El legado de los Romanov 20
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Elena

El sonido de los disparos rompió el silencio de la noche, en un eco que se volvió ensordecedor, resonando por cada uno de los pasillos de la mansión.

Me detuve en seco al escuchar un estruendo aún más fuerte, seguido de un grito desgarrador que no supe identificar.

Los pies empezaron a pesarme como si de yunques se trataran, la respiración se me volvió errática y, por un instante, mis piernas se negaron a avanzar, atrapadas entre las ganas de huir y la imposibilidad de procesar lo que estaba viviendo.

Siempre fui una chica normal, tenía mi trabajo, mi apartamento en el centro de Londres, hablaba cuatro lenguas, estudié de manera tradicional como me inculcaron y me labré un futuro yo sola, sin necesidad de contar con nadie, y por una absurda razón toda mi vida se había ido a la mierda.

Contuve las incipientes ganas de llorar, porque aunque aún sentía la determinación bullendo en mis venas, una parte de mí deseaba gritar por todo lo que perdí.

Desde el fondo del pasillo, vi un grupo de guardias armados hasta los dientes, corriendo en dirección a la entrada principal, gritando órdenes que no logré entender.

Antes de que pudieran llegar a la puerta, una explosión los lanzó contra la pared.

Un alarido se escapó de mi boca, por lo que no pude evitar llevarme las manos a ella.

Retrocedí hasta chocar contra el marco de la puerta.

El corazón me latía con tanta fuerza que creí que en cualquier momento me estallaría el pecho.

—¡Elena! —gritó una voz que reconocí al instante.

La cabeza me daba vueltas, estaba en shock.

Nikolai me agarró con fuerza. Una parte de mí solo pudo fijarse en su mirada, en cómo sus ojos se habían tornado de un gris tan oscuro que parecía un cielo de tormenta.

Mi vista se desvió hacia sus manos, donde sujetaba un arma, la cual parecía más una extensión de sí mismo que un objeto.

Su mirada volvió a posarse en la mía, encontrándome, tan fija e intensa que sentí como volvía a atraparme.

No sabía cómo demonios había llegado hasta allí, en qué momento todo había explotado de esa manera, ni cómo el caos había engullido la mansión.

—¡Ven aquí, ahora! —rugió.

Nikolai se había alejado unos pasos, por lo que corrí hacia él, tropezando con la alfombra mientras el estruendo de nuevos disparos llenaba el ambiente.

Nikolai me sujetó con fuerza, empujándome contra la pared para, segundos después, cubrirme con su enorme cuerpo.

Contuve el aliento cuando sentí su respiración cerca de mi oído, mientras él murmuraba algo en ruso que no logré entender.

Cuando alzó la vista, su mirada se tornó en el más puro fuego.

—No te muevas —ordenó mediante un gruñido rasgado.

Quise responder, pero las palabras se agolparon en mi garganta, muriendo presas del miedo.

Este se apartó de mí, disparando hacia el pasillo desde el que vinieron los atacantes.

El olor a pólvora se coló en mis pulmones, mientras veía como uno de los intrusos caía al suelo.

Nikolai volvió a girarse hacia mí. Sus movimientos eran rápidos, precisos, como si hubiese sido instruido para vivir situaciones como aquella.

—Están dentro —musitó rabioso. Tomó mi rostro entre sus manos, y pude sentir la calidez rodearme mientras me obligaba a mirarlo.

—Yo… —balbuceé, percibiendo como todo mi ser se tambaleaba.

El pánico se había apoderado de mí, y solo de pensar que pudiese dejarme allí, sentí como unas incipientes ganas de llorar me atravesaron. Contuve el aliento, agarrándome al marco de la puerta, sintiendo como las manos de Nikolai no se apartaban de mí.

—No te dejaré sola, ¿me escuchas? —añadió, como si hubiese leído mi mente—. No importa lo que pase, pienso matar a todo aquel que ose acercarse.

Sus palabras tenían una fuerza que iba más allá de todo lo que estábamos viviendo. Asentí, demasiado aterrorizada como para poder escupir una sola palabra más. Mi captor me soltó, empujándome hacia dentro de la habitación.

—Ahí dentro. Ahora —ordenó, al mismo tiempo que sacaba una pequeña pistola de la cinturilla de su pantalón—. Quiero que, si entra alguien, dispares —me explicó—, no preguntes, hazlo. —Fijó su mirada en mí, aún sujetando mis manos—. No salgas hasta que yo venga a por ti.

Antes de que siquiera pudiese protestar, escuché el sonido de unos pasos apresurados.

Nikolai giró con brusquedad, disparando dos veces, lo que provocó que el cuerpo de un hombre cayese a escasos metros de donde nos encontrábamos.

Mi estómago se revolvió ante la visión de la sangre extendiéndose en el suelo y del sonido seco del cuerpo inerte cayendo.

Tomé aire y, sin pensarlo más, me encerré en la habitación, tal y como me había ordenado.

Nikolai

Todo estaba saliendo mal. El sonido de los disparos, el olor metálico de la sangre, los gritos de mis hombres por el pinganillo…

Todo era un maldito y absoluto caos, y lo único en lo que podía pensar era en Elena.

Su rostro pálido, sus ojos llenos de lágrimas y terror.

Yo la había metido en aquel lío por protegerla, cuando en realidad lo único que había logrado era meterla en la boca del lobo.

Los Orlov habían llegado demasiado lejos, estaban perturbando mi tranquilidad, la de mi familia, la de Elena…

La rabia me consumía, pero no podía permitir que la furia me nublase el entendimiento, no ahora.

—Andrei, ¿dónde estás? —inquirí, mientras avanzaba por el pasillo en dirección a la entrada principal.

—Cerca del ala este —respondió, con voz tajante—. Los tenemos acorralados, pero uno de los pasillos está comprometido —añadió—. Parece que la entrada del sótano fue la brecha.

«Hijos de puta», maldije para mis adentros. No sabía si había sido casualidad, o si de verdad la andaban buscando, pero algo me decía que, si el sótano era la entrada, Elena era la recompensa por aquel jodido agravio.

—Mantén tu posición —ordené—. Que nadie más traspase esas putas puertas.

Me giré hacia uno de mis guardias, quien estaba recargando de manera frenética su arma, a sabiendas de que necesitaríamos todos nuestros efectivos para reducir a todos los hombres que quedasen en pie.

Lo que parecían no comprender los Orlov era que habían cavado su propia tumba.

Esta era la mayor provocación que podrían haberme hecho, y si era necesario, haría arder el mundo con tal de proteger aquello que tanto ansiaba, ella.

—¿Cuántos son? —pregunté, y mi voz sonó tajante, dura, llena de una rabia que no sabía cuánto tiempo más lograría contener.

—Cuatro confirmados —me informó—, hay dos más fuera, que han sido eliminados por Viktor.

Viktor. Mi hermano estaba fuera, liderando a un grupo para asegurarse de que los refuerzos de los Orlov no llegaran.

Alexei, mientras tanto, coordinaba toda la operativa desde su puesto de mando.

Confiaba en ellos, pero no podía dejar de pensar que la única razón por la que esos hombres habían logrado burlar mi seguridad era por una maldita traición.

—Quiero que descubras al maldito topo que nos ha vendido —le insté a Andrei.

—Estoy en ello —añadió con seguridad—. Alexei está fuera del perímetro, aguardando un posible equipo de rescate.

Todos los hermanos estábamos allí, luchando contra los Orlov, pero lo que parecían no saber era que Elena podía ser el detonante y que todo ello se había producido a causa de mi maldita obsesión.

Giré la esquina y disparé sin dudarlo contra uno de los hombres que sigilosamente cruzaban la estancia.

Este cayó de rodillas, fijando su mirada en la mía, justo antes de derrumbarse por completo.

No tuve tiempo de comprobar si estaba muerto, ya que la adrenalina me impulsaba, cada decisión había sido reducida a permitir que fuese mi instinto el que hablara.

Al llegar a la entrada principal, vi a Viktor cubierto de sangre.

Su rostro estaba magullado, pero pude ver que tan solo de una de sus heridas brotaba el líquido rojizo, por lo que deduje que aquella sangre no era suya.

Su gesto estaba marcado por una mezcla de furia y satisfacción, era un jodido demonio, y le encantaba.

—Los tenemos rodeados —informó, alzando su AK—. Pero necesitamos despejar el ala oeste, hay más escondidos y parece que buscan algo.

Apreté la mandíbula con fuerza, tanta que creí que en cualquier momento mis muelas saltarían por los aires. Sabía con exactitud qué buscaban, o más bien, a quién.

—Cubre mi posición —ordené, mientras subía las escaleras.

Un hombre sujetaba a Elena con fuerza, tirando de su cabello y arrastrándola escaleras abajo con una furia desmedida.

Esta se retorcía, queriendo zafarse de su agarre, luchando con una determinación que jamás había visto en ella.

Pero entonces, sus ojos se posaron en los míos, y pude ver cómo las lágrimas emergían de él.

—¡Nikolai! —bramó desesperada.

Contuve el aliento y, sin pensarlo ni un solo instante, alcé el arma y disparé hasta tres veces, sintiendo la rabia corroerme.

El hombre cayó desplomado al suelo, lo que provocó que Elena dejase ir un profundo alarido, lleno de pánico.

Se arrastró por el suelo, mientras yo bajaba las escaleras de dos en dos, sintiendo como el corazón me latía en las sienes.

—Te dije que te quedaras en tu habitación —gruñí, al mismo tiempo que tiraba de ella, colocándola en pie.

Esta retrocedió, con la mirada llena de temor, pero también con rabia. La tomé por la mano y, segundos después, ya la tenía en brazos. Estaba enfurecido, pero no por los Orlov, sino por ser consciente de que haber visto a Elena en situación me había trastocado más de lo que debería.

Subí a la habitación y cerré la puerta con llave. La rabia y algo parecido al orgullo se arremolinaron dentro de mí cuando me percaté de que aunque había temor en ella, también la misma determinación que tiempo atrás.

—No quiero esconderme como una cobarde.

—Pues por esa mierda casi te matan, Elena —rebatí enfurecido.

No era el momento de discutir, pero no podía ignorar lo que me hacía sentir. Me acerqué a ella, apretando las manos en puños para, segundos después, tomarla por los hombros, deseoso de que comprendiese lo que estaba a punto de decirle.

—Escúchame bien, aquí no hay lugar para la valentía —aseguré—. Si te pasa algo… —Mi voz sonó estrangulada, pero me forcé a continuar—. Si te pasa algo, no me lo perdonaré.

Elena me sostuvo la mirada, podía percibir su agitada respiración, cómo sus piernas cimbreaban, por lo que no pude evitar sonreír de medio lado, deleitándome con todo lo que provocaba en ella.

—Quédate conmigo —me rogó.

Antes de que pudiese responder, un fuerte golpe en la puerta nos alertó. Se avecinaba otro enfrentamiento, y estaba decidido a acabar con todos los malnacidos que se pusiesen en nuestro camino.