21
Nikolai
La sala de reuniones estaba cargada de tensión.
El aroma a tabaco y alcohol impregnaba el aire, mezclándose con el sudor y la sangre seca que aún manchaban nuestras ropas y rostros tras el ataque.
Viktor estaba sentado al otro lado de la mesa, junto a la chimenea, con una botella de vodka en la mano y una expresión de rabia contenida en el rostro.
Alexei estaba de pie junto a la ventana, con los brazos cruzados, observando el exterior con detenimiento, como si aguardase a que los Orlov volvieran en cualquier momento.
Andrei se había unido a nosotros, a pesar de no ser cien por cien un Romanov, pero sí que se había convertido en uno de nuestros hombres de confianza, y permanecía en silencio, pensativo, con la vista fija en el fuego.
Estaba sentado en mi lugar habitual, en la cabecera de la mesa, jugando con uno de mis cuchillos cuando alcé la vista.
Dejé la navaja sobre la mesa, y el sonido de mis nudillos al crujir resonó en la habitación.
No había tiempo para dudas ni discusiones, y mucho menos para lamernos las heridas, pero sabía que esta reunión iba a ser de todo menos fácil.
Esos hijos de puta habían cruzado la única línea inquebrantable, esa que mantuvieron durante años con mi padre, e iba a hacer que pagaran por ello.
Iba a acabar con la vida de cada uno de los familiares de Ivan, pero a él le preparaba un final especial.
—Esto no puede seguir así —dije al fin, con la voz baja pero firme.
Todos se voltearon hacia mí, observándome con atención—.
Los Orlov se han tomado demasiadas libertades, y no pienso permitirlo.
Durante meses he callado, aguantando una tensión inimaginable, creyendo que era lo mejor para ambas familias, para no desatar una guerra —Hice una pausa—, pero eso ya se ha acabado.
Viktor soltó una carcajada amarga, al mismo tiempo que dejaba la botella sobre la mesa con un golpe seco.
—Claro que no, porque vamos a matarlos a todos —añadió—. ¿Por qué perdemos el tiempo hablando cuando podríamos estar masacrándolos? —inquirió desafiante.
Alexei se giró hacia él con calma, pero su mirada era tan gélida que podría haber helado a cualquiera.
—Eso es exactamente lo que quieren, Viktor —le respondió Andrei—. Que reaccionemos con el corazón y la furia, en vez de con la cabeza —aseguró al mismo tiempo que se acercaba a la mesa—. Si hacemos un movimiento sin pensar, podríamos perder más de lo que ganamos.
—¿Y qué sugieres? —Quiso saber, con amargura—. ¿Que les enviemos flores? —replicó con un sarcasmo que me enfureció.
Me levanté como impedido por un resorte y golpeé la mesa con fuerza, silenciándolos a ambos. Esto no iba de peleas entre hermanos, y mucho menos de actuar de manera inconsciente.
—¡Ya basta! —boceé enrabietado—. No vamos a discutir tácticas de guerra, porque es lo último que necesitamos —apunté—. Venían a por algo, y hemos logrado truncar sus planes.
—Dirás que venían a por alguien —me contradijo Viktor con amargura.
Hice una pausa, y pude sentir sus ojos expectantes fijos en mí.
—Voy a privarles de eso que tanto ansían —aseguré al mismo tiempo que volvía a sentarme y me llevaba mi vaso lleno de whiskey a los labios para darle un trago—. Voy a casarme con Elena.
El silencio se extendió en la sala tras mi declaración, denso como el humo que durante horas permaneció en toda la casona debido al ataque.
Viktor me miró como si acabara de volverme loco.
Alexei frunció el ceño y cabeceó hacia la izquierda, como si intentase descifrar mi razonamiento.
Mientras tanto, Andrei permaneció en su lugar, observándome con una expresión impenetrable, pero en sus ojos vi algo más.
—¿Qué demonios estás diciendo? —inquirió Viktor lleno de incredulidad, poniéndose de pie de un salto, como si un resorte lo hubiese impulsado—.
¡Esa mujer es un peligro! —añadió, llevándose las manos a la cabeza—.
Si los Orlov están dispuestos a venir a por ella, ¿qué crees que harán cuando se enteren de esto?
—Les darás más razones para atacar —musitó Alexei.
Los dejé terminar de hablar, permitiéndome un momento para respirar de manera consciente, probando a calmar los nervios que me corroían. Le di un largo trago al whiskey, sintiendo como el líquido ardía en mi garganta.
—No, Viktor —aseguré—. Lo que haré será convertirla en algo inalcanzable, algo que no puedan tocar sin desafiarme directamente.
Si se convierte en mi esposa, será una Romanov, y cualquier ataque contra ella, conllevará un derramamiento de sangre explícito en los Orlov.
—Me recosté en la silla, observando como mis palabras calaban en cada uno de ellos.
Alexei dio un paso hacia la mesa, aún con los brazos cruzados sobre su pecho, sin dejar de barruntar algo que aguardaba con ansias conocer. Su mirada era analítica, calculadora, como si estuviese procesando toda la información que les acababa de dar.
—Es una estrategia interesante —comentó al final—.
Convertirla en un Romanov no solo refuerza su seguridad; también puede fortalecer nuestra posición externa —concluye de manera contundente, aceptando decisión—.
Los Orlov y cualquiera que nos observe verán este matrimonio como una declaración de poder, una señal de unión.
Pero… —Hizo una pausa, fijando su mirada en la mí—.
También generar tensiones internas. No todos en nuestra organización estarán contentos de que una extraña sea parte de la familia.
—Te aceptamos a ti, ¿no? —cuestionó con amargura Viktor, refiriéndose a Andrei.
—¡Relájate! —le ordené al ver su tono.
Viktor rebufó como un toro encarcelado capaz de llevarse por delante a cualquiera de los aquí reunidos.
—¡Acaban de atacar tu puta casa, Nikolai! —bramó Viktor—. ¿Qué más necesitas para que sea un desafío directo?
—La buscaban a ella, no atacaron la casa por ser mía —aseguré—. Eso es lo que no comprendes.
Viktor dejó ir una sonora carcajada llena de amargura, mientras sacudía la cabeza de un lado a otro, caminando por la sala, como si de un animal enjaulado se tratase.
—Esto es una locura —gruñó—. Es una jodida locura, Nikolai. Esa mujer no es más que un lastre, una distracción que nos costará caro. ¿No ves lo que está haciendo contigo? ¡Actúas como un idiota!
Me puse en pie de nuevo, esta vez con más calma que la anterior, pero fulminándole con la mirada.
—Esto no es una discusión, Viktor. Es una decisión. —Mi voz fue baja y concisa, pero lo suficientemente intensa como para llenar la habitación—. Y no voy a tolerar que nadie, ni siquiera tú, la cuestione.
Viktor me sostuvo la mirada por un instante antes de apartarla con un gruñido feroz, para girarse hacia la chimenea, apoyando una mano en la repisa mientras respiraba de manera profunda, probando a calmar sus nervios.
—Haz lo que quieras. Pero no esperes que yo lo apruebe —sentenció.
Alexei, que hasta ahora había permanecido en silencio, habló por primera vez.
—¿Estás seguro de que esto es lo correcto, Nikolai? —Su tono no fue desafiante, sino curioso, como si quisiera comprender mi razonamiento más allá de lo que había dicho hacía apenas unos minutos—. Esto no solo la pone en el centro de atención; también pone un mayor precio a tu cabeza.
Me incliné hacia adelante, apoyando ambas manos en la mesa mientras miraba a mi hermano.
—No hay nada más que proteger que lo que es mío —aseguré—, y Elena es y será mía en todos los sentidos. —La intensidad en mis palabras dejó claro que no había lugar a discusiones, por lo que este asintió.
La reunión dio por concluida con esa última declaración de intenciones.
Permanecí en la sala, observando como la llama de la chimenea se consumía con lentitud.
Las palabras de Viktor, Alexei y Andrei aún resonaban en mi cabeza como un mantra, sin que pudiese apartarlos.
Sabía que tenían razón en ciertos aspectos, este matrimonio traería complicaciones, tanto externas como internas.
Pero lo que ninguno de ellos lograría comprender jamás era que esto no era solo una estrategia. Era una necesidad. Una obsesión.
Había visto a Elena luchar por zafarse de esos hombres, con la mirada llena de terror y rabia, provocando que algo en mí se quebrase.
La idea de perderla, de que alguien pudiera arrebatármela, había creado una necesidad aún mayor por protegerla.
Este matrimonio no solo era para alejarla de los Orlov, sino también de mí mismo.
Porque mientras fuera solo «Elena», una mujer ajena a mi mundo, siempre existiría la posibilidad de que alguien me la arrebatara.
Pero como Elena Romanov sería intocable, irrevocablemente mía.