33
Elena
Durante al menos dos horas permanecimos en la carretera hasta que esta pareció desdibujarse frente a mis ojos como si jamás hubiese existido.
Apenas había hablado durante todo el trayecto, aunque lo cierto es que yo tampoco quise preguntar más.
No hacía falta. El propósito de nuestra ausencia era más que evidente: dar tiempo para que la celebración terminase sin nosotros y que sus hombres recogiesen el desastre que había presenciado como si nunca antes hubiese ocurrido.
Contuve el aliento cuando me percaté de que el coche se había detenido frente a una casa perdida en medio de la montaña. Una parte de mí no sabía si salir corriendo, sobre todo después de lo que había visto.
—Baja del coche —me ordenó con la voz ronca.
El corazón me latió con tanta fuerza que se volvió ensordecedor, tanto que apenas podía escuchar mis propios pensamientos.
¿Qué demonios estaba haciendo con mi vida?
Dejarme llevar.
Eso era lo que quería pensar, creer en la palabra de Nikolai, pero lo cierto era que una parte de mí continuaba luchando por salir de allí. Tal vez esa era la oportunidad que esperaba.
Abrí la puerta, viendo como de reojo él sacaba su teléfono para revisar algo a lo que no le presté atención.
De un salto, salí del coche, y sin pensarlo dos veces, comencé a correr.
Lo hice como si no hubiera un mañana, como si esa fuese la única manera para poder continuar con vida, y en cierto modo… tal vez lo era.
El vestido se me enganchó en una de las ramas que salían de los arbustos que adornaban los pies de los altos árboles. No dudé, arranqué un pedazo, mientras escuchaba como a mi espada Nikolai no dejaba de vociferar.
—Elena —me llamó con rudeza.
Pero yo ya no oía nada salvo mi propia respiración, la que me advertía de que ese sabor metálico que tanto odiaba estaba cada vez más cerca.
Entonces algo cambió.
El crujir de las ramas bajo mis pies no fue el único, sino que podía oír cómo la bestia de los Romanov se acercaba a mí a pasos agigantados.
Los ojos se me llenaron de lágrimas, no por miedo, no por rabia, sino por todo lo que llevaba guardando en mi interior durante tantos días.
La respiración se me volvió agitada, tanto que ni siquiera era capaz de llenar mis pulmones por completo. La garganta me quemó. Comenzó a arderme con tanta fuerza que no supe en qué momento había comenzado a boquear como un pez fuera del agua.
Estaba a unos pocos metros de un claro entre todos esos enormes árboles, uno por el que se colaba la luz de la luna, que ya se filtraba por las copas.
Cerré los ojos y le pedí a mi cuerpo que continuase, que no se detuviese, intentando convencerme a mí misma de que podía conseguirlo.
Estaba equivocada.
Nada más entrar en el claro sentí como sus brazos me rodeaban por la cintura, provocando que ambos cayéramos al suelo, rodando.
Ahogué un quejido, que él atrapó estampando sus labios contra los míos.
Lo hizo con una firmeza que me dejó sin aliento.
—Que sea la última vez que intentas hacer algo sí —sentenció con una rudeza que provocó que mi sexo ardiese con delirio.
Sus ojos estaban fijos en los míos y me observaban con una intensidad que no me dejaba pensar con claridad.
Asentí como una boba, abnegada por esa obsesión enfermiza que estaba desarrollando por el hombre que tenía sobre mí.
Podía sentir su respiración chocando contra la mía, cómo su abultado miembro presionaba contra mi entrada, encajándose a la perfección.
Por un momento creí que Nikolai podría escuchar el retumbar de mi corazón, luchando por escapar de mi pecho. Se había vuelto tan ensordecedor, tanto que solo podía escuchar sus gritos diciéndome que me dejase llevar.
Tenía frente a mí al hombre más bello del universo, pero también a uno de los más peligrosos. Acechándome, midiéndome, aguardando el momento perfecto para atacar.
—¿Y si vuelvo a hacerlo? —cuestioné con la voz entrecortada.
Dejó ir un gruñido, provocando que todo mi ser se revolucionase.
Durante unos segundos me permití el lujo de observarle, fijarme en cómo el cabello le caía sobre la frente, despeinado por la carrera, cómo sus ojos grisáceos se habían tornado más oscuros, anunciando una tormenta por la que estaba dispuesta a dejarme arrastrar.
Abrí la boca y me relamí, no de manera consciente, pero sí de una en la que consiguió que Nikolai negase con la cabeza.
—Te follaré hasta que pierdas el conocimiento —sentenció.