El legado de los Romanov 35
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Elena

El silencio de la mansión era ensordecedor e incluso abrumador.

Nikolai había desaparecido hacía tres días, y aunque Viktor me aseguró de que estaba ocupado «encargándose de un asunto de negocios importante», no podía evitar sentir que su ausencia era algo más que circunstancial.

Era como si todo su ser se hubiese desvanecido, dejando tras de sí un vacío que parecía impregnarse en toda la mansión, pero no también en mi alma.

Vivir con su ausencia se estaba convirtiendo en una tortura, se me antojó como si hubiese perdido el norte y me hubiese quedado incompleta, sin un rumbo que seguir.

¿Cómo demonios podía sentirme así respecto a su falta?

¿Es que acaso Nikolai se había vuelto más importante en mi vida de lo que quería admitir?

Tal vez estuviese viviendo un episodio de síndrome de Estocolmo, porque realmente no era capaz de comprender por qué me afectaba tanto su falta.

Me moví por la casona como un fantasma, pasando de una habitación a otra, sin rumbo fijo.

Cada rincón de aquel lugar me recordaba a él.

La biblioteca, con su olor a cuero y madera vieja, donde me había encontrado a Nikolai leyendo mientras acababan de preparar los patrones del vestido de novia.

El gran salón, donde se organizó la ostentosa fiesta para anunciar nuestro compromiso.

Incluso los jardines, que observaba desde el gran ventanal de su habitación, los cuales me parecían menos vivos sin su presencia.

—Está ocupado, Elena —me dijo Viktor la última vez que intenté obtener una respuesta más concreta—. Volverá pronto.

Pero «pronto» no tenía significado alguno cuando cada hora se estiraba como si durase una eternidad.

La primera noche sin Nikolai intenté convencerme de que disfrutaría de la soledad, de que era mi oportunidad para reflexionar y recuperar algo de mi independencia.

Pero la realidad me golpeó como una maldita tormenta.

El silencio no era mi aliado, sino un enemigo que amplificaba cada uno de mis miedos e inseguridades.

Cené sola en el gran salón, donde apenas me dignaba a hacer acto de presencia, ya que me había acostumbrado a pasar la mayor parte del tiempo encerrada en mi habitación, ya fuese por obligación o por gusto.

Sentí como la gran casona se me venía encima, como si a cada segundo que pasase sin él, el lugar se volviese cada vez más y más grande, haciéndome sentir diminuta.

Tatiana había estado conmigo esa noche, sirviéndome la cena, y dándome algo de conversación, pero apenas sirvió para distraerme unos minutos.

Mi mente no dejaba de volar a esos ojos grisáceos, ese cuerpo moldeado a la perfección y el perfume que me embriagaba tan solo olerlo.

Nikolai se había convertido en una maldita droga, y aunque odiase admitirlo, era adicta a su presencia.

Me tumbé en la cama, la misma que compartimos, pero el vacío a mi lado era demasiado como para resistirlo.

Su aroma aún impregnaba las sábanas, una mezcla de cedro y algo oscuro que siempre me hacía pensar en peligro.

Cerré los ojos y lo imaginé sobre mí, recorriendo cada centímetro de mi cuerpo con sus grandes manos, observándome con ese delirio tan característico que solo él tenía.

Contuve un gemido cuando me descubrí acariciando mi cuerpo como él lo haría, hundiendo la mano en mi lugar secreto, dispuesta a darme el placer que Nikolai me negaba con su ausencia.

Mi mente voló a cada uno de nuestros encuentros, a la manera en la que me sujetaba por las muñecas, inmovilizándome, tomando el control.

Mientras sus manos acariciaban mis pechos, tirando de mis pezones, al mismo tiempo que sus maestros dedos se habían jugueteado con mi clítoris para, segundos después, colarse en mi interior, arrancándome cientos de quejidos, deseosa de más.

Mi respiración se volvió agitada, pensando en cómo me había tomado sin miedo, penetrándome por completo, encajando de manera que parecíamos haber sido creados el uno para el otro.

Todo mi cuerpo se tensó en el instante en el que la oleada de placer llegaba a mí, visualizando su rostro, la forma en la que me observaba, esa que gritaba «pecado».

Sin que pudiera hacer nada por evitarlo, estallé en mil pedazos, ansiosa, cabreada por haberme permitido pensar en él de aquella manera. Culpándome por no haber detenido su juego cuando tuve ocasión.

El segundo día fue peor.

Tatiana vino a verme por la mañana, trayendo consigo una bandeja con el desayuno. Intentó animarme, pero incluso su habitual eficiencia parecía afectada por la tensión que flotaba en el aire, y la ausencia de su señor.

—Es normal que se ausente de vez en cuando, señorita Elena —me dijo mientras colocaba una taza de té humeante frente a mí.

Ya hacía demasiado frío como para salir al jardín, por lo que todos los días desayunaba en la biblioteca junto al gran ventanal por el que se colaban los radiantes rayos de sol—.

Su trabajo requiere su atención en muchos frentes.

—¿Y qué trabajo es ese? —inquirí, dejando la taza sobre la mesa, sin siquiera haberle dado un sorbo.

Tatiana evitó mi mirada, algo poco habitual en ella, por lo que supuse que deseaba rehusar a la pregunta, cosa que no permití.

—Responde, por favor.

—El señor hace lo que haga falta para mantener vivo el legado de su padre —respondió al fin, con ese tono tan ambiguo que tanto odiaba—, y para proteger a la familia.

Quise gritar, exigir respuestas más claras, pero sabía que no serviría de nada. Nikolai era un hombre de secretos, se había cerciorado al cien por cien de que nadie hablase de sus asuntos, y su ausencia solo hacía que reforzar esa realidad.

Cuando Tatiana se marchó, me quedé sola una vez más.

Traté de ocupar mi tiempo explorando la biblioteca e incluso la casa, algo que se me había prohibido desde mi llegada.

Descubrí habitaciones que parecían no haber sido utilizadas en años, llenas de muebles cubiertos con sábanas y retratos de personas que probablemente habrían muerto mucho antes de que yo naciera.

En una de estas encontré un piano de cola cubierto de polvo.

Me senté en el banco, dejando que mis dedos rozaran las teclas.

La primera nota resonó en el aire, rompiendo el silencio de una manera que me pareció casi profana.

Cerré los ojos, permitiendo que mis manos se movieran con libertad, y aunque al principio las sentí agarrotadas, minutos después se convirtieron en ágiles bailarinas.

Me acordé de mi madre, de cómo solía tocar el piano las tardes de domingo mientras yo me sentaba junto a ella, escuchando.

La nostalgia se apoderó de mí, y antes de darme cuenta, las lágrimas ya se deslizaban por mis mejillas.

Entonces, mi mente voló a Nikolai, ¿qué pensaría él si me viera aquí, perdida en un recuerdo que no tiene nada que ver con su mundo?

El tercer día comenzó con una tormenta. La lluvia golpeaba con fuerza las ventanas y los truenos retumbaban en la distancia, haciendo que los cristales se movieran con violencia.

Parecía que el cielo se nos fuese a venir abajo, y lo único que podía hacer era mantenerme dentro de esa maldita cárcel de cristal en la que estaba metida.

La casa parecía aún más sombría bajo el cielo gris, como si reflejara mi estado de ánimo.

Pasé la mayor parte de la mañana en mi habitación, observando los jardines, perdiéndome en cómo las gotas de lluvia formaban pequeños riachuelos que corrían por los ventanales. Me sentía atrapada, pero no solo por dónde me encontraba, sino por mi propia mente.

Viktor vino a verme al mediodía. No era de los que se preocupaban por ofrecer consuelo; su visita parecía más una orden que un gesto de amabilidad, pero aun así, agradecí que pasara por mi pequeña cueva.

—Deberías comer algo —comentó, dejando un plato sobre la mesa, sin esperar mi respuesta.

Observó la mesa, la cual estaba llena de tazas de té y algún que otro trozo de bizcocho sin tocar.

Había perdido el apetito, lo único que deseaba era que aquella agónica espera desapareciese lo antes posible, y aunque sabía que mi vida jamás volvería a ser normal, una parte de mí necesitaba a Nikolai para sentirse segura.

—No tengo hambre —anuncié.

—Me da igual —aseguró—, Nikolai no puede verte así cuando vuelva.

—¿Sabes dónde está? —inquirí, sin siquiera molestarme en disimular mi desesperación.

Viktor, que ya se encaminaba hacia la salida, se detuvo. Su expresión se volvió fría e impasible, igual que lo era la de su hermano mayor.

—Está haciendo lo que tiene que hacer, Elena. Nada más.

—¿Por qué nadie es capaz de decirme la verdad? —repliqué, sintiendo como la frustración empezaba a llenar mis ojos de lágrimas.

Este suspiró, y me miró por un momento que se volvió eterno. Por un instante, creí ver algo parecido a la compasión.

—Porque a veces, saber la verdad es peor que vivir en la ignorancia —respondió antes de marcharse, cerrando la puerta tras de sí, sin darme opción a réplica.

Esa misma noche, el sonido de un coche acercándose me despertó de madrugada.

Podía sentir el fuerte latir de mi corazón en el pecho, como si quisiera escapárseme.

Lo primero que vino a mi mente fue: nos atacan.

Pero entonces caí en que existía otra probabilidad.

Me levanté de un salto, sintiéndome al borde del infarto, y corrí en dirección al gran ventanal que daba a la parte delantera de la casona.

Lo vi bajar del coche, su figura seguía siendo tan imponente y alta, oscura, únicamente iluminada por los faros.

Contuve el aliento, porque supe que podría reconocerlo en cualquier circunstancia.

Nikolai estaba de vuelta.

Durante unos segundos permanecí inmóvil, viendo cómo se dirigía hacia la entrada. Había algo en su andar, una pesadez de la que no me había percatado antes, como si hubiese algo que le hubiese afectado más de la cuenta. Era como si llevara el peso del mundo sobre sus hombros.

Cuando finalmente entró, no dudé en asomarme a las escaleras, sintiendo como un batiburrillo de nervios, ansia y alegría se arremolinaban en mi garganta.

Nuestras miradas se cruzaron, y fue en ese instante, en el que supe que nada sería igual.

Había algo en sus ojos, una mezcla de cansancio y determinación, una rabia desgastada, que me hizo sentir que todo lo que había pasado en esos tres días solo era parte de su jodido plan.