El legado de los Romanov 15
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Nikolai

La noche envolvía con una oscuridad casi opresiva, la cual apenas se rompía salvo por el resplandor inminente de los faros de los vehículos que rodeaban la zona.

Mis hombres, junto a Igor, se movían con rapidez, descargando cajas de las camionetas blindadas mientras yo permanecía en el centro del caos, impasible, observando cada movimiento.

El aire olía a sal, sudor y, en cierto modo, a peligro.

Sabía que los Orlov no tardarían en aparecer, si teníamos en cuenta los últimos enfrentamientos a los que nos tuvimos que atener.

—¡Más rápido! —voceé por encima del bullicio—. No quiero más sorpresas.

Las últimas semanas habían sido un desastre. Cada ruta que intentamos reestablecer, cada maldito envío, fue interceptado por esos perros de los Orlov. Pero, esta vez, era diferente. Estábamos preparados, listos para cortarles las alas de una vez por todas.

Igor se acercó, con su ya permanente expresión de seriedad, al mismo tiempo que se llevaba un cigarrillo a los labios. Era el más eficiente de mis hombres, y después de varias pruebas, se convirtió en el más leal de todos ellos.

—Señor, detectamos movimiento en la zona noreste —me informó—, ha aparecido una furgoneta que no estaba en el radar, parece que los Orlov están listos.

Una sonrisa malévola se dibujó en mis labios. Dios, tenía tantas ganas de joderles que me encontraba como un niño pequeño a punto de abrir los regalos de Navidad. Finalmente, los bastardos habían mordido el anzuelo.

—Perfecto —mascullé mientras me ajustaba el abrigo y sacaba mi Tokarev TT-33 de la cinturilla de mi pantalón—. Que los hombres se preparen, esta vez no nos van a tocar los cojones.

Mientras avanzábamos hacia el punto de intercepción, sentía la adrenalina fluir por mis venas.

No era solo un jodido enfrentamiento aduanero, o por el control de las rutas, era una maldita declaración de guerra, y estaba dispuesto a crear ríos de sangre si fuese necesario con tal de demostrarles quién estaba al mando.

Los disparos resonaron en la oscuridad como truenos lejanos.

Sonreí, joder, cómo me gustaba que me dieran una excusa.

Las balas zumbaban a nuestro alrededor, impactando contra las estructuras metálicas y provocando chispas que se prendían a nuestro alrededor.

Me moví con precisión, disparando sin dudar hacia las sombras de donde provenían los disparos.

Achiqué los ojos. Nueve hombres armados con AK, Saigas y algunos de ellos Makarov.

Llevaban el rostro cubierto, como si no quisiesen revelar su identidad.

Lo que no sabían es que ese maldito convoy en el que habían estado viajando se registró desde su salida hasta la llegada al puerto gracias a nuestro querido y recién reencontrado Andrei, quien había utilizado sus dotes como hacker para localizarlos y seguir su ruta a la inversa, descubriendo sus rostros.

—¡No dejéis que ninguno se escape! —Alcé la voz por encima de los disparos.

Me llevé una mano al pinganillo, escuchando como Andrei me informaba de que otra furgoneta se dirigía hacia nuestra posición, ya que los primeros habían pedido refuerzos por radio. Miré a nuestro alrededor, no seríamos más de quince hombres. Tragué saliva, la cosa empezaba a ponerse fea.

—Te cubro. —Oí como me decía Andrei.

Asentí y, sin pensarlo ni un solo instante, salí de la cobertura donde me encontraba y comencé a disparar, apuntando directamente a sus cabezas. Pude ver el pánico en ellos cuando descubrieron que a quien atacaban era a mí, por lo que una enorme y diabólica sonrisa se esbozó en mis labios.

—Buenas noches, hijos de puta —bramé entre risas.

Vacié mi cargador. Sin pensarlo dos veces, agarré con fuerza la AK que colgaba de mi hombro, y la alcé, disparando a todo aquel que se asomaba tras los bidones. Una mueca divertida se dibujó en mis labios cuando leí qué era lo que contenían: Metanol. La cosa empezaba a ponerse interesante.

Una bala pasó junto a mi oído, retumbando en mi interior, y por un instante, mi mente voló a Elena.

Había dejado su habitación sin vigilancia estricta por primera vez, confiando en que no sería lo suficientemente estúpida como para intentar algo.

Pero, maldita sea, ¿por qué seguía pensando en ella justo en un momento así?

Un impacto en mi hombro derecho me sacó de mis pensamientos, haciendo que soltara un gruñido de dolor.

La bala había atravesado la tela de mi abrigo, al mismo tiempo que mi carne, pero no me detuve.

La furia en mi interior era tan grande que ni siquiera aquello podría hacerla desaparecer.

Iban a pagar por todo lo que habían hecho.

Sin pensarlo dos veces, apunté a los bidones y disparé, provocando que una chispa brillase en la oscuridad.

Antes de que pudiese siquiera pensarlo, una explosión repentina los hizo volar por los aires, igual que a nosotros, que caímos de espaldas.

Me levanté de un salto, sin apenas comprender de dónde había sacado las fuerzas, viendo como las llamas empezaban a devorar con rapidez los alrededores.

La noche se llenó de los fritos de aquellos que habían sido atrapados en la explosión y de los que se habían prendido en llamas y luchaban por apagarlas.

—¡Vamos, joder! —vociferé a mis hombres—. Limpiad esta zona y asegurad los camiones. No dejéis a ninguno con vida.

El sonido de las armas finalmente se desvaneció, dejando tras de sí solo el eco de los gritos ahogados y el olor a pólvora. Mientras observaba los cuerpos tirados en el suelo, sentí una satisfacción indescriptible recorrerme.

—Convoy dos, eliminado. —Oí como me decía Andrei por el pinganillo.

No supe cómo lo había hecho, pero intuí que el rubito tenía recursos que no conocíamos y que había utilizado a nuestro favor.

Me llevé una mano al hombro herido, sintiendo la sangre cálida recorrer mi piel, empapando la tela y manchando mis dedos.

A pesar de la victoria, la herida y la fatiga, mi mente volvió, una vez más, a marcharse lejos, junto a Elena.

¿Y si la había dejado desprotegida? Necesitaba volver a la mansión, algo en mi interior me decía que dejarla sola había sido un error.

—Igor, encárgate de limpiar esto —ordené con un gesto brusco—. Yo me marcho.

Este asintió, pero pude ver la preocupación en sus ojos al mismo tiempo que se desviaban hacia mi hombro. No me importó, tenía cosas más importantes que atender. Debía volver a ella.

Elena

El silencio en la mansión me envolvía, desde hacía horas que había dejado de escuchar los pasos de los guardias fuera de mi habitación.

Era como si se hubiesen desvanecido. La curiosidad y la necesidad de salir de ese encierro me estaban volviendo loca y me impulsaba a tomar una decisión arriesgada.

Abrí la puerta con cuidado, esperando ver a uno de los hombres de Nikolai plantado al otro lado, pero para mi sorpresa, no había nadie.

El pasillo estaba desierto, únicamente iluminado por una luz tenue que se filtraba a través de los ventanales.

Mi corazón comenzó a latir con fuerza, tanta que se volvió ensordecedor.

Un nudo de adrenalina se formó en mi garganta, impidiéndome respirar con normalidad. Había llegado mi oportunidad.

Avancé despacio, con los pies descalzos para no hacer ruido. Cada crujido del suelo de madera me hacía contener la respiración, esperando que alguien apareciese en cualquier momento. Sin embargo, la mansión parecía estar sumida en un extraño letargo.

Doblé un par de esquinas, tratando de memorizar el camino de vuelta. A medida que me adentraba en la casa, notaba como el aire cambiaba, llegando a zonas que nunca había visto. Era un lugar que desprendía un aire de grandeza, pero también de algo más… Algo que me ponía los pelos de punta.

Bajé las escaleras y allí estaba, la puerta que podría darme la libertad.

Solo tenía que correr hacia ella, abrir y desaparecer en el monte, perderme entre los árboles y rezar para que en algún momento pudiese llegar a la ciudad más cercana.

Mi cuerpo tintineó ante aquel pensamiento, solo había dos opciones: marcharme y arriesgarme a morir de frío; o permanecer allí hasta que Nikolai decidiese que era hora de liberarme, si es que eso llegaba a ocurrir.

Un enorme vacío me asoló en el instante en el que recordé su rostro, en cómo me observaba con deleite mientras la perversión se extendía.

—Oh, querida —Oí como alguien me decía—, me preguntaba cuándo decidirías salir de esa habitación.

Sobresaltada, tras ahogar un grito de sorpresa, giré sobre mis talones, encontrándome con una mujer de mediana edad, de cabello oscuro recogido en un moño y ojos afables llenos de una calidez que no había experimentado en días.

Estaba tan sorprendida por la falta de hostilidad en su tono que no supe cómo responder.

—¿Quie… quién eres? —pregunté al final, con la voz estrangulada.

—Puedes llamarme Tatiana —respondió mientras se acercaba a mí—. Ven conmigo, no muerdo.

Dudé por un segundo, pero la calidez en sus ojos me desarmó por completo. Me acerqué a donde se encontraba, dejándome envolver por el aroma a té de manzanilla que bailaba en el ambiente y la seguí hacia una pequeña habitación situada bajo las escaleras.

—¿Qué estás haciendo aquí? —inquirí mientras tomaba la taza que me ofreció.

Tatiana me observó por un momento, y sus ojos verdes centellearon.

—He estado aquí desde antes de que nacieras, querida —contestó con una sonrisa—. La familia Romanov me ha cuidado, y yo, a su manera, también lo he hecho.

Bebí un sorbo de té, sintiendo como el líquido caliente bajaba por la garganta, calmando el nudo que la ansiedad había creado en mí.

—No parece que Nikolai sea el tipo de hombre que cuida a nadie —musité sin poder evitar la amargura en mis palabras.

Tatiana rio con suavidad, sacudiendo la cabeza.

—Él no fue así —respondió casi como si me contara un secreto—.

Nikolai era un niño muy dulce y alegre, como un destello de sol en un frío invierno.

—Sonrió con cariño, recordando su pasado—.

Le encantaba cuando preparaba medovik, un bizcocho hecho con miel y crema agria.

Permanecía toda la tarde a mi lado, vigilando que el bizcocho no se echase a perder en el horno —añadió, al mismo tiempo que me tomaba la mano—.

Pero durante años, ha cargado con un peso que pocos podrían soportar.

Ha hecho cosas que incluso él no puede perdonarse —explicó con pesar—.

Pero todo ha sido por lealtad a su familia.

—¿Por qué me cuentas todo esto? —pregunté, sintiendo que el desconcierto se apoderaba de mí. Tatiana hablaba de Nikolai como si fuese un hombre honorable, alguien que se sacrificaba por los suyos, y eso no concordaba con lo que yo había visto, esa parte tan oscura y retorcida

El gesto de Tatiana se volvió serio y triste.

—Porque quiero que sepas que esta mansión está llena de secretos, querida. Y no todos aquí son lo que parecen. —Se inclinó un poco más hacia mí para susurrarme—. Debes tener cuidado en quién confías, no todos están aquí para protegerte.

Mi corazón se aceleró ante sus palabras. ¿Era una advertencia? ¿Intentaba intimidarme o protegerme? Antes de que pudiera formular otra pregunta, el sonido de unos pasos firmes y apresurados resonó en el vestidor.

—Debes regresar a tu habitación antes de que te descubran, niña —dijo en un tono más urgente—. Y recuerda lo que te he dicho.

Asentí con rapidez, levantándome de la silla, pero antes de salir, me giré hacia ella una última vez.

—Tatiana… ¿por qué me ayudas?

Una sonrisa triste apareció en su rostro.

—Tal vez porque, al igual que tú, también he sido prisionera de esta familia, de una forma u otra.

Mientras deslizaba mi cuerpo a través de los pasillos, tratando de no ser detectada, mi mente bullía con las palabras de Tatiana.

Las preguntas se arremolinaban en mi cabeza, pero una cosa estaba clara: este lugar, esta familia, estaban rodeados de una oscuridad que apenas comenzaba a vislumbrar.

Y lo peor de todo era que había dejado de discernir entre el bien y el mal, lo que realmente me hería y lo que lograba hacer que mi corazón se disparase.

La decisión de volver a la habitación era clara.

Todo carecía ya de importancia. El problema residía en que tal vez, al asumir mi destino, hubiese aceptado que una parte de mí estaba dispuesta a prenderse en llamas con tal de estar junto a Nikolai.

Me deslicé de vuelta a mi habitación con el corazón latiendo frenético, consciente de que, a pesar de mis intentos por escapar, ya no deseaba hacerlo. Quizás ya era demasiado tarde para salvarme de la oscuridad que Nikolai había sembrado en mi interior.