34
Elena
Dos horas más tarde.
Cuando regresamos, la casa estaba en un inquietante silencio, como si contuviera la respiración a la espera de nuestra llegada.
Mi acompañante no pronunció palabra alguna desde que me ordenó que volviese al coche, pero había podido ver en su tensa postura y su ceño fruncido que aún no había dejado de darle vueltas a la situación acontecida.
Yo, por mi parte, no podía apartar la imagen de sus manos ensangrentadas, temblando de rabia y algo más que no lograba descifrar.
No había podido dejar de darle vueltas a lo último que me había confesado al detener el coche: «Te dije que no cambiaría nada, pero la verdad es que tú ya lo has cambiado todo».
¿Qué demonios quería decir eso? Estaba tan confundida que todo en mí parecía haberse llenado de escarcha, todo seguía helado, y tal vez siempre lo estaría.
Pasaron dos días antes de volver verle. Cuando finalmente apareció, creí que el mundo se me venía encima.
Iba vestido con su impoluto traje negro, camisa del mismo color y un pequeño pañuelo burgundy asomaba por su bolsillo.
Además, llevaba consigo ese aire de autoridad en el que siempre se enmascaraba, el mismo que me sacaba de quicio.
—Todo está listo —anunció con frialdad, cruzando los brazos mientras se apoyaba contra el marco de la puerta.
Lo observé desde mi posición, junto a la ventana, preguntándome si alguna vez volvería a ver al hombre tras la máscara, o si tal vez sería el monstruo quien haría acto de presencia.
—¿A qué te refieres con «todo»? —inquirí, apartando la vista de él.
—El equipo que se encargará de todos los preparativos de la boda llegará esta tarde —respondió, como si hablase del tiempo, con una tranquilidad que me mataba y dándole tan poca importancia que algo se rompió en mí—. Tatiana será quien te asista con el vestido y todo lo que necesites.
Mi estómago se contrajo ante sus palabras.
Era como si estuviese organizando un trato comercial, y yo no era más que una de las piezas de dicho acuerdo.
A una parte de mí le dolió la manera en la que actuaba, la forma en la que, ingenua de mí, creí que era especial para él.
Apreté las manos en puños, sintiendo como mi respiración se volvía más pesada.
—¿Así que es oficial? —musité, aunque sabía la respuesta.
Él asintió, con esa fría determinación que me hacía odiarlo y admirarlo al mismo tiempo, y por un instante deseé cruzarle el rostro de un golpe, gritarle que no podría hacer conmigo lo que se le viniera en gana.
Aunque la realidad era que así había sido, y lo peor de todo era que no podía hacer nada por evitarlo.
—Prepárate, Elena —me ordenó—. Esta boda no es solo nuestra unión, es un mensaje —añadió—. Asegúrate de estar a la altura.
No esperó una respuesta antes de salir, dejándome sola con mis pensamientos y el peso aplastante de lo que significaba ser la prometida del mayor líder de la mafia rusa: Nikolai Romanov.
Esa tarde, tal y como Nikolai me anunció, llegó el equipo que se encargaría de todo.
Tatiana, con quien había estado en un par de ocasiones, apareció en mi habitación con un aire profesional que no había identificado antes en ella.
Su cabello rubio estaba recogido a la perfección en un moño, y vestía un traje negro que la hacía parecer una figura llena de autoridad.
—Señorita Elena —saludó, con una ligera inclinación de cabeza—, estoy aquí para asegurarme de que todo esté perfecto para su gran día.
Su tono era frío, pero pude ver como en sus ojos brillaba un ápice de ilusión que no se permitía mostrar en su voz. Asentí, incapaz de responder de inmediato, conociendo las consecuencias que tendrían aquellos actos.
Tatiana dio un paso hacia mí, con una carpeta en la mano, y comenzó a enumerar los detalles del vestido, el peinado e incluso las joyas. Todo había sido planeado con cuidado y mimo, como si cada aspecto de mi apariencia fuera una pieza de un elaborado tablero de ajedrez.
—¿Y si no me gusta el vestido? —pregunté, sintiéndome pequeña bajo su mirada.
Ella enarcó una ceja, sorprendida por mi interrupción.
—Estoy segura de que lo amará, señorita Elena —respondió con una leve mueca llena de compasión—. Pero si no es de su agrado, se harán los ajustes necesarios.
Su eficiencia me recordó a Nikolai, esa misma capacidad de mantener el control sin importar la situación. Pero había algo más en ella, algo que me intrigaba.
—¿Por qué siempre le defiendes? —pregunté, recordando lo que hablamos en anteriores ocasiones.
—Porque la familia Romanov me lo ha dado todo, señorita Elena —aseguró—. Nikolai no es un hombre fácil de conocer, ni tampoco con el que lidiar, pero es alguien que protege y ama a los suyos a cualquier coste.
Su respuesta me dejó con más preguntas de las que tenía, pero no insistí. Parecía que incluso aquellos cercanos a él tenían límites sobre lo que podían o no decir.
Mientras Tatiana y el equipo trabajaban, comencé a sentirme cada vez más sola y aislada.
Apenas trataban conmigo, salvo para informarme de los siguientes pasos, por lo que no hacía más que dar vueltas por el gran salón.
La falta de familiaridad con todo lo que estaba ocurriendo, sumada a la ausencia de mi familia, me pesaba como una losa.
Pensé en mi madre, en cómo siempre soñó verme vestida de blanco, como una princesa, y en cómo estaría destrozada de no poder estar con nosotros en un día que se supone que debe ser tan especial.
—¿Es normal que me sienta así? —pregunté en un momento de vulnerabilidad, mientras Tatiana ajustaba una tela en mi cintura.
Ella levantó la vista hacia mí, sorprendida.
—¿Así cómo? —cuestionó como si no me comprendiera, con un tono más dulce y suave que de costumbre.
—Atrapada. Fuera de lugar —admití derrotada—. Como si todo esto fuese un sueño del que no puedo despertar.
Tatiana se detuvo, dejando a un lado la tela y colocándose frente a mí. Tomó mis manos con cautela, saliendo de ese papel impoluto en el que estaba metida. Entonces, pude ver en ella a la Tatiana que conocí.
—Es normal sentirse abrumada —aseguró—. Pero no estás sola, Elena —añadió con cariño—. Puede que no lo creas, pero Nikolai hará todo lo posible por asegurarse de que estés bien, aunque sus métodos no siempre sean… convencionales.
Suspiré, porque una parte de mí deseaba que tuviese razón, que ese Nikolai del que hablaba estuviese en su interior, pero después de lo que había presenciado, no estaba segura de querer permanecer junto a un desalmado como lo era el líder de los Romanov.
—Nikolai es un buen hombre —prometió al mismo tiempo que acariciaba con mimo mis manos—.
Creerás que no tiene corazón, pero lo cierto es que es tan grande que apenas le cabe en el pecho.
Ha pasado por mucho mal, Elena, tanto que ha aprendido a apagar su humanidad, dejando salir al monstruo que le corroe las entrañas.
Sus palabras me ofrecieron un poco de consuelo para mi apenado corazón, aunque no disiparon del todo la inquietud que no dejaba de corroerme.
Cuando finalmente me quedé sola en el salón, con el vestido listo y todo en su lugar, me acerqué a la ventana para observar los jardines de la mansión.
El sol comenzaba a ponerse, tiñendo el hermoso cielo de tonos dorados y rosados, como si de una fotografía se tratase, siendo un contraste cruel con la tormenta que sentía en mi interior.
Sabía que la boda era inevitable, que no tenía elección, pero eso no significaba que tuviera que ser una simple espectadora de mi propia vida.
Estaba desolada, viendo que todo mi mundo había desaparecido de un simple plumazo, el mismo que había estado orquestando mi futuro marido sin que me pudiese percatar de ello.
Ni siquiera sabía cuánto tiempo llevaba planeando mi secuestro, o la jodida boda.
Pero si iba a ser parte del mundo de Nikolai, tenía que encontrar una manera de mantenerme firme, de no perderme a mí misma en el proceso.
Me miré en el espejo, observando mi triste reflejo.
El vestido era perfecto, pero no pude evitar sentir que estaba viendo a una extraña y no a mí misma.
Respiré hondo, conteniendo las lágrimas y toda esa vorágine de pesar que se agolpaba en mis entrañas, intentando encontrar algo de fuerza en mi interior.
—Esto no me va a romper —musité, como si diciéndolo en voz alta se convirtiera en realidad—. Si quiere una reina, eso es lo que tendrá.