16
Nikolai
La mansión se alzaba frente a mí como una sombra imponente en la más oscura de las noches.
Algo en mí me decía que aquel lugar estaba cambiando, que esa oscuridad había empezado a colarse en mis entrañas para ponerlas del revés, como si de un leve susurro se tratara.
Mis pasos eran torpes, y cada movimiento que hacía provocaba que el dolor en mi hombro se intensificara.
Había perdido más sangre de la que pensaba, pero me negaba a ceder.
No podía permitirme el lujo de ser débil, jamás lo había sido, y mucho menos lo sería ahora.
Abrí con dificultad, y segundos más tarde, la puerta principal se cerró tras de mí con un golpe que resonó en los pasillos vacíos.
Avancé a trompicones por el vestíbulo, mientras presionaba la herida con la mano para intentar detener la hemorragia.
Contuve el aliento cuando una fuerte punzada de dolor me atravesó de pies a cabeza.
El mundo se tambaleaba bajo mis pies, las paredes parecían moverse y mis ojos empezaban a nublarse.
—Joder —mascullé.
Solo necesitaba llegar a mi despacho, curarme la herida y encargarme de todo esto yo mismo, pero entonces, mis piernas cimbrearon, cediendo antes de llegar a las escaleras.
Caí de rodillas, y un gruñido me rasgó la garganta, escapándose de entre mis labios como si de un secreto se tratara.
Sentí como la sangre empezaba a empapar la tela de mis pantalones y caía en gotas espesas al suelo, tiñéndolo de su característico color.
Qué irónico que la sangre tuviese un tono tan vivo.
Apreté la mandíbula cuando una de mis manos se alzó, intentando sujetarse en la barandilla para erguirse. No podía permitirme colapsar aquí, no de esa manera.
—¡Tatiana! —voceé entre enfurecido y desesperado.
Elena
El silencio que había envuelto a la mansión durante los posteriores minutos a mi huida hacia la habitación se rompió con un golpe seco que me dejó sin aliento.
Como impedida por un resorte, me levanté de la cama, con el corazón latiéndome en la garganta.
Algo no iba bien. Aguanté la respiración en un intento imposible de escuchar algo más, algo que me diese información sobre lo que acababa de ocurrir, pero no obtuve nada más que la quietud que reinaba en aquel lugar.
Salí de la habitación, pero antes, agarré el azuzador de la leña, creyendo que podría defenderme de alguna manera.
Avancé con pasos cortos y firmes, guiada por una sensación que me decía que algo terrible acababa de suceder.
La madera crujió bajo mis pies, y no pude evitar sentir cómo el retumbar en mi pecho se desbocaba.
Al doblar la esquina, vi una figura desmoronada en el suelo.
Podía escuchar su respiración agitada, como si contuviese algo que no estaba preparada para escuchar.
El aire se atascó en mis pulmones cuando reconocí a Nikolai.
Su rostro estaba pálido y una mancha oscura se extendía por su camisa empapada. Estaba herido.
Durante unos segundos permanecí en estado de shock, como si no pudiese reaccionar. Una vez más, esa dualidad que me decía que me mantuviese al margen, esa que al mismo tiempo me suplicaba que fuese a ayudarle. Todo era tan confuso que ni siquiera lograba descifrar lo que mi corazón me gritaba.
—¡Nikolai! —Alcé la voz, al mismo tiempo que corría hacia él.
Estaba arrodillado, con una de sus manos apoyada sobre la barandilla, mientras la otra presionaba la zona afectada. Sus ojos se entreabrieron, enfocándose en mí con una mezcla de rabia y dolor.
—Aléjate —gruñó de manera gutural, tratando de levantarse, pero su cuerpo apenas le respondía.
Negué con la cabeza, ignorando su advertencia. No había tiempo para sus estúpidos juegos de poder, no cuando parecía estar muriendo frente a mí. Me agaché a su lado, apartando las manos que intentaban alejarme, dándole un golpe en ellas con una fuerza y seguridad que jamás pensé que tendría.
—Estás perdiendo mucha sangre —musité al mismo tiempo que colocaba mis manos sobre la herida, aunque eso ya lo sabía él mejor que yo.
—N-no… —balbuceó—. No… te… necesito —susurró entre dientes mediante un gruñido.
—No tienes otra opción, Nikolai —repuse con una firmeza apabullante—. O me dejas ayudarte, o se acabó tu maldito reinado —añadí, desabotonando su camisa para ver la herida.
La bala había atravesado su hombro, y la sangre salía a borbotones, imparable, como una jodida cascada.
Nikolai intentó apartarme, pero sus fuerzas flaqueaban a causa de la gran pérdida.
Por un momento, sus ojos se encontraron con los míos, y pude vislumbrar algo que no había visto antes: miedo.
En ese instante todo lo que vi era un hombre desprotegido que necesitaba ayuda, aunque se negaba a que fuese yo quien se la diese.
—Voy a buscar algo para detener la hemorragia —informé, pero su mano fría atrapó mi muñeca antes de que pudiera levantarme.
—No —musitó con la voz estrangulada, desesperado, como si temiera que al alejarme de él todo se fuese a desmoronar.
Por primera vez desde que me había traído a la casona sentí una punzada de compasión por él, pero no podía permitirme ser débil.
Tiré de mi brazo, liberándome de su tenue agarre, y corrí hacia lo que creí que era la cocina.
Entré en dos habitaciones sin éxito, el salón y el gran comedor, hasta que di con el lugar que tanto ansiaba.
Necesitaba algo con lo que curarle, y por un instante maldije no encontrarme con Tatiana, quien parecía haber sido engullida por la tierra.
Regresé con un botiquín improvisado, ya que no había equipo médico en la casa salvo agua oxigenada, toallas limpias y una aguja que había desinfectado con la llama de una cerilla en la cocina.
Nikolai yacía en el suelo, luchando por mantenerse consciente.
Sus ojos estaban fijos en el techo, y se habían vuelto tan claros que apenas pude reconocerlos.
Ahogué un quejido cuando vi como poco a poco su mirada se apagaba.
Me deshice de la sudadera que vestía y la coloqué tras su cabeza, recostándola con mimo.
Me arrodillé de nuevo junto a él, rasgué la camisa a la altura de la herida y apreté con fuerza sobre esta, intentando detener el sangrado.
Pude percibir como todo su cuerpo se tensaba y un siseo de dolor se escapaba de entre sus labios sin que pudiese hacer nada por evitarlo.
Si no controlaba la hemorragia, no habría oportunidad de salvarlo.
—Respira —musité, más para calmarme a mí misma que a él—. Solo respira.
Pasaron unos minutos que se me antojaron eternos, antes de que la sangre empezase a fluir con más lentitud. No había tiempo que perder.
—Toma —le insté, tendiéndole una botella de whiskey que había encontrado en la alacena de la cocina.
Apenas tenía fuerza, por lo que vertí el ambarino líquido en sus labios entreabiertos, permitiendo que bebiese.
—Poco a poco —le pedí, dándole más.
Tenía que trabajar con la mayor rapidez posible, ya que no había encontrado ningún analgésico que me ayudase a combatir el dolor.
—Esto va a doler —advertí.
Él se limitó a asentir, apretando los dientes con tanta fuerza que creí que en cualquier momento saldrían por los aires.
Desenrosqué el tapón del agua oxigenada, vertiéndolo sobre la herida abierta.
Nikolai bramó de dolor, y pude ver como sus ojos se enrojecían a causa de la rabia y la agonía.
Por suerte, la herida parecía estar eliminando, al menos, parte de las bacterias que ya pudiesen estar en su interior.
Me mordí el labio, dudando por un momento.
Según pude ver, el orificio era de entrada y salida, por lo que supuse que no había problema en coser la maldita herida.
Las manos me temblaban, apenas podía respirar con tranquilidad, y es que el retumbar de mi corazón comenzaba a ser asfixiante.
Nikolai me observaba de manera penetrante, como si quisiese grabar a fuego aquel momento.
Sabía que podría hacerme pagar por la desobediencia, pero poco me importaba, lo único que quería era salvarle la vida.
—Vamos allá —me animé.
Sin darle tiempo a reaccionar, atravesé la piel con la aguja, provocando que su espalda se arquease, dejando ir un grito lleno de dolor que me heló el alma.
Una de sus manos llegó a mi muñeca, sujetándola con firmeza.
En su mirada pude percibir una súplica agónica y por un instante fue como si todo a nuestro alrededor el mundo dejase de girar.
Le imploré en silencio que me permitiese seguir, porque esa parte masoquista que había en mí deseaba que viviese.
Continué mi trabajo con movimientos rápidos y torpes, tirando del hilo para unir los bordes.
Cuando acabé de coser, me dirigí a mi habitación y tiré con fuerza de una de las sábanas que había en mi cama, rasgándolas para así crear vendajes que pudiese utilizar para cubrir la herida.
Nikolai permaneció en silencio mientras le vendaba, por lo que, al terminar, me aparté, dejando que su respiración entrecortada llenase el hall del caserío.
Sus ojos se cerraron por un instante, y por un segundo creí que había perdido el conocimiento, pero entonces volvió a abrirlos, mirándome con una intensidad que me hizo estremecer.
—¿Por qué…? —bisbiseó con la voz ronca.
—¿Por qué qué? —respondí confusa.
—¿Por qué no te has ido cuando has tenido la oportunidad? —Sus palabras eran apenas un susurro, llenas de algo que no supe descifrar.
El corazón me latió con fuerza. No supe qué responderle, porque lo cierto era que ni siquiera yo comprendía por qué no había huido. Quizás porque había dejado de saber qué era lo que de verdad estaba bien o mal, o tal vez, porque en lo más profundo, una parte de mí ya no quería escapar.
—Tal vez porque soy más estúpida de lo que pensabas —le respondí mediante un murmullo.
Él dejó ir una risa baja, casi un susurro, y por un instante vi una chispa de algo que no era odio en sus ojos, antes de que la oscuridad lo reclamara por completo, quedándose inconsciente en el frío suelo.
Permanecí en silencio, observando su rostro, preguntándome si alguna vez lograría escapar realmente de la oscuridad que Nikolai había traído a mi vida, o si por el contrario, estaba demasiado hundida en ella como para querer hacerlo.