El legado de los Romanov 28
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Elena

Todo mi cuerpo se tensó en cada una de sus acometidas, por la brutalidad de sus gestos, por cómo, a pesar de que intentaba esconderlo, buscaba mi placer con desesperación.

Nikolai fijó su mirada en mí, y por primera vez pude ver algo más allá de esa frialdad, vi un amor incondicional, una veneración capaz de romper cualquier muro.

Le besé, lo hice perdida en él, en la firmeza de sus gestos, con los dedos enredados en su cabello. Porque sí, a pesar de que una parte de mí le temía, había otra que se había vuelto adicta al desafío en sus ojos, a la manera ruda y firme con la que me trataba.

—Me vuelves loco —admitió mediante un gruñido, el mismo que se clavó en mis entrañas.

Una, dos, tres, cuatro… Cada una de sus estocadas venían precedidas de un gemido, de cientos de ellos, los mismos que se me escapaban y que acababan ahogándose en la boca de mi captor.

Porque sí, al fin y al cabo, Nikolai me retenía en la mansión, mientras una parte de mí deseaba quedarse en aquel instante para siempre.

La humedad en mi sexo era tal, que percibí cómo goteaba sobre la cama, empapando mis piernas.

Durante unos minutos, me permití el lujo de observarle, deleitándome con su figura.

Parecía haber sido cincelado por los dioses y tatuado por los mejores pintores del mundo.

Era una jodida obra de arte. Quise delinear cada centímetro de su piel, la manera en la que sus pectorales emergían, cubiertos por un ligero vello y tan duros que deseé pasear mi lengua por ellos, igual que sus abdominales.

Me mordí el labio, conteniendo un gemido voraz.

Eché la cabeza hacia atrás cuando sentí como el placer se volvía cada vez mayor, percibiendo como su miembro me llenaba por completo, como si estuviésemos hechos el uno para el otro. Los besos que compartimos se volvieron más ardientes, húmedos, igual que lo estaba siendo nuestro encuentro.

—N... Nikolai —balbuceé con la voz estrangulada.

—Córrete para mí —me ordenó, al mismo tiempo que alzaba una de sus manos para agarrarme por el cuello.

Exploté sintiendo su firmeza sobre mi piel, la manera en la que su miembro palpitaba en mi interior, al mismo tiempo que sus dientes tiraban de mi labio inferior, arrastrándolo conmigo en el mejor orgasmo que hubiese tenido en mi vida.

La luz del amanecer se filtraba a través de las gruesas cortinas de la habitación, acariciando mi rostro, sacándome con lentitud del letargo en el que me encontraba.

Tenía el cuerpo agotado, dolorido, pero al mismo tiempo me sentía tan feliz y plena que no pude evitar que una mueca se dibujase en mis labios.

Suspiré, sintiendo el calor de Nikolai a mi lado, cómo su respiración era tranquila y profunda mientras dormía.

Me atreví a abrir los ojos con lentitud, notando como su brazo todavía descansaba sobre mi cintura, como si fuese la declaración de intenciones que llevaba verbalizando todo este tiempo.

Jamás hubiese imaginado a Nikolai en mi cama, y mucho menos después de lo ocurrido.

La noche anterior fue un torbellino de emociones y sensaciones que aún me mantenían atrapada.

Cada roce, susurro y gemido fue un recordatorio de la brutal conexión que compartíamos, esa que tanto intentaba negar, pero que ya se había vuelto innegable.

Sin embargo, una sombra se cernía sobre mí: la duda.

¿Qué significaba todo esto? ¿Era yo algo más que una obsesión pasajera para Nikolai?

El leve movimiento de su brazo me sacó de mis pensamientos, pero también consiguieron que mis entrañas volvieran a prenderse en llamas.

Sus ojos grises se abrieron con parsimonia, aún enturbiados por el sueño, pero llenos de una intensidad que me desarmó por completo.

Su mirada recorrió en mi rostro antes de que una sonrisa ladina y chulesca se dibujase en sus labios.

Me sacaba de quicio, pero por otra parte no podía evitar que todo mi ser reaccionase ante él con esa vehemencia tan visceral.

—Buenos días —murmuró con la voz ronca.

No respondí de inmediato. Todo mi ser estaba paralizado por su cercanía, por la forma en la que su cuerpo seguía envolviendo el mío.

Nikolai era el hombre más atractivo que hubiese visto jamás, tanto que dolía, incluso recién levantado y con el pelo revuelto.

Aparté la mirada, sintiendo como todo el cuerpo me dolía, y me incorporé, acomodando la sábana alrededor de mi pecho.

—¿Ahora te da vergüenza que te vea desnuda? —inquirió con esa prepotencia que siempre usaba.

Mis mejillas se enrojecieron, y decidí obviar su pregunta.

—Buenos días —respondí con la voz estrangulada.

No sabía qué era lo que provocaba Nikolai en mí que todo mi ser reaccionaba a sus gestos de una manera tan poderosa que llegaba a odiarme a mí misma por ello.

Él se movió, recostándose en el cabecero de la cama, dejando al aire su musculoso pecho.

Me observó en silencio durante unos segundos, como si evaluase algo, decidiendo la manera en la que abordar la situación.

—Voy a casarme contigo, Elena —anunció.

Sus palabras golpearon el aire como un disparo, tan directas y certeras que me dejaron paralizada, tanto que sentí como el aire apenas lograba entrar en mis pulmones.

Lo miré incrédula, buscando en su rostro algún indicio de que estuviese bromeando, de que tan solo quisiera sacarme de mis casillas, pero no fue así. Su tono fue frío y medido.

—¿Qué? —inquirí, sin poder evitar que mi voz se elevara.

—Me has escuchado a la perfección —aseguró con calma, pero también con la firmeza de quien está acostumbrado a que no lo desafíen—. Nos casaremos a final de mes.

El calor que había sentido en mi pecho momentos antes se convirtió en una bola de fuego, esta vez llena de rabia.

Me aparté de él, envolviéndome con la sábana, y me levanté de la cama sin siquiera mirarle.

Estaba cabreada, pero no solo eso, sino que también me sentía utilizada, como si lo que vivimos la noche anterior no hubiese sido más que humo.

—¿Esto es una broma? —cuestioné, percibiendo como todo mi ser se tambaleaba, llena de incredulidad y furia—. ¿Después de todo lo que me has hecho pasar, ahora decides que debo ser tu esposa? —añadí cabreada—. Eres un puto psicópata —escupí.

Nikolai no se movió de su lugar, apenas osó parpadear. Mis ojos se llenaron de lágrimas al ver la frialdad con la que me observaba, percatándome de que todo lo ocurrido no había sido una fantasía que yo misma me había creído.

—Tal vez lo sea —musitó con desgana—. Pero no es una cuestión de deseo, Elena. Es una necesidad estratégica —añadió—. Si te casas conmigo, te convertirás en una Romanov. Eso te hará intocable.

En cierto modo sabía que tenía razón. Su lógica era tan aplastante como todo lo que hacía, por lo que me dejó sin aliento, al mismo tiempo que notaba como mi interior continuaba ardiendo.

—¿Esa es tu gran razón? —rebatí dolida—. ¿Un simple movimiento estratégico?

—Es mucho más —aseguró, alzándose y dejando a la vista su escultural cuerpo—. Esto garantizará tu seguridad y enviará un mensaje claro a los Orlov y a cualquiera que ose cuestionar mi autoridad.

—¡No soy un objeto que puedas usar para tus malditos juegos! —bramé.

Había estado atrapada en su mundo desde el principio, pero esto…

Esto era demasiado para mí. Antes de que pudiese decir nada, Nikolai se acercó a mí, pegando su pecho a mi espalda, tomando mis manos.

Pude sentir su calor, cómo me cobijaba provocando en mí una sensación extraña, una que no había vivido nunca.

—Te guste o no, Elena, va a suceder —sentenció.

—Eso ya lo veremos.

Nikolai

Salí de la habitación tan rápido como pude.

Sentía la mente nublada por la mezcla de furia y un deseo que me consumían.

Intenté mantenerme distante, controlado, pero Elena tenía la habilidad innata para traspasar todas las barreras que me esforzaba por levantar.

Cuando llegué a la esquina del comedor, me encontré a Alexei, quien estaba recostado contra el marco del ventanal, con esa maldita expresión despreocupada que siempre llevaba consigo.

—¿Qué demonios haces aquí? —inquirí.

—¿Todo bien? —preguntó, con una mueca irónica mientras cruzaba los brazos.

No respondí de inmediato y me limité a fulminarlo con la mirada, pero él ni se inmutó. Siempre tenía esa habilidad para leerme, y a veces me sacaba de quicio que le resultase tan sencillo.

—¿Qué quieres, Alexei? —cuestioné tan impaciente que estaba a punto de perder los nervios.

—Nada, solo observo el espectáculo —respondió, haciendo un gesto hacia el final del pasillo, donde la puerta de la habitación permanecía entreabierta. Allí estaba ella, de pie junto a la chimenea, únicamente cubierta por la sabana, absorta en sus pensamientos.

Me tensé, odiaba cuando Alexei se entrometía en mis asuntos, pero sabía que, aunque no lo dijera en voz alta, siempre tenía algo que aportar.

—¿Qué es lo que de verdad te molesta, Nikolai? —inquirió sin apartar la vista de Elena.

—No entiende que esto no es un juego —respondí con sequedad.

Alexei dejó escapar una risa suave, casi burlona.

—Claro que no lo entiende. —Puso los ojos en blanco para, segundos después, sentarse en uno de los butacones—. ¿Cómo podría? La has arrastrado a este mundo sin darle una elección real. Pero eso no es lo que te molesta, ¿verdad? —añadió, girándose, para fijar su mirada directa en la mía.

—Habla claro, Alexei.

—Te importa más de lo que debería —sentenció, con una sonrisa divertida que llegó a teñir sus ojos—. No lo haces solo por estrategia, y lo sabes.

Lo fulminé con los ojos, pero de poco sirvió.

—No estoy aquí para juzgarte, hermano —añadió, alzando las manos, como acto de buena voluntad—.

Solo para recordarte que, si decides seguir adelante con esto, debes manejarlo mejor.

No puedes imponerle tu voluntad y esperar que no te desafíe.

—Hizo una pausa—. Elena es fuego, Nikolai, y si no aprendes a controlarlo, terminarás quemándote.