El legado de los Romanov 30
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Nikolai

Una semana más tarde.

El gran salón de la mansión era un testimonio de la opulencia que habíamos construido a lo largo de generaciones.

Esta noche no solo se trataba de una fiesta, sino de una declaración de intenciones.

Las lámparas de araña de cristal centelleaban con el reflejo de las luces cálidas, proyectando delicados destellos sobre el suelo de mármol pulido.

Era el mayor evento que hubiese organizado jamás.

Esta vez optamos por un estilo más actual, mesas altas repartidas por toda la estancia, vestidas con largos manteles de lino bordados a mano, copas de cristal tallado y cubertería de plata.

En cada rincón había un símbolo de nuestra riqueza, desde los candelabros de oro macizo hasta los músicos vestidos de etiqueta que afinaban sus instrumentos al fondo de la sala.

Todo era un recordatorio de lo que los Romanov representábamos en el país.

Los primeros invitados llegaron puntuales, como esperaba.

Políticos, empresarios, miembros de la élite y, por supuesto, mis iguales: otros líderes de clanes que sabían que, aunque este evento era una celebración, también era un recordatorio de mi posición.

Cada uno de ellos traía consigo un obsequio, cuidadosamente seleccionado para congraciarse conmigo: relojes de diseño, obras de arte y botellas de vino que valían más que cualquier apartamento en la ciudad.

Esta tradición, que estaba arraigada con tanta profundidad en el mundo de la mafia, marcaba una diferencia importante respecto a las demás élites presentes.

Mientras los políticos y empresarios asentían con simples palabras de cortesía, los clanes entendían que un regalo no era solo un gesto de respeto, sino una manera de recalcar su lealtad y la manera en la que el poder se mantenía en equilibrio.

Sin embargo, había algo que estas personas debían comprender: esta noche ninguno de ellos era el protagonista, sino que era Elena, el centro sobre el que giraba toda aquella farsa.

La encontré de pie junto a su habitación, cerca de una de las columnas que delimitaban el pasillo con la escalera.

Durante unos segundos la observé, como un furtivo vigilando a su presa, mientras ella solo observaba a la infinidad de comensales que esa noche nos acompañarían.

Su delicado cuerpo estaba cubierto por un vestido negro, que se ceñía a sus curvas de manera impecable, resaltando su figura, haciéndola destacar como si de una joya se tratara.

Había mandado confeccionarlo y diseñarlo a los mejores sastres y modistas del país, igual que hacía con mis trajes.

Si Elena iba a ser parte del clan Romanov, debía vestir como una auténtica reina.

Un collar de diamantes colgaba de su cuello, reflejando la luz como si de mil estrellas se tratasen.

Necesitaba que comprendieran que Elena no solo era una mujer bajo mi protección, iba a ser una Romanov de puro derecho, alguien que, para bien o para mal, formaría parte de mi mundo al completo.

Cuando por fin me acerqué a ella, posé una de mis grandes manos sobre su cintura, la cual se me antojó diminuta.

Por un instante mi piel ardió como si el contacto entre ambos provocase que cientos de descargas nos recorrieran.

Esta giró para fijar sus ojos en los míos.

Estos brillaron con una mezcla de desafío y de alivio, y pareció que el tiempo se detenía en el momento en el que mi nombre salió entre sus labios:

—Nikolai —musitó.

—¿Preparada? —pregunté al mismo tiempo que subía mi mano por su cintura, sus brazos y, posteriormente, por su cuello.

Acuné su rostro, y ella se dejó mecer, cerrando los ojos, permitiendo que aquel simple gesto se volviese cada vez más íntimo.

—No me decepciones —le ordené, tomándola del cuello y tirando de ella hasta que estampé mi boca contra la suya, devorándola.

Elena me devolvió cada uno de mis besos, ansiosa, como si el deseo hubiese tomado el control de la situación, alejando al desafío que vi en su mirada.

Mi pecho se llenó de orgullo al percibir la fuerte energía que emanaba de su cuerpo, la manera en la que enroscaba sus dedos en mi cabello, rogando más, exigiéndolo.

Era la mujer perfecta, y aunque no lo supiera, iba a convertirla en la reina de un imperio.

Un gemido se escapó de su interior, aun cuando sus labios estaban pegados a los míos.

—No vuelvas a hacer eso o tendré que follarte en la mesa del convite delante de todos los invitados.

Sus mejillas se enrojecieron al instante, provocando que mi miembro se endureciera, pidiendo una atención que no iba a recibir, o, al menos, no por el momento.

Contuve las ganas de cogerla en volandas y llevármela lo más lejos posible, las mismas que me gritaban que la tomase frente a todos, haciéndola gemir, reclamando cada uno de sus quejidos y llantos.

Elena llevaba siendo mía más tiempo del que creía, y lo peor de todo era que yo ya era demasiado suyo como para negarlo.

Antes de que ninguno de los dos dijese nada más, posé mi mano en la parte baja de la espalda de Elena y la guié hacia las escaleras.

Las conversaciones cesaron de inmediato cuando los asistentes se percataron de mi presencia, retrocediendo con una mezcla de deferencia y temor.

Uno de los camareros subió con rapidez las escaleras de dos en dos, y sirvió dos copas de cava, por lo que, sin dudarlo, cogí una de ellas mientras aguardaba a que Elena hiciese lo mismo.

—Quiero agradeceros a todos por vuestra presencia esta noche —comencé, dejando que mi voz sonase firme, resonando en cada rincón.

Los murmullos de los rezagados cesaron al instante, y cada mirada se fijó en mí—.

Este no es solo un banquete para celebrar la fortaleza de nuestros lazos o la prosperidad que hemos forjado para esta gran nación.

Esta noche marca el inicio de un nuevo capítulo en mi vida y en la historia de los Romanov.

Por un instante me detuve, dejando que mis palabras se asentaran en las mentes de cada uno de los asistentes, observando cómo algunos intercambiaban miradas, mientras otros no se atrevían siquiera a pestañear.

—Elena —pronuncié su nombre, provocando que, de nuevo, el silencio fuese sepulcral— es mucho más que una promesa para el futuro, es un símbolo, una declaración y una elección consciente —aseguré, aun sabiendo que aquellas palabras podrían parecer ambiguas—.

En un mundo donde la lealtad y la fuerza son nuestra baza más valiosa, no solo he encontrado ambas en ella, sino algo que trasciende todo lo que entendemos.

—Tomé una de sus delicadas manos y me la llevé a los labios, besándola—.

Elena es la personificación de todo lo que estoy dispuesto a proteger y por lo que quiero luchar hasta las últimas consecuencias.

Mi mirada recorrió la sala, deteniéndose de manera estratégica en algunos de los presentes, los que sabía que necesitaban escuchar lo siguiente.

—Sé que habrá quienes duden, cuestionen y sean lo suficientemente estúpidos como para intentar desafiar esta unión —advertí tajante, sin admitir interpretaciones—.

Pero permítanme dejar algo claro: cualquier ofensa hacia Elena será considerada un ataque directo hacia mí, hacia los Romanov y a todo lo que representamos.

No habrá lugar en el mundo donde puedan esconderse, ni existirá un precio por su libertad. Las ofensas se pagan con sangre.

El silencio que siguió no fue de incertidumbre, sino de respeto e incluso miedo.

—Esta noche no es solo una celebración. Es una promesa de boda —añadí, volviendo a tomar la mano de mi futura esposa. Cabeceé para observarla y fue entonces cuando me topé con una mirada llena de orgullo que me llenó el pecho—. Elena es ahora parte de mi imperio, mi legado y mi vida.

Volví a besar su mano, deseoso de cualquier otra cosa salvo ese simple gesto, mientras ella no dejaba de mirarme repleta de una determinación que no había visto jamás en nadie.

—Y para aquellos que están aquí con intenciones diferentes, les sugiero que reconsideren sus prioridades antes de que sea demasiado tarde. —Alcé la copa—. Por Elena.

Cuando el brindis terminó, me giré hacia ella, ofreciéndole una ligera reverencia. La agarré por la cintura y planté un apasionado beso en sus labios.

—Esto no ha hecho más que empezar —musité—, y estoy deseando que por fin seas mía.