El legado de los Romanov 23
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Elena

No tenía ni idea de dónde me había traído. Horas antes había aparecido Tatiana con un precioso vestido negro, instándome a que me lo pusiera tras darme una buena ducha. Nikolai había conducido durante casi una hora, lo que no esperaba era encontrarme en un lugar como este.

Cuando llegamos al restaurante, lo primero que me golpeó fue el silencio.

No había clientes, ni siquiera ruido de conversaciones o el murmullo de platos en movimiento.

Era como si el lugar entero estuviese pausado en el tiempo.

Nikolai había cerrado el restaurante para nosotros, y eso me ponía más nerviosa de lo que estaba dispuesta a admitir.

Contuve el aliento cuando sentí como una de sus manos se posaba en la parte baja de mi cintura, provocando que mi corazón se acelerase sobremanera.

Algo en mi interior me obligó a escrutar el lugar, fijándome en el enorme salón.

Este era como una obra de arte, un santuario de opulencia diseñado para impresionar, incluso al más exigente de los invitados.

Las paredes, de un profundo granate aterciopelado, estaban adornadas con molduras doradas que reflejaban la luz cálida de las arañas de cristal que se suspendían en el techo.

Los candelabros colgaban como joyas, y cada prisma de cristal capturaba destellos que danzaban por todos lados.

El suelo de mármol negro brillaba bajo los destellos dorados, formando un contraste perfecto con las mesas cubiertas de manteles de lino blanco, tan impecable como el oro que adornaba sus finos bordes.

Cada mesa estaba dispuesta con una precisión obsesiva, con copas de cristal tallado que brillaban bajo la tenue iluminación, y cubiertos de plata que parecían recién pulidos.

Cada detalle estaba pensado al milímetro, diseñado para transmitir esa ostentosidad y control tan característica, esa que solo él tenía. Me llevó hasta una mesa en el centro y, antes de que pudiera sentarme, retiró la silla para mí.

—Hoy todo tiene que ser más que perfecto —murmuró, inclinándose un poco mientras me acomodaba.

No respondí. No quería darle el gusto de mostrarle lo mucho que me afectaba, porque sí, estaba cardíaca solo de sentirle cerca.

Después de los encuentros fugaces que habíamos tenido, solo podía pensar en sus labios sobre los míos, sus manos recorriendo mi piel y su enorme cuerpo cubriendo el mío.

Me limité a esbozar una fugaz mueca, mientras jugueteaba nerviosa con el dobladillo de mi vestido, todo bajo su atenta mirada.

—¿Siempre cenas así? —Quise saber, refiriéndome a la soledad que nos rodeaba, intentando llenar el silencio del lugar.

Una sonrisa ladina se dibujó en sus labios, y no pude evitar sentir como un impulso eléctrico me recorría hasta morir en mi sexo.

No sabía qué demonios tenía, ni qué era lo que me ocurría, pero algo en mí ansiaba el momento en el que me tomase con dureza, haciéndome suya, porque sí…

Por mucho que lo quisiese negar, ese día llegaría.

—¿Así cómo? —inquirió, haciéndose el tonto.

—Solo —me limité a responder.

Chasqueó la lengua al mismo tiempo que tomaba la copa de vino tinto que le acababan de servir.

—Solo cuando la compañía lo merece —respondió, con la vista tan fija en mí que se me antojó que me desnudaba con la mirada.

Puse los ojos en blanco, para imitar su gesto, cogiendo la copa que el camarero acababa de colocar frente a mí.

—Supongo que debería sentirme especial —murmuré antes de dar un sorbo.

—Quizás deberías.

No quise mirarlo, pero sentí sus ojos fijos en mí, analizando cada uno de mis movimientos, cada respiración.

Parecía disfrutar de la incomodidad que me provocaba, ya que una mueca llena de perversión se dibujaba en su rostro.

Decidí centrarme en el plato que acababan de servir: un filete Wellington, cocinado a la perfección y rodeado de guarniciones que parecían más obras de arte que comida.

Todo en aquel lugar era un espectáculo, una demostración de poder, y yo no podía evitar sentirme la pieza central.

Corté un trozo del filete y lo llevé a mi boca, tratando de ignorar el peso de su mirada.

—¿Te gusta Moscú? —preguntó, rompiendo el silencio.

Casi me atraganté, ¿de verdad me estaba preguntando eso? Me llevé la servilleta a la boca y, con toda la entereza que pude, me limpié.

—No lo sé —respondí escueta—. No he tenido muchas oportunidades de explorarla desde que… llegué.

Mi tono fue más frío de lo que pretendía, tajante y directo, pero no me importó. Quería que entendiese que no estaba aquí por elección y que no deseaba jugar a su juego.

—Tal vez deberíamos hacer algo al respecto —comentó, inclinándose hacia adelante, con la voz tan suave como la seda—. Moscú tiene muchos lugares que podrían interesarte.

Dejé el tenedor en el plato y le miré por primera vez de manera directa a los ojos.

—No estoy aquí por turismo, Nikolai —bisbiseé—, y lo sabes.

—Tienes razón —admitió, cabeceando—. Pero eso no significa que no puedas disfrutar de algunas… comodidades.

Su tono sonó frío y calculado, cada palabra había sido escogida con cuidado para provocarme y, por suerte o por desgracia, funcionó.

—Siempre tan generoso —respondí con amargura, esbozando una sonrisa irónica en mis labios justo antes de tomar otro sorbo de vino.

No me dio tiempo a seguir, porque en ese momento la música cambió, tornando a una melodía más lenta, envolvente, que comenzó a llenar el aire. Antes de que pudiera reaccionar, Nikolai se levantó y extendió una de sus manos hacia mí.

—Bailemos.

—¿Qué? —inquirí, parpadeando con incredulidad.

—Bailemos —repitió, sin apartar la mano.

Mi primera reacción fue decir que no. Quería negarme y marcharme de esa sala en la que sentía como una fuerte presión sofocante apretaba mi pecho.

Pero algo en su mirada, algo que no supe identificar, me detuvo.

Dejé la copa sobre la mesa y acepté su mano, sintiendo el calor de su piel contra la mía.

Me guio con mimo hacia el centro de la sala, donde las luces eran más tenues y la música parecía envolvernos como una niebla. Colocó una de sus manos en mi cintura, firme pero sin invadir mis límites, mientras la otra sostenía la mía con cuidado.

Al principio, mis pasos fueron rígidos, torpes incluso, pero él parecía anticiparse a mis movimientos, guiándome con una facilidad que llegaba a ser irritante.

Intenté mantener las distancias, porque sabía que, a pesar de que ya estaba perdida, solo quedaba un paso para dejarme caer al vacío, a sus brazos.

Cada vez que daba un paso atrás, él me acercaba a su cuerpo, contagiándome de su calor.

—¿Esto forma parte de tu plan? —investigué, alzando la vista hasta encontrarme con la profundidad de sus ojos.

Contuve el aliento al percibir como mi corazón latía con fuerza, tanta que creí que, debido a la cercanía, Nikolai acabaría escuchándolo.

Desvié la mirada hacia el gran ventanal y pude apreciar nuestro reflejo, la forma en la que mi vestido se mecía con maestría, y fue entonces cuando me percaté de que hasta ese detalle estaba orquestado por él.

—¿Qué plan? —rebatió, en un susurro.

—El de jugar conmigo —musité, sin apartar la mirada—. Sé que esto es un juego para ti, Nikolai —aseguré—, que no soy más que una muñequita nueva para tu colección y que cuando te canses de mí me tirarás en una zanja donde nadie podrá encontrarme.

Él se detuvo por un instante, observándome con una intensidad que consiguió encogerme el alma.

—No subestimes lo que esto significa, Elena —respondió tajante, pero mi nombre en sus labios sonó diferente—. Hay cosas que no son un juego.

Sus palabras me confundieron, dejándome sin habla.

La música continuó, y aunque no dijimos nada más, el aire entre ambos estaba cargado de algo que no podría definir.

Algo que me aterraba al mismo tiempo que me atraía y es que todo alrededor de Nikolai era así.

Tal vez estuviese perdiendo la cabeza, puede que tuviese síndrome de Estocolmo, pero una parte de mí comenzaba a ver algo más en aquel despreciable hombre de ojos de plata que tenía frente a mí.

Cuando la música terminó, no se apartó de inmediato, sino que fijó su mirada en la mía, de una manera tan íntima que provocó que todo mi ser se revolucionase. Podía percibir el calor de su cuerpo contra el mío, cómo su piel ardía, igual que lo hacía la mía, deseosa de más.

—¿Por qué yo? —me atreví a preguntar, con la voz estrangulada.

Nikolai sonrió con socarronería, de la manera más sensual que hubiese visto jamás, algo que me hizo sentir como si acabara de perder una batalla que ni siquiera sabía que estaba librando.

—Porque tú eres la única que no intenta complacerme —respondió con una firmeza apabullante.

Dio un paso atrás, rompiendo el contacto, y sentí como si un vacío me tragase, perdiendo el calor de su cuerpo.

Nikolai volvió a la mesa, como si nada hubiera pasado, apartando mi silla y aguardando a que fuese junto a él.

Por un momento permanecí inmóvil, intentando procesar sus palabras.

Cuando volví a sentarme, pude sentir como volvía a observarme, con esa calma exasperante con la que siempre lo hacía.

—Gracias por la cena —musité.

—¿Eso es todo? —inquirió, arqueando una ceja.

—No necesito que me compres, Nikolai.

Este sonrió de nuevo y se inclinó hacia adelante, como si estuviese a punto de contarme un secreto.

—¿Y si no es eso lo que estoy intentando hacer?

Me puse en pie, con el corazón en llamas y el alma destrozada, incapaz de soportar ni un solo segundo más metida en aquel papel que me destrozaba.

—Entonces creo que no entiendo qué es lo que quieres de mí.