19
Elena
En un acto de valentía y aun sabiendo que habría consecuencias, me escabullí de mi habitación al escuchar como Viktor salía del despacho de su hermano.
No había nadie en la entrada, por lo que supuse que seguían demasiado ocupados en mantener a raya a los Orlov como para tener que estar custodiando una puerta que rara vez se abría, o eso pensaban ellos.
Miré hacia todos lados, buscando una señal que me dijese que no estaba sola, que me impidiese avanzar por el lugar, pero no encontré nada.
Contuve el aliento cuando, estando en el pasillo, escuché como este dejaba ir un profundo alarido que resonó por todo el caserío.
Un escalofrío me recorrió de pies a cabeza, provocando que todo mi vello se erizase de inmediato.
No sabía qué era lo que provocaba en mí, pero sabía que mi cuerpo reaccionaba a él.
Avancé con zancadas largas, temiendo que en cualquier momento me descubrieran, reteniéndome sin que fuese capaz de llegar al despacho de Nikolai.
Y cuando llegué, el repiqueteo en mi pecho se volvió tan ensordecedor que dejé de escuchar nada más allá.
Con las manos temblorosas, tomé el pomo de la puerta y abrí, encontrándome con un despacho sumido en la penumbra, pero no solo eso, también la imponente figura de mi captor.
Después de las revelaciones que había escuchado y que Tatiana había confirmado, se había desatado en mí un torbellino de emociones que me eran imposibles de controlar. Pero no tenía tiempo para el miedo, necesitaba respuestas y estaba dispuesta a obtenerlas a cualquier precio.
Nikolai estaba sentado detrás de su escritorio, impotente como siempre, con una calma que casi me exasperaba.
Aunque todavía se estaba recuperando del balazo, su mirada seguía tan penetrante como siempre, calculadora y, en cierto modo, desconcertante.
Cuando alzó la vista, dejé escapar el aire que no me había dado cuenta de que contenía.
—Necesito hablar contigo —anuncié, cruzando el umbral sin siquiera pedir permiso.
Nikolai no respondió de inmediato, se limitó a apartar la mirada de mí como si mi presencia no tuviese relevancia alguna.
Cerró con lentitud un grueso expediente, como si quisiera recordarme que estaba en su terreno, que todo sucedía bajo sus términos y que no aceptaría un desafío sin consecuencias.
Su silencio se me antojó como una advertencia, pero estaba tan cabreada que no aceptaría que no se me diesen las respuestas que tanto ansiaba.
—¿Qué demonios necesitas ahora, Elena? —respondió al fin, con su tono frío y controlado.
Mi nombre en sus labios sonó distinto esta vez, anhelante y lleno de algo que no supe descifrar.
Cerré la puerta tras de mí con un golpe seco, siendo toda una declaración de intenciones.
Avancé hacia él con pasos firmes, o al menos todo lo firmes que me podía permitir en aquel instante, rogándole a mi cuerpo que mis piernas no cimbreasen en el peor momento.
Sus ojos siguieron cada uno de mis movimientos, y aunque parecía relajado, podía notar la tensión que emanaba de su cuerpo.
—Quiero la verdad sobe mi madre —exigí, haciendo un esfuerzo sobrehumano para que mi voz saliese clara y con la seguridad necesaria como para enmascarar mis nervios.
—Ya sabes suficiente —respondió sin siquiera titubear, como si mi demanda fuese irrelevante.
—No, Nikolai, sé lo que tú has decidido que sepa —apunté, y en cierto modo pude notar la decepción en mis palabras, porque así me sentía, tan perdida como frustrada—. Os he escuchado, Nikolai.
Este se pasó un mano por el rostro, y cuando se levantó, cerré los ojos, aguardando una reacción exagerada, un grito, un manotazo, algo que no llegó.
—Necesito entender por qué mi madre estaba involucrada en tu familia y por qué eso me ha convertido en prisionera de esta mansión —me acerqué un paso más.
—Mi prisionera —recalcó mediante un gruñido, consiguiendo que todo mi ser se pusiese alerta—.
Tu madre, Irina Kuznetsova, no solo era una restauradora de arte.
Era una estratega, una confidente de mi padre —añadió—, tuvieron una relación.
Sabía cosas que podrían haber destruido familias enteras, a las más altas esferas, incluida la nuestra.
Sentí como unas incipientes ganas de vomitar subían por mi garganta, dejándome sin aire, pero me obligué a mantenerme firme.
Sus palabras eran como un puñal que apenas había comenzado a penetrar en mi interior, rasgándome las entrañas.
Nikolai mantuvo su mirada fija en mí, y aunque su tono seguía siendo controlado, pude percibir un leve destello de comprensión.
—¿Qué tenía que ver conmigo? —Quise saber, con la voz estrangulada, sintiendo como el nudo que se había creado en mi garganta iba a más.
Cerró los ojos por un breve instante antes de continuar, y creí que estaba a punto de revelar algo que marcaría un antes y un después, y que no deseaba admitir.
—Cuando tu madre murió, dejó algo atrás. —Hizo una breve pausa—. Algo que los Orlov buscan de manera desesperada, y tú eres la única conexión viva con esa información.
La manera en la que lo confesó desató una tormenta en mi interior. Mi sufrimiento, mi encierro, todo lo que había perdido… ¿era por algo que ni siquiera comprendía? Mi furia explotó.
—Sois todos una maldita escoria —siseé, sintiendo como todo daba vueltas en mi cabeza, intentando buscar una razón para la condena a la que me había sometido mi madre—.
Lo he perdido todo por tu culpa, he dejado atrás todo lo que me importaba y, ¿para qué?
—bramé casi ida—. ¿Qué demonios es tan importante para arruinar mi vida? ¡Dímelo, Nikolai!
—No puedo —respondió de manera tajante, firme e impenetrable.
Estaba tan enfadada que me cegué, y antes de que pudiese darme cuenta, estaba frente a él, empujándolo con una rabia y fuerza que ni siquiera sabía que tenía.
Apenas logré moverlo, pero poco me importó.
Todo en mi interior quería destrozarlo, derribar esa fachada de control que me desesperaba, hacer lo que fuese necesario con tal de que me dijese la verdad de una vez por todas.
—¡Maldita sea, Nikolai! —grité enrabietada, percibiendo como mis ojos empezaban a anegarse en lágrimas—. ¿Por qué no puedes ser honesto conmigo de una maldita vez? —añadí, percibiendo como mi voz se quebraba como si nunca hubiese dicho nada.
Con un rápido movimiento, se acercó donde me encontraba y atrapó mis muñecas, sujetándolas con la fuerza suficiente como para inmovilizarme, pero no para hacerme daño.
Su rostro estaba tan cerca del mío que podía notar su respiración chocando contra mi boca, caliente, entrecortada y feroz.
El corazón se me desbocó en el pecho y por un instante creí que lo escucharía, igual que la vorágine de pensamientos que se agolpaban en mi mente.
—Me has jodido la vida solo por salvarte el culo —musité con la mirada fija en la suya, sintiendo como el mundo se me venía encima.
—No estoy tratando de protegerme a mí, Elena —aseguró—. Estoy protegiéndote a ti —juró, acercando su boca a la mía—. Si conocieses toda la información, serías un blanco demasiado fácil, y no pienso arriesgarme a eso.
Sus palabras me desarmaron, y las lágrimas que se agolpaban en mis ojos empaparon mis mejillas, muriendo en la tela de mi camiseta.
No quería que viese cuánto me afectaba, pero por alguna razón lo único que deseaba era cobijarme entre sus brazos.
Ese hombre era mi captor, mi carcelero, y sin embargo, en ese momento era como si hubiese algo más íntimo y visceral entre ambos.
Un golpe en la puerta me sacó de mis pensamientos y alertó a Nikolai, quien soltó de inmediato mis muñecas, dando un paso hacia atrás, recuperando ese papel de hombre inquebrantable que tanto detestaba.
—¿Qué ocurre? —gruñó al guardia cuando apareció tras la puerta.
—Señor, hay un problema en las rutas seguras —le informó—. Andrei nos ha informado de que un grupo armado se está acercando a la mansión.
El cuerpo de Nikolai se tensó de inmediato. Oí como mascullaba algo que no supe descifrar y se encaminó hacia la sala de control, dejándome allí, sola y expuesta. Pero no pensaba quedarme atrás, e ignoré las órdenes de los guardias de que permaneciera en el despacho y lo seguí.
Nikolai
Elena me seguía como una sombra, desobediente como siempre, retadora e incluso llegaba a provocar en mí una necesidad que no lograba comprender.
En cualquier otra circunstancia, habría perdido la paciencia con ella, pero ahora había cosas más importantes que atender.
Llegamos a la sala de control, donde las pantallas mostraban imágenes de vehículos acercándose por nuestras rutas seguras.
Andrei estaba conectado desde el exterior, revisando qué demonios había ocurrido.
La traición era más que evidente, aunque todavía no había logrado localizar a la rata.
Contuve el aliento, percatándome de que fui un ingenuo al pensar que Sergei sería la única persona capaz de tratar con los Orlov, y me equivocaba.
—Refuercen las entradas —ordené—. Quiero a un hombre apostillado en cada centímetro del puto perímetro para interceptarlos —añadí sin apartar la mirada de las pantallas.
Elena estaba detrás de mí, observando con una mezcla de miedo y de tesón que no esperaba en ella. Su presencia era una distracción, una más en un momento en el que no podía permitirme perder el foco.
—No podemos permitir que entren.
Mis hombres asintieron, informaron al resto mediante los pinganillos y salieron de la sala para terminar de coordinar toda la operación.
Iba a matar a todos los hijos de puta que osaran acercarse a mi casa.
Si había una norma en la mafia era que la familia es sagrada, y ellos estaban tirando por tierra cada uno de los mandamientos.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó al final, mediante un susurro apenas inaudible.
—Lo que siempre hago —respondí sin más—. Proteger lo que es mío —añadí, mirándola directamente a los ojos.
Ella me pertenecía, lo había hecho desde el primer momento en el que la vi, ese en el que me obsesioné, porque quisiera admitirlo o no, Elena se había enraizado en mis entrañas para no salir jamás.
Mis palabras parecieron detenerla, no tenía tiempo para preocuparme por lo que pensase o sintiese. Me encaminé de nuevo hacia mi despacho, revisando en mi mente nuestras opciones. Cada decisión era crucial y un solo error podría ser letal.
—Quiero ayudar —dijo de repente, con una firmeza que no esperaba.
Me giré hacia ella, incrédulo. Su rostro reflejaba una determinación innegable, pero también un temor que la marcaría para siempre. Sabía que no estaba preparada para lo que estaba a punto de suceder, pero también que no podría detenerla.
—Esto no es un juego, Elena —le expliqué, a sabiendas de que no serviría de nada—. Si te involucras, no habrá vuelta atrás.
Durante un instante que se me antojó eterno, nuestras miradas se encontraron, y supe que algo estaba a punto de quebrarse.
No era solo la tensión que habíamos acumulado durante todo ese tiempo, en cada palabra o silencio.
Era algo más profundo, eso que llevaba demasiado tiempo al borde de la explosión.
Elena era frágil, pero había una fuerza en ella que no podía ignorar.
—Ya no hay vuelta atrás para mí, Nikolai —musitó, con una firmeza rota que me atravesó como un disparo, al mismo tiempo que colocaba una de sus pequeñas manos sobre mi pecho—. No después de todo lo que me has hecho. Y si tengo que luchar por sobrevivir, lo haré.
La rabia que había obtenido durante días, el deseo que había intentado enterrar bajo el pensamiento lógico se desmoronó en un solo instante.
La tomé por la cintura, atrayéndola hacia mí, como si tenerla más cerca pudiera controlar el caos que ella misma había provocado en mi vida.
Sin pensarlo un solo instante, estampé mis labios contra los suyos, devorándola con la desesperación de un hombre que está perdiendo el control por primera vez.
No hubo suavidad en el gesto, ni espacio para dudas.
Era una jodida declaración de intenciones, una promesa, un grito contenido que no podía ser ignorado.
Su cuerpo se estremeció, reaccionado ante mí.
Su resistencia se deshizo entre mis manos, mientras las suyas se enredaban en mi cabello, buscando equilibrio.
La respiración se me volvió irregular, igual que la suya, que sin dudarlo me había devuelto cada uno de los besos que le había dado.
En ese momento, se volvió mía, lo sabía, y esa certeza era a la vez un consuelo y una maldición.
El umbral que me había jurado no cruzar, y sin embargo, ahí estaba, destruyéndolo todo con un simple beso.
Las manos me ardieron al apartarme de ella, al soltar su pequeño cuerpo, pero lo que vi en sus ojos hizo que me olvidase del resto. Algo que me aterraba, porque reflejaba lo mismo que yo sentía: una necesidad que nunca antes había experimentado, un vínculo que jamás podría romper.
—Eres mía, Elena —murmuré, con la certeza de quien acababa de sellar su destino, y por un instante, supe que esa frase no solo era una afirmación para ella, sino una condena que me infringí a mí mismo.