El legado de los Romanov 17
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Nikolai

Desperté tan dolorido como confuso. El peso de mis párpados era abrumador, como si el plomo líquido los hubiese sellado.

Abrí los ojos a medias, y la luz tenue del despacho me recibió con una frialdad que no esperaba.

Me sentía como si hubiese estado luchando contra algo durante tantas horas que ni siquiera lograba recordar lo ocurrido.

Miré a mi alrededor, estaba tumbado en el sofá, acomodado con uno de los cojines y cubierto por una manta.

Achiqué los ojos, y entonces recordé el lugar donde había visto antes aquella prenda: en la habitación de Elena.

Desvié la vista hacia mi derecha, encontrándome con la expresión impasible de Tatiana, quien me observaba con una leve sombra de preocupación en sus ojos.

Contuve el aliento cuando intenté erguirme y no pude.

La herida de mi hombro ardió como si me hubiesen prendido fuego, provocando que cada vez que intentaba moverme, una punzada de dolor me atravesase.

—Deberías descansar, Nikolai —comentó Tatiana, mientras humedecía un paño en agua fría y lo colocaba sobre mi frente.

—¿Descansar? —inquirí, dejando ir una risotada—. No tengo tiempo para eso.

—Hablo en serio, o descansas o la vida te dará otra sorpresa —aseguró con frialdad.

Un gruñido bajo salió entre mis labios. Descansar. Esa palabra había perdido su propósito desde hacía años. No había descanso para alguien en mi posición, no cuando los Orlov no dejaban de avanzar como putas hienas al acecho, aguardando cualquier momento de debilidad para atacar de manera letal.

—¿Qué ocurre con los Orlov? —cuestioné, empujando mi voz a salir fuerte y clara.

Tatiana dejó ir un suspiro. Sabía que no podía detenerme, a pesar de que en muchas ocasiones lo había intentado, como si hubiera una parte de ella que creyera que todavía había algo bondadoso en mí que merecía ser salvado.

—Viktor y Andrei están trabajando en ello.

—¿Quién demonios les ha dado permiso?

—Llevas inconsciente dos días, Nikolai, ¿quién va a darles permiso para hacerlo? —inquirió más molesta de lo que la había visto jamás—. Por ahora no hay movimiento cercano a la mansión, estás a salvo aquí… si eso significa algo para ti.

La frialdad en su voz era nueva, y por un instante me detuve a observarla. Había algo diferente en Tatiana, una distancia que no había notado antes. La mujer que siempre había sido un pilar en mi vida ahora me miraba como si estuviera al borde de perder la paciencia conmigo.

—Si tienes que decir algo, dilo de una vez —escupí.

Esta negó con la cabeza, apretando sus labios en una fina línea. A pesar de lo que intentaba expresar, vi como en sus ojos había algo más que no quería contarme, por lo que la insté a responder.

—Lo único que voy a decirte es que te estás destruyendo a ti mismo, Nikolai —aseguró—. Y en el proceso arrastrarás a todos los que te rodean.

Antes de que pudiese replicar, esta se puso en pie, girando sobre sí misma, y salió de la habitación, dejándome solo con un silencio abrumador.

Quería gritarle que no necesitaba sus lecciones, que no era nadie en mi vida como para llevarme la contraria, pero lo cierto era que sus palabas se habían colado en mi interior para arrasar con todo.

Elena, su nombre resonó en mi mente tanto como en mi corazón.

Se había infiltrado en mi ser, perforando la coraza que había construido durante años con tanto esfuerzo.

Ella la había derribado con una sola mirada, no había necesitado más.

Intenté sacudir esos pensamientos, pero incluso en aquel momento, con el dolor palpitando en mi hombro, no podía dejar de pensar en sus manos apretando mi herida, su mirada llena de congoja y la valentía con la que había actuado para salvarme.

Elena

Había pasado la noche en vela. No dejaba de escuchar en mi mente los gruñidos de dolor de Nikolai mientras intentaba coser su herida. Había algo grotescamente íntimo en la forma en la que sus ojos me habían mirado, como si en ese momento, yo fuese lo único que mantenía su mundo en pie.

Me levanté de la cama y me acerqué a la ventana.

El amanecer comenzaba a romper en el horizonte, tiñendo el cielo de un rojo que parecía un mal presagio.

¿Cuánto tiempo más iba a soportar permanecer en el caserío?

¿Había sido una estúpida por no aprovechar la ocasión que había tenido de escapar?

Cada día que pasaba, la línea entre el odio y la atracción que sentía Nikolai se volvía más difusa, tanto que apenas me permitía razonar con claridad.

Alguien tocó la puerta con un golpe suave que me sacó de mis pensamientos. Tatiana entró en mi habitación con una bandeja de té y panecillos recién horneados, acompañados de mantequilla y mermelada de frambuesa.

—Espero no interrumpir, querida —dijo con una sonrisa dulce, pero con la mirada llena de preguntas—. He visto que había luz y he pensado que te vendría bien algo de comida, anoche no cenaste.

—Gracias —respondí, tratando de sonar lo menos tensa posible.

Tatiana colocó la bandeja en la mesa y se sentó frente a mí, mientras vertía el té, en una de las tazas. El aroma a manzanilla llenó la habitación, dándole un aire de tranquilidad y paz que era tan engañoso como lo era el propio Nikolai.

—Te vi anoche, ayudando a Nikolai —comentó mediante un susurro, mientras sus ojos no se apartaban de los míos.

Me tensé, y por un instante cuestioné por qué no se había acercado a echarnos una mano a pesar de que la vida de su jefe pendía de un jodido hilo. Tomé aire, obligándome a permanecer tranquila.

—No tenía otra opción —apunté, encogiéndome de hombros—. No podía dejarlo morir.

Tatiana me observó en silencio durante unos segundos que se me antojaron eternos. Era como si tratase de leer cada pensamiento que cruzaba mi mente, como si creyese que había algo que no le estaba contando, y así fue, ya que abrió la boca para decir:

—Lo que hiciste no fue solo por él —espetó al final, con una sonrisa triste—. Te vi, Elena. —Hizo una breve pausa—. Hubo algo más allí, algo que tú misma no entiendes.

—¿Qué quieres decir? —inquirí, sonando más tajante de lo que pretendía.

—Que tal vez, en el fondo, te importe más de lo que estás dispuesta a admitir. —Tatiana dejó su taza y me miró con una intensidad que me obligó a desviar la vista.

—¿Y por qué te importa? —le espeté, sintiendo una molestia que no lograba explicar.

Tatiana suspiró y se levantó, caminando hacia la ventana.

—Porque veo en ti una chispa de esperanza, una que Nikolai lleva mucho tiempo olvidando que existe —aseguró—. Si puedes recordárselo, tal vez puedas salvarlo de sí mismo, antes de que se pierda por completo en esa oscuridad que no deja de engullirle.

—¿Salvarlo? —Solté una risa amarga—. Ese hombre está más allá de la salvación.

La mirada fría de mi captor volvió a mi mente, pero no la misma de siempre, sino la que horas antes me había observado con una intensidad indescriptible, esa que me dejaba sin palabras y que me desarmaba.

—Puede ser…

—Tampoco creo que quiera que nadie le salve de su propia mierda —musité más dolida y decepcionada de lo que me hubiese gustado sonar.

Tatiana volvió a mirarme, y pude vislumbrar en sus ojos un brillo de compasión y tristeza.

—Tal vez —respondió en voz baja—. Pero si no lo intentas, Elena, te convertirás en prisionera de esta oscuridad tanto como él.

Su advertencia quedó flotando en el aire. No sabía qué responder, porque en el fondo, una parte de mí sabía que Tatiana tenía toda la razón del mundo. Me había engañado a mí misma pensando que podía odiar a Nikolai sin tener consecuencias.

—Solo ten cuidado, querida —añadió Tatiana mientras me agarraba la mano con ternura, antes de dirigirse hacia la puerta—. Hay más en juego de lo que te imaginas.

—¿A qué te refieres? —pregunté, a lo que se limitó a responderme con una última mirada antes de salir, dejándome con más preguntas que respuestas.

Me quedé sola, observando el té que ya se enfriaba en la taza.

La confusión en mi mente se entremezclaba con una atracción fatal, porque sí, pensar en Nikolai provocaba que todo mi ser respondiese, y eso, en cierto modo, me repugnaba.

Porque, aunque lo negara, había una parte de mí que deseaba entender a ese hombre que me había convertido en su prisionera.

Al cabo de unos minutos, me levanté, me dirigí hacia la ventana, viendo como el sol empezaba a abrirse paso entre las nubes, y con él la sensación de que algo terrible estaba por venir. Quizás la verdadera batalla no era con los Orlov, sino la que se iba a producir dentro de estas mismas paredes.