14
Nikolai
La puerta se cerró detrás de mí con un golpe seco que resonó por todo el pasillo, como el eco de mis pensamientos acusatorios, esos que no dejaban de torturarme por lo que acababa de ocurrir.
Me obligué a caminar lejos de su habitación, esforzándome por avanzar para no dar la vuelta y regresar a ella.
Había llegado demasiado lejos esta vez, más de lo que creí que lo haría jamás.
Sentir su cuerpo temblar bajo mis manos, escuchar sus jadeos y la manera en la que sus ojos brillaban repletos de lujuria…
Dios, había estado al borde de perder el control por completo.
Me apoyé contra la pared, pasando una mano por mi rostro en un intento desesperado por mantener la compostura.
No debería haberla besado, no de esa forma.
Era un error dejar que mis emociones interfirieran, pero cada vez que estaba cerca de ella, todo se desmoronaba.
Había pasado años perfeccionando mi capacidad para ser indiferente ante el resto, pero con Elena, esa fachada se resquebrajaba como si nunca hubiese existido.
Apreté los dientes, sintiendo la furia burbujear en mi interior. Necesitaba controlarla, protegerla. Maldita sea, también la deseaba de una forma que me consumía por dentro, y no podía permitir que esa debilidad me distrajera, no con la inminente guerra que los Orlov estaban preparando.
Con un gruñido bajo, me obligué a regresar al despacho.
Necesitaba un respiro, un momento para enfocarme en lo que de verdad importaba: aniquilar a los Orlov antes de que fuese demasiado tarde.
Nada más entrar, me serví un vaso de whiskey y me lo bebí de un solo trago, intentando borrar lo que acababa de ocurrir.
Viktor entró al despacho sin apenas llamar, por lo que lo fulminé con la mirada, ¿es que acaso no recordaba los modales que nos habían inculcado desde bien pequeños? Bufé, sirviéndome otra copa, y me dejé caer en el butacón.
—¿Qué demonios quieres? —inquirí mosqueado.
—Lo que te haya hecho esa muchachita no es asunto mío —espetó, a sabiendas de que me molestaría—. Igor y Mikhail acaban de llegar —me informó, tomando asiento, sin siquiera aguardar a que le diese permiso.
—Habla —le insté con pocas ganas.
Por su gesto, sabía que las noticias que traían no eran del todo buenas, por lo que no pude evitar sentir como un resquemor empezaba a nacer en mi estómago.
—Están empezando a tocarnos las narices, hermano —aseguró Viktor con desgana.
Con un ligero movimiento de cabeza, le insté a que hablase, pero en vez de hacerlo, se encendió un cigarrillo al que le dio una larga calada con la que se llenó los pulmones. Aguardé, dándole un sorbo a mi bebida, permitiendo que el líquido ambarino se deslizase por mi garganta.
—Durante la última semana, varios camiones de distribución han sido interceptados en puntos estratégicos —comentó—. Nos han jodido en el puto mercado negro, Nikolai.
—¿Cómo cojones ha podido pasar algo así? —inquirí, esperando una respuesta que sabía que no me iba a gustar.
Me pasé una mano por el cabello, al mismo tiempo que cabeceaba en señal negativa, no me podía creer lo que escuchaba. Esos cabrones estaban tocándome las pelotas más de lo permitido, y no iba a dejar que eso siguiese así.
—Los hombres de Ivan han comenzado a sobornar a algunos de los empleados de las aduanas y controles —musitó—. Están desviando el tráfico hacia algún lugar que desconocemos, ya que hemos perdido la localización de los camiones.
—¡Me deben lealtad, joder! ¡Para algo les pago a esos hijos de puta! —bramé, golpeando con fuerza la mesa.
Como impedido por un resorte, me levanté, cogiendo el vaso conmigo y dándole un largo sorbo con el que me terminé todo su contenido. Miré por la ventana, la noche había caído sobre el palacete, y algo me decía que todo en lo que estábamos envueltos iba a cambiar de la noche a la mañana.
—Quiero que vayas allí y los mates a todos —le insté enfurecido.
Lo que no sabía era si estaba más cabreado por lo que acababa de confesarme mi hermano o por el hecho de que la imagen de Elena seguía flotando en mi mente, tentándome como una maldita droga en la que no podía dejar de pensar.
—Pero, Nikolai…
—¡Hazlo y punto! —vociferé—. Es una puta orden.
Elena
Estaba sola en la habitación, aún jadeando, mientras intentaba darle sentido a lo que acababa de ocurrir.
Un cosquilleo se había instaurado en mis labios, todavía hinchados por el beso hambriento de Nikolai.
Solo de pensar en ello noté como todo mi cuerpo se estremecía al recordar la intensidad de cada uno de sus gestos.
Lo odiaba, pero aún más odiaba la forma en la que me hacía sentir.
Pero, al mismo tiempo, no podía ignorar la atracción abrumadora que me envolvía cada vez que él estaba cerca.
Me dejé caer en la cama, cerrando los ojos para intentar deshacerme de la vorágine de emociones que me consumía por dentro.
Era su prisionera, me había secuestrado, eso no había cambiado, pero…
¿por qué una parte de mí ansiaba que él regresara?
¿Por qué anhelaba sentir sus manos sobre mi piel de nuevo, incluso cuando sabía que él solo me veía como una pieza más de su juego?
Había algo en Nikolai que no lograba comprender, una parte de él parecía obsesionada con poseerme, pero había momentos, breves destellos, en los que su mirada se suavizaba, como si en su interior también estuviera luchando contra sus propios demonios.
No podía permitirme caer en la trampa de creer que había algo de esperanza en él, una pequeña luz por la que luchar.
Me había arrancado de mi casa, encerrándome en su caserío, y por mucho que intentara racionalizarlo, continuaba siendo el mismo monstruo que días atrás me había tenido en un sótano.
Unos golpes suaves en la puerta me sacaron de mis pensamientos y me llenaron de confusión.
¿Quién demonios tocaba mi puerta pidiendo permiso para entrar?
Era ilógico dada la situación en la que me encontraba.
Me enderecé en la cama, con el corazón luchando por escapárseme del pecho, deseando que fuese Nikolai quien estuviese al otro lado.
La puerta se abrió con lentitud y entró una figura que no reconocí.
Era un hombre alto, algo más que mi captor, tenía los ojos tan verdes e intensos que llegó a desarmarme.
Algo en él resonó en mi mente, como si le conociese de antes.
Sobre su ceja izquierda pude vislumbrar una cicatriz que me llamó la atención.
Su rostro estaba marcado por la preocupación, cosa que no comprendí, y la manera en la que me miraba sugería que sabía más de lo que dejaba ver.
—¿Estás bien? —preguntó, escudriñándome.
—¿Quién eres? —inquirí nerviosa.
Se pasó una mano por el cabello oscuro, algo más largo de lo que lo llevaba Nikolai, y dejó ir un suspiro.
—Viktor —se presentó—, pero quiero que esto quede entre nosotros —me pidió al mismo tiempo que terminaba por colarse en la habitación y cerraba la puerta tras su espalda—. ¿Cómo estás?
—Como si eso importara aquí —repliqué con sarcasmo, aunque la preocupación que había percibido en su voz me desconcertó.
—Te lo digo en serio —musitó.
Viktor se acercó, bajando la voz para que nadie más pudiese escucharnos.
—Escucha, Elena, no puedo ayudarte a salir de aquí, pero necesito que sepas que lo que está ocurriendo va más allá de lo que imaginas. Mi hermano… —Hizo una pausa, como si luchara por encontrar las palabras correctas.
¿Su hermano? La cabeza empezó a darme vueltas, y por un segundo me tuve que llevar la mano a la boca, con ganas de vomitar por la presión que empecé a sentir en las sienes.
Entonces, a mi mente vino el momento en el que Nikolai me había echado en cara el hecho de intentar hablar con uno de sus guardias, ¿qué opinaría de que su hermano se hubiese colado en mi habitación?
Una parte de mí deseó explicárselo, dispuesta a que me castigase de nuevo, a que me devorase con lentitud hasta consumirme el alma, pero otra vio aquello como una oportunidad.
—Nikolai es un cabrón de mierda, lo sé —suspiró—, pero está bajo una presión que no puedes comprender y por alguna razón que no logro comprender, está haciendo todo esto para protegerte, aunque ahora no lo veas.
Sus palabas me dejaron perpleja. ¿Protegerme?
¿Esa era la excusa que utilizaba para justificar cada una de sus acciones?
Él mismo me lo había confesado, pero me negaba a creerle, ¿cómo ibas a proteger a alguien manteniéndolo encerrado?
Negué con la cabeza, y antes de que pudiese responder, Viktor volvió hacia la puerta, como si el tiempo se le estuviese acabando.
—Mantén la cabeza baja, Elena —me advirtió—. Y por lo que más quieras, no intentes provocarlo, no sabes de lo que es capaz si lo empujas al límite.
Antes de que pudiese procesar lo que me había dicho, salió de la habitación, dejándome sola con aún más preguntas de las que tenía anteriormente. ¿De quién demonios quería protegerme? Y lo más importante, ¿por qué?
Nikolai
Después de lidiar con las informaciones recibidas y discutir la nueva estrategia con Igor, me encontraba de pie en el balcón, observando la oscuridad que envolvía los terrenos de la mansión.
Todo parecía tranquilo, pero sabía que la paz era solo una ilusión.
Los Orlov se acercaban, y si no actuaba pronto, podrían encontrar nuestra debilidad.
—Señor, tenemos un problema. —La voz de Igor resonó en la habitación, interrumpiendo mis pensamientos.
Me volteé hacia él, y mis músculos se tensaron al ver la seriedad que afligía su rostro.
—¿Qué ha ocurrido? —cuestioné.
—Uno de nuestros almacenes está siendo atacado ahora mismo —me informó al mismo tiempo que me pasaba la tableta con las cámaras de seguridad—. Los Orlov se mueven más rápido de lo que anticipamos.
Maldita sea. Me pasé una mano por el rostro, y lacé con fuerza la tableta, provocando que se estampara contra la pared más lejana del despacho, al mismo tiempo que un alarido gutural rasgaba mi garganta. Aquello no podía estar ocurriendo, no cuando tenía que centrarme en proteger a Elena.
—Refuerza la seguridad en todos los puntos críticos, y envía alguien a evaluar la zona. No quiero ni un puto problema más —comenté rabioso—, ¿entendido? —mascullé, percibiendo como la sangre me hervía bajo la piel—. Si esos malnacidos quieren la guerra, les daremos exactamente eso.
Mientras Igor se apresuró a recoger la tableta y salir del despacho para cumplir mis órdenes, me giré para mirar de nuevo hacia la oscuridad.
Acabaríamos con todos ellos como si de moscas se tratasen.
Me había contenido con tal de no poner en riesgo el imperio que una vez creó mi padre, pero lo que no consentiría era que nos tomasen por gilipollas.
Esos hijos de puta no tenían ni idea de a quién se estaban enfrentando.
Los Romanov no teníamos escrúpulos, y mucho menos los tendríamos con ellos.
No podía permitirme ni un solo error, y aún menos distracciones. Pero, aunque intentaba concentrarme en la guerra que se avecinaba, mi mente seguía volviendo a Elena una y otra vez. Porque, pese a que me negara a admitirlo, ella era la única debilidad que jamás podría eliminar de mi vida.