31
Nikolai
La fiesta había alcanzado ese punto exacto en el que el ruido dejaba de ser ruido para convertirse en un murmullo constante, en esa melodía irritante compuesta por chocas chocando, conversaciones vacías y sonrisas que ocultaban demasiadas verdades.
Los músicos continuaban tocando al fondo del gran salón, mientras políticos, empresarios y miembros de distintos clanes se movían entre las mesas altas y las columnas de mármol como depredadores disfrazados de personas civilizadas.
La velada estaba siendo un éxito.
Tal y como había planeado.
Todos habían acudido, visto lo que quería que vieran, el poder de los Romanov, nuestra riqueza, y sobre todo a Elena.
Mi futura esposa.
Joder.
Apreté la mandíbula al pensar en aquella palabra.
Seguía sonándome extraña y familiar al mismo tiempo, como una maldita droga a la que mi cuerpo se hubiese acostumbrado demasiado deprisa. Porque desde que había aparecido en mi vida, todo se había vuelto más complicado, peligroso e incluso caótico.
Un empresario hablaba frente a mí acerca de unas inversiones absurdamente elevadas en una compañía energética, esa que usábamos para tapar nuestros negocios. Lo escuchaba a medias mientras sostenía una copa de whisky entre mis dedos y asentí de vez en cuando, fingiendo interés.
Porque mi atención estaba en otro lugar.
En Elena.
La encontré junto a una de las enormes cristaleras, hablando con Tatiana y varias mujeres pertenecientes a algunas de las familias más importantes de Moscú.
Su vestido negro se ajustaba a su cuerpo con una precisión enfermiza, marcando cada curva como si hubiese sido diseñado para volverme completamente obsesivo.
Había sido un error.
Un jodido error dejar que saliese así.
Porque dese el momento en el que bajó las escaleras llevaba sintiendo las miradas clavarse sobre ella, y no me gustaba un pelo.
Di un sorbo al whisky mientras continuaba observándola desde la distancia.
Ella sonrió ante algo que Tatiana acababa de decir, y fue entonces cuando lo vi. No tuvo importancia al principio.
Solo era un hombre.
Uno más entre los cientos de invitados que llenaban el salón.
Permanecía apoyado cerca de una columna lateral, sosteniendo una copa entre los dedos y conversando aparentemente con otro empresario. Vestía un traje oscuro. Cabello peinado hacia atrás. Nada destacable.
Hasta que me di cuenta de algo.
No estaba hablando, ni siquiera escuchando.
La miraba a ella.
Fruncí el ceño, y volví mi atención hacia el que me hablaba delante, asintiendo.
Respondí algo que ni siquiera procesé y me centré de nuevo en el que observaba a Elena. Continuaba haciéndolo.
Mis dedos se tensaron alrededor del vaso, porque no era una mirada casual.
No era la típica mirada de un hombre que aprecia una cara bonita y seguía con su vida.
No.
Había algo distinto.
Algo en aquella insistencia que me revolvió el estómago. Y aunque una parte de mí intentó restarle importancia, no pude.
Elena era la mujer más hermosa del mundo, era imposible entrar en una sala sin que atrajera la atención, cualquier hombre con ojos la miraría, solo que en aquel momento, los únicos ojos que podían posarse sobre ella, eran los míos.
—¿Se encuentra bien, señor Romanov?
Parpadeé.
El empresario me observaba con cierta tensión. Lo miré durante unos segundos antes de responder.
—Perfectamente.
Su sonrisa se disipó.
—¿Seguro?
—¿Le parezco enfermo?
El hombre tragó saliva.
Lo cierto era que lo estaba, tan enfermo que sería capaz de prender en llamas toda la puta casa para que nadie pudiera acercarse a ella, para que no le dirigieran la palabra, para que no la miraran.
La sangre me hervía bajo la piel, igual que lo hacía la rabia que comenzaba a corroerme. ¿Cómo demonios alguien se atrevía a mirar algo que me pertenecía?
Elena era mía.
Solo mía, y no iba a permitir que continuase deleitándose con su presencia.
Una parte de mí quiso arrancarle los ojos, enseñarle lo que pasaba cuando observabas algo que no era tuyo, pero mi cerebro me decía que no jodiese aún más la fiesta.
El hombre dio un paso adelante, provocando que todo en mi interior se revolucionase.
Apreté la mandíbula con fuerza, tanta que sentí el crujir de mis muelas resonando en mi cabeza.
Estaba a punto de perder el control, cuando sentí como una mano se colocaba en mi brazo.
—Hermano.
La voz de Viktor apareció a mi lado, y ni siquiera me giré.
—¿Qué?
Hubo silencio, demasiado, y eso hizo que lo mirara. Tenía esa expresión, la misma que ponía cada vez que creía haber descubierto algo.
—¿Pasa algo? —cuestionó.
Negué demasiado rápido, lo que hizo que sus ojos se entrecerraran.
—Estás raro.
—No, estoy ocupado —sentencié al mismo tiempo que volvía a fijar mi vista en aquel desgraciado.
Viktor siguió mi mirada, y asintió, a sabiendas de qué era lo que estaba ocurriendo.
Dejó ir un suspiro, cerró los ojos, y tomó una copa de whisky que se bebió de un solo sorbo.
—Yo me encargo.
Negué con la cabeza.
—Prepáramelo.