18
Elena
Había pasado las últimas horas encerrada en mi habitación, intentando darle algún sentido a la conversación que había tenido esa misma mañana con Tatiana.
Sus palabras aún resonaban en mi mente como un mantra que no podía dejar de repetir.
Salvarlo, me había dicho. Pero ¿cómo se suponía que iba a salvar a un hombre cuya alma ya había sido condenada y no hacía más que destruir todo lo que tocaba?
Estaba tan confundida que apenas podía pensar con claridad, me carcomía solo de imaginar qué hubiese ocurrido si yo no hubiese salido en auxilio de Nikolai.
¿Lo habría hecho Tatiana? ¿O tal vez sus hermanos?
Estaba solo en aquel mundo hostil que le rodeaba, y si de verdad lo que me contó Tatiana era cierto, había sido ese mundo el que lo había convertido en el monstruo que ahora era.
Los rayos del sol se colaban en mi habitación.
Estaba deseosa de que llegase el momento en el que se me permitiera salir al jardín.
Después de varios días de nubes, hoy los pájaros canturreaban, disfrutando del tenue calor.
Decidí, en un acto de valentía, que no podía seguir encerrada, ahogándome en mis propios pensamientos.
Necesitaba respuestas, y las iba a tener.
Salí de la habitación con cuidado, asegurándome de que no hubiera nadie vigilando los pasillos.
Supuse que después del altercado de la otra noche los guardias estarían enfaenados con otro tipo de cuestiones, y no en custodiar mi puerta para controlar que no saliese de mi clausura.
A medida que avanzaba, fui recordando los mapas mentales que había construido el día anterior, deslizándome por cada uno de los pasillos como si no fuese más que una sombra.
El aire estaba impregnado de un olor extraño, humedad y tabaco, señal de que alguien había estado fumando hacía apenas unos minutos.
Algo llamó la atención, unas voces salían de una de las habitaciones contiguas al despacho, por lo que mi curiosidad aumentó.
Me acerqué con lentitud, lo suficiente como para poder escuchar.
Era Nikolai, y estaba hablando con Viktor.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza cuando distinguí el tono bajo y enfadado de mi captor, mientras no dejaba de caminar en la habitación.
—No podemos seguir manteniéndola aquí —susurró Viktor con un tono en el que pude apreciar más desesperación que enfado.
—No tienes ni idea de lo que está en juego —respondió su hermano con la voz ronca. Había algo en su tono, un cansancio que nunca había atisbado y que en ese momento me acongojó—. Si ella se va, todo lo que hemos construido podría derrumbarse, no puedo permitirlo.
Contuve el aliento. ¿Qué demonios tenía yo que ver con todo el imperio de los Romanov y por qué era tan importante para ellos? Los nervios se me agolparon en el estómago y unas incipientes ganas de vomitar subieron hasta mi garganta.
—Los Orlov no pararán hasta encontrarla, y ya hemos perdido demasiados hombres protegiéndola —añadió el hermano menor.
—¡Me importa una mierda, Viktor! —bramó Nikolai—. Como si tengo que perder mi puta vida.
Aquella confesión me tomó por sorpresa, y en cierto modo alimentó ese deseo que sentía por él. El corazón se me desbocó en el pecho, latiendo con tanta fuerza que creí que me descubrirían por ello.
—¡No puedes mantenerla prisionera para siempre! —insistió Viktor, y pude percibir la frustración en su voz—. Si descubre la verdad…
—Cállate —le ordenó mi captor.
—Tiene derecho a saber lo que ocurrió con su madre y que ahora la buscan a ella por lo mismo. Si se entera por otra parte, jamás te lo perdonará.
Sentí como el aire abandonó mis pulmones de golpe. ¿Mi madre? La habían matado. Pero ¿qué tenía que ver ella con los Romanov y por qué ahora me buscaban a mí? La cabeza comenzó a darme vueltas, intentando procesar lo que acababa de escuchar. Todo lo que había creído saber era una mentira.
—¡La mataron por esa puta información! —añadió Viktor, casi ido.
—Y ella acabará igual si no hago algo por remediarlo —dijo con tanto pesar que pude percibir como todo mi cuerpo cimbreaba.
—No puedes dejarla en la oscuridad, Nikolai —continuó en un tono más bajo—. Merece saberlo, especialmente si esperas que confíe en ti.
—Confianza —musitó, dejando ir una amarga risa que provocó que un escalofrío me recorriese—. No busco su confianza, lo único que necesito es que esté a salvo, incluso si eso significa mantenerla atada a mí.
Hubo un silencio que pareció extenderse por una eternidad.
—No quiero que acabe como su madre —añadió el mayor de los dos en un susurro—, y si para conseguirlo tengo que hacer que me odie, lo haré.
El dolor en su voz me dejó paralizaba. Era la primera vez que lo escuchaba hablar así, sin la frialdad habitual que lo caracterizaba.
Pero eso no cambiaba el hecho de que me estaba utilizando, y que lo único por lo que me mantenía allí era por su propio beneficio.
¿Qué más me ocultaba y por qué no me hablaba con sinceridad?
Mi corazón latía cada vez con más fuerza mientras retrocedía en silencio, alejándome de la puerta antes de que cualquiera de los dos decidiese salir y me descubrieran escuchando una conversación que no me pertenecía.
No sabía si quería gritar o simplemente hacerme un ovillo en el suelo y llorar como una cría asustada, ya que todo lo que creía saber estaba desmoronándose como si de un castillo de naipes mecido por el viento se tratase.
Mi madre había sido asesinada por algo que, de alguna manera, yo tenía en mi poder.
Algo que los Orlov buscaban con desesperación y que podía ayudar a los Romanov a ganar esa maldita guerra en la que estaban metidos.
Corrí de vuelta a mi habitación, cerrando la puerta con un golpe seco.
Al hacerlo, un fuerte hipido se escapó de entre mis labios, percibiendo como el vacío asolaba con todo mi interior.
Las amargas lágrimas comenzaron a brotar de mis ojos antes de que pudiese hacer nada por detenerlas.
¿Cómo se suponía que debía lidiar con todo aquello?
Nikolai había estado jugando conmigo desde el principio, pretendiendo protegerme mientras me usaba para sus propios fines.
Pero la forma en la que había hablado… ¿De verdad le importaba lo que me ocurriese?
¿O tan solo era parte de sus juegos retorcidos y ególatras?
Me dejé caer en la cama, ahogando un quejido lleno de dolor en la almohada. Mi mente crea un caos. Lo odiaba. Lo hacía por todo lo que había provocado en mí, por jugar con mis sentimientos, pero también lo hacía porque, a pesar de todo, una parte de mí continuaba anhelando su toque, su cercanía.
Pasé las manos por mi rostro, tratando de calmarme.
Tenía que ser inteligente. Si Nikolai estaba tan desesperado por mantenerme en la casona, entonces tal vez había una forma de utilizar esa información a mi favor, asumiendo el mando y teniendo el control de todo.
Quizás no estaba tan desamparada como creía.
Un golpe en la puerta me sacó de mis pensamientos. Me incorporé con rapidez, secando las lágrimas con el dorso de mi mano, e intenté fingir que nada había ocurrido.
—¿Quién es? —Quise saber, probando a que mi voz no se quebrara.
—Soy yo —respondió Tatiana al otro lado.
Me levanté y abrí, permitiéndole entrar. Ella me observó con una expresión que no supe descifrar, ya que era una mezcla entre pesar y confusión.
—Necesito hablar contigo, querida —dijo en voz baja, como si temiera que alguien más estuviera escuchando.
Asentí, dejándome caer en la cama, cruzando los brazos sobre le pecho e intentando protegerme de lo que fuera que estaba a punto de revelarme.
—He escuchado… cosas —dije con cautela, tratando de sonsacarle más información.
Tatiana suspiró y tomó asiento frente a mí. Sus ojos estaban llenos de compasión, pero también de algo que llamó mi atención, ¿eran remordimientos?
—Sabía que esto ocurriría tarde o temprano —admitió en un susurro—. Pero Nikolai te lo ha ocultado por una razón —aseguró, intentando que la creyese—. Todo lo que ha hecho, incluso tenerte recluida, ha sido por tu propia protección.
Permanecí en silencio, porque sabía que no solo eso era verdad, sino que Nikolai pretendía utilizarme a su antojo para conseguir esa información que solo mi madre tenía.
—Los Orlov no solo quieren venganza… Quieren destruir todo lo que Vasily dejó atrás, y solo hay una forma de hacerlo.
—Mi madre —concluí, sintiendo como las manos comenzaban a temblarme, por lo que las apreté con fuerza, para evitar que notase mi nerviosismo—. ¿Qué tenía que ver ella con todo esto?
—Tu madre poseía un documento, un código… Algo que puede destruir a los Orlov desde dentro, y creen que tú sabes dónde está.
—No lo entiendo.
Todo me daba vueltas, y es que durante años había estado viviendo una vida que no me pertenecía.
Mis padres se divorciaron cuando no era más que una cría, por lo que había vivido entre dos ciudades.
Amaba a mi madre por encima de todo, quien se había convertido en mi mejor amiga, pero cuando falleció, todo cambió.
Mi padre me envió a un internado, excusándose de que era lo mejor para mí.
—Vasily tuvo una aventura con tu madre —me explicó—, no quiero decir que seas su hija, pero la tenía en alta estima, por lo que le confió una información crucial.
—La puso en peligro —le contradije.
—No, cielo —intentó excusarle.
—Claro que lo hizo. Si Vasily no se hubiese cruzado en su camino, mi madre seguiría viva.
Unas fuertes ganas de vomitar me asolaron. Lo había perdido todo por esa maldita familia, la misma que me tenía encerrada.
—Tu madre habría sido asesinada de todas formas —musitó con pesar—. Nikolai te ha estado protegiendo, Elena —añadió—. Pero tienes que decidir en quién confiar. Porque una vez los Orlov descubran que estás aquí, no se detendrán hasta encontrarte y no serán tan misericordiosos como él.
—Pero…
—La decisión es tuya —sentenció, tomando mis manos—. O estás con los Romanov, o contra ellos.
Mientras Tatiana cerraba la puerta tras de sí, una fuerte decisión comenzó a asentarse en mi interior.
No podía seguir siendo un peón en su juego.
Si había algo que mi madre dejó para mí, lo encontraría, y esta vez, no me dejaría manipular por nadie, ni siquiera por el hombre que había comenzado a invadir mis pensamientos de manera tan insistente.
Porque una cosa estaba clara: si Nikolai quería que me mantuviese a su lado, iba a tener que ganarse mucho más que mi obediencia.