22
Nikolai
Dos días más tarde.
Andrei había estado investigando sobre la posible filtración de información comprometida sobre los ataques a nuestros camiones de mercancía perpetrados por los hombres de los Orlov, dando con un nombre que reconocí al instante.
Había intentado mantenerme al margen, permitiendo que mis hermanos se encargasen de ir cerrando el círculo alrededor del maldito traidor.
La habitación olía a desesperación. La bombilla que colgaba del techo parpadeaba de vez en cuando, provocando que aquel infame trastero pareciese aún peor.
El suelo de cemento estaba manchado de sangre seca mezclado con el sudor del hombre que tenía frente a mí: Dmitry Shapovalov.
Temblaba, no había dejado de hacerlo desde el instante en el que me vio aparecer, provocando que una mezcla de orgullo y excitación tomasen el control de mis pensamientos.
Su camisa estaba empapada por el sudor, y sus muñecas permanecían atadas a los brazos de la silla, lo que hizo que el roce de las cuerdas marcase su piel.
Su rostro estaba hinchado, y un hilo de sangre le corría por la comisura de los labios.
Estaba aguantando más de lo que esperaba, pero sabía que tarde o temprano terminaría por romperse, igual que lo hacían todos. Solo era cuestión de tiempo.
Dmitry era uno de los transportistas que trabajaba en nuestra red de contrabando, estaba metido de lleno en nuestro negocio y a pesar de que se lo habíamos dado todo, tanto a él como a su familia, había decidido traicionarnos, removido por su codicia.
—No tienes por qué hacer las cosas difíciles, Dmitry —dije con tranquilidad, al mismo tiempo que tomaba asiento frente a él, dejando que cada uno de mis pasos resonase en el frío cemento—. Podemos hacerlo rápido y relativamente indoloro; o podemos traerte un regalito.
Antes de que pudiese decir nada, tomé mi arma y la coloqué en su rodilla. Este bajó la vista y, antes de que pudiera ni siquiera gritar, apreté el gatillo. Un fuerte alarido resonó en la habitación, y pude sentir como las pequeñas gotas de sangre habían salpicado mi cara.
El pánico tomó su rostro al mismo tiempo que alzaba la cabeza, con la mandíbula desencajada y la mirada llena de desdén. Sonreí al percibir como el miedo aún latía en su interior, cómo a pesar de su traición una parte de él luchaba por creer que sería benevolente con él.
—Ya te lo he dicho, Nikolai. No sé nada —siseó, intentando parecer convincente.
Una mueca diabólica se dibujó en mi boca.
Alcé una de mis manos y chasqueé los dedos.
El más puro terror lo recorrió de pies a cabeza, y por un instante, intentó zafarse del agarre de las cuerdas que lo mantenían fijo en la silla.
Dos hombres acababan de entrar en la habitación con su mujer y su hija pequeña.
Ambas estaban amordazadas y esposadas, para que no pudieran hacer ninguna tontería.
—¿Estás seguro?
Este asintió, al mismo tiempo que a mi izquierda, Viktor soltaba un bufido burlón mientras afilaba uno de sus cuchillos en una piedra, provocando que el sonido del metal deslizándose llenase el ambiente.
—¿De verdad quieres seguir con esto, Dmitry?
—intervino Viktor, alzando la hoja y admirando el filo bajo la luz.
Se puso en pie, acercándose a donde se encontraba la pequeña, y paseó el cuchillo por su dulce rostro.
Esta ahogó un grito que acabó muriendo en la mordaza que llevaba—.
Porque tengo todo el tiempo del mundo, y créeme que puedo pasármelo muy bien con tus chicas.
Alexei, por su parte, permaneció en las sombras, observando con los brazos cruzados, analizando cada uno de los gestos que hacía nuestro traidor.
Su silencio era demoledor, tanto que en el instante en el que su mirada se posó en la niña, esta rompió en llanto, a pesar de estar amordazada.
Andrei se apoyaba en la pared opuesta, sin embargo, parecía estar en su propio mundo, como si hubiese algo extraño que le llamase la atención.
Este tipo de situaciones eran nuevas para él, pero contábamos con su experiencia en los servicios secretos, lo que nos ayudaba a tener puntos de vista diversos.
Me incliné hacia adelante, apoyando los codos en mis rodillas mientras fijaba la vista en Dmitry. Quería que comprendiera que no había salida, y que cualquier esperanza que albergara no era más que un espejismo.
—Dmitry —musité con lentitud, dejando que su nombre se hundiese en su interior como si del filo de un cuchillo se tratara—, sabemos que alguien dentro de nuestra red dio información a los Orlov.
Sabemos que sabían con exactitud dónde y cuándo atacar el camión, y de hecho…
tú eras el encargado de esa ruta —añadí, alzando un dedo.
—No lo sabía —jadeó. Sus palabras salieron a trompicones, apresuradas y con una desesperación que me sorprendió.
Su vista se fijó en las rehenes que había detrás de mí y pude ver como los ojos le brillaban, repletos de lágrimas—.
No sabía que iban a hacer eso. Solo… Solo me dijeron que moviera el cargamento. Nada más.
—¿Es que acaso no te pagamos suficiente? —inquirió Alexei, ladeando la cabeza.
—Yo…
—La codicia, querido Dmitry —ronroneé—, es la que te ha metido en este jodido lío —aseguré—, y a ellas también. ¡Tu puta codicia! —bramé ido, dándole un puñetazo en su mejilla derecha.
Viktor se acercó, girando la silla con un rápido movimiento, permitiendo que Dmitry quedase de cara hacia él. Saqué un pañuelo de seda de mi traje impoluto y limpié los restos de sangre que me habían quedado en el rostro y la mano para, segundos después, guardarlo.
—¿Quién te lo dijo? —bisbiseó amenazante—. Porque te aseguro que voy a encontrarlo, con o sin tu ayuda. La única diferencia es cuánto sufrirás antes de que lo hagas.
Dmitry cerró los ojos, su respiración era agitada y las lágrimas no dejaban de agolparse en sus ojos. Vi como una de sus manos se apretaba en forma de puños, y al levantar la vista, volvió a fijarla en su familia.
—Os lo diré todo, pero dejadlas marchar —suplicó.
Hice un ligero movimiento de cabeza, ordenándoles que se las llevaran, pero entonces, la pequeña de no más de siete años dejó ir un grito que resonó por toda la habitación cuando el guardia que la custodiaba la toqueteó.
—Las mujeres no se tocan —siseó Andrei, agarrando al hombre que llevaba a la niña por el brazo—. Yo me encargaré de ella, tú puedes irte a tomar por culo —añadió con desdén.
Pude ver cómo Dmitry agradeció el gesto de Andrei, quien cogió la mano de la niña y salió del trastero junto con la mujer y el segundo guardia.
—No sé quién era —confesó al final, con la voz estrangulada—. Solo… solo recibí un mensaje. Un nombre: Karpov. Eso es lo único que sé.
El silencio se hizo presente una vez más y, por un momento, solo se escuchó el zumbido de la bombilla al tintinear, y la respiración agitada de Dmitry. Me puse en pie, y caminé alrededor de la silla, permitiendo que las botas resonaran en el asfalto, mientras procesaba lo que acababa de decirnos.
—Karpov —repetí, intentando encontrarle un sentido—. Un nombre en clave, supongo. ¿Por qué deberíamos creerte, Dmitry?
—¡Es verdad! —gritó, sus palabras sonaron desesperadas, pero poco me importó—. ¡Lo juro! No sé quién es. Solo era un mensaje, un trabajo. Yo… Nunca quise traicionar a los Roman…
Antes de que pudiese terminar de hablar, saqué mi arma y disparé. Permitiendo que sus sesos se esparcieran por la pared del fondo y parte del suelo. Su cuerpo quedó lacio en la silla, inerte, bañado en un mar de sangre.
—No hay lugar para traidores en la familia Romanov —escupí enrabietado.
—¿En qué piensas? —preguntó Alexei con tranquilidad.
Guardé el arma y saqué la cajetilla de tabaco, llevándome uno a los labios para, segundos después, encenderlo.
—Karpov podría ser cualquiera —comenté—. Pero si está usando un nombre en clave, significa que tiene acceso a información confidencial —aseguré—. Esto no es un simple traidor; es alguien que sabe lo suficiente como para poner en peligro a toda la organización.
—O tal vez eso es lo que quiere que creas —añadió Andrei a mis espaldas, mientras Viktor soltaba un gruñido.
—Entonces, ¿qué hacemos? —Quiso saber Alexei—. ¿Vamos a dar caza a todos hasta que encontremos a ese tal Karpov?
—No, Andrei se encargará de buscar bajo tierra si hace falta para encontrar a ese hijo de puta —respondí con tranquilidad, dándole una larga calada al cigarrillo—.
Si Dmitry decía la verdad, esto no es algo que podamos resolver con fuerza bruta.
Necesitamos encontrar al topo antes de que pueda hacernos más daño.
—Y cuando lo encontremos —añadió Viktor—, no habrá lugar en este mundo donde pueda esconderse.
—Avisad para que alguien limpie este estropicio —les insté.
Me llevé el cigarro a la boca y aspiré profundamente. Había mucho que resolver, demasiados cabos sueltos de los que debíamos ocuparnos. Pero una cosa era segura: quienquiera que fuese Karpov pronto entendería el precio de desafiar a los Romanov.