32
Elena
El sonido de las conversaciones y risas llenaba el gran salón, pero apenas podía oírlas, sin siquiera entender lo que decían.
Mi atención estaba dividida entre la opulenta velada que Nikolai había organizado y las extrañas vibraciones que sentía a mi alrededor.
Había algo en el ambiente, una tensión subyacente que no lograba identificar y que me ponía la piel de gallina.
Andrei apreció en la entrada del salón, con pasos decididos y rápidos, mientras se acercaba a nosotros.
Nikolai, quien estaba a pocos metros de mí, lo notó de inmediato, por lo que se disculpó con un ligero gesto hacia el grupo con el que hablaba y caminó hacia su hermano.
Sus rostros eran un contraste total: Nikolai parecía frío como el hielo; mientras que Andrei estaba encendido, con una urgencia que irradiaba de cada poro de su piel cuando hablaba.
No podía escuchar lo que decían, pero el cuerpo de Nikolai se tensó al instante, lo que provocó que todo mi ser se estremeciese con un sentimiento confuso que llegó a erizarme todo el vello.
El corazón se me aceleró en el instante en el que sentí como una de sus manos tomaba mi muñeca con fuerza.
No supe si de manera involuntaria a causa de los nervios que le corroían, o de forma totalmente deliberada.
Apretó la mandíbula y, por un momento, pude ver la tormenta que rugía en sus ojos.
Andrei le entregó una tableta, la cual revisó con rapidez.
Al leer el contenido, su expresión se endureció aún más.
—Quédate aquí —ordenó Nikolai al pasar junto a mí, con el tono tan frío y cortante que se me antojó casi inhumano.
—¿Qué ocurre? —pregunté, pero él ni siquiera se detuvo a responder.
Lo vi atravesar el salón como un auténtico depredador, moviéndose con una gracia peligrosa e incluso letal.
Andrei lo seguía de cerca, ambos desaparecieron por una puerta lateral, dejándome sola entre todos los desconocidos.
La curiosidad y la inquietud me carcomían, pero me obligué a permanecer en mi lugar.
Junto a mí apareció una mujer de cabello negro y ojos tan claros como los de Nikolai, de semblante serio, pero con una ligera mueca afable que me rogó discreción.
Asentí un par de veces, y mediante un movimiento de cabeza me pidió que la acompañase.
Iba vestida con un body negro que se entallaba a su menudo cuerpo, resaltando su figura atlética y peligrosa.
Sus pies iban cubiertos por unos botines de tacón de aguja que me sorprendieron, ya que sobre su muslo derecho se ceñía un porta armas con una pistola y dos cargadores.
Nos colocamos junto a la escalera, dispuestas a salir de allí si la ocasión lo requería.
Minutos después, la música se detuvo de manera repentina, y una sensación de pánico se extendió entre los invitados mientras un grito desgarrador resonaba desde la otra habitación.
Contuve el aliento durante unos segundos, mi mente iba a mil por hora, y sin poder evitarlo, me zafé de la presencia de mi acompañante.
Me moví entre la multitud, acercándome al origen del ruido, y abrí una puerta que apenas estaba entornada.
Lo que vi me heló la sangre, pero también el corazón.
—¡Elena! —Oí como me llamaba a mi espalda.
Nikolai estaba inclinado sobre un hombre que yacía en el suelo.
Su rostro estaba irreconocible, dejando paso a una masa de sangre y carne magullada que impedía cualquier tipo de identificación.
Mi futuro marido lo golpeaba sin descanso, con los puños desnudos, heridos, mientras Andrei y Viktor permanecían junto a él, observando la escena, impasibles.
—¡Nikolai! —grité, y mi voz se quebró por el horror de lo que estaba presenciando.
Él se detuvo al escucharme, pero ni siquiera llegó a mirarme.
Su respiración era pesada, como si acabase de librar una batalla que no lograba imaginar.
Cuando al fin levantó la vista hacia mí, pude ver como un infierno se desataba en sus ojos, llenos de furia, pero también había algo más: un destello de remordimiento que desapareció tan rápido como había aparecido.
—Elena, vete —ordenó, sin aceptar réplica alguna.
—¿Qué… Qué demonios estás haciendo? —balbuceé, incapaz de aparar la vista del hombre que aún yacía en el suelo, quien apenas emitió un débil gemido.
Tras de mí, apareció la mujer que me había estado acompañando, quien se disculpó de inmediato con Nikolai.
—Protegiéndote.
—¿Así? —cuestioné con la voz estrangulaba, señalando al hombre herido.
Viktor se acercó a mí, con el semblante serio, neutro, sin siquiera mostrarme un ápice de bondad. Segundos después, le dedicó una mirada fulminante a mi espalda.
—No deberías de estar aquí, vamos.
Intenté resistirme, pero su agarre se volvió más fuerte, dejándome claro que no tenía elección. Todo el mundo había desaparecido del palacete, por lo que me pregunté cómo demonios habían evacuado a los invitados con tanta rapidez. Viktor me condujo hacia el coche que nos esperaba fuera.
—¿Qué está pasando, Viktor? —inquirí, mientras él me ayudaba a subir.
No respondió de inmediato, se limitó a cerrar la puerta tras de mí para hablar con la mujer, quien permanecía de brazos cruzados.
Escuché un nombre, algo similar a Irina, por lo que intenté afinar el oído para ver qué le decía.
Minutos después, la puerta del lado opuesto se abrió, y Nikolai apareció, con la camisa blanca teñida de rojo y sus manos, todavía ensangrentadas, temblando.
Antes de que pudiera decir nada, golpeó con una fuerza sobrehumana el volante, dejando ir un profundo alarido que me encogió el corazón. Cogí aire, sintiendo como mis ojos se llenaban de lágrimas. Su respiración era pesada, y el silencio entre ambos se volvió tan denso que apenas podía respirar.
—¿Qué has hecho, Nikolai?
Las lágrimas descendieron por mi rostro, empapándolo, creando un reguero que acababa muriendo en la tela de mi vestido. El hombre que tenía junto a mí era un jodido demonio, uno del que me había vuelto completamente adicta.
—Lo necesario —respondió sin mirarme.
Me aparté de Nikolai, aunque la proximidad de nuestros cuerpos en el coche hacía imposible evitar el calor que emanaba de él. Mis ojos se clavaron en sus manos ensangrentadas, en los nudillos rasgados y en la extraña manera en la que temblaban.
—¿Eso es lo que significa protegerme? —inquirí, conteniendo toda mi rabia y decepción—. ¿Matar a alguien?
Nikolai cabeceó para observarme. Su rostro volvió a ser esa máscara de indiferencia y frialdad que siempre portaba, solo que esta vez apenas se sostenía.
—Elena, ese hombre era un traidor —respondió sin más—. Estaba trabajando para los Orlov, filtraba información, poniendo todo en peligro, incluso a ti.
Lo miré con fijeza, tratando de buscar algo en sus facciones, un atisbo de humanidad, quizás un destello de remordimiento, algo que me demostrase que no era el ser que acababa de ver, pero no encontré nada.
—¿Y crees que esto lo arregla? —repliqué, señalando sus manos—. ¿Crees que convertirte en un monstruo soluciona algo?
Este dejó ir una sonora carcajada llena de amargura, al mismo tiempo que pasaba una de sus manos por su cabello desordenado.
—No puedes entenderlo porque no has estado donde yo he estado, Elena —dijo al final, con el tono bajo, pero firme—. Este mundo no permite errores ni indulgencias. Cada decisión que tomo, cada golpe que doy, es para mantenernos vivos.
Tragué saliva, sintiendo como un fuerte nudo se creaba en mi garganta, impidiéndome respirar.
—¿Y yo soy parte de eso? —conseguí preguntar, con la voz temblorosa.
—Claro, siempre lo has sido —afirmó sin dudar—, ahora más que nunca.
El vehículo se detuvo de repente, sacándome del estado en el que me encontraba. Nikolai salió sin decir una palabra, pero antes de alejarse, rodeó el coche para abrirme la puerta.
—Ven conmigo —ordenó.
Lo miré como si estuviera loco, nos encontrábamos en medio de ninguna parte, y eso me confundió.
—¿Adónde?
—A donde sea que necesitemos ir para ganar esta guerra —respondió.
Hubo algo en su tono que me desarmó por completo. Era una mezcla de desesperación oculta y una promesa inquebrantable. Contra todo instinto, tomé su mano y salí del coche.
El aire nocturno era frío, y aun así, sentía que la intensidad de su mirada me hacía arder, sin límites ni compasión.
Caminamos hacia un camino de piedras, en silencio.
Cada paso que daba a su lado se me antojó como una sentencia, como si estuviera firmando un compromiso de por vida.
Su presencia era una carga que me pesaba en el alma, pero también un refugio que me protegía de todo lo que me aterraba.
Nikolai se detuvo de repente, sujetando mi mano para que no avanzase más. Me giré hacia él, sorprendida, y su mirada, devastadora e intensa, me dejó sin aliento.
—Te dije que no cambiaría nada —musitó con pesar—, pero la verdad es que tú ya lo has cambiado todo —confesó. Su voz apenas fue un susurro, pero la intensidad de sus palabras resonó en lo más profundo de mi ser.