El legado de los Romanov 25
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Elena

No me atreví a decir ni una sola palabra desde que regresamos a la mansión.

El coche avanzó por el serpenteante camino hacia la entrada principal, y aunque intentaba controlar mi respiración, el dolor punzante en mi brazo me mantenía conectada al presente de una manera brutal.

Ni siquiera había osado mirar a Nikolai salvo en una ocasión.

Su gesto era duro, como si portase una máscara de indiferencia sobre su rostro.

Su silencio era aún peor que cualquiera de los reproches que pudieran salir por su boca, porque a pesar de que no había hablado, percibía como su ira contenida estaba creando estragos en su interior, a punto de desatar una hecatombe.

Cuando el coche se detuvo, mi acompañante salió sin esperar y abrió la puerta de mi lado, instándome a salir. Antes de que pudiera reaccionar, su mano rodeó con fuerza mi muñeca, tirándome del brazo herido, sujetándome con tanta firmeza que no pude resistirme. Tampoco quise.

—Ven conmigo —ordenó mediante un bisbiseo—, ahora.

No protesté. Había algo en su expresión, en la forma en la que sus ojos centelleaban de rabia, que me hizo seguirlo sin más.

Permití que él guiase cada uno de mis pasos hacia el interior de la mansión.

Avanzamos con largas zancadas, o mejor dicho, a trompicones, ignorando a los guardias que permanecían en sus puestos, tensos después del reciente encontronazo.

Me arrastró por todo el edificio, exigiéndome subir las escaleras, hasta que la puerta de su habitación se cerró con un golpe seco tras nosotros.

Contuve el aliento cuando escuché como su respiración era agitada, mientras caminaba de un lado a otro.

Antes de que pudiera apartarme, me empujó hacia la pared, atrapándome entre su cuerpo y la fría superficie.

—¿Qué demonios te crees que estabas haciendo? —inquirió rabioso, casi ido.

Apreté la mandíbula, sorprendida por su gesto.

—¡Estaba intentando ayudarte! —protesté, con la voz estrangulada y al borde del colapso.

—¿Ayudarme? —repitió, lleno de incredulidad y burla. Dio un paso más hacia mí, inclinándose sobre mi cuerpo—. Debería castigarte por no cumplir mis órdenes.

Su mano se alzó y, por un momento, pensé que iba a golpear la pared a mi lado, pero en lugar de eso, sus dedos se cerraron alrededor de mi cuello.

Un impulso eléctrico me recorrió por completo, muriendo en mi sexo, que ardió en llamas solo de sentir su cuerpo contra el mío.

No apretó, pero el gesto fue lo suficiente firme como para hacerme ver que seguía bajo su control absoluto.

Boqueé perdida en su mirada, en la sensación que me corroía sin que pudiese hacer nada por evitarlo. Nikolai despertaba un lado animal en mí que jamás había sentido, uno que me gritaba que me dejase llevar.

—Mírate… —escupió, al mismo tiempo que acercaba su boca a mi oído—. Debería follarte para recordarte quién manda, Elena.

Su mano libre bajó por el precioso vestido que él mismo había comprado para mí, lo subió hasta mi cintura y, sin pensarlo dos veces, rasgó las medias que cubrían mis braguitas, dejando a la luz un conjunto de satén negro con encaje.

Nikolai no me soltó, pero pude ver en su sonrisa ladina que el enfado había pasado a ser algo más personal de lo que esperaba.

Apreté la mandíbula, ahogando un grito cuando me arrancó la ropa interior, lanzándola lo más lejos posible, dejándome expuesta a él.

Podía percibir el calor de su cuerpo contra el mío, rozándose con delirio.

También el aroma de su perfume que hablaba de poder y secretos, notas intensas de madera de cedro y sándalo que me envolvían y extasiaban a partes iguales.

Nikolai colocó su mano sobre mi sexo, cobijándolo, hasta que uno de sus dedos se coló entre mis pliegues para masajear mi abultado botón.

Contuve un gemido que nació en mi garganta cuando, tras unos minutos, se adentró en mí, permitiendo que mis paredes lo envolviesen como si de su miembro se tratara.

Nikolai dejó ir un gruñido y cuando alcé la vista, me encontré una profundidad que no había visto nunca, una locura descomunal que se entremezclaba con un ferviente deseo.

Estábamos tan cerca que pude notar como su erecto miembro clamaba mi atención, como el anhelo se volvía tan mío como suyo.

Empecé a sentir un hormigueo en mis labios, deseaba besarle, hacerlo con esa urgencia que compartíamos, y no solo eso, quería enredar mis dedos en su cabello azabache, delinear cada uno de los tatuajes que cubría su cuerpo.

Pero allí estaba, inmovilizada contra la pared, expuesta a él, sin poder decir una sola palabra.

Sus movimientos empezaron a ser más rápidos, mientras que con el pulgar comenzaba a masajear de nuevo mi clítoris, como un jodido experto.

El agarre en mi cuello se volvió más fuerte, provocando que explotase en sus manos, mientras él sonreía de medio lado como si pudiese hacer lo que le diese la gana conmigo.

—Mira cómo estás… —musitó—. Debería darte vergüenza —se jactó—. Tanto que me odias y estás deseando que te haga gritar como la zorra que eres.

Sin siquiera pensarlo, alcé una mano y crucé su rostro, sin importarme todo lo que acababa de ocurrir. Dio un paso hacia atrás, mirándome con una furia contenida que consiguió helarme por dentro, haciendo desaparecer todo lo ocurrido.

—Niñata insolente —siseó—. Todo esto lo hago por ti.

El peso de sus palabras me golpeó como una ráfaga de viento helado.

La intensidad de su mirada me dejó sin aliento, y aunque una parte de mí deseaba mantenerlo lejos, otra estaba atrapada en ese lado oscuro y adictivo que me atraía de manera sobrehumana, incluso cuando debería de haberme aterrorizado.

—¡Pues no lo hagas! —grité, intentando mantener la compostura y no venirme abajo—. No necesito que me protejas, Nikolai.

Sus labios se curvaron una vez más, solo que esta fue con amargura mientras que en sus ojos pude ver cómo se burlaba de mí, provocando que la rabia me bullera en las entrañas.

—No es algo que puedas decidir, Elena.

La puerta se abrió de repente, interrumpiéndonos. Lo que aproveché para bajarme el vestido, cubriendo la parte que mi captor había dejado al aire. Andrei entró sin aguardar ni un segundo, con el rostro sombrío y una tablet en la mano.

—Nikolai —dijo, ignorando nuestra cercanía—, es posible que tengamos identificado al traidor.

Este retrocedió al instante, pero su mirada no se apartó de la mía hasta que estuvo lo suficientemente lejos como para poder girarse hacia Andrei.

—¿Qué pasa? —cuestionó, volviendo a ese tono gélido que tanto odiaba.

—Creemos que Karpov puede ser uno de estos hombres —respondió, extendiéndole el dispositivo.

Nikolai tomó la tablet y comenzó a leerlo, mientras su mandíbula se apretaba cada vez más.

—¿Estás seguro?

—Tan seguro como puedo estarlo sin pruebas definitivas —admitió su hermano, cruzándose de brazos—. Pero si estoy en lo cierto, entonces tenemos un problema mucho más grande de lo que pensábamos.

Este asintió con lentitud, le devolvió la tablet y se giró hacia mí.

—Ve a tu habitación —ordenó.

Quise protestar, pero algo en su tono me detuvo. Supe que no estaba en posición de discutir, no después de todo lo que había ocurrido durante la noche. Sin decir una palabra, me giré y salí de la habitación, sintiendo su mirada clavada en mí hasta que desaparecí por el pasillo.

La adrenalina seguía corriendo por mis venas, pero ahora estaba mezclada con algo más. Miedo, sí, pero también una extraña sensación de vacío, como si algo en mi interior se hubiera roto y no pudiera arreglarlo.

Me llevé la mano al cuello, donde aún podía sentir el calor de sus dedos.

No había sido un gesto violento, pero tampoco amable.

Era Nikolai en su esencia más pura: control absoluto, mezclado con una intensidad que te hacía querer acercarte y huir al mismo tiempo.

Me miré en el espejo y vi mi reflejo: el vestido continuaba arrugado, las medias ya se me caían, el cabello estaba desordenado y en los ojos percibí una mezcla de emociones que no supe descifrar.

—Maldito seas, Nikolai.