El legado de los Romanov 27
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Elena

El paso del tiempo en la mansión era asfixiante, más que nunca.

Después del ataque que habíamos sufrido días anteriores, dejaron de permitirme salir de la habitación, por lo que las horas pasaban más lentas de lo habitual.

Cada rincón parecía susurrarme que yo no pertenecía a este lugar, que estaba atrapada en un mundo del que nunca pedí ser parte, rodeada de sombras y secretos que me arrastraban más hacia el abismo.

Tomé aire, cuando me cobijé con la chaqueta de punto que vestía, y fijaba la vista en los jardines cuidados a la perfección, en cómo se extendían hacia el horizonte, recordándome que estaba encerrada en una cárcel dorada de la que jamás podría salir.

Habían pasado dos días desde que regresamos de aquel maldito restaurante.

Nikolai había estado distante, más que de costumbre, y esa ausencia me corroía de maneras que no podía ni quería comprender.

Su silencio me dejaba sola con mis pensamientos, llenando mi mente de cientos de preguntas interminables sin respuesta que me llevaban al borde del colapso por no saber su respuesta.

Me dejé caer en la cama, observando el techo como si tuviera alguna respuesta oculta entre las largas maderas.

¿Por qué seguía aquí? ¿Por qué no podía encontrar la manera de escapar de él?

Y lo más perturbador de todo, ¿por qué cuando tuve la oportunidad no fui capaz de marcharme sin mirar atrás?

Tenía que buscar un plan, seguir encerrada no era una opción.

El sonido de unos pasos firmes resonó en el pasillo más cercano a mi habitación, por lo que me incorporé como un resorte, sintiendo una punzada en el pecho.

Había algo en Nikolai, en su mera presencia, que hacía que me costase respirar, que el latir de mi corazón se volviese brusco y mi respiración acompasada.

La puerta se abrió de golpe, sin previo aviso, dejando a la vista un Nikolai con el rostro teñido por la rabia y el enfado.

Contuve el aliento al ver cómo sus ojos brillaron con una mezcla de ira y deseo al posarse en los míos.

—¿Qué pasa contigo? —espetó, cerrando la puerta detrás de él con un golpe tan fuerte que hizo temblar incluso las paredes.

Apreté las manos, mirándolo sorprendida por su tono.

—¿Qué demonios te pasa? —repliqué, intentando ocultar el temblor que sacudía ya a todo mi cuerpo.

Caminó hacia mí con pasos firmes y lentos, dejando que cada uno de ellos retumbase en la habitación. Había algo en su mirada que me hizo retroceder, hasta que sentí el borde de la cama contra mis piernas.

—Estoy harto, Elena —gruñó, deteniéndose frente a mí, acercándose tanto que creí que escucharía el latir de mi corazón—. Harto de tu mala actitud, de que quieras rebatirlo todo, de que no acates mis órdenes… De este puto juego.

—¿Este juego? —Alcé la voz, llena de incredulidad y dolida—.

¡Llevas tres días sin siquiera hablarme!

—voceé—. Eres tú el que me tiene aquí encerrada, sin darme explicaciones.

¿Qué esperas que haga? —inquirí—. Para una maldita vez que salgo, y ¿quieres que me porte como una niña buena cuando tu hermano y tú estáis a punto de liaros a hostias?

—¿Y qué demonios te importa, Elena?

«Tú me importas», respondió una vocecita en mi interior.

Me llevé una mano a la boca. Su mandíbula se tensó ante mi silencio y, por un instante, creí que iba a explotar.

En lugar de eso, dio un paso más cerca, invadiendo todo mi espacio personal hasta que no hubo nada que nos separara.

Me mordí el labio inferior por dentro, su cercanía me ponía cardíaca, no sabía qué demonios tenía, pero sentir su cuerpo tan cerca del mío conseguía que todo lo que me había hecho pasar desapréciese por completo.

Su respiración se volvió agitada, chocando contra mi piel.

El retumbar en mi pecho se volvió ensordecedor cuando una de sus manos se posaron en mi cintura, mientras me arrinconaba contra la cama.

—Lo único que espero de ti —murmuró en un tono tan bajo y lleno de peligro que me estremecí— es que dejes de desafiarme.

—Eso jamás ocurrirá —sentencié, con la voz estrangulada.

Nikolai dejó ir una risa seca y sarcástica, sin un ápice de humor en ella. Apreté los dientes con tanta fuerza que creí que me saltarían las muelas en el preciso instante en el que la mano que tenía sobre mi cadera subió para tomar mi rostro, obligándome a mirarle directamente a los ojos.

—Eres un puto desastre, Elena —susurró—.

No sabes acatar órdenes, ni cocinar, y mucho menos bailar.

Odias los juegos de cartas, el té matcha te sabe a césped, y tu colonia favorita es Éther porque amas el jazmín, ya que tu padre te regalaba una flor cada noche antes de irte a dormir.

—Aquello me pilló por sorpresa, dejándome sin poder articular palabra—.

Y lo peor de todo es que estoy tan jodidamente obsesionado contigo que me queman las entrañas.

No me dio tiempo a responder, cuando sus labios capturaron los míos en un beso hambriento, lleno de una necesidad intrínseca que me robó el aliento. No había nada suave en aquel gesto, estaba teñido de rabia contenida, de un deseo feroz y una ansiedad que parecía consumirnos a ambos.

Su cuerpo se presionó contra el mío y, antes de que pudiera procesar lo que estaba ocurriendo, me empujó hacia la cama.

Sentí el colchón bajo mi espalda, mientras él se cernía sobre mí.

Todo su cuerpo cubrió el mío, cobijándolo, creando una prisión de la que no quería escapar.

Sus manos recorrieron mi cuerpo con una urgencia que me hizo arquearme hacia él, buscando más, exigiendo más.

Tomé aire cuando Nikolai se apartó de mí, observándome con una lujuria desmedida.

Sus ojos grisáceos se volvieron oscuros, brillaban con una sensualidad inhumana y parecían desnudarme, entonces supe que lo que había entre nosotros no hizo más que empezar.

Le devolví cada uno de los besos que me dio, pero no solo eso, sino que atrapé su labio inferior, tirando de él, provocando que un gruñido se escapase de su interior.

Sonreí de medio lado, sintiendo como mi sexo se humedecía, cómo clamaba su atención, igual que lo había hecho unos días antes.

Coló una de sus manos bajo mi jersey, deslizándolo por mi piel con una facilidad apabullante, quedando enredado alrededor de mi cintura. Nikolai se detuvo un instante para observarme, deleitándose, como si quisiera grabar aquel instante en su memoria para toda la vida.

Cada caricia, cada movimiento suyo era una declaración de poder e intenciones. Pero lo que no lograba comprender, y nunca lo haría, era que, en ese momento, yo también tenía parte de control sobre él, uno que no estaba dispuesto a admitir.

—Eres mía, Elena —gruñó, antes de inclinarse para besarme de nuevo, agarrándome por el cuello—, ¿lo entiendes?

Le respondí con un ligero movimiento de cabeza, pero entonces, cuando creí que se iba a dar por respondido, acercó su boca a mi oído.

—Dilo —me ordenó, provocando que todo el vello de mi cuerpo se erizara.

—Soy tuya —musité.

Las palabras salieron empujadas de mi boca como una confesión, esa que llevaba días guardando para mí, a sabiendas de que todo mi ser deseaba tener a Nikolai de aquella manera tan visceral. Estampó mis labios contra los suyos, mientras acariciaba todo mi cuerpo con delirio, deseoso de más.

Una de sus manos se posó sobre mi muslo y, con parsimonia, fue colándose entre mis piernas, hasta que llegó a mi ropa interior, tirando de ella con garra.

Tanta que ahogué un grito de sorpresa cuando las arrancó y se las llevó a la nariz.

Inspiró y sonrió como un animal, salvaje e indomable.

Guardó su trofeo en el bolsillo derecho de su americana y, sin dudar un solo instante, se deshizo de ella.

Con tiento y las manos temblorosas fui desabotonando cada uno de los botones de su camisa.

Contuve el aliento cuando me percaté de que Nikolai no apartaba la vista de la mía, sino que parecía, incluso, divertirse con mi torpeza.

Enarqué una ceja, por lo que dejó ir una sonora carcajada que a mí se me antojó como la más armoniosa y dulce que hubiese escuchado jamás.

Sus dedos se movieron con maestría en mi sexo, jugueteando con mi clítoris, mientras dos de ellos se hundían en mi interior para arrancarme un profundo gemido.

—Joder —masculló entre dientes.

Continuó masajeándome, provocando que cientos de quejidos se escaparan de entre mis labios.

Podía percibir el cosquilleo en estos, cómo estaban más sensibles de lo normal a causa de cada uno de los besos.

Mientras su boca descendía por mi cuerpo, creando un reguero de besos, hasta que se deslizó hacia uno de mis pechos, el cual acarició con mimo para, segundos después, atacar con su boca, mordisqueando mi pezón y tirando de él.

Un fuerte impulso eléctrico me recorrió de pies a cabeza, mi cuerpo se tensó, y cuando alcé la mirada, ahí estaba la suya, tan gris, tan pura, tan jodidamente animal.

—Fóllame —supliqué, sollozante, sintiendo como la necesidad se volvía tan fuerte que incluso me costaba respirar.

—Repítelo —ordenó mediante un gruñido que me humedeció aún más.

Podía sentir mi sexo engulléndole, incansable, deseoso de algo más, ansioso por tenerle a él con toda su magnitud.

—Quiero ser tuya, Nikolai —confesé desesperada, sin que pudiera hacer nada por evitarlo—. Fóllame.

Con un rápido movimiento, salió de mí, dejándome con una sensación de vacío inmensa, pero entonces mi vista descendió hasta la erección que asomaba por la cinturilla de su pantalón y sonreí.

Paseé la lengua por mis labios, embriagada.

Nikolai se deshizo por completo de su camisa, pero no solo eso, sino que arrastró sus chinos y calzoncillos a la vez, permitiéndome las vistas de su escultural cuerpo.

Su miembro me apuntó y pude ver como brillaba, expectante, tan ansioso como lo estaba yo de sentirle dentro. Se llevó una mano a este, masajeándolo, y una parte de mí sintió celos, envidia de no ser yo quien lo hiciera,provocando en mí un sentimiento de propiedad que jamás había vivido.

—Has sido mía desde el instante en el que nuestras miradas se cruzaron —sentenció para, segundos después, morder mi labio y tirar de mí con saña.

Sin dudarlo y movida por un impulso eléctrico, estampé mis labios contra los suyos, devorándolo con inquietud, con un ansia que no supe descifrar, y antes de que pudiese hacer nada, Nikolai se hundió en mí de una sola estocada.

—Voy a follarte como llevo deseando desde hace meses, Elena.