como si fuera un monstruo —murmuré, girándome lo suficiente como para fijar mi mirada en la suya.
Me eché un poco hacia atrás, cosa que Elena aprovechó para colocarse a horcajadas sobre mí.
—No eres un monstruo, Nikolai —aseguró, con una determinación que me desconcertó.
—Eso piensas ahora —rebatí—, pero en aquel momento…
Ella negó con la cabeza, y antes de que pudiera decir algo más, se inclinó hacia mí, atrapando mis labios con los suyos en un beso que no dejó espacio para dudas ni objeciones.
Al principio fue suave y tierno; pero a medida que pasaban los segundos, empezó a volverse más intenso, desesperado y tan húmedo que pude sentir mi miembro palpitar contra su entrada.
En su boca siempre había algo dulce y adictivo, eso que me hacía olvidar todo lo demás.
Mis manos volaron hacia su cintura, encontrándola para atraerla hacia mí con una necesidad que siquiera podía controlar.
Me colé bajo su camisón, al mismo tiempo que tiraba de su cintura hacia adelante, atrayéndola más a mí.
Todo mi ser estaba revolucionado, y es que Elena conseguía que todo lo demás desapareciera.
Ahondé en mi beso, devorándola, provocando que un gemido se le escapase para acabar muriendo en mis labios.
Fue entonces, cuando me percaté de la gran necesidad que había tenido de ella, esa irritación que no había dejado de crecer se veía afectada por su falta.
Podía sentir como sus manos se deslizaban por mi pecho, desabotonando mi camisa de esa manera que siempre hacía, con movimientos torpes pero decididos.
Esta mujer lograba algo que no había sentido nunca antes, una ternura que me desarmaba, y es que verla de aquella forma lograba que quisiera prender el mundo en llamas con tal de conservarla a mi lado.
—Dime que me necesitas —le ordené contra su boca, con la voz ronca por el deseo.
—Te necesito, Nikolai —respondió sin dudar—, te necesito más de lo que he necesitado a nadie jamás.
Sus palabras fueron el combustible que prendió mi interior, propagando un fuego descontrolado capaz de arrasar con todo a su paso. Joder, Elena me estaba volviendo loco.
Con un ligero movimiento, la empujé contra la cama, cubriéndola por completo con mi cuerpo, mientras me permitía el lujo de delinear su figura, memorizando cada centímetro de su piel.
Sonreí ladino al ver cómo su respiración se volvía errática a causa de cada uno de los besos que le daba, mientras una de mis manos no dejaba de acariciar todo su ser.
Tenía los labios abultados y enrojecidos, tanto que cuando mordí el inferior un pequeño reguero de sangre descendió por su barbilla.
Deslicé la punta de mis dedos sobre esta, recogiendo el líquido rubí, y sin dudarlo ni un instante, me llevé el dedo a la boca, saboreándola de una manera que jamás creí que lo haría. Un gemido se le escapó.
Sus ojos me miraron con una intensidad que nunca antes había visto, confirmándome que mi dulce prometida se estaba viendo arrollada por las mismas sensaciones que yo.
—No vuelvas a irte —me suplicó entre beso y beso, rozándose con lascivia contra mi miembro.
Quise rasgarle el camisón, tirar de sus bragas y hundirme en ella hasta que no quedase ni un solo ápice que nos separara. Me había vuelto adicto a todo lo que provocaba en mí, pero aún más a la forma en la que sus ojos me gritaban que ella era igual o más adicta que yo.
—Eres mía, Elena —gruñí, antes de besarla con una pasión que no sabía que podía llegar a sentir.
Su respuesta fue un gemido ahogado que me hizo perder el poco autocontrol que me quedaba.
Mis labios descendieron por su cuello, dejando un rastro de besos y mordiscos que la hicieron arquearse para mí.
Sus manos se enredaron en mi cabello, guiándome, exigiendo más, pidiendo que la llevara al límite.