El legado de los Romanov 29
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Nikolai

La habitación estaba en silencio, solo se escuchaba el leve crepitar de la chimenea que se mantenía encendida durante todo el día.

Entré como un jodido vendaval, sintiendo como todo aquello por lo que había luchado empezaba a desvanecerse en mis manos como arena, sin que pudiese hacer nada por evitarlo.

Elena permaneció en silencio, observando el jardín.

Fuera, el mundo seguía su curso, mientras que en aquella habitación parecía haberse parado el tiempo.

Contuve el aliento, cada pensamiento que intentaba organizar mi cabeza se volvía una maraña de confusión y contradicción, emociones que odiaba sentir y mucho menos expresar.

Había creído tener todo bajo control. Mi vida, mi imperio e incluso a ella. Pero Elena tenía un maldito don para arrancarme cualquier atisbo de orden con apenas una mirada.

—Acepto.

—¿Qué?

Había esperado resistencia, rabia y hasta lágrimas, pero no esto.

No su aceptación llena de desafío, esa sonrisa ladina que parecía un disparo directo a mi orgullo.

Cada músculo de mi cuerpo se tensó al recordar como sus ojos me miraban, como si tuviera todas las respuestas a mis dudas y fuera yo el que estaba perdido.

Dejé ir un profundo alarido, lanzando el vaso de whiskey que sujetaba entre mis manos.

—¿Qué demonios te pasa, Nikolai? —cuestionó al mismo tiempo que se volteaba hacia mí, fijando su mirada en mí.

Me giré con lentitud hacia ella, quien todavía estaba junto a la cama, con el cabello desordenado cayendo por sus hombros desnudos.

Su cuerpo se cubría por las sábanas de seda blanca que se ceñían a su cuerpo, delineando cada una de sus curvas.

En su mirada pude ver cómo brillaba una mezcla de desafío con una pizca de diversión que, en vez de sacarme de quicio, me resultaron cautivadores.

—Dímelo —me ordenó.

Una parte de mí se vio sacudida por la electricidad que provocaba su tono, la manera autoritaria que utilizaba sin que nadie le hubiese dado permiso para ello. Apreté mi agarre contra su piel, sintiendo como su respiración se volvía agitada, pero a pesar de ello, no hizo nada por evitarlo.

—¿Por qué cojones has aceptado? —inquirí al fin, dejando que mi voz resonara en la habitación.

Ella arqueó una ceja, como si disfrutara de mi desconcierto.

—¿No es eso lo que querías? —replicó con desdén, provocando que un destello de rabia recorriese todo mi cuerpo.

—No juegues conmigo, Elena.

—¿Jugar contigo? —Dejó ir una sonora carcajada que no contenía ni una pizca de diversión.

Sin previo aviso, dejó ir la sábana, permitiendo que se arremolinase a sus pies, dejando su cuerpo expuesto ante mí.

Pero aquel gesto no fue de sumisión, sino a modo de desafío—.

No te equivoques, Nikolai —me corrigió—. Esto no lo hago por ti.

Sus palabras me golpearon como un puñetazo en la boca del estómago, provocando que una parte de mí se quedase sin aliento.

Dando dos largas zancadas, llegué a donde se encontraba, la tomé por el brazo, haciendo que retrocediese, hasta que su espalda quedó pegada al armario de roble que había al final de la habitación.

Mi mano subió por su brazo hasta depositarse en su cuello.

Contuve un gruñido que quemó mis entrañas, mientras apretaba la mandíbula con fuerza, sintiendo el crujir de mis muelas.

—¿Entonces por qué? —inquirí.

—Lo hago por mí.

En ese instante, la habitación se llenó de una tensión tan densa que hizo que apenas pudiese respirar con normalidad.

Cada palabra que salía por sus sonrosados labios era un desafío, una invitación a reaccionar y lo peor de todo era que funcionaba.

Mi paciencia, ese control férreo que siempre se mantenía, estaba a punto de romperse.

—Estás jugando con fuego, Elena —le advertí mediante un susurro.

—¿Y qué vas a hacer al respecto? —murmuró con la voz dulce, inclinándose hacia mí.

Mi paciencia al final se agotó y, antes de que pudiera pensar, apreté aún más mi cuerpo contra el suyo. Su respiración se entrecortó, pero no fue por miedo, había algo más en su mirada, algo que me incitaba y empujaba a cruzar los límites que me había puesto a mí mismo.

—Eres un maldito problema —gruñí, acercando mi rostro al suyo.

—Entonces deshazte de mí —susurró tan cerca de mí que sus labios apenas rozaron los míos—, porque no soy capaz de entenderte, Nikolai, no sé qué pasa por tu cabeza.

—Solo puedo pensar en follarte, Elena —gruñí contra su oído, provocando que un escalofrío la recorriera.

Tiré del lóbulo de su oreja, provocando que un gemido se le escapase—.

Y lo peor es que podría obligarte a suplicarme que me casara contigo —escupí lleno de rabia—, pero una parte de mí quiere que aceptes sin que tenga que forzarte a ello.

Cuando alcé la vista me encontré con la suya, tan brillante como repleta de lujuria y perdición, la misma que provocaba ella en mí.

Sin mediar palabra, estampé mis labios contra los suyos, soltando mi sujeción, mientras mis manos volaban a su cuerpo.

Mi boca atrapó la suya en un beso furioso, necesitado, lleno de todo lo que no me atrevía a expresar en palabras.

No fue suave ni tierno, era una declaración de guerra, una en la que ninguno estábamos dispuestos a perder.

Sus uñas se clavaron en mi espalda, y un gruñido escapó de mi garganta mientras la alzaba del suelo.

La tomé en volandas, haciendo que sus largas piernas rodearan mi cintura, al mismo tiempo que ella enredaba sus dedos en mi pelo.

Tiró de este con fuerza, consiguiendo que un gruñido gutural saliese de lo más profundo de mi garganta.

El deseo que llevaba días acumulándose explotó como si de un tsunami se tratara, tan indómito como lo eran mis sentimientos por ella.

Cada movimiento y caricia era una lucha por el control que ninguno deseaba ceder.

Elena se deshizo de mi americana, lanzándola lejos, mientras aún luchaba por mantenerla en el aire, percibiendo como mi miembro se clavaba en su entrada, dispuesto a hacerla estallar entre gemidos.

Con movimientos torpes, comenzó a desabotonar mi camisa.

Podía sentir el temblor en sus manos, la manera en la que el deseo la consumía.

Apreté la mandíbula, porque una parte de mí deseaba tirar de ella, hundirme en su interior hasta romperla, follarle duro, que suplicase por su maldita existencia hasta que no pudiese soportar más el placer.

—Hazme tuya —me suplicó entre gemidos, y esas dos simples palabras me hicieron perder la poca cordura que me quedaba.

«Tus deseos son órdenes», dije para mis adentros. Porque sí, aunque quisiera negarlo, Elena tenía tal control sobre mí que prendería el mundo en llamas si me lo pidiera.

Me limité a sonreír contra su boca, al mismo tiempo que la llevaba hasta la cama, dejándola sobre el colchón.

Durante unos segundos me permití observar su belleza, cómo todo su menudo cuerpo se estiraba entre las sábanas de seda.

Tenía los labios abultados de cada uno de los besos, su cabello lucía desordenado, y aún podía vislumbrar la marca de mis dedos en la fina piel de su cuello.

Joder… Quería marcarla entera, recorrer cada centímetro de su piel y proclamarla mía.

Gritarle al mundo que no había otra opción, que Elena había nacido para ser la reina de mi imperio y la soberana de mi mente.

Con un rápido movimiento, me deshice de mi ropa, dejándola en el suelo, incluidos los boxers que cubrían una visible erección que ya apuntaba a su dulce e inocente dueña.

Todo mi cuerpo se cernió ante ella y, sin mediar palabra, me hundí en su interior, provocando que un profundo gemido se le escapase.

Sonreí contra su oído, mientras las estocadas se volvían cada vez más duras y rítmicas.

El vello de todo su cuerpo se erizó cuando me erguí, sin salir de ella, provocando que mi miembro la llenase por completo.

Uno de mis dedos se deslizó por sus pliegues, jugueteando con su abultado clítoris, provocando cientos de sollozos repletos de placer.

Mi sexo palpitó en ella a medida que sentía cómo me engullía sin piedad, deseosa de más.

—Joder, Elena… —mascullé entre dientes—. Si juegas con fuego…

—Te acabas quemando —terminó por mí.

Porque sí, allí estábamos, prendidos en llamas dispuestos a abandonarnos el uno dentro del otro.

Sin pensarlo ni un solo instante, volví a devorarla, deslizando mi lengua por sus labios, reclamando lo que era mío.

Descendí por su cuello, su pecho, mordisqueé sus pezones con delirio, y mientras mis manos aún seguían jugando con ella, me posicioné entre sus muslos.

Un gruñido salió de mi interior cuando pude notar el calor que emanaba de ella, la humedad que la invadía y el deseo con el que me miraba.

Abrí sus piernas por completo, paseando mis manos por ellas, recorriendo cada centímetro, al mismo tiempo que provocaba que un escalofrío tomase su cuerpo.

Alcé la vista, encontrándome con una lujuria desmedida, la misma que provocaba un ansia en mí capaz de consumirme por dentro.

Hundí mi lengua entre sus pliegues, mientras con la mano no dejaba de masturbarla.

La lamí como si fuese el mejor helado que hubiese comido jamás, deleitándome con su sabor.

Los quejidos no dejaron de sucederse, hasta que sus músculos se tensaron, y fue entonces cuando me aparté de ella, para ensartarla de una sola estocada.

Mis movimientos se volvieron duros, llenos de rabia contenida, pero también de una perversión sin igual.

Elena se dejó llevar, envuelta en un orgasmo inhumano que la arrastró consigo.

Todo mi cuerpo reaccionó a ella, a la manera en la que su sexo me había devorado, y antes de que la oleada de placer llegase a mí, salí de su interior, dejando que toda mi simiente cayese sobre sus pechos.

No sabía qué demonios significaba todo esto. Cada vez que pensaba que tenía el control, ella encontraba la manera de arrebatármelo. Y lo peor de todo era que, en el fondo, me gustaba. Me había convertido en jodido monstruo enamorado de una doncella, perdido en cada centímetro de su delicada piel.

—Será mejor que te des una ducha —comenté, al mismo tiempo que me ponía en pie, vistiéndome con parsimonia—. Esto no cambia nada —aseguré, encaminándome hacia la salida.

Ella abrió los ojos, y en su mirada no hubo sumisión, sino una fuerza que me desafiaba a intentarlo de nuevo.

—Eso ya lo veremos —respondió con una sonrisa ladina que me prometía un desafío que aún no habíamos empezado.