24
Elena
El viaje de regreso se me hizo eterno, ya que un silencio incómodo se instauró entre ambos, lleno de palabras que ninguno de los dos se atrevía a decir.
La oscuridad de la carretera se extendía como una manta pesada, apenas interrumpida por los faros del coche que iluminaban el camino hacia la mansión.
Nikolai conducía con la mirada fija al frente, pero podía sentir su tensión, la firmeza con la que sus manos apretaban el volante, la forma en la que sus labios se curvaban en una fina línea llena de frustración.
Tal vez su plan no hubiese salido como esperaba, puede que de verdad aquel gesto fuese algo desinteresado.
Por mi parte, tenía las emociones revueltas, aún sentía el calor de sus manos en mi cintura, el eco de sus palabras resonando en mi mente como un jodido mantra del que no podía deshacerme: «Porque tú eres la única que no intenta complacerme».
Esa frase me perseguía como un susurro persistente, igual que lo hacía su penetrante mirada.
Cuando el coche giró hacia el largo camino de la entrada que llevaba a la mansión, una figura conocida apareció en la distancia. Viktor esperaba bajo el arco de piedra que marcaba la entrada. Incluso a través del parabrisas, pude notar la tensión en su postura.
Nikolai frenó con brusquedad y detuvo el coche justo frente a su hermano.
Bajó sin decir una palabra, cerrando la puerta con un golpe seco, dejándome claro que no debía salir del vehículo.
Desde el interior, observé como ambos intercambiaban miradas tensas, como si estuvieran a punto de enzarzarse en una discusión que llevaba demasiado tiempo gestándose.
La mirada de Viktor se fijó en mí, con tanta intensidad que sentí como mi estómago se me daba la vuelta.
—¿Qué cojones es esto? —Oí como decía—. ¿Estáis jugando a la parejita feliz? —preguntó, con sarcasmo, recalcando cada una de las palabras.
Nikolai se mantuvo firme, con los brazos cruzados sobre su pecho, tan imponente que podría amedrentar a cualquiera.
—No es asunto tuyo —bisbiseó mi captor.
—Claro que lo es, todo lo que haces afecta a la familia, y esto… —dijo, señalándonos con un desprecio que me heló la sangre—, esto es una maldita locura, Nikolai. ¿Crees que puedes llevar a esta mujer a cenar como si no tuviéramos a los Orlov pisándonos los talones?
Mi cuerpo se tensó al escucharlos, y la sensación de ser observada me puso aún más nerviosa. Quería salir y enfrentarme a Viktor, pero algo en la postura de Nikolai me detuvo.
—Basta, Viktor —gruñó, dando un paso hacia su hermano—. Si tienes un problema, dilo ya.
Nikolai dio un paso adelante, al mismo tiempo que negaba con la cabeza, y pude ver en los ojos de Viktor la frialdad que vi en los de su hermano mayor. Contuve el aliento al ver como el mediano alzaba una de sus manos, como si quisiera golpearle.
—¡Por supuesto que tengo un problema! —bramó Viktor—. Mientras tú juegas a ser su caballero andante, los Orlov están planeando su próximo movimiento.
Nikolai apretó las manos en puños, y su voz se volvió un susurro peligroso.
—Cuidado con lo que dices, Viktor.
La tensión era tan densa que apenas podía respirar.
Tomé una decisión impulsiva, y abrí la puerta del coche, percibiendo el retumbar de mi corazón en los oídos, decidida a intervenir antes de que la situación se saliera de control.
Pero antes de que pudiera dar un paso, una sombra se movió con rapidez hacia mí.
Todo ocurrió en un instante. Una figura oscura salió de entre los arbustos cercanos, seguida de otra.
Pude escuchar la gravilla bajo sus botas.
Antes de que pudiera decir nada, el primer hombre se abalanzó sobre mí, agarrándome del brazo mientras me arrastraba.
Un grito se escapó de mis labios, pero fue sofocado por el impacto.
—¡Elena! —La voz de Nikolai resonó como un trueno y, segundos después, todo se convirtió en un caos.
Mientras Viktor se lanzaba a por el primer atacante, Nikolai sacó su arma con una velocidad que me dejó atónita.
Lo que más me llamó la atención fue que en ningún momento me percaté de que durante toda la cena había llevado el arma consigo.
El sonido de un disparo rompió la noche, y el segundo hombre cayó al suelo como un muñeco de trapo.
El atacante que luchaba con Viktor logró zafarse de manera momentánea, girándose hacia mí con un cuchillo en la mano.
Mi cuerpo se congeló, el corazón dejó de latirme, sintiendo como el miedo me paralizaba por completo.
El hombre se acercó, estaba a punto de clavarme el puñal, cuando Viktor lo derribó con un movimiento rápido y preciso, inmovilizándolo contra el suelo.
Un fuerte alarido se escapó de entre mis labios.
El dolor en mi brazo me sacó de mi aturdimiento.
Miré hacia abajo y vi un corte superficial, nada grave, pero lo suficiente para recordarme lo cerca que había estado del peligro.
Unas incipientes ganas de llorar me arrastraron, llenando mis ojos de lágrimas.
Con dos largas zancadas, Nikolai llegó a mi lado, con el rostro lleno de preocupación. Pude ver cómo en sus ojos rugía una maldita tormenta, enrabietado.
—¿Estás bien? —preguntó, su voz estaba cargada de tensión.
—Estoy… bien —musité, aunque mi voz sonó estrangulada.
No pareció convencido, por lo que se giró hacia Viktor, quien aún mantenía al atacante contra el suelo.
—¿Quién demonios ha enviado a estos hijos de puta? —espetó Nikolai con la voz tan fría que me heló la sangre.
—No lo sé, pero esto no ha terminado —aseguró su hermano.
—No, no lo ha hecho —respondió, antes de volverse hacia mí de nuevo—. ¿Qué demonios estabas pensando al salir del coche?
Su tono era cortante, lleno de rabia, pero no solo eso, sino que había tanto dolor en su interior como decepción.
—Quería intervenir, estabais discutiendo y…
—¡Tú nada! —bramó.
—Os ibais a liar a golpes —musité.
—¿Sabes lo que hubiera pasado si no hubiéramos estado aquí? —gruñó entre dientes, sujetándome de los brazos con tanta fuerza que estaba segura de que se me quedarían los dedos marcados.
—¡No soy una niña, Nikolai! —le grité, empujándolo para que me soltara—. No voy a quedarme sentada mientras todo a mi alrededor se derrumba.
Por un momento, nuestras miradas se encontraron, y una mezcla de rabia y orgullo brilló en los suyos.
Su respiración era agitada, como si la furia en su interior estuviera consumiéndolo a pesar de su lucha por contener todo en su interior.
Apretó la mandíbula y ladeó la cabeza. Segundos después, al final, soltó un largo suspiro y retrocedió un paso.
—Eres más que eso, Elena —murmuró, su voz sonó suave pero cargada de un peso que no comprendí—. Pero no puedo protegerte si sigues desobedeciendo mis órdenes.
La noche estaba en silencio una vez más, salvo por el sonido de mi respiración, y el susurro del viento. No supe qué responder, por lo que me limité a apartar la mirada, sin dejar de sostener mi brazo herido.
Viktor se levantó tras dejar al atacante inconsciente.
—Yo me ocupo de esto —anunció con un tono que no admitía réplica.
Nikolai asintió y luego me tomó de la mano, en un gesto demasiado íntimo que consiguió revolucionarme por completo, mientras me guiaba hacia el coche. Esta vez, no protesté.