26
Nikolai
El eco de las pisadas de Viktor resonaba por el pasillo mientras se acercaba a mí. Su energía irradiaba furia contenida, algo a lo que ya me había acostumbrado a ver en él, pero esta vez había algo distinto, algo más oscuro. Podía percibirlo, era como una jodida tormenta acechando.
—¿Qué cojones te pasa, Nikolai? —espetó, señalándome con un dedo acusador antes de cerrar la puerta de un golpe—. ¿Has perdido la cabeza?
Me recosté sobre la silla, observándolo con calma mientras mantenía las manos entrelazadas sobre la mesa. La rabia de mi hermano era más que palpable, pero no podía permitir que él o cualquier otro viera ni un atisbo de duda en mí.
—Cuidado con tus palabras, Viktor —le advertí en voz baja.
—¡Cuidado tú! —bramó, dando un paso hacia mí, apoyando con fuerza ambas manos sobre la mesa—. Todo lo que hemos construido está en juego, por una mujer… Una maldita mujer que no tiene nada que ver con nuestra familia.
Su acusación resonó en la habitación, y aunque sabía que sus palabras contenían algo de verdad, no podía admitirlo, no delante de él, ni de nadie.
—Elena no es solo una mujer, Viktor, es mi mujer —respondí, remarcando el «mi» mientras me ponía en pie para enfrentarme a él y a lo que hiciese falta. Mi estatura lo superaba, pero eso nunca lo había intimidado.
—Claro que no lo es, ¡es una jodida distracción! —gritó sin retroceder—. Mientras tú estás ocupado jugando a ser un superhéroe, los Orlov están reorganizándose para encontrar nuevas formas de jodernos. Y para colmo, ahora hablas de casarte con ella, ¿en qué cojones estás pensando?
El silencio que se instauró entre ambos se volvió denso, tanto que se me antojó que podría cortarse con un cuchillo.
Lo único capaz de perturbarlo fue el crujido de mis nudillos al apretar los puños.
No iba a golpearle, ambos lo sabíamos, pero era tal la rabia que había en mí que podía sentirla hervir bajo mi piel, a punto de estallar.
—Ya basta —ordenó Andrei con voz firme, quien hasta el momento había permanecido sentado en la mesa, centrado en su tableta—. Esto no nos lleva a ninguna parte.
Viktor giró la cabeza hacia él, con el ceño fruncido, mirándole con un desprecio que no supe si era real o fingido.
—¿Tú también lo apruebas? —Quiso saber, lleno de incredulidad.
—No he dicho eso —respondió Andrei con la calma que a ambos nos faltaba—. Pero gritarle no resolverá nada.
—Ah, ¿no? —bufó, volviendo a fijar sus ojos llenos de rabia en mí—. Porque parece que ya no escucha a nadie.
—Quizás no estamos siendo estratégicos —continuó, ignorando el comentario que acababa de hacerle—.
La situación con Elena es complicada, sí, pero también podemos usarla a nuestro favor.
Los Orlov la quieren, y Nikolai la está protegiendo.
Eso dice mucho sobre su lealtad a la familia y su capacidad de control.
—¿Control? —interrumpió Viktor para, segundos después, dejar ir una carcajada amarga—. ¡Esto es todo menos control!
Andrei dio un paso hacia él, con la misma calma de siempre, pero con una seguridad que no podía ser ignorada.
—¿Cuál es tu plan, Viktor? —inquirió, retador—. ¿Sacarla de la ecuación? ¿Entregarla a los Orlov y que nos destruyan? ¿Acaso te crees que eso los detendrá?
Este no respondió de inmediato, pero pude ver como sus manos temblaban, como si estuviese luchando contra algo más que su enfado. Al final, apartó la mirada y dejó ir un profundo bufido que llenó la sala, retrocediendo.
—Solo digo que no podemos permitir que esto nos distraiga de lo importante —murmuró, con la voz cargada de frustración.
—Y en eso estamos de acuerdo —respondí, acercándome a la mesa para tomar una botella de whiskey y servirme un trago—. Pero no toleraré que nadie cuestione mis decisiones, ni siquiera tú, Viktor.
El silencio volvió a instaurarse en la sala, esta vez más pesado e intenso, mientras Viktor me lanzaba una última mirada llena de reproches no expresados antes de salir.
Horas más tarde.
Aún estaba en el despacho, perdido en mis pensamientos, rememorando mi encuentro con Elena, pero también las palabras de Viktor, que no dejaban de resonar en mi cabeza, desafiándome, cuestionándome.
Sabía que tenía razón en algunos aspectos, pero admitirlo sería mostrar debilidad, y no podía permitírmelo.
Debía ser fuerte, luchar por mantener el imperio por el que nuestro padre se había dejado la piel, por el mismo por el que había muerto, y no dejaría que nadie lo echase por tierra. Mucho menos los Orlov.
El sonido de unos nudillos golpeando la puerta me sacó de mis pensamientos.
—Adelante —dije sin alzar siquiera la vista.
Andrei entró, cerrando la puerta con suavidad detrás de él.
—¿Puedo? —preguntó, señalando la silla que había frente a mi escritorio.
Le dije que sí con un cabeceo, por lo que se dejó caer con la misma calma que siempre lo caracterizaba, pero esta vez había algo distinto en su expresión, algo más calculado.
—Sé que Viktor puede ser… intenso —comenzó, eligiendo con cuidado sus palabras—. Pero creo que deberías escuchar algo de lo que dice.
Lo miré con las cejas arqueadas, sorprendido por su franqueza. Andrei no llevaba más de dos años en la familia, no era nuestro hermano completo, pero aun así había decidido dejarlo todo atrás para meterse en nuestro mundo.
—Ah, ¿sí? —pregunté sin ganas—. ¿Tú también estás en contra de mi decisión?
Este negó con la cabeza, al mismo tiempo que cogía aire y lo dejaba ir a modo de suspiro, entrelazando las manos sobre su regazo.
—No, Nikolai —aseguró—, creo que tu decisión tiene mérito, pero también creo que necesitas ajustar tu enfoque.
—¿Qué quieres decir? —Achiqué los ojos.
—Viktor actúa desde la emoción; y Alexei desde la estrategia —comenzó a decir—.
Ambos tienen experiencia en esto, y parte de razón, pero lo que necesitas ahora es equilibrio —aseguró—.
Si planeas casarte con Elena, hazlo con una estrategia clara, usa esto como una herramienta, no como una decisión impulsiva.
Su tono era tranquilo, no había reproches, ni ataques, pero sus palabras golpearon algo dentro de mí. Era el más nuevo en los Romanov, pero estaba demostrando una madurez y un pragmatismo que no esperaba.
—Continua —le insté, cruzando los brazos sobre mi pecho.
—Demuestra que tienes el control, no solo con Elena, sino sobre la situación completa —continuó explicándome—.
Haz que Viktor vea que esto no es solo un capricho, sino una jugada calculada y, sobre todo, asegúrate de que los Orlov sepan que cualquier ataque contra Elena será un ataque directo contra la familia.
Me recosté sobre mi silla, procesando sus palabras. Sabía que tenía razón, si quería mantener el control, no solo sobre mi familia, sino sobre los Orlov. Necesitaba que todo pareciese parte de un plan más grande, no una reacción simple y emocional.
—Lo pensaré —respondí al final, levantándome para rellenar mi vaso.
Andrei asintió, poniéndose en pie.
—Hazlo, Nikolai —me pidió—. Porque si algo he aprendido en mi vida es que el control no es solo poder, es saber cuándo usarlo.
Lo observé salir de la habitación y, por primera vez en mucho tiempo, sentí que tal vez había alguien en quien podía confiar.